Diego Román siempre fue un hombre demasiado consciente de su belleza. Coqueto, encantador y famoso entre las mujeres, disfrutaba de la atención como si hubiera nacido para recibirla. Nunca tuvo novia fija porque prefería divertirse, hablar bonito y robar sonrisas donde fuera.
Pero toda su vida termina absurdamente cuando el teleférico en el que viajaba se desploma hacia el vacío.
Y la muerte… no fue el final.
Cuando despierta otra vez, ya no está en su mundo ni en su cuerpo.
Ahora es Liana Duar, la hija de una familia noble humana destinada a convertirse en la esposa del temido Rey de los Insectos, una criatura mitológica que gobierna un reino oculto lleno de seres venenosos, mariposas gigantes y monstruos alados.
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Capítulo 3 — Sacrificaré mi hombría por la paz mundial.
Liana terminó aceptándolo una mañana mientras estaba sentada frente al espejo y una doncella ajustaba cuidadosamente los botones de su vestido.
Ya no tenía sentido seguir pensando como Diego Román.
Cada vez que alguien la llamaba Diego en su cabeza, sentía extraño el nombre. Le pertenecía, sí, pero también se sentía lejano, como algo que había dejado atrás junto con su antiguo cuerpo y aquella vida absurda llena de citas, perfumes caros y mensajes enviados a tres mujeres distintas al mismo tiempo.
Ahora era Liana.
Y Liana tenía un problema enorme encima.
La boda.
Observó su reflejo en silencio mientras la doncella acomodaba el largo cabello rojo sobre sus hombros.
—Lady Liana, últimamente está muy tranquila.
Ella levantó una ceja.
—¿Tranquila? Hace tres días me caí por las escaleras porque olvidé levantar el vestido.
—Bueno… sí, pero antes parecía más asustada.
Liana soltó un suspiro.
Asustada seguía. Muchísimo. Pero entendía que tenía dos opciones; casarse o provocar una guerra horrible. Y sinceramente ya había muerto una vez como para volver a repetir tragedias.
—Ya pensé demasiado las cosas —murmuró—. Voy a casarme con ese rey.
La doncella sonrió emocionada.
—Sabía que terminaría aceptándolo.
—Es supervivencia, niña.
—Aun así suena romántico.
Liana la miró por el espejo.
—Tú tienes muy poca preocupación por mi futuro.
La chica soltó una risa pequeña mientras seguía peinándola.
Las doncellas estaban convencidas de que Liana había cambiado después de esa mañana. Algunas creían que maduró, otras pensaban que estaba rebelde y una incluso había empezado a decir que probablemente tenía un espíritu protector bendiciéndola.
Liana casi se atragantó cuando escuchó eso.
Si supieran que el supuesto espíritu protector era un hombre coqueto muerto.
Aquella mañana Marianne volvió para continuar sus clases de etiqueta. Apenas verla entrar hizo que Liana quisiera fingir desmayo.
La mujer llevaba un abanico y esa expresión estricta que parecía permanente en su rostro.
—Hoy aprenderá cómo sentarse correctamente durante reuniones sociales.
Liana dejó caer la cabeza hacia atrás.
—Siento que cada día descubro una nueva manera de sentarme mal.
—Porque existe.
—Eso no debería existir.
Marianne ignoró la queja.
—Las piernas deben mantenerse juntas, la espalda recta y los movimientos delicados.
Liana intentó copiar la postura. Aguantó cinco segundos antes de empezar a encorvarse.
La institutriz golpeó suavemente la mesa con el abanico.
—Recta.
—Estoy recta.
—Parece una papa cansada.
Las sirvientas agacharon la cabeza para esconder la risa.
Liana abrió la boca indignada. Luego la cerró.
La joven volvió a acomodarse mientras refunfuñaba bajito.
Habían pasado semanas desde que despertó en ese mundo y todavía había cosas que no lograba entender. Los corsés seguían siendo instrumentos de tortura, caminar con gracia requería demasiado esfuerzo y las conversaciones entre damas eran agotadoras.
Ayer pasó dos horas escuchando a unas nobles discutir sobre bordados.
Dos horas.
Liana todavía seguía procesando semejante sufrimiento.
—Lady Liana.
—¿Hm?
—Debe prestar atención.
—Estoy prestando atención, solo que mi alma abandonó mi cuerpo hace veinte minutos.
Marianne cerró los ojos lentamente.
—Definitivamente cambió.
—Gracias.
—No fue un cumplido.
Liana sonrió.
Ya se había acostumbrado un poco a aquello. Extrañamente, la gente parecía reaccionar mejor a su nueva personalidad. Los sirvientes se sentían más cómodos hablando con ella y hasta su hermano menor pasaba más tiempo molestándola.
Quizás la antigua Liana era demasiado fría.
La puerta del salón se abrió de golpe.
—¡Hermana!
El muchacho entró corriendo con expresión divertida.
—Te están buscando abajo.
Liana suspiró.
—Si es otra clase de modales, dile a padre que prefiero morir.
—Es peor.
—¿Peor?
El chico sonrió con malicia.
—Llegaron hijos de nobles jóvenes para tomar el té contigo.
Marianne asintió aprobatoriamente.
—Es una buena oportunidad para que practique comportamiento social.
Liana sintió escalofríos.
Comportamiento social.
Con hombres.
Ahí estaba el problema real.
Porque antes ella era Diego. Coquetear le salía natural; sabía qué decir, cómo mirar y cuándo sonreír. Pero hacerlo ahora siendo mujer… eso era completamente diferente.
Muy diferente.
Y peor aún, tenía que practicar para enamorar al Rey de los Insectos.
Solo pensar en eso le daba vergüenza.
Su hermano cruzó los brazos divertido.
