Belleza fría y fuerza divina se entrelazan en una alianza que decidirá el equilibrio entre reinos que nunca dejaron de vigilarse.
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Capítulo 3: Bajo el Cielo que No Duerme
Esa noche, los documentos fueron firmados.
Sellos de cera.
Firmas elegantes.
Sonrisas políticas.
El compromiso estaba hecho.
El destino… oficializado.
La habitación asignada a ambos era amplia y sobria. No excesivamente decorada, pero digna de la nobleza.
Victoria se detuvo frente a la puerta antes de entrar.
Su corazón no latía por miedo.
Latía por expectativa.
“Seguramente estará esperando… con arrogancia.”
Abrió la puerta.
La habitación estaba vacía.
La cama intacta.
Las luces bajas.
Silencio.
Frunció el ceño.
Entonces escuchó algo.
Una voz.
Suave. Serena.
Venía del balcón.
Victoria caminó con cautela y apartó las cortinas.
Rafael estaba sentado sobre la baranda de piedra, con una pierna colgando al vacío, mirando el cielo nocturno.
El viento movía su cabello rojo como una llama tranquila.
—“Si el cielo guarda estrellas que no pueden caer…
quizás el corazón también puede sostener lo que no entiende…”
Victoria se quedó inmóvil.
Nunca había escuchado a un hombre hablar así.
En su mundo, los hombres presumían fuerza.
Deseo.
Conquista.
Nunca… contemplación.
—“Hay luces que arden sin pedir permiso…
y otras que brillan aunque nadie las mire…”
Su voz no era seductora.
Era distante.
Como si no supiera que alguien lo escuchaba.
Victoria carraspeó ligeramente.
—¿No vas a dormir o qué?
Rafael no se giró.
—No.
Su tono fue simple.
—Tengo una bendición que me permite permanecer despierto sin fatiga. Estaré de guardia.
Eso la irritó.
—¿De guardia? ¿Aquí?
—Es costumbre.
Ella sintió algo incómodo en el pecho.
¿La estaba evitando?
Sin pensarlo demasiado, se abalanzó hacia él.
Rafael escuchó el movimiento.
Se puso de pie de inmediato.
—Princesa, ya no lo haga—
Demasiado tarde.
Victoria fue rápida.
Ágil.
Lo tomó por sorpresa, utilizando su impulso para subirse sobre sus hombros y girar su peso.
En un movimiento limpio, lo llevó al suelo del balcón.
Quedó sobre él, sentada firmemente, sus piernas rodeando su cuello en una llave precisa.
No con intención de herir.
Pero sí de dominar.
Rafael quedó inmóvil.
No porque no pudiera moverse.
Sino porque no quería activar nada más.
—¿Creíste que iba a dejarte ir tan fácil? —murmuró ella, inclinándose ligeramente—. No. Aquí estás atrapado conmigo.
Apretó un poco más.
Lo suficiente para dejar clara su fuerza.
—Te vas a quedar aquí. Y me tratarás como tu linda esposa que soy.
Rafael parpadeó.
No estaba acostumbrado a esto.
No a la violencia.
A la cercanía.
—En una semana vendrá mi ex prometido —continuó ella con frialdad—. Ese despreciable vendrá con su nueva pareja. Quiero que actúes como corresponde.
Su mirada se endureció.
—Te quiero vestido con un traje muy, pero muy elegante.
Rafael tragó saliva.
—Princesa… suélteme.
Victoria apretó ligeramente.
—No lo haré, querido.
El viento agitó el vestido rojo contra la piedra.
—¿Y por qué decías esos poemas, eh? —susurró con una leve sonrisa desafiante—. Eran para mí, ¿verdad?
Rafael desvió la mirada hacia el cielo.
—Solo digo cosas al azar. No son poemas.
—Soy mujer —respondió ella sin titubear—. Sé identificar poesía… y seducción.
Silencio.
El aire se volvió denso.
Rafael no estaba sonrojado por deseo.
Estaba desconcertado.
—No intento seducirla.
—Entonces mírame y dilo.
Rafael finalmente giró el rostro hacia ella.
Sus ojos azules estaban más vulnerables que nunca.
—No estoy acostumbrado a hablar con alguien que no me vea como arma.
La frase rompió algo.
Victoria aflojó apenas la presión.
No del todo.
Pero suficiente.
—¿Y crees que yo te veo así?
—No lo sé —respondió con honestidad—. Pero usted no me teme.
Eso la dejó en silencio.
Ella se levantó lentamente.
