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LEGADO DE SANGRE

LEGADO DE SANGRE

Status: En proceso
Genre:Embarazo no planeado / Traiciones y engaños / Amor-odio / Fantasía épica
Popularitas:1.5k
Nilai: 5
nombre de autor: Lourdes Elizabeth Espinoza Espinoza

El desierto no guarda secretos… los entierra vivos.
Bajo la arena de Namhara duermen traiciones, guerras, juramentos rotos… y amores que jamás debieron existir. Aquí, el sol quema la piel, pero es el pasado el que destruye el alma.
Ninoska, princesa del desierto, lo aprendió demasiado tarde.
Descubrió que el peor enemigo no siempre sostiene una espada. A veces… te toma de la mano, te sonríe y te promete amor eterno.
Su compromiso con Dissano no fue una unión real. Fue una prisión. Una jaula construida con control, amenazas silenciosas y sombras que nadie veía… excepto ella. Pero incluso del dolor nació algo imposible de odiar: Coraline.
Una niña de ojos vivos y sonrisa brillante… la única luz capaz de mantener a Ninoska de pie. Y también su mayor condena. Porque en los palacios los niños no son inocentes. Son armas, son llaves, son rehenes disfrazados de ternura.
Y Coraline no es una niña cualquiera.
Coraline es la hija de dos coronas. Su sangre une dos mundos: Namhara y Holaguare.

NovelToon tiene autorización de Lourdes Elizabeth Espinoza Espinoza para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capitulo #17 – Despedida

El viento del desierto soplaba con furia, arrastrando arena y cenizas como si quisiera borrar las huellas de aquel hombre solitario. Dissano estaba de pie en lo alto de una duna, con la capa desgarrada flameando a su espalda y los ojos inyectados en sangre. A lo lejos, podía ver las torres de Namhara recortadas contra el cielo ardiente del amanecer, como una provocación constante a su desgracia.

—¡Mares malditas…! — Gruñó con los dientes apretados, su voz quebrada entre rabia y dolor — Maldita seas, Ninoska.

Sus manos temblaban, cerrándose en puños hasta clavarse las uñas en la piel. El recuerdo lo devoraba: los años en que fue un hombre respetable, honorable, rodeado de soldados que lo admiraban y de ancianos que confiaban en él como heredero de grandeza. Había tenido prestigio, poder, futuro. Todo se lo habían prometido al aceptar casarse con la princesa de Namhara. Pero todo se había torcido por un único error. Un deseo prohibido. Una mujer que ya había sido de otro. Una mujer que cargaba en su vientre un hijo que no era suyo.

— Esa maldita niña… — escupió, con la voz ronca de furia — Esa hija que me arrebató todo lo que me correspondía por derecho.

El odio lo encendía más que el sol del desierto. Recordaba aquella noche en el hospital: había querido acabar con el embarazo, borrar la mancha que lo privaba del poder. Pero no lo logró. Esa debilidad lo convirtió en monstruo. Y desde entonces, todo lo que le quedaba era su nombre manchado, su reputación hecha cenizas, su vida reducida al exilio y la marca de criminal en cada aldea. Se llevó las manos al rostro, cubriéndolo, como si quisiera arrancarse la piel. Un rugido gutural escapó de su pecho, mezclándose con el silbido del viento.

— De un hombre respetado… a un paria — escupió, mirando sus manos como si fueran las de un asesino — Todo por ti… por desearte… por odiarte.

Alzó la vista hacia las murales que aún resistían en la distancia, y sus labios se torcieron en una sonrisa oscura.

—Pero pagarás. Tú… tu hija… tu hermano rey… todos… — Su voz creció como un trueno — ¡Todos sabrán lo que significa arrebatarme lo que es mío!

El viento sopló con más fuerza, levantando la arena alrededor de su figura como un manto espectral. Sus ojos brillaban con la demencia del rencor, y sus palabras se convirtieron en juramento:

—Haré que Namhara llore mi sufrimiento. Haré que cada piedra de ese palacio se tiña de sangre, que cada lágrima que yo derramé se multiplique en ustedes. No descansaré hasta que me devuelvan lo que me robaron… aunque tenga que arrancarlo con fuego y muerte.

