Isabella es una joven ambiciosa que lucha contra los estereotipos del mundo.
Ella se abre paso por su inteligencia, demostrando que no solo es una cara bonita. Dejando a sus enemigos con la boca abierta.
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Golpe de Estado
Isabella amplió una sección de los estados financieros de la empresa matriz, Vance-Lowell Holdings, específicamente los registros del bloque de transacciones en la bolsa de valores de Nueva York de tres semanas atrás.
—Christopher no lavó el dinero para ocultarlo —explicó Isabella, su mente estratega desglosando el tablero con una precisión quirúrgica—. El lavado de dinero es solo la cortina de humo. El verdadero crimen es una OPA (Oferta Pública de Adquisición) hostil inversa. Utilizó los fondos bajo investigación de Nevada para devaluar artificialmente las acciones de la compañía a través de un fondo de cobertura fantasma en las Islas Caimán. Sabía que Julian intentaría defender el precio de las acciones usando sus cuentas privadas.
Julian Vance-Lowell se enderezó de golpe en su silla, abriendo los ojos con horror.
—Dios mío... —susurró el magnate—. Por eso Christopher me insistió tanto en que usara los fondos de la cuenta de fideicomiso personal para estabilizar la caída del mercado. Me dijo que era la única forma de salvar el apellido.
—Exacto —asintió Isabella, mirando de reojo a Dante, quien permanecía inmóvil, procesando la información con una velocidad mental que rivalizaba con la de ella—. Christopher no te clonó la firma, Julian. Te manipuló para que firmaras los movimientos legalmente limpios, mientras él inyectaba el dinero sucio desde el fondo fantasma. Él no quiere que vayas a la cárcel por lavado de dinero; quiere que vayas a la cárcel para que la cláusula de moralidad de la empresa lo nombre a él como director ejecutivo vitalicio sin derecho a réplica de los accionistas. Si Dante lo defiende alegando ignorancia, el juez dictaminará negligencia fiduciaria. De igual forma pierdes la empresa y vas a prisión.
Dante De Luca dio un paso hacia la pantalla, examinando los números del fondo de cobertura de las Caimán que Isabella había desenterrado. Su mente criminal y procesal, entrenada en los niveles más altos del derecho penal, reconoció de inmediato la validez del análisis. Era un esquema de ingeniería financiera tan avanzado que pocos abogados en el país habrían podido detectarlo en una revisión inicial.
Dante guardó silencio por varios segundos. El ambiente en la sala de juntas cambió por completo; la condescendencia del abogado se transformó en algo mucho más peligroso: una curiosidad competitiva y letal. Se giró hacia Isabella, estudiándola ya no como a una asociada bonita, sino como a un oponente —o una aliada— que poseía un cerebro capaz de igualar el suyo.
—El análisis es correcto, Vance —admitió Dante, su voz bajando un octavo de tono, perdiendo la teatralidad pero manteniendo la misma intensidad magnética—. Es una OPA inversa combinada con un marco de fraude penal. Pero detectar el problema no es lo mismo que resolverlo. El gran jurado se reúne en cuarenta y ocho horas. Aunque sepamos lo que Christopher hizo, las pruebas físicas de las transferencias siguen teniendo la firma de Julian. El FBI no arresta a la gente por intenciones; la arresta por los papeles. ¿Cómo pretendes frenar la acusación del fiscal Harrison sin que mi cliente pise la prisión federal de Terminal Island?
Isabella apagó la pantalla digital con un movimiento fluido y regresó a su asiento en la mesa de caoba, cruzando las piernas con una elegancia impecable.
—Para frenar a un fiscal como Harrison no necesitamos destruir sus pruebas, señor De Luca —respondió Isabella, esbozando una sonrisa fría y felina que reflejaba la madurez de su carácter—. Necesitamos cambiar el tribunal de juego. Harrison quiere un juicio penal porque es lo que le dará publicidad para su campaña al Senado. Pero si convertimos esto en un caso de Seguridad Nacional antes de que emita la orden de arresto, la jurisdicción pasa de la fiscalía local al Departamento del Tesoro en Washington. Y da la casualidad de que el fondo fantasma de Christopher en las Caimán tocó fibras de una empresa de infraestructura portuaria controlada por el gobierno chino.
Dante De Luca se quedó inmóvil. Una chispa de genuina admiración —mezclada con una rivalidad feroz— brilló en sus ojos verdes. Se acercó a la mesa, se sentó frente a Isabella por primera vez y apoyó los codos en la madera.
—Estás sugiriendo activar una revisión del CFIUS (Comité de Inversiones Extranjeras en EE. UU.) por interferencia geopolítica en activos tecnológicos —dijo Dante, una sonrisa predadora apareciendo en su rostro—. Eso congelaría todas las acciones de Christopher y detendría la investigación del FBI por orden federal hasta que Washington dictamine. Es una locura jurídica, Vance. Extremadamente arriesgada. Si fallamos, nos acusan de obstrucción de la justicia.
—Por eso el cliente lo contrató a usted, señor De Luca —replicó Isabella, sosteniendo su mirada sin un solo rastro de duda—. Usted tiene la agresividad y el peso político en Washington para presentar la moción de emergencia ante el Tesoro en veinticuatro horas. Y yo tengo los datos y la estrategia para demostrar que Christopher es el verdadero peligro para la corporación y el país. Usted pone la fuerza de choque; yo pongo el mapa del tablero. ¿O es que el gran Dante De Luca tiene miedo de jugar un juego donde la estrategia no es suya?
Dante soltó una carcajada ronca, un sonido que resonó en las paredes de cristal de la sala de juntas. Se inclinó hacia adelante, quedando a pocos centímetros del rostro de Isabella. La arrogancia seguía ahí, pero ahora estaba sazonada con el respeto que un tiburón le profesa a otro de su misma especie.
—Me pareces una mujer insufriblemente calculadora, Vance —dijo Dante, con una voz suave que era casi una promesa de guerra—. Pero tienes agallas. De acuerdo. Trabajaremos juntos en esto. Pero te advierto algo: yo no comparto el crédito de mis victorias con nadie. Si cometes un solo error, si una sola de tus cifras falla y el Tesoro nos rechaza la moción, te hundiré junto con Julian. En mi mundo, los errores se pagan con la carrera.
Isabella se puso de pie, recogiendo su tableta corporativa con una gracia absoluta. Miró a Dante De Luca desde su altura, con toda la frialdad analítica que había forjado desde su infancia en Pasadena.
—No se preocupe por mis cifras, señor De Luca —concluyó Isabella, su voz sonando con el peso del jaque mate—. Preocúpese por mantener el ritmo de mi mente. En mi mundo, los hombres arrogantes que dudan de mí siempre terminan pagando la cuenta de la cena de mi victoria. Nos vemos mañana a las seis de la mañana en el helipuerto de la firma. Tenemos una corporación que capturar y un hermano que destruir.