El amor es un suspiro mortal; la obsesión es un hambre eterna.”
Francois es un joven florista cuya vida es un jardín de luz y serenidad. Su mundo gira en torno a Margaret, su prometida, una mujer cuya calidez es el único refugio que necesita. Pero la felicidad de los mortales siempre atrae a las sombras, y para Demon, un vampiro antiguo que ha olvidado lo que significa sentir, Francois no es solo una presa: es una obsesión.
Demon no busca simplemente la sangre de Francois; desea corromper su pureza, quebrar su voluntad y poseerlo como la joya más preciada de su colección macabra. Consumido por unos celos patológicos hacia Margaret, el vampiro inicia un asfixiante juego de manipulación psicológica. A través de visiones aterradoras, regalos envenenados y la seducción del poder prohibido, Demon comienza a aislar a Francois de la realidad, sembrando la desconfianza y la paranoia en la pareja.
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Capítulo 3: El Altar de la Obsesión
La lluvia en San Jude había cesado, dejando un frío cortante que calaba hasta los huesos. En el apartamento sobre la florería, el silencio era más ensordecedor que cualquier grito. Francois observaba a Margaret dormir desde el umbral de la puerta; sus párpados temblaban en un sueño inquieto, y el rastro de lágrimas secas en sus mejillas era un recordatorio lacerante de la pelea de la noche anterior.
Él quería creerle. Quería correr hacia ella, abrazarla y pedirle perdón por dudar. Pero en su bolsillo, el collar de rubíes de Demon se sentía pesado, casi como si tuviera pulso propio. Las palabras del vampiro —“Ella te consume lentamente”— se repetían en su mente como un mantra hipnótico.
Francois sabía que no podía quedarse allí esperando a que su vida se desmoronara pétalo a pétalo. Si Demon era un depredador, él tenía que dejar de ser una presa pasiva. Tomó su chaqueta, una linterna y el sobre con la joya. No sabía a dónde ir, pero una parte de él, una parte oscura que se había despertado con el toque gélido del extraño, parecía conocer el camino.
El Descenso al Abismo
Caminó por calles que nunca antes había transitado, alejándose del centro iluminado hacia los distritos donde las farolas parpadeaban y morían. El aire se volvía más pesado, impregnado de ese olor metálico y antiguo que emanaba de Demon. Francois se detuvo frente a una mansión de estilo victoriano, oculta tras una verja de hierro forjado cubierta de hiedra muerta.
No había luces encendidas, pero la estructura se erguía como un monumento a la soledad eterna. Francois empujó la verja, que gimió sobre sus bisagras oxidadas. Cada paso por el sendero de grava se sentía como una traición a Margaret, una entrada voluntaria a las fauces de un lobo.
La puerta principal se abrió antes de que pudiera tocar.
—Sabía que vendrías, Francois —la voz de Demon resonó desde la penumbra del vestíbulo—. El hambre de respuestas es mucho más fuerte que el miedo, ¿verdad?
La Guarida del Coleccionista
Francois entró, su linterna iluminando brevemente cuadros antiguos de personas que compartían los mismos rasgos afilados de Demon. El interior de la mansión era un museo de opulencia decadente: cortinas de terciopelo carmesí, muebles de madera negra tallada y un silencio absoluto que parecía absorber el sonido de sus propios latidos.
Demon estaba sentado en un trono de cuero al final del salón, sosteniendo una copa de cristal tallado llena de un líquido espeso y oscuro. No vestía su abrigo, sino una camisa de seda entreabierta que revelaba una piel tan blanca que parecía mármol bajo la luz de la luna que se filtraba por los ventanales.
—Tome esto y déjenos en paz —dijo Francois, lanzando el sobre con el collar sobre una mesa baja. Su voz sonó más firme de lo que se sentía.
Demon ni siquiera miró la joya. Sus ojos de obsidiana estaban fijos en el rostro de Francois, recorriendo cada línea de tensión, cada gota de sudor que bajaba por su sien.
—¿Paz? La paz es una ilusión para los ignorantes, Francois. Tú ya has visto la verdad. Has visto cómo la simple duda puede destruir el "amor eterno" que jurabas tenerle a esa mujer.
—Usted nos provocó —acusó Francois, dando un paso adelante—. Usted mintió. Ella no sabe quién es usted.
Demon se levantó con una lentitud felina. En un parpadeo, estaba frente a Francois. No caminó; simplemente se desplazó como una sombra que se estira. Francois sintió el frío que emanaba del cuerpo del vampiro, un frío que parecía querer succionar el calor de su propia sangre.
—¿Mentir? —Demon ladeó la cabeza, su rostro a escasos centímetros del de Francois—. Yo solo mostré las grietas que ya existían. Si tu amor fuera tan puro como crees, mis regalos no habrían causado tal estragos. Estás aquí porque ella ya no es suficiente. Porque buscas algo que ella, en su finitud mortal, jamás podrá darte: la eternidad del deseo.
