Una exsoldado llamada Jessica Greys, es contratada para proteger a un genio informático que acaba de hackear al gobierno de Estados Unidos.
¿Qué sucederá en este trayecto tan peligroso?
Hola, espero que disfruten mi nueva novela🤗
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CAPÍTULO 3: El Peso de la Sangre
El silencio se alargó tanto que Kaeil empezó a pensar que no había dicho nada.
Jessica seguía inmóvil junto a la ventana, su silueta recortada contra la penumbra del loft. La luz de los monitores proyectaba sombras bailarinas sobre su rostro, pero no alcanzaba a revelar lo que pasaba detrás de esos ojos verdes que ahora miraban a Kaeil como si lo estuvieran viendo por primera vez.
—Repite eso —dijo ella. Su voz era un hilo de hielo.
Kaeil tragó saliva. La mano que sostenía la taza de café le temblaba, y no era por el café.
—Jessica Greys —repitió—. La soldado que sobrevivió a la Operación Fénix. La limpiadora. Eres tú, ¿verdad?
La taza de Jessica explotó contra la pared.
Kaeil dio un salto hacia atrás, derramando su propio café sobre la camiseta. El dolor del líquido caliente no fue nada comparado con el miedo que sintió al ver a la mujer avanzar hacia él. No corría, no gritaba, solo caminaba con esa lentitud terrible de los depredadores que saben que su presa no tiene dónde huir.
—¿Qué sabes tú de la Operación Fénix? —preguntó, y cada palabra era una cuchilla.
—Los archivos —balbuceó Kaeil, retrocediendo hasta chocar con la encimera—. Los encontré en el servidor fantasma del Pentágono. Están completos. Informes, órdenes, nombres, coordenadas. Todo.
—Dame ese nombre otra vez.
—Jessica Greys. Apareces en la lista de personal asignado. Como limpiadora. Y luego, en los informes de bajas, no apareces. Los demás miembros de tu unidad sí. Todos menos tú.
Jessica se detuvo a un metro de él. Kaeil podía oler su perfume, algo mezclado con el olor del café derramado y el sudor de su propio miedo. Podía ver el latido de una vena en su cuello, el único signo de que no era una máquina.
—¿Qué más dice? —preguntó ella.
—Que la misión oficial era rescatar a un científico nuclear. Que la misión real era eliminar a un periodista y su familia. Que tu unidad fue diezmada después para... para eliminar testigos. Que tú sobreviviste por casualidad. O por milagro. No lo especifica.
—No fue un milagro.
La voz de Jessica era tan baja que Kaeil tuvo que esforzarse por oírla. Había perdido toda su dureza anterior. Ahora sonaba como la de alguien que habla desde muy lejos, desde un lugar al que no se debe viajar.
—Fue una emboscada —continuó ella, mirando a ningún sitio—. Nos separaron. A mi equipo le dijeron que yo había caído en una posición enemiga. A mí me dijeron que ellos habían sido aniquilados y que tenía que replegarme. Cuando quise volver a buscarlos, ya era tarde. Solo encontré cadáveres. Seis cadáveres. Mis amigos. Mi gente.
Kaeil no dijo nada. No había nada que decir.
—Me dieron una medalla —continuó Jessica, y su boca esbozó una sonrisa que no tenía nada de alegre—. Por valor bajo fuego. Me ascendieron. Me dieron una pensión y un psicólogo. Y me dijeron que lo olvidara. Que era parte del trabajo. Que la guerra era así.
—Pero no era la guerra —susurró Kaeil.
—No. Era una puta operación de limpieza. Y yo fui la limpia-dora sin saberlo. —Jessica levantó una mano y se apartó un mechón de pelo de la cara. El gesto era tan humano, tan vulnerable, que Kaeil sintió un nudo en la garganta—. Durante años he pensado que fue mi culpa. Que si hubiera sido más rápida, más lista, más fuerte, podría haberlos salvado. Y ahora resulta que no, que estaba todo planeado desde el principio. Que mi unidad murió porque alguien decidió que éramos prescindibles.
—El senador —dijo Kaeil.
Jessica lo miró.
—¿Qué?
—El senador. El que firmó la orden. Ahora es senador. Uno de los más respetados de Washington. Aparece en todos los telediarios, en todas las fotos con el presidente. Nadie sabe lo que hizo.
El silencio volvió a instalarse entre ellos. Afuera, el río brillaba bajo las primeras luces de la noche. Dentro, dos personas se miraban como si acabaran de descubrir que compartían un cadáver en el armario.
—¿Cómo se llama? —preguntó Jessica al fin.
—No te lo puedo decir.
—¿Cómo que no puedes decírmelo?
—Porque si te lo digo, harás algo. Irás a por él. Y morirás. Y entonces yo me quedaré solo y ellos me matarán y todo esto habrá sido inútil.
Jessica dio un paso adelante, y esta vez Kaeil no retrocedió. La vio venir, sintió su calor, su olor, la intensidad de esos ojos verdes que ahora lo miraban con una mezcla de furia y algo que podría haber sido respeto.
