En el oscuro y despiadado submundo de Chicago, la dinastía criminal de los Rossi-Richi gobierna las calles con mano de hierro a través de la Santísima Trinidad: los jóvenes herederos Camilo, Franco y Elena.
Sin embargo, el tranquilo equilibrio familiar tambalea cuando Camilo, el gélido estratega del imperio, se obsesiona con Isabella Vance, una brillante restauradora de arte a quien secuestra en Nueva York tras borrar su identidad del mapa. Confinada en la mansión familiar, la profunda depresión inicial de Isabella da paso a una fría madurez. Tras comprender que la piedad no existe entre sus captores, Isabella comienza a utilizar la asfixiante fijación de Camilo a su favor para volverse indispensable en los negocios financieros.
En medio de guerras territoriales, peligrosas rebeliones y los feroces celos de Elena por mantener su lugar sagrado en el clan, se desata un letal juego de ajedrez donde la supervivencia depende de manipular la obsesión.
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Capitulo 3
El aire en el búnker de la Comisión estaba viciado por el humo de los habanos y el aroma rancio del miedo acumulado. Los Don de las familias tradicionales, hombres que habían sobrevivido a las guerras de Marco y Fabián, se retorcían en sus asientos de cuero mientras observaban las pantallas que mostraban los restos humeantes de la mansión Lefebvre en Francia. Sabían que el mensaje no era para Marsella, sino para ellos. El "Regalo de Marsella" había sido una advertencia de que las fronteras ya no existían para la nueva generación y que el océano no era un refugio contra el sadismo de los Rossi-Richi
— No podemos permitir que estos cachorros sigan actuando sin consultar al consejo — bufó Don Moretti, su voz temblorosa revelando su debilidad — Han destruido una red de distribución que nos tomó décadas estabilizar. Marco y Fabián entendían que el negocio requiere equilibrio, no una carnicería gratuita en la Costa Azul
— Marco y Fabián ya no están sentados en esta mesa, Moretti — la voz de Camilo Rossi resonó desde los altavoces del búnker antes de que la puerta de seguridad se abriera con un sonido metalico
Los tres entraron en la habitación como sombras alargadas por las luces de emergencia. Camilo caminó directamente hacia la cabecera, donde el asiento del Gran Consejero permanecía vacío. Sin pedir permiso, se sentó, cruzando sus manos enguantadas sobre la mesa de roble. Franco se colocó detrás de él, apoyando las manos en el respaldo de la silla mientras su mirada recorría la habitación buscando signos de rebelión. Elena, vestida con un traje negro que la hacía parecer una viuda de guerra de veinte años, se quedó de pie junto a la puerta, bloqueando la única salida
— Hemos escuchado sus quejas desde el avión — continuó Camilo, observando a Moretti con una intensidad que hacía que el viejo bajara la vista — Hablan de equilibrio como si fuera una excusa para su propia mediocridad. Marsella fue eliminada porque Jean-Luc olvidó que el respeto hacia mi familia es la base de su existencia. Y veo que algunos de ustedes están sufriendo de la misma amnesia selectiva
— ¡Es una falta de respeto! — gritó un jefe menor de la zona sur — Sus padres nos dieron un lugar en esta mesa. Tenemos derechos, tenemos antigüedad
Elena se movió con una rapidez felina que nadie en la sala pudo prever. En un segundo estaba detrás del hombre y, con un movimiento fluido de su mano, clavó un estilete de punta de diamante en la palma del jefe, fijándola directamente a la madera de la mesa. El grito de agonía del hombre fue cortado en seco cuando Elena le puso el cañón de su arma en la boca
— La antigüedad es solo una palabra que usan los que tienen miedo de morir — susurró Elena al oído del hombre, su voz era un arrullo letal que heló la sangre de todos los presentes — Mi padre les dio un lugar porque necesitaba peones para reconstruir la ciudad. Yo no necesito peones. Necesito obediencia absoluta o espacio en el cementerio para nuevos talentos
Franco soltó una risita oscura y sacó una carpeta con documentos que arrojó sobre la mesa. Eran registros bancarios, transcripciones de llamadas y fotos de reuniones secretas que los miembros de la Comisión habían tenido mientras la tríada estaba en Francia. Habían intentado organizar un golpe, una redistribución de poder aprovechando la ausencia de los herederos
— Creían que estábamos jugando en la playa — dijo Franco, acercándose a Moretti y acariciando su mejilla con el dorso de la mano — Pero mientras nosotros limpiábamos Marsella, nuestras inteligencias en Chicago estaban desmantelando sus pequeñas conspiraciones de geriátrico. Camilo ha decidido que la Comisión es un órgano obsoleto. A partir de hoy, la Comisión son ellos dos y yo. Ustedes son simplemente gerentes de sucursal con fecha de caducidad
Camilo se inclinó hacia adelante, la luz de la sala resaltando las facciones duras que había heredado de Marco, pero con una crueldad que su padre nunca se permitió mostrar en público
— Moretti, has estado desviando fondos de la ruta de los muelles hacia una cuenta en Panamá. Don Salieri, has estado negociando con la Bratva a nuestras espaldas para traer fentanilo a nuestras calles, algo que mi familia prohibió explícitamente hace años
— Era por el bien del negocio... — intentó decir Salieri, con el sudor empapando su camisa
