"Soy psicóloga, sé exactamente por qué el amor es una ilusión neuroquímica… y aun así estoy a punto de perder una apuesta por culpa del publicista con la sonrisa más estadísticamente significativa del mundo."
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CAPÍTULO 1: El Principio de Incertidumbre
Hay un concepto en psicología cognitiva que me fascina y me aterra a partes iguales: el Sesgo de Exceso de Confianza. Es esa vocecita interior que te susurra que controlas la situación cuando, en realidad, estás a punto de tropezar con la única baldosa suelta de toda la acera.
A las nueve y veintisiete de la mañana de ese martes, mi sesgo de exceso de confianza estaba en niveles estratosféricos.
—Bien, señor... —consulté la lista de asistentes que Recursos Humanos me había enviado por correo—. ¿Andrés Montenegro? Director Creativo Asociado. Impresionante.
Pronuncié "impresionante" con el mismo tono con el que un forense dice "interesante" al encontrar un cadáver en posición poco ortodoxa.
—Gracias —respondió él, sin pestañear—. Y usted es la doctora Valeria Núñez. Especialista en microexpresiones faciales. Tesis sobre cortejo humano. Matrícula de honor. Publicación en el Journal of Nonverbal Behavior en 2019. Impresionante.
Silencio.
No el silencio cómodo de dos personas que se entienden sin palabras. El otro. El silencio denso, eléctrico, de dos depredadores que se han reconocido como tales y están decidiendo si luchar o aparearse.
La chica de diseño gráfico —cuyo nombre descubrí después que era Lidia y que tenía tres gatos llamados Figma, Photoshop y Arial— nos miraba como quien ve un partido de tenis en la final de Wimbledon.
—Veo que ha hecho los deberes —dije, recuperando la compostura. Me ajusté las gafas sobre el puente de la nariz, un gesto que mi mejor amiga Clara define como "tu armadura de bibliotecaria emocionalmente inaccesible"—. ¿Investigó a todos los ponentes o solo a los que le corrigen en público?
—Solo a los que usan el término "espécimen" para describir a un ser humano en horario laboral.
Touché.
Avancé a la siguiente diapositiva con un clic quizá demasiado agresivo. El mando del proyector emitió un crujido de plástico sometido a estrés. Me identifiqué con él.
—Diapositiva siete —anuncié—. Proyección Psicológica en el Entorno Laboral. O como yo lo llamo: "Tu jefe no te odia, se odia a sí mismo y tú estás en la trayectoria del rebote".
La sala soltó una carcajada contenida. Incluso Lidia aplaudió brevemente antes de recordar que estaba en una reunión obligatoria y que mostrar entusiasmo podía ser malinterpretado como debilidad corporativa.
El resto del taller transcurrió en una tregua tensa. Andrés Montenegro no volvió a interrumpir. Se limitó a observarme con esos ojos color avellana con motas doradas, tomando notas ocasionales en una libreta Moleskine negra que sacó del bolsillo interior de su chaqueta. Escribía con pluma estilográfica. Pluma estilográfica. En pleno siglo XXI. El hombre era un manifiesto andante de "no soy como los demás".
Y lo peor era que funcionaba.
A las once en punto, cuando pronuncié las palabras mágicas "y esto ha sido todo, gracias por su atención", doce almas abandonaron la sala con la urgencia de quien escapa de un secuestro exprés. Todas menos una.
Andrés permaneció sentado. Piernas aún cruzadas. Moleskine aún abierta. Pluma estilográfica aún amenazante.
—Doctora Núñez —dijo cuando el último empleado cerró la puerta—. ¿Tiene un minuto?
Mi sistema nervioso simpático, ese traidor evolutivo, decidió enviar una descarga de adrenalina directamente a mi estómago. Mariposas. Técnicamente, contracciones del músculo liso intestinal inducidas por cortisol. Poéticamente, un desastre.
—Depende —respondí mientras guardaba mi portátil con una lentitud que pretendía ser indiferencia y que probablemente era pánico mal disimulado—. ¿Va a pedirme que evalúe su perfil psicológico o va a corregirme otra diapositiva?
—Ninguna de las dos —se levantó. Medía uno ochenta y algo. Lo suficiente para que yo, con mi metro sesenta y cinco, tuviera que elevar ligeramente la barbilla para mantener el contacto visual. Otra táctica de establecimiento de estatus. O quizá simplemente era alto. Mi cerebro ya no distinguía entre paranoia profesional y realidad—. Quería pedirle disculpas. Lo de antes fue... innecesario.
Parpadeé.
En mi experiencia clínica, una disculpa masculina no solicitada es aproximadamente tan frecuente como un avistamiento del dodo. Mi cerebro analítico entró en cortocircuito. Mi cerebro emocional, ese que escribía novelas románticas a escondidas con seudónimo, susurró: "Oh no. Es peor. Es amable."
—Acepto sus disculpas —dije, recuperando el tono profesional—. Aunque debo advertirle que el Efecto Halo sigue aplicándose. Que se disculpe no significa que no sea usted un espécimen.
—¿Sigo siendo un espécimen?
—Ahora es un espécimen con modales. Una mejora evolutiva significativa.
