Desilusionada por la traición de su esposo, Tamara encontrará refugio en donde menos lo espera, los brazos de su jefe. Un importante joyero, un ceo de renombre, un artista único y excéntrico que viaja por el mundo exponiendo sus magníficas colecciones, sin interesarse realmente en el amor y solo le importan sus piedras preciosas. Sin embargo pronto descubrirá que la joya más invaluable e inalcanzable es la mujer que se hospeda bajo su mismo techo y a la cual pretende conquistar.
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Capítulo N°3
Tamara por un instante se quedó de pie junto al tocador, hipnotizada por la imagen que le devolvió el espejo bajo la vista y suspiró resignada. Esa mujer de cabellos desordenados, maquillaje corrido y ropa desalineada no se parecía en nada a la mujer que realmente era. Moviendo la cabeza de un lado a otro, negaba intensamente seguir luciendo de esa manera. Ella no se convertiría en un ser sin brillo ni luz, como otras mujeres que habían pasado por la misma situación. Decidida a no dejarse vencer por la desolación, ni la tristeza que la embargaba buscó el cepillo de dientes en el cajón donde le había indicado el ceo y se propuso recuperar su antigua imagen.
—¡Tú puedes Tamara, eres una mujer fuerte!—se habló a sí misma e hizo una mueca de disgusto al sentir su aliento—. Pero primero será mejor alivianar este aliento a muerto, lo segundo buscar una aspirina para la terrible jaqueca que siento—confesó avergonzada—. ¡Maldición, no debí tomar tanto!—dijo arrepintiéndose por completo de haber bebido.
Con fuerzas se quitó el pantalón de sastre que llevaba puesto y se quedó en unas minúsculas bragas que combinaban con el resto de su ropa interior. Lentamente desabotono los últimos botones de su blusa y la dejó caer al suelo. El corsé rojo que cubría su cuerpo era solo una fachada de una mujer sexi que quería complacer en todo sentido a su marido, sin embargo ningún esfuerzo era suficiente y ahora se daba cuenta que no tenía sentido todo el esmero que puso durante los años de matrimonio para satisfacerlo en sus gustos de cama si de todas forma la engañó. Ella siempre pensó en complacerlo olvidándose por completo de sus propios gustos y deseos.
Al mirar su imagen una vez más en el espejo, se sentía estúpida vestida como una mujerzuela, una chica de la calle y lo único que deseaba era quitarse esa ropa de encima y liberarse de una vez por toda de esa postura de mujer fatal. Con manos temblorosas intentaba desatar la cinta que sujetaba su cintura, sin embargo el nudo estaba atorado en algún lugar de su espalda y de tanto forcejear ya hasta le impedía respirar con normalidad. Desesperada comenzó a revisar todos los estantes y cajones del lugar haciendo un ruido infernal en el cuarto de baño, hasta que finalmente encontró lo que tanto anhelaba.
Con una media sonrisa en su rostro, tomó las tijeras con firmeza y la sostuvo a la altura de su estómago. Solo debía encontrar el lugar preciso donde cortar la cinta y al fin podría respirar con normalidad y sería libre de esa fantasía absurda.
Franco estaba sentado en el borde de la cama, se estaba quitando los zapatos cuando escuchó que Tamara revisaba con intensidad los cajones en el cuarto de baño. Resignado de tener que volver a hablar con su huésped y de controlar su deseo que cada vez era más latente se incorporó y arrastrando los pies se dirigió al baño.
—Tamara ¿estás bien?—preguntó mientras abría la puerta y se detenía en seco al ver a su secretaria con un arma punzocortante en la mano—. Tamara, detente. Suelta esas tijeras, por favor entregarlas—ordenó mientras extendía su mano—. Cariño, escucha ningún hombre merece que te lastimes por su culpa, eres una mujer hermosa, inteligente y te aseguro que podrás superar este capítulo en tu vida con valentía, pero por favor no te hagas daño—suplicó acercándose a ella lentamente.
