A pocos meses de haberse casado con Diego Alcázar, Valeria descubre que este, le es infiel con Camila, el supuesto amor de Diego. Ante tal descubrimiento, Valeria sale huyendo del hotel y es atropellada.
Al despertar descubre que ni su esposo, ni la familia de este, han ido a verla, y que fue un extraño quien la llevo al hospital y pago sus gastos. Tras el alta y al volver a casa descubre que su suegra ya ha sacado todas sus cosas y asegura que Camila es la mujer que si acepta para su hijo.
Es en ese momento de desesperación, le llega un mensaje y termina encontrándose con el hombre que la llevo al hospital, Santiago Alcázar, el medio hermano de Diego, quien le propone casarse con él a cambio de no cobrarle los gastos médicos que él pagó. ¿Cuáles son las intenciones de Santiago al pedirle matrimonio?
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Capítulo 3
Capítulo 3
Golpes de ambos lados
Apreté el celular en la mano.
Tengo buen temple. Mi trabajo me acostumbró a ver escándalos antes de que se vuelvan noticia. Pero en ese instante, con la foto abierta frente a mí y mi ropa tirada en la entrada del edificio, no podía saber quién era exactamente esa “persona interesada” que había tomado la imagen.
—Habla usted como si el mundo estuviera al revés —dije, conteniendo la rabia—. Su hijo se acostó con otra mujer a mis espaldas y yo lo encontré en plena cama. ¿Qué tiene que decir de eso?
La cara de Teresa Navarro se puso horrible.
Sus ojos parecían cuchillos. Tomó del brazo a la joven que estaba a su lado y la empujó un poco hacia adelante.
—Más cuidado con esa boca. Camila es la mujer que Diego ama. Si no fuera por ti, Diego y Camila ya se habrían casado. ¿Qué lugar crees que tenías tú en esta historia?
Miré a la joven.
La observé de verdad por primera vez.
Entonces entendí.
Ella era Camila.
La mujer que había estado en la cama con Diego en el Hotel Mondé. La amante de mi esposo.
Ese día yo estaba demasiado fuera de mí para fijarme bien en su rostro. Ahora veía que era bonita, sí, con una belleza dulce de actriz joven. Pero alrededor de la boca tenía la misma acidez de Teresa. Qué maravilla. Tal para cual.
Camila levantó el mentón.
—Valeria Salcedo, Diego nunca te amó. Él y yo crecimos juntos. Si no hubiera sido porque...
—¡Camila!
Teresa la cortó antes de que terminara. Su expresión se volvió todavía más oscura, más venenosa. Bajó los escalones uno por uno hasta quedar frente a mí.
Al segundo siguiente levantó el brazo y me dio una bofetada.
Me quedé aturdida.
Muy bien. En el hotel, Diego me había dado la primera. Ahora su madre sumaba la segunda.
—¿Tú crees que mi hijo se casó contigo por amor? —escupió Teresa—. No seas ridícula. Se casó para divorciarse de ti, para dejarte arruinada, para convertirte en el hazmerreír de toda la ciudad. Eso es tu castigo. El castigo de la familia Salcedo.
Hablaba como una loca. O, peor, como alguien que llevaba demasiado tiempo esperando decir esas palabras.
La gente empezaba a asomarse desde el lobby y desde la banqueta. Nadie intervenía todavía. En la Ciudad de México, un pleito familiar en la entrada de un edificio caro se mira primero como espectáculo y después, si acaso, como problema. Sentí las miradas sobre mi ropa arrugada, sobre la sangre seca junto a mi ojo, sobre mis cosas tiradas en el piso.
Me ardió más la vergüenza que la mejilla.
No entendía nada.
Pero cuando volvió a levantar la mano para golpearme otra vez, le sujeté la muñeca.
Y le devolví la bofetada.
El golpe sonó seco.
Camila se quedó paralizada. Teresa giró casi de lado con el impacto; si Camila no la hubiera sostenido, probablemente habría terminado en el suelo.
—¡Maldita! —chilló Teresa—. ¿Cómo te atreves a pegarme?
Sacudí mi mano, que me ardía.
—Teresa Navarro, ¿de verdad creyó que soy una muñeca de trapo? Le voy a decir algo para que le quede claro. Yo también crecí querida por mis padres. También soy la hija mayor de los Salcedo. Si antes la traté con respeto fue por Diego. Pero Diego y yo pronto no vamos a tener nada que ver. Así que si vuelve a ponerme una mano encima, no espere que yo me quede quieta.
Durante mi relación con Diego, soporté bastantes desprecios de Teresa. Comentarios sobre mi familia, sobre mi trabajo, sobre mi forma de vestir, sobre lo poco conveniente que yo era para su hijo. Siempre sonreí. Siempre cedí. Siempre pensé que si Diego me quería, podía aguantar a su madre.
Qué estúpida fui.
Mi respeto solo les había servido para preparar una venganza que yo no entendía.
¿Qué significaba eso de “castigo”? ¿Qué tenía que pagar la familia Salcedo? ¿Por qué Diego, que antes parecía amarme, había cambiado de una forma tan brutal?
No podía encontrar una respuesta.
De pronto sentí un tirón en el cabello.
Teresa y Camila se me fueron encima al mismo tiempo.
Una me jalaba del pelo. La otra intentaba arañarme la cara. Insultaban, gritaban, me acusaban de zorra, de trepadora, de ladrona de hombres. Yo reaccioné por instinto. Si ellas eran dos, yo no iba a jugar limpio. Empecé a defenderme y a golpear donde podía.