Sonrió. Otra vez. AU6 y AU12. Músculos cigomáticos en perfecta sincronía. Y esta vez, sin el escudo protector de una audiencia de doce personas, la sonrisa me golpeó directamente en el esternón.
—Entonces —dijo, guardando la Moleskine en el bolsillo de su chaqueta con un gesto fluido—, si el espécimen con modales la invitara a un café para discutir los sesgos cognitivos del amor romántico... ¿aceptaría o lo diagnosticaría con Trastorno Narcisista de la Personalidad?
Mi boca se abrió. Se cerró. Se volvió a abrir.
—Depende —repetí, aferrándome a mi palabra comodín—. ¿El café es de especialidad con nombre impronunciable o es café normal que sabe a café?
—Hay una cafetería a dos calles. Se llama El Psicoanálisis. Sirven un espresso con leche de avena que llaman "Complejo de Edipo". El barista tiene tatuajes de Rorschach en los antebrazos.
—Dios mío.
—Demasiado pretencioso. Lo sé. Pero el café es bueno.
Miré mi reloj. Las once y siete. Mi siguiente taller no era hasta las cuatro en la universidad. Tenía tiempo. Tiempo para tomar un café con un desconocido que olía a cedro y éxito profesional. Tiempo para cometer un error de proporciones potencialmente catastróficas.
Mi cerebro racional gritaba: "Valeria, recuerda el Manual de Riesgos Afectivos. Capítulo tres: No tomar café con sujetos que activan tu sistema simpático en menos de diez segundos."
Mi cerebro irracional, el que escribía en Noveltoom con el nick Val_Nuit historias de amor con final feliz que nunca me había permitido vivir, susurró: "Hazlo. Es material para el próximo capítulo."
—Trato hecho —dije—. Pero con una condición.
—Usted dirá.
—Si el café sabe a psicoanálisis barato, usted paga. Si sabe decente, pagamos a medias. Si sabe realmente bueno... —hice una pausa dramática—. Le regalo una copia firmada de mi libro.
—¿Ha escrito un libro?
Mierda. Mierda. Mierda.
La pregunta había salido de su boca con genuina curiosidad. Sin segundas intenciones. Sin ironía. El problema era que yo sí había escrito un libro. Bueno, tres. Solo que no eran exactamente académicos.
"El Corazón y sus Laberintos", "Bajo el Cielo de Tus Ojos" y "Veinte Maneras de Enamorarte (Sin Morir en el Intento)". Novelas románticas. De las cursis. De las que tienen portadas con parejas abrazadas bajo la lluvia y títulos en cursiva dorada. Publicadas bajo el seudónimo V. Núñez en Noveltoom y con una modesta pero devota legión de seguidoras.
Mi madre lo sabía. Mi mejor amiga Clara lo sabía. Mi gato Schrödinger lo sabía porque me veía escribir a las dos de la madrugada con los ojos enrojecidos y tres tazas de té de jengibre.
Nadie más.
Y desde luego, ningún espécimen con jersey de cachemir y pluma estilográfica tenía por qué saber que la doctora en Psicología Social que diagnosticaba relaciones tóxicas en talleres corporativos era la misma que escribía frases como: "Sus ojos eran dos océanos donde naufragar voluntariamente".
—Artículos académicos —mentí con la soltura de quien ha practicado esa mentira frente al espejo—. Publico artículos académicos. En revistas especializadas. Muy aburridos. Llenos de gráficas y ANOVA.
—ANOVA —repitió él, saboreando la palabra—. Análisis de Varianza. Suena fascinante.
—Es lo contrario a fascinante. Es el equivalente estadístico a ver secarse la pintura.
—Aun así, quiero esa copia firmada.
Recogí mi bolso, un ejemplar gastado de cuero negro que había sobrevivido a tres mudanzas, una tesis doctoral y un exnovio que lo llamaba "ese murciélago deprimido". Andrés se apartó para dejarme pasar. Caballeroso sin ser empalagoso. Otro punto a favor. O en contra, dependiendo de cómo se mirara.
Caminamos hacia la puerta de la sala. Él la abrió. Yo pasé primero. El pasillo de Boreal Creativos estaba vacío, iluminado por una luz blanca que hacía parecer a todo el mundo ligeramente enfermo. A él no. A él le hacía parecer el protagonista de un anuncio de relojes suizos.
—Doctora Núñez —dijo cuando llegamos al ascensor—. Una última pregunta.
—Dispara.
—En su diapositiva sobre el Sesgo de Confirmación Amoroso... ¿incluyó el caso de la psicóloga que sale a tomar café con un espécimen que acaba de conocer?
El ascensor llegó. Las puertas se abrieron con un ding metálico.
—No —respondí, entrando en la cabina—. Ese caso es nuevo. Estoy recopilando datos.
Las puertas empezaron a cerrarse.
—Avíseme cuando tenga resultados preliminares —dijo él, justo antes de que el metal nos separara—. Soy un inversor interesado.
Las puertas se cerraron. El ascensor inició el descenso. Y yo, Valeria Núñez, doctora en Psicología Social, especialista en conducta humana y autora secreta de novelas románticas cursis, me quedé mirando mi reflejo borroso en las paredes de acero inoxidable con una única certeza martilleándome el cráneo.
Acababa de aceptar una cita con mi lector más fiel.
Y él aún no lo sabía.
Ni yo tampoco.