Él también, sin activar ninguna bendición.
Mantuvieron distancia.
El viento seguía soplando.
Victoria cruzó los brazos.
—No te irás.
Rafael la miró.
—Tengo deberes.
—Yo también —replicó ella—. Y uno de ellos es no dejar que vuelvan a humillarme.
Su voz bajó un poco.
—Te necesito aquí esa noche.
No como arma.
Como presencia.
Rafael entendió.
No era una orden caprichosa.
Era orgullo herido.
Finalmente inclinó la cabeza.
—Entonces estaré.
Victoria se giró para volver al interior.
Antes de entrar, murmuró sin mirarlo:
—Y esos poemas… no eran malos.
Rafael miró el cielo otra vez.
Por primera vez en mucho tiempo…
No se sentía solo.
Capítulo 3
Parte 3 — Lo Que No Dices
El viento aún soplaba cuando Victoria, sin previo aviso, agarró el cuello del uniforme blanco de Rafael.
Lo jaló hacia el interior de la habitación con firmeza.
La puerta del balcón se cerró con un golpe seco.
—Tienes ojeras, idiota —dijo sin suavizar el tono—. ¿Crees que soy estúpida?
Rafael parpadeó, sorprendido por la cercanía repentina.
—No necesito dormir —respondió con calma.
Intentó soltarse con cuidado, pero Victoria no aflojó.
Y, para su sorpresa…
No pudo liberarse con facilidad.
Ella era fuerte.
Muy fuerte.
Más de lo que aparentaba incluso cuando peleaban.
—No hablo de necesitarlo —replicó ella—. Hablo de quererlo.
Sus ojos se clavaron en los de él.
—No pareces alguien descansado. Pareces alguien que lleva demasiado tiempo sin bajar la guardia.
Rafael desvió la mirada.
—Es costumbre.
—Pues es una costumbre estúpida.
Lo soltó de golpe, pero no se alejó.
Se cruzó de brazos frente a él.
—Aquí no hay enemigos. No tienes que vigilar cada sombra.
Rafael mantuvo la postura recta, aunque el gesto había perdido firmeza.
—Siempre hay enemigos.
Victoria dio un paso más cerca.
—No en esta habitación.
Silencio.
El peso de sus palabras cayó más fuerte que cualquier llave que ella hubiera aplicado antes.
Rafael habló con voz baja.
—No estoy acostumbrado a que alguien se preocupe por eso.
Victoria frunció el ceño.
—No me preocupo por ti.
Pausa.
—Me molesta que actúes como si fueras a desmoronarte en cualquier momento.
Rafael dejó escapar una leve exhalación que casi parecía risa.
—Eso sería difícil.
—No me hables como si fueras indestructible.
Ella levantó una mano y, sin darse cuenta, rozó ligeramente la tela bajo sus ojos.
—Las bendiciones no cubren todo.
Rafael se quedó quieto.
Ese gesto…
No era agresión.
Era observación.
Era alguien mirándolo como persona.
—No soy más fuerte que usted —dijo finalmente, en voz baja.
Victoria levantó una ceja.
—¿Ah, no?
—Usted pelea porque elige hacerlo.
Sus ojos azules se suavizaron.
—Yo peleo porque el mundo espera que lo haga.
Eso la dejó sin respuesta por un segundo.
Victoria dio media vuelta y caminó hacia la cama.
—No vas a irte a ningún balcón.
Se sentó en el borde.
—Si tienes una bendición para no dormir, perfecto. Úsala. Pero quédate aquí.
Rafael dudó.
—Princesa…
—Victoria.
Lo corrigió sin mirarlo.
—Aquí no somos símbolos. No somos alianzas. No somos armas.
Pausa.
—Solo somos dos personas obligadas a compartir una habitación.
El silencio se volvió distinto.
Menos hostil.
Más humano.
Rafael finalmente dio unos pasos hacia dentro y se apoyó contra la pared, manteniendo cierta distancia respetuosa.
Victoria lo miró de reojo.
—Y ponte algo oscuro mañana. El blanco te hace ver demasiado intocable.
Rafael inclinó ligeramente la cabeza.
—Lo consideraré.
Victoria se acomodó, pero antes de recostarse dijo:
—Y si vuelves a decir que no necesitas descansar… te volveré a tirar al suelo.
Rafael, por primera vez desde que llegó al ducado…
Sonrió de verdad.
—Entendido.
Las luces se atenuaron.
Y en el silencio compartido de la habitación, ninguno estaba completamente cómodo.
Pero tampoco estaban solos.