Dieciocho años han pasado desde que un collar de luna y un león de ónix sellaron un destino en la terraza de la Torre Vane. Lo que comenzó como una conexión infantil en medio de una guerra de mafias, se ha transformado en algo mucho más oscuro y complejo.
Aria Vane ya no es la bebé que buscaba refugio en los brazos de Eithan Smirnov. Ahora es una mujer con la inteligencia gélida de su padre, Killian, y la belleza indomable de su madre, Elara. Pero para Eithan, el heredero de la Bratva italiana, ella sigue siendo su única prioridad, su "Luna". Y el León está listo para reclamar su trono.
Tercera parte de:
__Mis hijos hackearon al CEO
__Heredero del pecado
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Capítulo 3: Sangre, Sudor y un toque de Caos
La mansión de Mijail Smirnov en los acantilados de la Costa Amalfitana era una obra maestra de arquitectura y seguridad militar. Pero ese día, la elegancia del mármol blanco se veía interrumpida por el sonido de algo rompiéndose y las risas estridentes de dos mujeres que eran el terror de cualquier guardaespaldas.
Vera y Nadia Smirnov, a sus 20 años, eran la personificación del caos. Vera acababa de lanzar un jarrón de la dinastía Ming al aire solo para ver si su hermana podía interceptarlo con un dron.
—¡Vera! ¡Nadia! ¡Basta ya! —rugió Mijail desde el balcón, pero las gemelas ni siquiera parpadearon.
—Déjalas, tío —dijo una voz calmada y profunda.
Edans Vane apareció en la entrada, con las manos en los bolsillos de su pantalón de sastre. A sus 26 años, Edans era "El Observador". Su mirada analítica no se perdía nada; podía leer el pulso de una persona solo mirando la vena de su cuello. A su lado, Evans, "El Estratega", tecleaba furiosamente en un dispositivo holográfico de muñeca.
—Nadia, el dron tiene un retraso de 0.4 segundos en el motor izquierdo. Si sigues así, vas a decapitar una estatua de la abuela Helena —dijo Evans sin levantar la vista—. Y Vera, tu lenguaje corporal indica que vas a intentar saltar a la piscina desde el tercer piso en menos de cinco minutos. No lo hagas, el ángulo del viento no te favorece.
Las gemelas se detuvieron en seco. Solo los gemelos Vane tenían ese efecto sobre ellas. Vera se acercó a Edans y le apretó las mejillas con fuerza, mientras Nadia se colgaba del hombro de Evans, intentando ver qué estaba hackeando.
—Son tan aburridos y tan perfectos —bufó Vera, pero se quedó quieta. El caos se había calmado... por ahora.
Mientras el "equipo de contención" manejaba a las gemelas, en el gimnasio subterráneo el aire olía a magnesio y rivalidad. Ethan y su primo Leo estaban en el centro de la lona, sin camisetas, cubiertos de sudor y marcas de golpes.
Aria observaba desde las sombras, con los brazos cruzados. Sabía que esto no era un simple entrenamiento. Leo, el heredero de Mijail, siempre había sentido que la sombra de Eithan era demasiado larga.
—Dime la verdad, primo —dijo Leo, lanzando un jab rápido que Ethan esquivó por milímetros—. ¿Siberia fue gracias a tu talento o porque la Luna te hizo el trabajo sucio?
Ethan barrió la pierna de Leo, derribándolo contra la lona con un estruendo sordo. Se posicionó encima, con la mirada encendida.
—Cuidado, Leo —gruñó Ethan—. Aria no es mi ventaja, es mi vida. Si vuelves a sugerir que es mi "trabajo sucio", te sacaré de esta lona en una camilla.
—¡Suficiente! —la voz de Aria cortó la tensión como un bisturí—. Ethan, suéltalo. Leo, si quieres saber cómo ganamos en Siberia, intenta hackear mi servidor privado. Si logras pasar la primera capa de seguridad de Evans, tal vez te responda.
Leo se levantó, limpiándose la sangre del labio, mirando a Aria con una mezcla de respeto y fastidio. La unión de esos dos era impenetrables.
Esa noche, la mesa de los Smirnov estaba completa. Damián y Alessandra presidían junto a Mijail y Helena. Dimitri y Katia compartían confidencias, mientras su hija Sasha intentaba convencer a Evans de que le diera acceso a los satélites de la Torre Vane.
Sin embargo, la cena tenía un invitado extra: el Conde Lorenzo Cavalli, un aliado estratégico de Mijail. Un hombre joven, apuesto y con una arrogancia que gritaba "problemas".
—Debo decir, Killian —dijo Lorenzo, dirigiéndose al padre de Aria—, que tu hija es el tesoro más impresionante de Nueva York. Me pregunto si Italia tiene suficiente espacio para una Luna tan brillante... o si necesita un guía local.
Lorenzo le dedicó una sonrisa encantadora a Aria y, en un movimiento audaz, puso su mano sobre la de ella en la mesa.
Damián Smirnov dejó su copa. Alessandra arqueó una ceja. Pero fue Ethan quien reaccionó. No gritó. No se movió bruscamente. Simplemente tomó un cuchillo de carne y lo clavó en la mesa, a un centímetro de los dedos de Lorenzo.
—Esa mano —dijo Ethan con una calma que hizo que a Lorenzo se le helara la sangre—, tiene exactamente tres segundos para desaparecer de donde está. Si después de eso sigue ahí, te prometo que nunca volverás a usarla para firmar un contrato... ni para nada más.
—Ethan, por favor, es solo un gesto de cortesía —intentó decir Mijail, pero la mirada de su sobrino lo detuvo.
—En mi mundo, Mijail, tocar lo que es mío no es cortesía. Es una declaración de guerra —sentenció Ethan.
Aria no retiró su mano; esperó a que Lorenzo la quitara, temblando. Luego, ella misma entrelazó sus dedos con los de Ethan bajo la mesa, dándole ese apretón que solo él conocía.
Al terminar la cena, mientras los hombres hablaban de rutas marítimas y las gemelas Vera y Nadia intentaban convencer a Edans de que las llevara a una carrera clandestina, la abuela Helena tomó a Aria del brazo.
—Ven conmigo, pequeña Luna —susurró la matriarca—. Hay algo que debes ver.
La llevaron a la biblioteca privada, un lugar donde el olor a papel antiguo y cera de vela era abrumador. Helena sacó un diario forrado en cuero desgastado, con el emblema del León y la Luna grabado en plata.
—Tu unión con Ethan no fue solo un capricho del destino ni un plan de Killian —dijo Helena, abriendo una página amarillenta—. Hace cien años, un Smirnov y una mujer de tu linaje intentaron lo mismo. No lo lograron. El mundo los destruyó porque no eran lo suficientemente fuertes. Pero este diario... contiene las claves para que ustedes no cometan los mismos errores.
Aria leyó las primeras líneas y su corazón dio un vuelco.
"El León protegerá el trono, pero la Luna gobernará las sombras. Juntos, serán el fin de los imperios antiguos y el inicio de la Dinastía Eterna".
—¿Qué significa esto, Helena? —preguntó Aria, con un escalofrío recorriéndole la espalda.
—Significa, Aria, que la guerra que viene no es contra los Moretti o los Forrest —respondió Helena con gravedad—. Es contra aquellos que temen que el León y la Luna finalmente se hayan encontrado.