En la ciudad prohibida, las reglas no solo están escritas en piedra, sino también en el corazón de un hombre que juró nunca amar.
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Capítulo 14: La Firma del Contrato
El silencio en la oficina de Li Wei no era el mismo de los días anteriores. Ya no era un silencio gélido de muros infranqueables, sino uno denso, vibrante de anticipación. Sobre la mesa de cristal, descansaba el documento que cambiaría la fisonomía de Beijing y, con total seguridad, el curso de sus vidas. Era un fajo de papeles encuadernados en cuero negro, con el sello dorado de Li Corp brillando bajo las lámparas halógenas.
Mei Ling miró el contrato. Sus dedos rozaron la superficie fría. Durante años, este había sido su único objetivo: que su nombre apareciera junto al de una estructura que desafiara el cielo. Sin embargo, ahora que el momento estaba aquí, sentía un extraño vértigo. No era miedo al fracaso profesional, sino a lo que esa firma representaba en términos personales. Al firmar, se vinculaba a Li Wei por los próximos cinco años de construcción. Cinco años de escrutinio, de desafíos y de una intimidad que ya no podían negar.
Li Wei la observaba desde su silla de cuero, con la pluma estilográfica de plata en la mano.
—Es el diseño original, Mei Ling —dijo él, su voz rompiendo el silencio con una suavidad inusual—. No he cambiado ni un milímetro de la curvatura del ala sur. El presupuesto ha sido aprobado tal como lo solicitaste. La junta finalmente comprendió que no estábamos vendiendo solo metros cuadrados, sino un legado.
Mei Ling levantó la vista y se encontró con sus ojos. Ya no buscaban dominarla; buscaban su aprobación.
—¿Incluso el revestimiento de titanio con memoria de forma? —preguntó ella, tratando de mantener un tono profesional, aunque su corazón latía con fuerza.
—Incluso eso —asintió él con una media sonrisa—. Aunque el director financiero casi sufre un infarto cuando vio los costes de importación. Pero le dije que si queríamos capturar el vuelo de un fénix, no podíamos usar alas de papel.
Mei Ling tomó la pluma. El peso del metal en su mano le dio una sensación de realidad. Con un trazo fluido y elegante, estampó su firma en la última página. Li Wei hizo lo mismo justo debajo. Durante un segundo, las puntas de sus dedos se rozaron sobre el papel, un contacto eléctrico que hizo que el aire de la habitación pareciera cargarse de estática.
—Está hecho —susurró ella, soltando el aire que no sabía que estaba reteniendo—. "El Ala del Fénix" es oficialmente una realidad.
—No —la corrigió él, poniéndose en pie y rodeando la mesa—. Es *nuestra* realidad.
En ese momento, la puerta se abrió de golpe y Zhang Bo entró, radiante, con una botella de champán y dos copas. Se detuvo en seco al notar la atmósfera cargada entre los dos, pero su entusiasmo era demasiado grande para ser contenido.
—¡Dime que ya habéis firmado! —exclamó Bo, mirando alternativamente a Mei y a Li Wei—. ¡El equipo está celebrando en la planta baja! ¡Chen Hui ha sido visto saliendo del edificio con una cara que podría agrietar el hormigón!
Mei Ling se obligó a sonreír y a romper el contacto visual con Li Wei.
—Hemos firmado, Bo. El proyecto sigue adelante sin recortes.
—¡Esto es histórico! —Bo sirvió el champán, entregándoles las copas—. Por la Torre Li. Por el diseño que nadie creía posible. Y por la arquitecta más terca y brillante que he tenido la desgracia de conocer.
Bebieron. El líquido frío y burbujeante fue un alivio para la garganta seca de Mei Ling. Sin embargo, mientras Bo hablaba sin parar sobre los próximos pasos de la cimentación, ella sentía la mirada de Li Wei quemándole la piel. No era una mirada de socio; era la mirada del hombre que la había tenido entre sus brazos en la villa, el hombre que ahora compartía con ella un secreto mucho más complejo que un contrato millonario.
—Zhang —intervino Li Wei, cortando el monólogo de Bo con elegancia—, asegúrate de que el equipo reciba su bonificación mañana mismo. Y por favor, diles que mañana a primera hora quiero el cronograma detallado de la fase uno. Pero por hoy, deja que la señorita Mei descanse. Tiene una cena de celebración... pendiente conmigo.
Bo parpadeó, mirando a ambos con una sospecha que rápidamente se transformó en una sonrisa cómplice.
—Ah, claro. Una cena de "negocios". Muy bien. No interrumpiré más la logística ejecutiva. Felicidades de nuevo, a ambos.
Cuando Bo salió, Mei Ling se volvió hacia Li Wei, dejando la copa vacía sobre la mesa.
—No eres muy sutil, ¿sabes? —dijo, arqueando una ceja—. Mañana todo el edificio estará especulando sobre nuestra "cena de negocios".
—Que especulen —respondió él, acercándose hasta que solo unos centímetros los separaban—. Ya no me importa. He pasado demasiado tiempo controlando cada variable de mi vida. Pero contigo, Mei Ling, los cálculos siempre fallan. Y he decidido que me gusta esa incertidumbre.
La cena no fue en uno de los restaurantes de moda de Sanlitun, ni en el salón privado de un hotel de cinco estrellas. Li Wei la llevó a un pequeño restaurante escondido en un *hutong* tradicional, un oasis de madera vieja y linternas rojas que parecía haber sobrevivido milagrosamente al avance de los rascacielos.
—Mi abuelo me traía aquí cuando yo era niño —explicó él mientras se sentaban en una mesa apartada, cerca de un pequeño estanque con carpas koi—. Nadie viene aquí a hacer negocios. Aquí solo se viene a comer y a recordar quién eres.
Durante la cena, las barreras profesionales se disolvieron por completo. Hablaron de sus infancias, de los sacrificios que ambos habían hecho para llegar a la cima de sus respectivas disciplinas. Mei Ling descubrió a un Li Wei que odiaba la soledad de su gran villa y que, a pesar de su fortuna, a veces echaba de menos la sencillez de su época de estudiante en Londres.
—A veces siento que soy solo una función del edificio —confesó él, sirviéndole un poco de té de jazmín—. Si las acciones suben, yo existo. Si bajan, desaparezco. Contigo, por primera vez en mucho tiempo, me siento... sólido. Como si no tuviera que demostrar nada.
Mei Ling se conmovió por su honestidad. Extendió la mano sobre la mesa y cubrió la de él.
—Me asustaste mucho estos días, Wei. Pensé que me habías usado. Que después de lo que pasó, yo era solo una pieza más que habías movido en tu tablero.
—Nunca —dijo él, apretando su mano con fuerza—. Si me alejé fue porque me sentí vulnerable. Y la vulnerabilidad es un lujo que no me he permitido en quince años. Pero firmar ese contrato hoy... no fue solo por el edificio. Fue mi compromiso contigo. Te voy a dar el escenario que mereces, Mei Ling. Y quiero estar en la primera fila para verte brillar.
La noche terminó con un paseo tranquilo por los callejones antiguos, bajo una luna que luchaba por brillar a través de la calima de Beijing. No hubo grandes promesas de amor eterno, porque ambos eran demasiado realistas para eso. Pero hubo una conexión profunda, una sensación de éxito compartido que iba más allá del hormigón y el acero. Al dejarla en su puerta, Li Wei la besó con una suavidad que prometía un futuro, un futuro que, por fin, parecía estar bajo su control.
O eso creían ellos.