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La Fruta Prohibida Del Señor Easton

La Fruta Prohibida Del Señor Easton

Status: En proceso
Genre:Romance / Amor prohibido / Posesivo
Popularitas:3.9k
Nilai: 5
nombre de autor: A.B.G.L

Luke Easton lo perdió todo al volver a casa. La mujer que amaba, el futuro que imaginó... todo esfumado en una traición que lo dejó vacío.

En las calles ardientes de Los Ángeles, buscando un nuevo comienzo, el destino le ofrece una oportunidad inesperada: convertirse en guardaespaldas.

Pero, ¿será esta nueva vida la redención que busca, o el destino tiene otros planes para él? El juego apenas comienza...

Novela extensa...

NovelToon tiene autorización de A.B.G.L para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

El Surgir de las Emociones Perdidas...

...20...

Yo sé que debería tener más fuerza. Que después de años de disciplina militar, de aprender a dominar cada impulso, cada deseo, debería ser capaz de controlar lo que mi mente y mi cuerpo sienten. Pero la verdad es que Ophelia Montgomery se ha convertido en un fuego que arde en lo más profundo de mi ser, y cada día que pasa, las llamas se hacen más altas, más incontrolables.

Han pasado siete días desde aquel incidente en la piscina. Siete días en los que he estado a su lado cada vez que ha sido posible, vigilándola, protegiéndola, observándola con una atención que ya no tiene nada que ver con mi trabajo. Al principio, fue solo una cuestión de profesionalismo: quise asegurarme de que Declan Beaufort no se acercara demasiado, de que Adrian Whitmore no la hiciera sentir incómoda con sus posesiones ostentosas. Pero poco a poco, mi mirada comenzó a detenerse en ella por otras razones.

La manera en que se mueve cuando camina por los pasillos de la mansión, como si el aire mismo se doblara para hacerle sitio. La elegancia con la que sostiene una copa de vino, sus dedos largos y delgados envolviéndose alrededor del cristal como si fueran parte del propio diseño. La sensualidad que desprende sin siquiera intentarlo —cuando se quita los zapatos y camina descalza por el césped, cuando se arregla un mechón de cabello detrás de la oreja, cuando ríe con tanta sinceridad que sus ojos se llenan de luz.

He comenzado a notar detalles que antes pasaban desapercibidos. Cómo sus vestidos de seda caen sobre sus curvas como agua sobre piedra pulida. Cómo las faldas que usa en las tardes se ceñen a su cadera, resaltando la delicadeza de su figura sin necesidad de exageraciones. Cómo cuando lleva blusas de hombros descubiertos, la luz del sol baña su piel en un resplandor que parece sacado de un sueño. Mi imaginación, que creía haber domado hace tiempo, ha vuelto con una furia desmedida. Comienzo a visualizar escenarios que deberían estar prohibidos en mi mente —ella en habitaciones con cortinas de terciopelo rojo, vestida con telas transparentes que dejan al descubierto lo que la modestia oculta; ella acostada sobre camas de lino egipcio, sus manos extendidas hacia mí con una invitación que sé que nunca recibiré.

Es como si mi mente se hubiera rebelado contra mí, como si todos los años de represión, de guardar mis emociones en cajas cerradas con llave, hubieran explotado de golpe. Y lo peor de todo es que ella no sabe nada de esto. Continúa siendo la misma mujer amable, tímida y respetuosa que conocí aquel día en la sala de la mansión, saludándome con una sonrisa que hace que mi pecho se contraiga con una fuerza que me duele.

Esta noche ha sido la peor. Me encontraba en mi habitación, acostado en la cama individual que se ha convertido en mi refugio y mi prisión a la vez. La luna brillaba a través de la ventana, proyectando sombras largas y oscuras sobre las paredes. Intenté dormir, cerrar los ojos y vaciar mi mente como me enseñaron en el ejército, pero era inútil. La imagen de Ophelia se imponía sobre todo lo demás —ella en la piscina, con el agua resbalando por su piel; ella en el salón de arte, riéndose con sus amigos; ella en la sala de descanso, con el pequeño tatuaje de rosa en su cadera que parece haber sido dibujado para provocarme específicamente.

Mi cuerpo respondió antes de que pudiera hacer algo al respecto. Una sensación cálida, intensa, comenzó a extenderse desde lo más profundo de mi ser, encendiéndome desde adentro como si alguien hubiera echado gasolina sobre las brasas que llevaba guardadas. Mi respiración se volvió jadeante, mi piel se puso tensa como una cuerda lista para romperse, y mis manos temblaron con la necesidad de tocar, de sentir, de hacer real lo que mi mente estaba creando con demasiada claridad.

Me senté en la cama con un golpe seco, sudor frío recorriendo mi frente a pesar del fresco de la noche. Mis pensamientos seguían jugando en mi contra, pintando imágenes que me hacían sentir a la vez vivo y condenado. ¿Desde cuándo me he vuelto así? ¿Desde cuándo una mujer puede hacer que mi disciplina, mi honor, mi propio sentido del deber se desvanezcan como humo bajo el sol?

No pude aguantarlo más. Me levanté de un salto, casi tropezando con la mesita de noche, y me dirigí al baño con pasos precipitados. Abrí el grifo de la ducha y esperé a que el agua alcanzara la temperatura más baja posible —hasta que el chorro se sintió como hielo sobre mi piel. Me quité la ropa sin cuidado, dejándola tirada en el suelo, y me metí bajo el agua con un suspiro que fue a la vez de alivio y de agonía.

El agua helada golpeó mi cuerpo con fuerza, cortando mi piel como cuchillas de hielo. Por un instante, la sensación de frío fue suficiente para disipar un poco la fiebre que me consumía. Pero luego, la imagen de Ophelia volvió con más fuerza que nunca —sus ojos ámbar mirándome con una intensidad que me atraviesa hasta el alma, su perfume envolviéndome a pesar del olor a cloro del agua, la sensación de su cuerpo en mis brazos el día de la piscina, cuando su piel mojada se sintió tan cálida contra la mía.

Maldigo mi situación con cada fibra de mi ser. Maldigo el hecho de que me haya vuelto débil, de que una mujer a la que debo proteger con toda mi fuerza sea también la causa de mi mayor debilidad. Maldigo el hecho de que cada vez que la veo, mi mente se llena de deseos que no puedo cumplir, de necesidades que no puedo satisfacer.

Me agarro a los pasamanos de la ducha, cerrando los ojos con fuerza mientras el agua continúa cayendo sobre mí. El frío comienza a penetrar en mis huesos, calmando el fuego por un momento, pero sé que es solo una pausa. Porque cuando salga de aquí, cuando vuelva a mi habitación, cuando me acueste de nuevo en mi cama, ella estará ahí, presente en cada rincón de mi mente, una tentación que sé que nunca podré resistir completamente.

Soy un guardaespaldas. Mi deber es protegerla, mantenerla a salvo, asegurarme de que nada le pase. Pero ahora sé que hay un peligro mucho mayor que cualquier agresor externo —el peligro que represento yo mismo, con mis pensamientos oscuros y mis deseos prohibidos. Y esa es una amenaza que no sé cómo controlar.

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Elizabeth Sánchez Herrera
➕ más ➕ capítulos
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