Cuando la noche hace un pacto con la luz, nacen juramentos que ni el tiempo osa romper.
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Capítulo 2 — Siluetas y Promesas
Sus siluetas recortadas emergían como promesas antiguas mientras atravesaban el umbral entre las dimensiones. El pasaje era un túnel de viento y susurros donde el tiempo no fluía de manera lineal. Cada paso de Xylia resonaba como un trueno metálico, mientras que los movimientos de Ravenna eran tan silenciosos como el pensamiento. Al salir al otro lado, se encontraron en la Meseta de los Lamentos, un lugar donde el cielo siempre estaba en un estado de eclipse permanente.
El aire aquí era denso, impregnado de una melancolía que amenazaba con debilitar la voluntad. Lyraka fue la primera en sacudirse la sensación de opresión. Se adelantó, observando el horizonte donde una torre solitaria se alzaba contra las nubes negras.
—Ese es el lugar —dijo Lyraka, señalando hacia la torre—. El Relicario de la Voz Perdida. Si los mapas de Ravenna son correctos, allí se encuentra el primer fragmento de la Corona.
—No será tan sencillo —advirtió Shapira, cuyas cadenas comenzaron a agitarse con violencia, golpeando unas contra otras en un ritmo frenético—. Siento presencias. No son seres vivos, sino ecos de aquellos que intentaron este camino antes que nosotras. El vacío los consumió y ahora son sus guardianes.
Xylia desenvainó una espada ancha, cuya hoja desprendía un fulgor dorado que cortaba la penumbra.
—Que vengan. He pasado décadas puliendo esta armadura con la sangre de los opresores. No me detendrán unos fantasmas de fracaso.
—Tu arrogancia será tu caída, Xylia —dijo Ravenna con suavidad, aunque sus ojos no se apartaban del libro—. Aquí, la fuerza física es secundaria. Lo que importa es la promesa que llevas dentro. ¿Por qué buscamos la Corona? Si es por poder, la torre nos aplastará. Si es por justicia, quizás nos permita pasar.
—¿Justicia? —Lyraka soltó una carcajada amarga—. Buscamos el equilibrio porque si no lo hacemos, no quedará mundo que habitar. Si eso es justicia o simple instinto de supervivencia, me da igual.
Comenzaron el ascenso por la meseta. El terreno era traicionero, lleno de grietas de las que emanaba una niebla fría. A medida que avanzaban, las voces de sus antepasados empezaron a susurrar en sus mentes. A Xylia le recordaban la gloria perdida de su casa; a Lyraka, el rechazo de su tribu; a Shapira, el dolor de las cadenas; y a Ravenna, el peso insoportable de decidir el destino de los demás.
—¡Basta! —gritó Xylia, golpeando el suelo con su espada para dispersar una sombra que intentaba trepar por sus grebas—. ¡No somos las sombras de nuestros padres!
—No lo somos —coincidió Shapira, extendiendo sus manos. Las cadenas negras se lanzaron hacia adelante, atrapando a los espíritus neblinosos y aplastándolos con una fuerza gravitatoria implacable—. Pero ellos son parte de nosotras. No niegues tu dolor, Xylia. Úsalo como combustible.
La interacción entre ellas era una danza de desconfianza y necesidad. Lyraka, con sus cuernos de orgullo, siempre quería liderar, pero se detenía ante la sabiduría silenciosa de Ravenna. Xylia representaba el escudo, pero era Shapira quien realmente entendía el costo de la resistencia.
Finalmente, llegaron a las puertas del relicario. Eran de un material que parecía carne petrificada, grabadas con escenas de la creación del mundo. En el centro, un hueco circular esperaba algo.
—El sacrificio —susurró Ravenna—. Para abrir la puerta, una de nosotros debe ofrecer algo que la defina. No una posesión, sino una parte de su identidad.
Lyraka dio un paso al frente, pero Ravenna la detuvo con un brazo.
—Aún no, Lyraka. Tu orgullo es lo que nos mantendrá vivas en la batalla final. Ahora necesitamos algo más... profundo.
Shapira se adelantó. Sus cadenas dejaron de flotar y cayeron al suelo con un estruendo pesado.
—Yo lo haré. Mi identidad está ligada a mi cautiverio. Ofreceré mi silencio. Durante el tiempo que dure nuestra búsqueda en este relicario, perderé la capacidad de comunicarme. Mi vacío hablará por mí.
Shapira puso su mano sobre la puerta. Una luz negra succionó la energía de su garganta. Ella abrió la boca, pero no salió sonido alguno, solo un vaho frío. Las puertas de carne petrificada se abrieron con un gemido agónico.
Entraron en una sala circular donde el techo parecía estar hecho de agua estancada. En el centro, flotando sobre un altar de huesos, algo comenzó a materializarse. No era un objeto sólido, sino una manifestación de energía pura.
Una corona de luz y sombra pendía sobre sus cabezas.