El eco de su juramento se perdió en el desierto, pero el aire parecía estremecerse, como si los mismos dioses hubieran escuchado aquella promesa de destrucción. Dissano giró sobre sus talones y descendió la duna con paso firme. El odio le daba la fuerza que el mundo le había negado. Y ahora, nada lo detendría.

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La primera luz del alba se colaba por las rendijas de las cortinas, tiñendo la habitación de tonos dorados y cálidos. Coraline abrió lentamente los ojos, aún con el corazón inquieto por las sombras de la noche anterior. Durante unos segundos no supo dónde estaba, hasta que giró la cabeza y lo vio.

Arturo. Dormía sentada en la orilla de su cama, recostado contra el borde del colchón, con la espalda encorvada y el cansancio pintado en su rostro. Una de sus manos colgaba hacia el suelo, la otra descansaba sobre la colcha, cerca de sus pies. Parecía un guerrero derrotado, pero no por la guerra… sino por el miedo de perderla. Coraline lo observó en silencio, con el ceño fruncido como si intentara descifrarlo. Recordó su voz temblorosa, sus promesas, sus errores confesados. Y aunque aún había heridas que dolían, también recordaba algo más: no la había gritado, no la había juzgado, no la había culpado de nada. Al contrario… la había hecho reír, aunque solo un instante, cuando habló de aquel caballo blanco.

“Quizás… no es el monstruo que temía”, pensó con un suspiro. Era apenas una niña, pero el dolor la había obligado a crecer más rápido de lo que debía. Y en ese instante, con la inocencia mezclada con la madurez que solo el sufrimiento da, se permitió una reflexión que pesaba más que sus años:

— Si de verdad quiere quedarse… si de verdad no miente… tal vez pueda quererlo como mi…

Con pasos sigilosos, se incorporó despacio y se inclinó hacia él. El cabello le cayó sobre el rostro mientras acercaba sus labios a su mejilla. Le dio un beso suave, breve, tembloroso, pero suficiente para arrancarlo del sueño. Arthur abrió los ojos, sobresaltado, parpadeando como quien regresa de una batalla en sueños. Tardó unos segundos en enfocar su mirada en ella, y cuando lo hizo, encontró unos ojos que lo miraban con menos rabia que la noche anterior. Coraline irritante. Esta vez no fue forzada, no fue frágil. Fue sincera, luminosa.

— Buenos días… papá.

Arthur quedó inmóvil, como si el mundo se hubiera detenido en esa palabra. Su corazón golpeó con tanta fuerza que apenas pudo respirar. Y sin poder contenerse, una lágrima se deslizó por su rostro, mientras aquella palabra —esa bendita palabra— se grababa en lo más profundo de su alma.

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El salón principal del palacio olía a pan recién horneado y especias dulces, una rareza después de tantas noches de humo y ceniza. La mesa larga estaba servida con frutas, panes, leche tibia y algunos platos que los sirvientes habían logrado rescatar de entre la confusión del ataque.

Ninoska ocupaba su sitio con la misma postura altiva de siempre, aunque sus ojos mostraban un cansancio que ni ella podía ocultar. A su lado, Said cortaba trozos de pan, más atento a cada gesto de su esposa embarazada que a lo que ponía en su plato. Pamela sonreía débilmente, acariciándose el vientre de vez en cuando, como si necesitara asegurarse de que la vida dentro de ella seguía firme. Jhon, en el otro extremo, jugueteaba con la copa de agua entre las manos, sin probar bocado, sumido en pensamientos que nadie se atrevía a interrumpir. Fue entonces cuando las puertas se abrieron y Arthur entró, con Coraline de la mano. La niña parecía haber despertado con un nuevo brillo en los ojos, como si la tormenta de la noche anterior se hubiera despejado con el sol. Apenas cruzó el umbral, soltó la mano de su padre y corrió hacia la mesa, riendo con una energía que llenó la estancia como si hubiera estallado una campana clara en medio del silencio.