—¡¿Qué?!—interrogó en un susurró sin dejar de parpadear y sin entender ni una sola palabra de lo que estaba hablando su jefe.
—¡Tamara, deja esas tijeras ahora mismo!—volvió a repetir y esta vez su voz fue más amenazante.
La secretaria miró su imagen en el espejo, entonces comprendió de inmediato a qué se refería su jefe, parecía una loca que había perdido la razón y estaba a punto de atentar contra su vida. Su día no podía ir de mal en peor, ahora no solo era una mujer engañada, abandonada, despechada frente a los ojos de su jefe sino que se había convertido en una pobre mujer suicida, capaz de quitarse la vida por un ser miserable.
Dejando las tijeras sobre el tocado, comenzó a reír mientras se abrazaba a sí misma intentando cubrir su desnudez.
—¿De qué te ríes?—interrogó Franco al mismo tiempo que alejaba el arma del alcance de
la secretaria.
—¡De lo patética y absurda que crees que soy!—respondió y girando su cuerpo lo miró directamente a los ojos.
—¿Qué?
—No estaba atentando contra mi vida, solo intentó quitarme esta maldita cosa que no me deja respirar—dijo señalando su corsé y recién en ese momento él se percató que estaba en ropa interior entonces apenado se giró de inmediato.
—Lo siento, malinterprete la situación al escuchar como con desesperación golpeabas los muebles. Ten y realmente lo lamento—explicó él y le entregó las tijeras sin intentar voltearse.
—Está bien, lo comprendo. Tienes a una loca en tu casa, que casi ni conoces y es entendible que te preocupes por el bienestar de tus cosas—dijo agarrando las tijeras nuevamente.
—Te dejaré sola… tú solo haz lo que tengas que hacer.
—Espera—lo detuvo sosteniendo su brazo—No te quería importunar pidiendo que me ayudes con esto, pero ya que estás aquí y prácticamente me has visto desnuda ¿me podrías ayudar? Realmente me estoy asfixiando.
—De acuerdo—aceptó respirando profundamente y lentamente se giró sobre sus talones quedando a escasos centímetros de esa adorable tentación—. Voltéate—ordenó intentando sonar sereno pero sus manos temblaban sin control.
Ella obedeció sin poner objeción alguna, estaba increíblemente tranquila, en calma y confiaba plenamente en ese hombre, sin embargo cuando sintió que las yemas de sus dedos rozaban la piel descubierta de su espalda un escalofrío la recorrió de pies a cabeza. La forma delicada, suave y serena que Franco tenía para desatar el nudo del corsé era muy diferente a la brutalidad con que su exesposo la desnudaba. Ella por instinto dio un paso hacia atrás, cerró sus ojos y se apoyó contra el pecho del ceo entregándose por completo a él.
—¿Qué haces?—preguntó él al mismo tiempo que sentía como ella dejaba escapar un suspiro y se relajaba por completo contra su cuerpo.
—No lo sé, pero solo abrázame—pidió y él la rodeó con sus brazos.
Ella podía sentir el aliento de él sobre su nuca, su corazón latía de prisa, su piel se erizaba con el contacto de sus manos que la tomaban firme y segura, brindando la contención que tanto anhelaba, entonces Tamara se giró de golpe, su respiración estaba agitada, su pechos subían y bajaban intentando mantenerse ocultos debajo de la prenda, sus mejillas se cubrieron de un rojo intenso pero la convicción que sentía era tal que simplemente, levanto la mirada hacia los ojos del ceo y pidió.
—Quiero que me hagas el amor y antes que salgas con tu discurso de moralidad quiero que sepas que no estoy ebria, no tengo resaca y no me importa si mañana me pides la renuncia con gusto te la firmo con tal de que me hagas sentir deseada—dijo y antes de que su jefe pudiera pronunciar alguna palabra ella se puso en puntas de pie y lo besó apasionadamente.