—Llevo años soñando con esto —dijo ella, tan cerca que su aliento le rozaba la cara—. Años despertándome en mitad de la noche oyendo sus voces. Años preguntándome por qué ellos y no yo. Y ahora resulta que no fue el destino, ni la suerte, ni la puta voluntad de Dios. Fue un político hijo de puta con ínfulas de grandeza que decidió que mi equipo sobraba. Y tú me pides que espere.
—Te pido que vivas —respondió Kaeil—. Que vivas para contarlo. Porque si mueres, ellos ganan. Y si ellos ganan, Mateo Vásquez no tendrá nunca justicia.
Jessica parpadeó.
—¿Mateo Vásquez?
—El hijo. El que sobrevivió. Trece años entonces. Ahora tendría... —Kaeil hizo cálculos mentales—. Veintidós. Veintitrés. No lo sé. Los archivos no dicen qué pasó con él después. Solo que escapó y que lo están buscando.
—¿El gobierno busca a un niño?
—A un hombre ahora. Y no para protegerlo. Para callarlo. Para siempre.
Jessica se separó de él. Dio unos pasos hacia la ventana, se detuvo, recordó la regla de no acercarse y retrocedió hacia el centro de la estancia. Por primera vez desde que había entrado en el loft, parecía insegura. Perdida.
—Necesito ver esos archivos —dijo.
—No.
—¿Cómo que no?
—Porque si los ves, te convertirás en lo que ellos quieren que seas. Una limpiadora. Una asesina. Y yo no te he contratado para eso. Te he contratado para que me protejas.
—Me contrató Mason.
—Da igual. El dinero es mío. Bueno, es de una cuenta offshore que abrí hace años, pero es mío. Y yo decido cómo se gasta. Y no quiero que te conviertas en un monstruo por mi culpa.
Jessica se volvió hacia él con una expresión que Kaeil no supo interpretar.
—Demasiado tarde —dijo—. Ya lo soy.
Hubo un momento. Un instante en el que el aire pareció cargarse de electricidad. Kaeil la miró y vio, detrás de la dureza, detrás de la belleza letal, a una mujer rota. Alguien que llevaba años muerta por dentro y que solo ahora empezaba a comprender por qué.
—No lo eres —dijo él.
—No me conoces.
—Te conozco lo suficiente. Has entrado aquí, me has inmovilizado, me has puesto reglas, has roto una taza contra la pared, y no me has matado. Si fueras un monstruo, ya estaría muerto.
Jessica se quedó callada. Luego, lentamente, sus labios esbozaron algo que podría haber sido una sonrisa.
—Eres más listo de lo que pareces, Grahan.
—Me lo dicen a menudo.
—Seguro que sí.
El momento se rompió cuando el móvil de Jessica vibró. Ella lo sacó del clutch, miró la pantalla y su expresión se endureció.
—Tenemos que irnos.
—¿Por qué?
—Porque Mason dice que han localizado la señal de tu última conexión. Vienen hacia aquí. Ahora.
Kaeil sintió que la sangre se le helaba.
—¿Cuánto tiempo?
—Poco. Muy poco. —Jessica guardó el móvil y empezó a moverse con una eficiencia repentina—. Ordenador. ¿Dónde está todo?
—Aquí. En este. —Kaeil señaló el monitor principal—. Pero tengo copias. Muchas copias.
—¿Cuánto pesa todo?
—Varios teras. No cabe en un disco normal.
—No necesitamos todo. Necesitamos lo esencial. Los archivos de Fénix. Los nombres. Las pruebas. Lo demás, lo borras. Rápido.
Kaeil se sentó frente al ordenador, las manos volando sobre el teclado. Jessica se movió hacia la puerta del ascensor, sacó una pistola de algún lugar del vestido —Kaeil no había visto dónde la llevaba escondida— y comprobó el cargador con un movimiento experto.
—¿Cuántos serán? —preguntó él mientras los archivos se comprimían.
—No lo sé. Mason no lo ha dicho. Pero si son quienes creo, vendrán en equipo. Profesionales. Gente que no falla.
—¿Y tú puedes con ellos?
—He sobrevivido hasta ahora.
Los archivos terminaron de comprimirse. Kaeil los copió a tres dispositivos diferentes: el pen drive que llevaba al cuello, un disco duro externo que metió en una mochila, y la nube, por si acaso. Luego empezó a borrar. No solo los archivos, sino todo rastro de que hubieran existido. Sobrescribió sectores, formateó discos, destruyó carpetas.
—Ya —dijo cuando terminó—. Está limpio.
—Vámonos.
Pero no llegaron a moverse.
El sonido llegó desde el techo. Un crujido metálico, seguido de un golpe sordo. Jessica levantó la pistola justo cuando la claraboya estallaba en mil pedazos y dos figuras descendían por cuerdas, disparando.
Kaeil se tiró al suelo instintivamente, cubriéndose la cabeza con las manos. Las balas silbaban sobre él, incrustándose en los monitores, haciendo saltar chispas de los servidores. El olor a pólvora y a plástico quemado llenó el aire en segundos.
Jessica no se tiró al suelo. Se movió.