—¡Tengo hambre! — Anunció con la sinceridad desbordante de su edad, trepándose sin pudor en la silla junto a Ninoska.

La princesa, que había estado con el semblante rígido, no pudo evitar un destello en la mirada al verla. Coraline hablaba y reía tan alto que los sirvientes se miraron entre sí con sorpresa: parecía que hacía años que el palacio no escuchaba esa clase de alegría en su mesa.

—¿Puedo tener más fruta que pan? — Preguntó la niña, mirando a los platos como si fueran un tesoro.

— Claro que sí — Respondió Said con una sonrisa que rara vez mostraba fuera de la intimidada familiar.

Coraline tomó un puñado de uvas y las mordió con entusiasmo, haciendo un ruido exagerado al saborearlas. Pamela rió por lo bajo, tapándose la boca, mientras Ninoska sentía incomodidad, aunque el brillo húmedo en sus ojos delataba cuánto la conmovía ver a su hija así. Arthur tomó asiento un poco más tarde, en silencio, observando cómo Coraline llenaba cada rincón del salón con su presencia. La niña lo miró y, sin pensarlo demasiado, le pasó un trozo de pan como si fuera la cosa más natural del mundo.

— Toma, papá… — Lo dijo sin solemnidad, con la inocencia traviesa de quien prueba una palabra nueva y la disfruta.

Arthur quedó congelado un instante, con el pan en la mano y el corazón en un puño. Nadie en la mesa se atrevió a romper el silencio que siguió, hasta que Coraline, como si nada, soltó una carcajada y siguió comiendo.

El ambiente que hasta hacía poco estaba cargado de gravedad se alivió de golpe. La niña reía, Pamela sonreía, Said la observaba con ternura, y hasta Jhon, con su gesto adusto, bajó la vista para ocultar que el borde de sus labios se había curvado apenas.

Por primera vez en mucho tiempo, la mesa del palacio parecía lo que siempre debía ser: un hogar.

Coraline, con la boca llena de uvas, se giró hacia su madre, como si la distancia de las noches pasadas jamás hubiera existido.

— Mamá, ¿quieres probar? — Le ofreció una con los dedos manchados de jugo, extendiéndosela con una sonrisa tan amplia que derritió el hielo de la mesa.

Ninoska titubeó. Su instinto fue rechazar con la elegancia fría que usaba como escudo, pero la mirada ansiosa de su hija le rompió el corazón. Se inclinó y tomó la uva, llevándosela a los labios con un gesto suave. Coraline presentó como si fuera un triunfo propio.

—¡Viste, papá! A mamá también le gustan mis uvas — Anunció, riendo, sin notar cómo las mejillas de Ninoska se encendían un poco.

Arthur, que la observaba en silencio, sonando de lado, apenas, pero en sus ojos había algo más: el recuerdo de noches y palabras compartidas, ese fuego que ninguno de los dos quería reconocer frente a los demás. Coraline, ignorante de la incomodidad que provocaba, se inclinó hacia Arthur y lo jaló del brazo.

—¿Por qué no se sientan juntos? — Preguntó con la naturalidad desarmante que solo ella podía tener — Así podemos hablar los tres al mismo tiempo…

Ninoska tragó saliva y se enderezó, finciendo indiferencia, mientras Said levantaba una ceja y Pamela ocultaba una risa detrás de la copa. Jhon, en cambio, carraspeó y se concentró exageradamente en cortar su sartén, como si el filo del cuchillo le importara más que la conversación. Arthur intentó restablecerle importancia, acariciando suavemente la cabeza de su hija.

— No hace falta, pequeña… — dijo con voz grave, pero su mirada, fugaz, buscó la de Ninoska. Un cruce silencioso, cargado de todo lo que ninguno de los dos se atrevía a decir.

