Me llamo Ren, soy un chico de 17 años, y tras un accidente inexplicable desperté en un mundo completamente ajeno al mío. Un lugar regido por reglas que apenas logro comprender, donde lo más importante no es la fuerza ni la inteligencia… sino la reproducción.
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CAPÍTULO 3
No era ningún sitio que reconociera.
Estaba recostado sobre una cama hecha de pieles, gruesas y suaves, en una habitación amplia construida con piedra pulida.
Las paredes tenían un acabado elegante, casi artesanal, y la iluminación provenía de antorchas incrustadas en soportes metálicos, proyectando sombras danzantes que hacían que todo se sintiera… antiguo.
Salvaje.
Desconocido.
Mi respiración se volvió más lenta.
Más cautelosa.
Lo único familiar… era él.
O eso creía.
Antes de que pudiera ordenar mis pensamientos—
Una fuerza repentina me empujó hacia atrás.
Mi cuerpo volvió a golpear la cama.
—¿Así es como agradeces a tu salvador? —la voz, grave y cargada de irritación, no coincidía con el Daniel que conocía—. ¿Confundiéndolo con otro hombre bestia?
Parpadeé, confundido.
Levanté una ceja.
—¿Hombre… bestia?
El hombre frente a mí —porque ahora ya no podía verlo simplemente como Daniel— soltó un suspiro pesado, llevándose una mano al rostro.
—¿Ni siquiera sabes lo que eres? —preguntó con incredulidad.
Fruncí el ceño.
Esto no tenía sentido.
Era idéntico a Daniel.
El mismo rostro.
Las mismas facciones.
Pero algo estaba… mal.
Su presencia.
Su forma de hablar.
Su postura.
Y entonces lo vi.
Orejas.
Orejas de lobo.
Grises.
Reales.
Mi mente se quedó en blanco por un instante.
¿Esto es una broma…?
¿Un disfraz…?
No.
No podía serlo.
Antes de que pudiera procesarlo—
Él se movió.
Rápido.
Se subió sobre mí, apoyando una mano a cada lado de mi cabeza, atrapándome bajo su cuerpo mientras me observaba fijamente.
Demasiado cerca.
Demasiado intenso.
—Escucha bien —dijo, con una leve sonrisa que no alcanzaba sus ojos—. Soy Yokun, futuro jefe del clan de los lobos blancos.
Mi corazón dio un salto.
—Y tú —continuó, sin apartar la mirada—… ¿a qué clan perteneces?
¿Clan…?
Tragué saliva.
Mi mente corría, intentando encontrar una respuesta lógica, pero no había ninguna.
Nada de esto tenía sentido.
Nada.
Pero había algo claro.
No estaba en posición de contradecirlo.
Ni de desafiarlo.
Apreté ligeramente los labios, evitando su mirada directa.
—No… lo recuerdo —respondí, bajando el tono, fingiendo vulnerabilidad.
Un segundo de silencio.
Yokun me observó con más detenimiento, como si analizara cada detalle de mi rostro, cada reacción, cada respiración.
Luego se incorporó apenas, pensativo.
—Bueno… —murmuró—. Existen muchos clanes dentro de las cuatro zonas del Reino Terrestre.
Comenzó a enumerar con naturalidad, como si aquello fuera lo más normal del mundo.
—Tigre. Pavo real. Oso. Halcón. Zorro. Leopardo. Mono. Serpiente. Oveja. Lobo…
Su voz era firme.
Segura.
Autoritaria.
Como alguien acostumbrado a ser escuchado.
De pronto, volvió a inclinarse hacia mí.
Su mano se posó en mi mentón.
Me obligó a alzar la mirada.
—Pero tú… —sus ojos se afilaron ligeramente— eres diferente.
Sentí un leve escalofrío.
—A pesar de ser un hombre bestia… —continuó, recorriéndome con la mirada sin ningún disimulo— eres demasiado… hermoso.
Mi cuerpo se tensó.
—Incluso más que una hembra.
