Keile después de cometer muchos errores y ganarse el odio de su enigma tuvo que ver como la vida se le escapaba a la persona que más amo , no solo lo vio morir el fue su verdugo y vivió cada día en el arrepiento pero ahora el destino a decido darle una oportunidad volviendo al momento antes de que la luz de su egnima fuese apaga¿cometerá keile los mismo errores de su vida pasada?
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El cazador cazado
Me encantaba esa mirada. Esa mezcla de furia contenida y disciplina a punto de estallar que solo el gran "Alfa" sabía poner cuando yo decidía que la tarde estaba demasiado aburrida. Ver a Keile apretar la mandíbula mientras yo agitaba su guante era mi deporte favorito; era como jugar con una bomba de relojería que, extrañamente, nunca llegaba a explotar del todo.
Pero hoy... hoy algo olía diferente. Y no era el salitre del muelle.
—Vaya, el Soldadito se atrevió a saltar —solté, preparando mi mejor sonrisa de suficiencia mientras lo veía caer sobre la arena. Esperaba el sermón. Esperaba que me gritara que era un inmaduro o que me amenazara con un informe disciplinario.
Pero Keile no gritó. Ni siquiera frunció el ceño.
Se quedó ahí, parado a un par de pasos, mirándome con una intensidad que me hizo cosquillas en la nuca. No era la mirada de un militar ofendido; era la mirada de alguien que te conoce las entrañas y no tiene miedo de lo que hay dentro. Me sentí, por primera vez en mi vida, como si el que estuviera bajo un microscopio fuera yo.
—El uniforme me da igual, Brayan —dijo. Su voz era un hilo de seda, sin una gota de esa rigidez que tanto me divertía romper.
Se acercó. Y no se detuvo donde dictaba el manual de "distancia adecuada entre un oficial y un civil molesto". Invadió mi espacio con una confianza que me dejó mudo. Sentí el calor de su cuerpo cerca del mío y, por un segundo, mi cerebro se quedó en blanco. Se supone que yo era el que provocaba. Se supone que yo era el que lo dejaba congelado a él.
—Si de verdad quieres que me ensucie —me susurró al oído, y juraría que sentí un escalofrío recorriéndome la espalda—, vas a tener que esforzarte más que robando un simple guante.
¿Qué demonios estaba pasando? Me quedé estático, con el guante colgando de mi dedo como si fuera un pedazo de trapo inútil. Mi armadura de burlas empezó a tambalearse. Keile me estaba retando, pero no con órdenes, sino con mi propio juego. Y lo peor es que lo estaba haciendo mejor que yo.
—¿Ah, sí? —logré decir, aunque mi voz sonó un poco más rota de lo que me habría gustado. Traté de recuperar el control con un empujón en su hombro, pero fue como intentar mover una montaña—. ¿Y qué sugiere el gran Alfa? ¿Una pelea? ¿Una carrera...?
—Sugiero que dejes de hablar tanto —me cortó.
Antes de que pudiera reaccionar, atrapó mi mano. Sus dedos no apretaron como los de un soldado que busca someter, sino como alguien que no quiere que te escapes nunca. Me arrebató el guante con una elegancia que me desarmó, pero no soltó mi mano. Se quedó ahí, sosteniéndome, rompiendo todas mis reglas no escritas.
Me sentí pequeño. Desnudo. El aire se volvió pesado y el corazón me dio un vuelco que me asustó.
—Estás muy extraño hoy, Keile —murmuré. Ya no podía sostener la máscara de villano. Mi respiración se había vuelto traicionera—. Me miras como si... como si fueras a llorar o como si fueras a matarme. ¿Qué te pasa?
—Solo estoy recuperando lo que es mío —respondió él, y la forma en que me miró me hizo comprender que el guante era lo de menos.
Tragué saliva, sintiendo que el suelo bajo mis pies era tan inestable como el muelle viejo. Se supone que yo era el que ganaba estos encuentros, pero ahora mismo, sentía que si Keile no me soltaba, me iba a desarmar por completo