—¡Claro que sí! — Insistió Coraline, golpeando la mesa con la manita — Así parecemos una familia de verdad.

El silencio cayó de golpe. Pamela se removió en su asiento, Said bajó la vista hacia su plato y hasta los sirvientes fingieron estar más ocupados de lo habitual. Ninoska presionó los labios, sosteniendo con firmeza su copa, mientras Arthur cerraba los ojos un segundo, como si las palabras de su hija hubieran abierto una herida y al mismo tiempo derramado un bálsamo imposible.

— Coraline… — empezó Ninoska, con voz suave pero firme, intentando cortar el tema.

La niña la interrumpió, riendo de nuevo, y abrazó a Arthur por un costado.

—Yo quiero que te sientas con nosotras, papá. Así mamá no se siente sola.

Arthur no respondió de inmediato. Su mirada se alzó de nuevo hacia Ninoska, y por un instante, lo imposible parecía estar al alcance de la mano. Ella, sin embargo, clavó los ojos en el plato frente a sí, como si pudiera ignorar la tensión que se espesaba en la mesa. La risa de Coraline rompió el aire otra vez, devolviendo el ambiente a la ligereza aparente, pero todos los adultos sabían lo que se había sembrado en ese instante: una verdad inocente, dicha sin malicia, que ninguno de ellos estaba listo para enfrentar. Coraline, al ver que los adultos se quedaron en silencio, chasqueó la lengua y levantó la barbilla como una pequeña reina.

—¡Bueno! Si no quieren hablar, yo sí… — Se levantó de su silla, tomó un panecillo y lo mordió con teatralidad — Yo digo que cuando tenga mi caballo blanco, mamá y papá tienen que venir conmigo a pasear… ¡y nadie más!

Pamela se echó a reír, tapándose la boca. Said levantó una ceja divertida, y Jhon soltó un bufido entre dientes. Arthur y Ninoska se miraron de reojo, cada uno incómodo, pero incapaz de ocultar una sonrisa ante la ocurrencia de la niña.

La risa de Coraline volvió a llenar la mesa, despejando la incomodidad con la energía de su inocencia.

El silencio tras las palabras de Coraline se alargó demasiado. Said carraspeó, dejando el cubierto en la mesa con un golpe seco.

— Ya basta de juegos, Coraline… — Su tono era firme, aunque no duro — Tu alegría nos da fuerzas, pero no podemos olvidar lo que está pasando fuera de estas murallas.

La niña lo miró confundida, y Arthur la abrazó suavemente para que no se sintiera reprendida. Jhon intervino, con voz grave:

— Dijo que tiene razón. El ataque de anoche no fue el último. Dissano está ahí fuera, y debemos hablar del plan.

De golpe, la mesa se transformó. Lo que había sido risas y ocurrencias de niña se convirtió en un consejo silencioso de guerra, donde todos los adultos se obligaron a dejar a un lado los latidos de su corazón para enfrentar la amenaza que pendía sobre ellos. A Coraline, nada de eso le importaba y no se podía hablar. Entre mordiscos de pan y risas, contaba cómo había soñado que volaba sobre un caballo blanco y que, al bajar, todos los saludaban como si fueran reyes.

—¡Y mamá iba agarrada de la cintura de papá! — Exclamó de repente, tan natural como quien cuenta el final de un cuento.

Arthur casi se atraganta con el sorbo de vino que había tomado, mientras Ninoska cerraba los ojos un segundo, rogando a los dioses paciencia. Pamela ocultó una risita nerviosa, Said fingio interesarse en cortar su pan con excesiva precisión, y Jhon gruñó algo entre dientes para no reírse a carcajadas.

— Coraline… — empezó Ninoska, con un tono suave pero firme.

La niña la miró con sus grandes ojos brillantes, todavía sonriendo, sin darse cuenta del calor que había encendido en la mesa.

— Ve a tu habitación, hija — dijo al fin Ninoska, acariciándole el cabello —Cámbiate ese pijama, que ya no es hora de estar así en la mesa.