— El bien del negocio es lo que yo decido que es bueno — sentenció Camilo con una frialdad absoluta — Franco, procede con la reestructuración
Lo que siguió en los siguientes veinte minutos fue una purga que redefinió el poder en Chicago para siempre. No hubo discusiones, solo ejecuciones tácticas. Franco y los hombres de confianza de Camilo que entraron tras la señal se encargaron de eliminar a los traidores confirmados dentro de la misma sala. Elena permanecía junto a la puerta, observando la carnicería con la misma indiferencia con la que se mira caer la lluvia. Para ella, esas vidas no tenían más valor que el de los insectos que uno aplasta al caminar por el jardín
Cuando la sangre empezó a encharcar el suelo del búnker, solo quedaban Moretti y otros dos jefes que habían sido demasiado cobardes para participar en la conspiración. Estaban de rodillas, temblando, rodeados de los cadáveres de sus antiguos colegas
— Mañana — dijo Camilo levantándose y ajustándose la chaqueta como si nada hubiera pasado — Entregarán todas sus propiedades y rutas a los nombres que Franco les proporcionará. Se retirarán a sus casas de campo y no volverán a pisar Chicago. Si escucho un solo rumor, si veo una sola sombra de duda en sus acciones, Elena se encargará de visitarlos personalmente. Y ya saben que a mi prima no le gusta viajar en vano
Salieron del búnker dejando atrás el olor a pólvora y muerte. El mensaje a la ciudad era definitivo: la era de la paz de Marco Rossi había terminado oficialmente. La tríada no buscaba socios, buscaba súbditos
Al llegar a la mansión, el ambiente era diferente. Marco y Fabián los esperaban en el estudio privado, rodeados de libros antiguos y del aroma a coñac y tabaco de alta calidad. Los padres habían escuchado los informes de la purga en la Comisión. Estefany y Caroline estaban en la terraza, compartiendo un silencio cargado de preocupación maternal, sabiendo que sus hijos ya no eran los niños que podían abrazar sin sentir el frío del acero en sus almas
— Han ido demasiado lejos, Camilo — dijo Marco, su voz cargada de una autoridad fria — Moretti era un viejo aliado. Matar a la mitad de la Comisión en una sola tarde creará un vacío que atraerá a los federales y a otras familias de fuera
— El vacío ya estaba allí, papá — respondió Camilo, sirviéndose un trago con manos firmes — Estaban conspirando contra nosotros porque creen que somos débiles por nuestra juventud. La única manera de evitar que los de fuera entren es mostrarles que el costo de entrada es la aniquilación total de su estirpe. He asegurado las fronteras de Chicago con una pared de cadáveres. Nadie vendrá
Fabián miró a su hija Elena, que estaba sentada en el brazo del sillón de Franco, limpiando una pequeña mancha de sangre de su uña
— ¿Disfrutaste lo de hoy, Elena? — preguntó Fabián con una mezcla curiosidad
— No se trata de disfrutar, papá — respondió Elena levantando sus ojos cenizos hacia él — Se trata de eficiencia. No podíamos permitir que esos viejos siguieran entorpeciendo el crecimiento de la familia con sus leyes morales obsoletas. El mundo es más sádico ahora, y nosotros solo nos estamos adaptando para que los Rossi-Richi sigan en la cima
Fabián suspiró, reconociendo en su hija la misma chispa de oscuridad que él mismo había tenido, pero purificada de cualquier rastro de duda. Los padres sabían que el reinado de sus hijos iba a ser recordado no por su prosperidad, sino por el terror absoluto que inspiraban. Caroline y Estefany entraron al estudio, el silencio de las mujeres trayendo una paz momentánea que se sentía falsa
— La cena está lista — dijo Estefany, intentando recuperar un sentido de normalidad que se desvanecía por momentos
Camilo, Franco y Elena se levantaron al unísono, como una unidad perfecta. Durante la cena, la conversación giró en torno a temas banales: viajes, moda, el nuevo sistema de seguridad de la mansión. Pero bajo la superficie, la tríada ya estaba planeando el siguiente paso. Camilo sabía que la purga de la Comisión era solo el principio. Ahora que Chicago era un bloque de hielo bajo su mando, era hora de mirar hacia Nueva York y Las Vegas
— Me gustaría viajar a Nueva York el próximo mes — comentó Elena con naturalidad mientras cortaba su carne con lentitud — He escuchado que los hijos de los Lucchese creen que pueden controlar el mercado del arte. Creo que es hora de que alguien les enseñe que el arte más valioso es el que se pinta con la sangre de los arrogantes
Franco sonrió, una expresión sádica que iluminó su rostro juvenil
— Yo te acompaño, Elen. He escuchado que tienen unos sótanos muy interesantes en Long Island que necesitan una remodelación al estilo Rossi
Camilo asintió, su mirada fija en el horizonte invisible del poder absoluto
— Iremos los tres. Nueva York necesita saber que los herederos de la oscuridad han llegado para reclamar lo que por derecho de sangre nos pertenece
La cena continuó, pero los padres ya no hablaban. Observaban a sus hijos con una mezcla de orgullo y espanto, dándose cuenta de que habían criado a tres monstruos que ya no necesitaban sus consejos. La Santísima Trinidad de Chicago era ahora la fuerza más peligrosa del continente, una unidad movida por una sobreprotección enfermiza hacia Elena y un sadismo que no conocía límites. La noche cayó sobre la mansión, una oscuridad que parecía emanar de los mismos herederos que ahora reían en la mesa mientras el resto de la ciudad temblaba ante la simple mención de sus nombres.