El silencio se volvió denso.
Incómodo.
—Eso solo deja dos posibilidades —añadió con calma—. O perteneces al Reino Marino… al clan de las sirenas…
Hizo una pausa.
Sus dedos aún sostenían mi rostro.
—O eres del Reino Terrestre… y perteneces al clan de los zorros.
Mi corazón latía con fuerza.
Demasiado fuerte.
Yokun sonrió ligeramente.
Como si ya hubiera tomado una decisión.
—Pero considerando dónde te encontré…
Sus ojos brillaron con certeza.
—Lo más probable… es que seas del clan zorro.
Una punzada atravesó mi pecho.
Aguda.
Inesperada.
Antes de poder pensar, las palabras salieron solas de mis labios.
—No… —murmuré—. Soy del Clan de las Sirenas.
El silencio se tensó apenas un segundo.
Yokun rodó los ojos con evidente incredulidad, apartándose de mí como si acabara de escuchar algo ridículo.
Caminó con calma hasta un sofá cercano y se dejó caer sobre él con total naturalidad, cruzando una pierna sobre la otra.
—Si eso fuera cierto —dijo con desdén—, entonces explícame algo.
Su mirada se afiló.
—¿Cómo llegaste a la zona cuatro?
Sentí cómo mi garganta se secaba.
—Porque, hasta donde sé —continuó—, uno de los edictos de los Reyes es bastante claro: los hombres bestia del reino Marino, a excepción de las hembras, tienen prohibido entrar al reino Terrestre… después de la última guerra.
Cada palabra cayó como peso muerto sobre mí.
Me incorporé lentamente, sentándome al borde de la cama, intentando mantener la compostura mientras mi mente corría en todas direcciones sin encontrar una salida.
No tenía respuesta.
Ninguna.
—Yo… —titubeé—. Honestamente… no lo recuerdo.
Bajé la mirada, fingiendo confusión.
—No recuerdo cómo llegué aquí… ni nada más sobre mi clan.
Hice una pausa, como si reunir valor me costara.
—Solo sé mi nombre… y eso.
Levanté apenas la vista.
—Ren… —añadí con voz más firme—. Me llamo Ren, y pertenezco al Clan de las Sirenas. Mucho gusto, Da—… Yokun.
Tragué saliva.
—Y… gracias por salvarme.
Un silencio breve.
Luego—
Una sonrisa.
Sutil.
Pero cargada de algo que no supe descifrar del todo.
—Ren… —repitió, saboreando el nombre—. Qué nombre tan hermoso.
Se incorporó ligeramente, apoyando un brazo sobre el respaldo del sofá.
—Mucho más que cualquiera que exista en el Reino Terrestre.
Sus ojos recorrieron mi rostro con descaro.
Lento.
Detallado.
—Y observándote bien… —continuó—, puedo decir que eres completamente mi tipo.
Mi estómago se tensó.
Algo no iba bien.
—Así que… —añadió con total naturalidad—, a partir de ahora serás mi “hembra”.
Mi mente se quedó en blanco.
—¡¿Pero qué tonterías estás diciendo?! —solté de inmediato.
No tuve tiempo de reaccionar.
Yokun ya estaba frente a mí.
Me empujó contra la cama con facilidad, atrapando mis muñecas sobre mi cabeza sin esfuerzo. Su peso me inmovilizó al instante.
—Hay una regla explícita en todo el reino Terrestre y Marino —dijo, inclinándose sobre mí—. Si un hombre bestia salva a una hembra… obtiene el derecho de convertirla en su cónyuge.
Mi corazón golpeaba con fuerza contra mi pecho.
—Eso no puede aplicar —respondí con firmeza, aferrándome a lo único lógico que quedaba—. ¡Soy un hombre!
Un segundo de silencio.
Dos.
Yokun me observó fijamente.
Impasible.
Y entonces—
Soltó una carcajada.
Grave.
Descontrolada.
Su sonrisa cambió.
Algo en ella… se volvió inquietante.