Coraline frunció la nariz, pero no protestó demasiado. Ninoska mantuvo su mirada, seria pero tierna.

— Y después… hablaremos de algo muy importante tú y yo.

La niña parpadeó, sorprendida, pero ascendiendo. Dio un último mordisco a su panecillo y salió corriendo, dejando tras de sí un eco de risas y desorden. Cuando la puerta se cerró, el ambiente en la mesa se tensó de nuevo. Todos sabían que “ese algo importante” no sería fácil. Y Arthur, con el corazón latiéndole en la garganta, evitó mirar a Ninoska, porque sabía que lo dicho había sido para él tanto como para la niña.

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El salón de guerra estaba cargado de tensión. El mapa del reino se extendía sobre la mesa principal, con piedras y piezas de metal marcando posiciones de guardias, muros dañados y rutas de escape. Afuera todavía se oían martillos y voces reparando las murallas, pero dentro solo reinaba el silencio expectante. Said se mantenía de pie, apoyando ambas manos sobre el mapa. Sus ojos oscuros recorrían las marcas con la dureza de un rey demasiado joven para tantas guerras.

— Dissano no actúa a ciegas — dijo, con voz firme — Sus ataques son certeros porque alguien aquí, dentro de mi propio palacio, le abre las puertas.

Los generales se removieron incómodos, sin atreverse a hablar. Fue Jhon quien rompió el silencio, con un tono grave que captó de inmediato todas las miradas.

— No es “alguien” en abstracto… — Se inclinó hacia la mesa — Yo creo saber quién es.

Un murmullo recorrió la sala. Said lo miró con el ceño fruncido.

—¿Quién?

Jhon apretó la mandíbula.

— No puedo decirlo todavía… no sin pruebas firmes. Pero las señales están ahí. Las ausencias, los movimientos, el modo en que cierta información se filtra demasiado rápido.

Uno de los generales tocando la mesa con la palma.

—¡Si tienes sospechas, dilo ya! No podemos permitir que un traidor respire bajo este techo.

Jhon lo fulminó con la mirada, pero mantuvo la calma. Los generales retrocedieron un paso, dejando espacio a aquel hombre que, aunque no llevaba corona, inspiraba tanto respeto como el propio rey.

— Si lo acusamos ahora, huirá. Y Dissano encontrará otra manera de acercarse. Lo perderemos y jamás podremos llegar hasta él.

Said lo observó en silencio, evaluando la propuesta.

— Entonces, ¿qué sugieres?

— Usarlo — Respondió Jhon sin titubear — Que crea que aún no lo hemos descubierto. Que siga enviando mensajes… pero que sean los que nosotros queramos. Lo convertiremos en el canal para tenderle la trampa a Dissano.

Los generales intercambiaron miradas inquietas.

—¿Y si sospechas? —Preguntó uno.

— Entonces nos arriesgaremos — dijo Jhon, con la voz cargada de resolución —Pero es la única forma de atraer a Dissano a donde nosotros lo esperemos.

El silencio pesó unos segundos hasta que Said avanzaba lentamente. Su voz se alzó con la firmeza de una sentencia:

—Así será. El traidor seguirá creyéndose libre… pero ya no trabajará para Dissano. Trabajará para nosotros.

Los generales inclinaron la cabeza en señal de aceptación, aunque la incomodidad seguía flotando en el aire. Jhon se cruzó de brazos, con la sombra de una sonrisa amarga en los labios.

— Entonces… que el traidor se pudra con el veneno que cree servir. Y cuando Dissano caiga en la red, no habrá escapatoria.

El eco de esas palabras quedó flotando en el salón como un juramento.

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La habitación de Coraline estaba iluminada por la luz suave que entraba por el balcón, bañando de oro las cortinas. La niña se debate entre su vestido y la bata de dormir, con el cabello revuelto y la impaciencia típica de su edad. Frente al espejo, hacía muecas mientras intentaba abrocharse el lazo de la cintura.