Su primera bala alcanzó a uno de los atacantes en el pecho antes de que tocara el suelo. El hombre cayó hacia atrás, su cuerda enganchada, balanceándose grotescamente en el vacío de la claraboya rota. La segunda bala obligó al otro a desviar su trayectoria, aterrizando mal sobre una mesa que se rompió bajo su peso.
—¡Kaeil, al ascensor! —gritó Jessica, mientras disparaba de nuevo cubriendo la retirada.
Kaeil gateó como pudo, esquivando cristales rotos y cascotes. El segundo atacante se levantó, disparando una ráfaga que pasó a centímetros de la cabeza de Jessica. Ella rodó, se puso de pie de un salto y respondió al fuego con una precisión letal. El hombre cayó hacia atrás, un agujero negro floreciendo en su frente.
—¡Vamos! —Jessica lo agarró del brazo y lo arrastró hacia el ascensor.
Pero el ascensor no respondía.
—Lo han bloqueado —jadeó Kaeil—. Tiene que haber alguien abajo. En la centralita.
—¿Escalera?
—Séptimo piso. Si están abajo, nos atraparán.
Jessica miró alrededor. El loft era una trampa. Una hermosa trampa de cristal y diseño industrial, y ellos eran ratas encerradas.
—La azotea —dijo—. ¿Se puede subir?
—Sí. Hay una escalera de servicio. Por el fondo.
—Vamos.
Corrieron entre las sombras, esquivando los cuerpos de los atacantes. Kaeil no quiso mirarlos. No quiso ver sus caras, sus ojos abiertos, la sangre que empezaba a extenderse en charcos oscuros sobre el suelo de madera.
La puerta de la escalera de servicio estaba al fondo, detrás de la cocina. Jessica la abrió de un golpe y lo empujó hacia dentro.
—Sube. Yo cubro.
Kaeil empezó a subir los escalones de dos en dos, las piernas ardiendo, el corazón a punto de estallarle. Detrás oía los pasos de Jessica, más lentos, más controlados, y luego el sonido de más disparos desde abajo.
—¡Siguen viniendo! —gritó ella—. ¡No pares!
Llegaron a la puerta de la azotea. Kaeil la empujó y salió al aire libre, fresco después del calor del loft. La noche de Washington se extendía a su alrededor, un mar de luces y sombras.
—¿Y ahora qué? —jadeó.
Jessica salió tras él, cerró la puerta y disparó dos veces al picaporte, fundiéndolo.
—Eso los retrasará unos segundos —dijo, y miró alrededor—. La azotea de al lado. ¿Ves? A unos tres metros. ¿Puedes saltar?
Kaeil miró el vacío. Tres metros no parecían mucho en el suelo. Allí arriba, con siete pisos de caída esperándolo, era una eternidad.
—No —dijo—. No puedo.
—Puedes. Porque si no saltas, te matan. Y entonces yo no cobro.
—¡Es tu puto medio millón! ¿Solo te importa eso?
Jessica se acercó a él, lo agarró por la camiseta y lo acercó a su cara.
—Escúchame, listillo. Me importas tú. Me importa ese niño al que quieres salvar. Me importa la puta verdad. Pero ahora mismo lo único que importa es que no nos maten. ¿Entendido? Así que vas a coger carrera y vas a saltar. Y si te caes, te jodes. Pero si no saltas, te jodes igual. Así que salta.
Kaeil la miró. Vio sus ojos verdes brillando bajo la luz de la luna. Vio la determinación, la furia, y algo más. Algo que no supo identificar.
Asintió.
Se alejó unos pasos, respiró hondo, y corrió.
El salto fue eterno. Por un momento, Kaeil sintió que volaba, que el vacío lo sostenía, que quizás sí, quizás podría llegar. Y luego sus pies golpearon el borde de la azotea contraria y cayó hacia adelante, rodando sobre el cemento, magullado pero vivo.
Jessica no dudó ni un segundo. Corrió y saltó con una gracia imposible, aterrizando junto a él como un felino.
—Bien —dijo—. Ahora corre.
Corrieron. Por azoteas, por escaleras de incendios, por callejones oscuros. Detrás, a lo lejos, oían sirenas, gritos, el caos que habían dejado atrás.
Corrieron hasta que Kaeil no pudo más y se desplomó contra una pared, jadeando, vomitando casi.
Jessica se detuvo a su lado. No estaba ni siquiera agitada.
—Descansa —dijo—. Treinta segundos. Luego seguimos.
Kaeil levantó la vista hacia ella. La luz de una farola le iluminaba el rostro, sudoroso, sucio de hollín y sangre que no era suya.
—¿Por qué? —jadeó—. ¿Por qué me salvaste? Podrías haberme dejado. Haberte ido sola.
Jessica lo miró. Por un momento, su expresión se suavizó.
—Porque tú sabes quién soy —dijo—. No la soldado. No la limpiadora. La persona que fui antes de que me rompieran. Y necesito recordar quién era.
Kaeil no supo qué decir.
—Además —añadió ella, y una sombra de sonrisa apareció en sus labios—, no he cobrado aún.