El Juego de Espejos
Demon rodeó a Francois, acariciando con sus dedos largos el respaldo de las sillas.
—Dime, Francois... ¿Qué sientes cuando ella te toca? ¿Sientes el peso de los años que la marchitarán? ¿Sientes el miedo de que un día ella simplemente deje de existir y te deje solo?
—¡Cállese! —Francois se dio la vuelta para enfrentarlo, pero Demon era más rápido. El vampiro lo acorraló contra una columna de mármol, colocando una mano a cada lado de su cabeza.
—Yo, en cambio —susurró Demon, su aliento frío rozando los labios de Francois—, puedo ofrecerte un mundo donde el tiempo no existe. Donde tu belleza nunca se desvanecerá, y donde este fuego que ahora sientes, esta ira mezclada con fascinación, arderá por los siglos de los siglos. Ella es el pasado, Francois. Yo soy tu inevitable futuro.
Francois intentó empujarlo, pero sus manos se hundieron en el pecho de Demon. No se sentía como carne firme, sino como algo denso y antiguo. El vampiro no se movió ni un milímetro. Al contrario, atrapó las muñecas de Francois con una fuerza inhumana, obligándolo a mirarlo a los ojos.
En ese momento, Francois experimentó una visión. No fue un pensamiento, sino una oleada de imágenes: se vio a sí mismo caminando por jardines de sombras, bebiendo de copas de oro, y a Demon siempre a su lado, protegiéndolo de la fragilidad humana. Y en el fondo de la visión, vio a Margaret, envejecida, sola y llorando sobre una tumba vacía.
La visión fue tan intensa que Francois soltó un gemido de dolor. Demon lo soltó, permitiendo que el joven cayera de rodillas al suelo, jadeando.
—Vete ahora, Francois —dijo Demon, su tono volviéndose repentinamente distante y cruel—. Vuelve con tu pequeña novia. Intenta besarla sin pensar en mí. Intenta hacerle el amor sin imaginar que son mis manos las que te tocan.
El Regreso Manchado
Francois huyó de la mansión, corriendo por las calles desiertas hasta que sus pulmones ardieron. Cuando llegó al apartamento, el sol apenas comenzaba a despuntar. Entró con cuidado, intentando no despertar a Margaret, pero ella ya estaba en la cocina, con una taza de café entre las manos y los ojos rojos de tanto llorar.
—¿Dónde estabas? —preguntó ella con una voz que se rompió al final.
—Necesitaba caminar, Maggie. Solo caminar.
Ella se acercó a él, buscando consuelo, y lo abrazó con fuerza. Francois le devolvió el abrazo por puro instinto, pero mientras su cara se hundía en el hombro de Margaret, no pudo evitar notar que el aroma de ella —a jabón de lavanda y café— ahora le parecía insípido. Sus sentidos, ahora refinados por la presencia de Demon, buscaban el olor a incienso y tierra antigua.
—Te amo, Fran —susurró Margaret, apretándolo más—. No dejes que ese hombre nos separe.
—Yo también te amo —respondió él, pero las palabras se sintieron como cenizas en su boca.
Sobre la mesa del comedor, Francois vio algo que lo hizo palidecer. No era el collar de rubíes que él había dejado en la mansión. Era una pequeña nota, escrita sobre un pétalo de rosa blanca, el único que quedaba del ramo que él mismo había arreglado el día anterior.
"Ella dice que me ama, pero tú y yo sabemos a quién buscas en la oscuridad."
Francois cerró los ojos, sintiendo que la trampa de Demon no solo se cerraba alrededor de su vida, sino alrededor de su alma. El vampiro no quería matarlo, quería que Francois se convirtiera en su propio carcelero.
La Sombra en la Ventana
Desde la calle, oculto tras la bruma del amanecer, Demon observaba la ventana del segundo piso. Podía sentir la confusión de Francois, su asco y su creciente curiosidad. El placer que sentía el vampiro no era físico, era el éxtasis de ver cómo un ser puro comenzaba a pudrirse por dentro bajo el peso de una obsesión que él mismo había cultivado.
Demon sabía que Margaret no duraría mucho más. No porque él fuera a matarla —eso sería demasiado simple—, sino porque Francois pronto la vería como el muro que lo separa de la verdadera libertad.
—Pronto, mi pequeño lirio —murmuró Demon, desvaneciéndose con los primeros rayos del sol—. Pronto vendrás a mí, no por odio, sino porque ya no sabrás cómo vivir sin el veneno que te he dado.
ah y otra cosa que pasara cuando se le quite la obsesión y lo pruebe por que a parecer todo es un simple capricho el no esta enamorado de francois?!!!