— Siempre se me enreda — rezongó, medio divertida, medio frustrada.

Ninoska la observaba desde la silla junto a la ventana. Una suave sonrisa asomó en sus labios al verla pelear con la tela, y se levantó despacio para ayudarla. Sus manos hábiles acomodaron el vestido y cerraron el nudo con facilidad.

— Ahí está — dijo en voz baja — No hay lazo que se resista a una princesa de Namhara.

Coraline rió con un brillo fresco en los ojos, pero siguió su expresión se volvió un poco más seria. Ninoska aprovechó ese instante para acercarse y sentarse en la orilla de la cama.

— Coraline… — comenzó, midiendo cada palabra — Quiero preguntarte algo. ¿Qué piensas de tu padre?

La niña se quedó quieta, con las manos jugueteando en la tela del vestido. Sus ojos, grandes y esmeraldas, se perdieron un momento en la ventana antes de contestar.

— Es… diferente a lo que imaginaba… — Frunció el ceño, pensativa — Pensé que sería alguien duro, distante… pero es amable. Me escucha. Y cuando sonríe… siento que me quiere de verdad.

Las palabras cayeron como piedras suaves en el pecho de Ninoska. Tragó saliva, forzando una sonrisa para no mostrar cuánto le dolía.

— Me alegra escucharlo, hija. Porque él… él también merece la oportunidad de tenerte cerca.

Coraline la miró con curiosidad, cargando la cabeza.

—¿Qué quieres decir?

Ninoska respir hondo, sosteniendo la mirada de su hija.

— Quiero decir que… si lo deseas, podrías ir con él a Holaguare. Conocerías a tus abuelos, pasarías tiempo con tu padre… vivirías todo lo que hasta ahora no habías tenido.

La niña abrió mucho los ojos, sorprendida, pero enseguida emocionada.

—¿De verdad? ¿Podría ir con él?

Ninoska se acercó despacio, aunque la sonrisa en sus labios era frágil.

— Si eso es lo que quieres… sí.

Coraline corrió hacia ella y se abrazó a su cintura. Luego, al separarse, sus ojos brillaban con una chispa traviesa.

— Entonces… ¡tú deberías venir también! Así estaríamos los tres juntos.

El corazón de Ninoska se detuvo un segundo. La acarició suavemente en el cabello, ocultando la punzada de dolor tras un gesto sereno.

—No puedo, mi amor. Tengo responsabilidades aquí... cosas que debo atender como princesa de Namhara.

— Pero podrías venir después, ¿Cierto? — insistió Coraline, con esa lógica inocente que derribaba cualquier muralla.

Ninoska sonrojó, aunque sus ojos se humedecieron apenas.

—Sí. Te lo prometo. Cuando llegue el momento… yo misma iré a buscarte.

Coraline la miró fijamente, como si quisiera asegurarse de que hablaba en serio. Finalmente asintiendo con una sonrisa amplia, confiada, y volvió a girar frente al espejo para ver cómo le quedaba el vestido.

— Entonces te esperaré allá. Y tú... tú me esperarás aquí, mami.

Ninoska se quedó en silencio, con el alma hecha un nudo. La promesa flotaba en el aire como un lazo invisible entre ambas, un lazo que dolía y al mismo tiempo les daba fuerza. Ella permaneció unos segundos en silencio, observando cómo Coraline se giraba frente al espejo y acomodaba con orgullo la falda de su vestido. La risa suave de la niña llenaba el cuarto, pero a Ninoska le costaba sosteniendo esa sonrisa finga que luchaba por no quebrarse. Se acercó lentamente, apoyando las manos en los hombros de su hija, y la miró a través del reflejo.

— Coraline… — su voz salió baja, firme, pero con un temblor escondido — si ya has decidido viajar con tu padre… será esta misma tarde.

La niña se giró sorprendida, con los ojos muy abiertos.

—¿Bronceado pronto?

Ninoska ascendió, obligándose a mantener la compostura.