Especialmente en la cara.
Sabía reconocer a ese tipo de mujeres. Para ellas, el rostro valía más que la dignidad.
El escándalo atrajo a los guardias del edificio. Dos hombres de seguridad tuvieron que separarnos. Yo tenía arañazos en el cuello y en los brazos. Al mirar mejor, vi que Camila sostenía mi zapato de boda, el del tacón roto. Si yo no hubiera protegido mi rostro, quizá me habría dejado una cicatriz.
Ellas tampoco salieron ilesas. Teresa tenía el peinado deshecho y una mejilla roja. Camila sangraba un poco del labio y me miraba con odio.
No me importó.
Recogí lo que pude de mis cosas, pero era inútil. Todo estaba revuelto, sucio, roto. No tenía fuerzas para rescatar mi vida entera del piso de una entrada.
Salí del edificio y tomé un taxi.
—¿A dónde la llevo, señorita? —preguntó el conductor, mirándome por el retrovisor con una mezcla de curiosidad y alarma.
Pensé unos segundos.
No podía ir con mis padres. No así, llena de arañazos, con el ojo lastimado, con la ropa arrugada y la cabeza ardiendo. Tampoco podía volver al departamento. Todo lo mío estaba tirado y la familia de Diego acababa de declararme la guerra en la puerta.
—A la colonia Roma —dije, y le di la dirección de Lucía.
Lucía Andrade había sido mi compañera de universidad y era mi mejor amiga. Si existía una persona capaz de abrirme la puerta sin hacer preguntas estúpidas, era ella.
Mientras el taxi avanzaba, sentí que los órganos me ardían de rabia.
Pero cuando la adrenalina empezó a bajar, una idea se impuso sobre todas las demás: la razón detrás de mi matrimonio fallido quizá solo podía encontrarse en Diego.
El teléfono sonó.
Miré la pantalla.
Diego.
Ese desgraciado todavía se atrevía a llamarme.
Contesté.
—Valeria Salcedo, estás completamente loca —dijo, furioso, sin saludar—. ¿Cómo te atreviste a pegarle a mi mamá y a lastimar a Camila? Esta me la vas a pagar.
La sangre me hirvió.
—Escúchame bien, imbécil. Tu madre y tu amante me atacaron primero. Eran dos contra una y aun así no pudieron conmigo. ¿Todavía tienen cara para hacerse las víctimas? ¿La familia Alcázar no conoce la vergüenza?
Él intentó interrumpirme.
No lo dejé.
—Tú fuiste el que se acostó con otra mujer. Tu madre me acusó de andar con un hombre porque vio una foto mía inconsciente, cargada por la persona que me llevó al hospital. ¿Sabes por qué hubo una foto así? Porque salí destruida después de encontrarte en la cama con Camila y tuve un accidente. Todo esto empezó por ti. Diego, eres una porquería con apellido caro. Yo sí estaba ciega cuando acepté casarme contigo.
Colgué antes de que pudiera responder.
Soy periodista. Discutir, ordenar hechos, clavar palabras en el lugar exacto: eso sí sabía hacerlo. Teresa, Camila y Diego juntos quizá podían montar una escena, pero si se trataba de hablar, no me iban a ganar tan fácil.
Después de insultar a Diego, sentí que el dolor en el pecho aflojaba un poco.
El teléfono vibró de nuevo.
Esta vez era un mensaje de un número desconocido.
Abrí el archivo adjunto.
Era el desglose de mis gastos médicos.
Leí el total y casi me desmayé en el asiento del taxi.
Más de trescientos mil pesos.
¿Por un accidente y dos semanas de hospital? ¿Qué me habían hecho, reconstruirme con oro?
Dos segundos después entró una llamada del mismo número.
Contesté con la poca paciencia que me quedaba.
—¿Recibió el detalle? —preguntó una voz grave—. Si acepta el trato, esa deuda desaparece. Además, todo lo que quiere, puedo ayudarla a conseguirlo.
Santiago Alcázar.
Cerré los ojos. Sentí que me salía humo de la cabeza.
—Señor Alcázar, ¿está jugando a ser el magnate dominante de una novela barata? ¿Frases bonitas para seducir a una mujer casada en desgracia? Ya le dije que no acepto ningún trato. Y otra cosa: tuve un accidente, no me transplantaron un edificio. ¿Más de trescientos mil pesos por hospitalizarme? Eso se llama abuso.
Al otro lado se oyó una risa baja. Incluso por teléfono sonaba peligrosa.
—Usted es la mujer que elegí. Claro que merecía los mejores médicos y los mejores medicamentos.
—¿A todas las mujeres que elige las endeuda así?
—Cuando acepte ser mi mujer de verdad, puedo perdonarle la cuenta.
—Usted...
Me mordí la lengua antes de insultarlo. Luego colgué con tanta fuerza que la pantalla casi se me resbala.
Maldita sea.
¿Por qué todos los Alcázar tenían que ser tan insoportables?
Guardé el celular en el bolso y apoyé la frente contra la ventana del taxi. Afuera, la ciudad seguía moviéndose como si mi matrimonio no acabara de convertirse en ruinas frente a medio mundo. Eso me dio una rabia extraña, pero también una certeza: si todos pensaban usar mi vida como escenario, yo iba a aprender a hablar más fuerte que ellos.