Me enamoré de una Youtuber que quiere seguir en el anonimato.
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En la mañana
Al día siguiente, Carolina despertó con los ojos hinchados y una sensación de cansancio que no se iba del todo.
Había dado vueltas en la cama durante casi una hora antes de lograr dormirse, pensando una y otra vez en la escena del bar: esa mirada amable, la voz tranquila de Alejandro diciendo que su voz le parecía linda, y sobre todo, cómo él había notado sus manos.
Se levantó despacio, todavía en pijama, y fue al baño.
Luego, lavó su cara con agua fría, intentando espantar el recuerdo. Su cabello estaba hecho un desastre, así que lo recogió en una coleta alta y desordenada.
Después de prepararse un café con leche y un par de galletas, tomó el teléfono y marcó el número de su amiga Sofía.
Sofía contestó al tercer timbre, con la voz un poco agitada y el ruido del tráfico de fondo.
—¡Caro! Buenos días, reina. Espera, dejame poner el Bluetooth… este tráfico está imposible hoy.
Se escuchaba el claxon lejano y el ruido de los motores.
Sofía era blanca, llena de pecas en la nariz y las mejillas, con el cabello teñido de un rubio pajizo que casi siempre llevaba suelto.
Trabajaba en una agencia de marketing. Era su amiga de muchos años y una de las pocas personas que sabía que Carolina tenía un canal de YouTube y que nunca mostraba la cara.
—Hola, Sofi… ¿cómo vas? —preguntó Carolina intentando sonar casual.
—Bien, bien, luchando contra estos conductores locos. ¿Y tú? ¿Todo está tranquilo?
Carolina dio un sorbo a su café y trató de mantener la plática ligera.
—Pues… normal. Ayer comí en El Refugio del Gato, ya sabes, las alitas están ricas. Hoy voy a grabar dos videos porque el primero me quedó regular…
Sofi soltó una risita. Conocía demasiado bien a su amiga.
—Ajá… ¿y nada más? Te conozco, Caro. Esa voz de “todo está bien” no me engaña. Suéltalo. ¿Qué pasó?
Carolina se mordió el labio inferior y se sentó en el sillón, escondiendo la cara entre su cabello aunque Sofía no pudiera verla.
—No pasó nada… de verdad. Solo que… ayer un chico me reconoció.
Hubo un segundo de silencio al otro lado de la línea, solo interrumpido por el ruido del tráfico.
—¿Te reconoció? ¿Cómo? ¡Si nunca muestras la cara!
—Mi voz… —susurró Carolina, avergonzada—. Dijo que mi voz le sonaba muchísimo y luego… miró mis manos. Se dio cuenta. Fue muy amable, no insistió mucho, pero… me puse nerviosa y me fui corriendo cuando él fue al baño.
Sofi soltó una carcajada suave.
—¡Ay, Carolina! ¿Y cómo era el chico?
—Alto… como 1.80, cabello negro, complexión normal, ¿guapo? No sabría decirte. Se llama Alejandro. Dijo que le gustan mucho mis videos. Me dijo que mi voz le parecía… linda y tierna.
—Uy, eso suena peligroso —bromeó y río Sofía—. ¿Y te gustó?
—¡No! Bueno… no sé. Me puse roja como tomate. Me escondí las manos debajo de la mesa y todo. Creo que lo espanté.
Las dos se rieron un poco, pero Sofía tenía que conducir y el tráfico se ponía más denso.
—Oye, a lo mejor lo vuelves a ver. El barrio no es tan grande.
—Nah… —suspiró Carolina—. Probablemente no. Fue pura coincidencia. Además, se ve más joven que yo… y yo ya no estoy para esas cosas, ¿qué haría un chico así fijándose en mí? Soy… complicada, brillo mejor detrás de la pantalla.
—Eres preciosa y talentosa —la regañó Sofía con cariño—. Pero bueno, si no lo vuelves a ver, pues ni modo. Al menos te sacó una sonrisa.
—Tal vez… —murmuró Carolina.
—Bueno, ya estoy entrando al túnel, se me va a cortar la llamada. ¡Hablamos después, eh! Y no te distraigas mucho con el chico guapo.
—Adiós, Sofi.
Carolina colgó y se quedó mirando el teléfono un momento. Luego suspiró, se puso los audífonos y se sentó frente a la computadora para trabajar.
Intentó grabar el primer video, una partida relajada de Animal Crossing, pero estaba distraída. Se equivocaba al hablar, repetía frases y el tono no era como siempre.
Al final lo editó lo mejor que pudo y lo subió, aunque sabía que no tenía la calidad que a ella le gustaba. Era perfeccionista y le molestaba dejar algo “solo pasable”.
—¡Ningún encuentro con un chico amable me va a distraer de mi trabajo! —se dijo en voz alta, como si quisiera convencerse, se dio dos palmadas suaves en las mejillas y se sentó a la orilla de su silla.
Así que grabó un segundo video, esta vez de Zelda y se concentró de verdad. Su voz volvió a sonar envolvente y dulce. Jugó con más energía, comentó con ilusión y el resultado quedó mucho mejor. Lo editó con cuidado y lo subió con una sonrisa satisfecha.
Pero cuando apagó la computadora y se levantó para prepararse algo de comer, la sonrisa amable de Alejandro volvió a aparecer en su cabeza. Esa forma tranquila en que le habló, sin presionarla...
Carolina se llevó las manos a las mejillas, que se le calentaron de nuevo.
—Ay, no… —susurró con su voz suave—. Esto se me está saliendo de las manos.