—Sí. No podemos esperar más. Afuera, el peligro crece… y yo no pienso arriesgarte ni un solo día más dentro de estas murallas. Tu lugar seguro está con él, lejos de Dissano... lejos de todo esto.

Coraline bajó la mirada un instante, como si procesara lo que acababa de escuchar. Después alzó los ojos, con esa mezcla de madurez precoz y ternura infantil.

—¿Y tú? ¿Vendrás conmigo?

El corazón de Ninoska dio un vuelco. Se inclinó, arrodillándose frente a ella para quedar a su altura. Tomó su rostro con ambas manos, acariciando suavemente sus mejillas.

— No, hija mía. No por ahora. Como ya te he explicado, tengo muchas responsabilidades aquí… — Forzó una sonrisa débil — Pero recuerda lo que te prometí: yo misma iré a buscarte cuando sea el momento.

Coraline frunció los labios, conteniendo las lágrimas, pero acercándose con un leve gesto.

—¿De verdad lo prometes?

— Con mi vida — respondió Ninoska sin titubear, aunque por dentro sintió que esas palabras le desgarraban el alma.

La niña se lanzó a sus brazos, y Ninoska la sostuvo con fuerza, cerrando los ojos mientras dejaba escapar un suspiro quebrado. El aroma del cabello de su hija, la calidez de ese abrazo, todo se grababa en su piel como un recuerdo que debía atesorar… porque sabía que, en el fondo, ese mismo día la perdería.

Cuando Coraline se separó, sonreía con esa inocencia que parecía iluminarlo todo.

— Entonces me voy a preparar. Quiero estar lista para esta tarde.

Ninoska la observó correr hacia el ropero, entusiasmada, y se quedó de pie, rígida, con las manos aun temblando. Apenas cuando su hija le dio la espalda, dejó caer una lágrima solitaria que se apresuró a secar antes de que pudiera ser vista.

— Es mi deber… — Susurró apenas audible, mirándola con el alma hecha pedazos — Protegerte, aunque me cueste a mí la vida.

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Ninoska Ponce Espinoza
Esta Novela es increíble! 🤩🥰🤩🥰
Esta incluso mejor que la anterior!!!
Me tienes atrapada y con ganas de leer más y saber lo que va a pasar ahora 🤩 con mi tocaya Ninoska 🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩
LoU: Mil gracias!! eres muy amable y especial..!! 💕🥰
total 5 replies
Rolin Ponce
Está muy interesante
Ya quiero leer más capitulos
Cuando subes más capitulos?
LoU: 😁Muchas gracias!!!
Espero que sigas disfrutando de esta novela!!!

se actualiza todos los días en horas de la mañana (hora de Centroamérica)💕
total 2 replies
Yraida Elizabeth Torres Seminario
muy buena 👌
LoU: 🥰💕 Muchas Gracias!!!
De verdad espero que puedas seguirla leyendo y disfrutando..!!

Te aseguro que se pondrá muchísimo mejor! 🥰💕🥰

También se actualiza todos los días... Un capítulo por día! 🥰💕😁☺️
total 1 replies
Ninoska Ponce Espinoza
Bien... me gusta vamos a ver como continúa! 🤩
LoU: 🥰 Gracias!!
Espero la disfrutes mucho! 🥰
total 1 replies
Ninoska Ponce Espinoza
Me gusta como inicia.... la seguiré leyendo... me parece interesante... muy interesante.... 🥰🥰
LoU: Muchas gracias! Espero te guste mi nuevo proyecto..!!
Esta es una Novela mucho más sustanciosa y larga ... con una trama mucho más complicada con amor, familia, política y traiciones🥰🥰🥰

Que la puedas disfrutar!!👏☺️👏☺️
total 1 replies
Ninoska Ponce Espinoza
Es una Nueva Novela... espero sea tan buena como la anterior! /Grin//Grin//Grin//Grin/
Espero mucho!
Ninoska Ponce Espinoza: 🤩🥰 🥰🤩 🥰🤩
total 2 replies
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