—¿Por qué pusiste esa cara? Antes siempre estabas feliz cuando venían pretendientes.
Liana se levantó rápidamente.
—Porque ahora tengo estándares emocionales.
—¿Qué significa eso?
—No comprenderás. Estás muy chiquito para entenderlo.
Media hora después estaba sentada elegantemente en uno de los salones principales junto a tres jóvenes nobles.
O al menos intentaba verse elegante.
Uno de ellos no dejaba de hablar sobre caballos.
Otro sonreía demasiado.
Y el tercero parecía mirarle el pecho cada cinco segundos.
Liana empezó a entender por qué tantas mujeres perdían la paciencia.
—Lady Liana, escuché que pronto conocerá al Rey de los Insectos —comentó uno de los nobles.
Ella tomó la taza de té.
—Sí, si todo sale bien me convertiré en esposa diplomática profesional.
Los tres hombres parpadearon confundidos.
El que sonreía demasiado se inclinó un poco hacia ella.
—Debe ser aterrador casarse con alguien desconocido.
Liana lo miró directamente.
—Los hombres desconocidos suelen ser aterradores aunque no tengan alas.
El hermano menor de Liana casi se atragantó intentando no reírse.
Uno de los nobles carraspeó incómodo.
—Bueno… supongo que sí.
Liana suspiró mentalmente.
Esto era horrible.
¿Cómo se suponía que debía actuar delicadamente encantadora? Ella sabía seducir mujeres, no hombres.
Aunque…
Se quedó observando a los nobles unos segundos.
Recordó cómo reaccionaban muchas chicas cuando él las hacía sentir escuchadas.
Interés.
Atención.
Seguridad.
Liana entrecerró ligeramente los ojos.
Quizás no era tan complicado. Se inclinó apenas hacia adelante mirando al joven que hablaba de caballos.
—Entonces, ¿ganaste la carrera del otoño pasado?
El muchacho abrió los ojos sorprendido.
—¿La recuerda?
—Lo mencionaste hace rato. Parecías orgulloso.
El noble sonrió inmediatamente, más relajado.
—Bueno… sí gané.
Liana apoyó el mentón en la mano.
—Debió sentirse bien.
Y funcionó. Demasiado rápido.
Los tres hombres empezaron a mirarla distinto. Más atentos.
Su hermano observó la escena con sospecha.
—Hermana… das miedo.
Ella sonrió apenas.
—Experiencia laboral.
—¿Qué?
—Nada.
Pero unos minutos después empezó el verdadero problema.
Porque mientras hablaba y sonreía tranquilamente, uno de los nobles tomó su mano.
Liana se congeló.
—Lady Liana tiene manos muy suaves.
Ella sintió un escalofrío horrible subirle por la espalda.
Antes ella hacía esas cosas.
Ahora las recibía.
Qué experiencia tan incómoda.
Retiró la mano lentamente intentando mantener compostura.
—Gracias.
El joven siguió sonriendo.
—Entiendo por qué tantos hombres quieren cortejarla.
Liana casi responde “yo también me cortejaría” pero logró detenerse a tiempo.
Cuando finalmente terminó aquella reunión, salió del salón con expresión agotada.
Su hermano caminó junto a ella.
—Definitivamente cambiaste.
—¿Eso dicen todos porque ya no me quedo callada?
—No, lo digo porque antes parecías aburrida y ahora pareces increíblemente inesperada.
Liana soltó una risa pequeña.
—Tomaré eso como cumplido.
El muchacho la observó de reojo.
—¿De verdad piensas casarte con el Rey de los Insectos?
Ella guardó silencio unos segundos.
—Sí.
—¿Aunque da miedo?
Liana recordó las páginas del libro cubiertas de muerte y veneno.
Recordó también la ilustración de aquel rey hermoso de alas negras.
Suspiró despacio.
—Creo que sería más aterrador hacerlo enojar.
Su hermano hizo una mueca.
—Eso suena preocupante.
Lo era y mucho.
Aquella noche, ya sola en su habitación, Liana volvió a abrir uno de los libros sobre el reino de los insectos. Había empezado a leerlos casi por costumbre.
Curiosidad también.
Quería saber más sobre el hombre con el que terminaría casándose.
Pasó lentamente las páginas hasta encontrar información sobre la familia real.
“Los miembros de sangre pura poseen alas únicas según su linaje.”
“Su belleza es utilizada como símbolo de poder.”
“Son extremadamente territoriales con sus parejas.”
Liana levantó una ceja.
—¿Territoriales?
Siguió leyendo.
“Una vez que reconocen a alguien como suyo, rara vez permiten que otros se acerquen.”
Ella cerró lentamente el libro.
—…Eso ya no suena tan romántico.
Aunque honestamente tampoco sonaba mal.
Y ese pensamiento la hizo entrar en crisis inmediatamente.
Se levantó de golpe de la cama.
—¡No! ¡Ni siquiera lo conozco!
Empezó a caminar por la habitación nerviosa.
—Cálmate, Liana. Solo tienes curiosidad normal. Curiosidad diplomática.
Se detuvo frente al espejo.
Seguía siendo extraño verse así. Hermosa y femenina.
Con expresiones que antes jamás había hecho.
Apoyó ambas manos sobre el tocador soltando aire lentamente.
—Bueno… supongo que ya no soy Diego Román.
El nombre sonó lejano.
Liana levantó despacio la mirada hacia el reflejo.
Y aunque todavía seguía adaptándose a esa nueva vida, había algo que ya entendía perfectamente.
Necesitaba sobrevivir.
Y para hacerlo… tendría que enamorar al hombre más peligroso de aquel mundo antes de que él decidiera destruirlo todo.
Mejor quedate calladita