¿Puede un corazón de hielo derretir una maldición de sangre?
Devil lo tenía todo: una belleza insultante, una estatura imponente de 1.87 m y unos ojos violetas que eran la perdición de cualquier mujer en la capital. Pero su arrogancia lo llevó a cruzar el jardín equivocado. Tras un desafortunado encuentro con una hechicera, el joven seductor despierta atrapado en el cuerpo de un gato negro. La condena es simple pero devastadora: no recuperará su humanidad hasta que alguien lo ame de verdad.
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Capítulo 23
La mudanza de la Mansión Blackwood al imponente Palacio de Ashford no era simplemente un traslado de muebles y baúles; era el desplazamiento de un pequeño ecosistema de secretos, dagas y orgullos heridos. El Duque, con su eficiencia de mago, había organizado una caravana que parecía no tener fin. Carruajes cargados de tapices, la cristalería de los Blackwood y, por supuesto, el séquito de sirvientes que ahora servían a la nueva Duquesa.
Sin embargo, para Devil, el trayecto era un calvario de humillación. Desde que Suseth, con su lengua de plata y veneno, le había revelado a Rose su verdadera identidad, el mundo del "gato" se había vuelto un campo de batalla. Rose no solo no lo miraba; lo evitaba como si fuera una mancha de hollín en un vestido de novia. Cada vez que Devil se acercaba a menos de tres metros, ella alzaba un objeto —un libro, un zapato, una sombrilla— con una mirada de advertencia que decía claramente: «Ni un paso más, pervertido».
La Primera Disculpa: El Sacrificio del Salmón
El primer intento de Devil ocurrió antes de subir al carruaje de la servidumbre. Rose estaba sentada sobre un baúl, secándose el sudor de la frente, roja de pura fatiga y de la rabia contenida al recordar que ese animal la había visto en la tina.
Devil se acercó con un trozo de salmón ahumado que había robado de la mesa del banquete de despedida. Lo dejó a los pies de Rose y emitió un maullido suave, bajando la cabeza hasta tocar el suelo, en una reverencia que ningún gato común sabría ejecutar.
—¡Ni lo sueñes! —exclamó Rose, apartando el pescado con la punta de su bota—. No creas que un trozo de comida va a borrar el hecho de que me viste... ¡me viste entera, malnacido! ¡Come tu propio soborno!
Devil se retiró con las orejas gachas. Esa fue la disculpa número uno. Faltaban novecientas noventa y nueve.
El Viaje de los Gestos Desesperados
Durante el viaje hacia el Palacio de Ashford, Devil no se rindió. El carruaje de la servidumbre era espacioso, pero Rose se había sentado en el rincón más alejado. Mimi, que disfrutaba del caos, intentaba mediar lamiéndole la oreja a Devil y luego saltando al regazo de Rose, pero la criada solo acariciaba a la calicó, ignorando la sombra negra que la observaba con ojos de súplica.
En la disculpa número cuarenta y siete, Devil intentó usar sus garras para "escribir" en el polvo de la ventana del carruaje. Con mucha dificultad, trazó una "P" y una "O" (intentando escribir "Perdón"), pero el carruaje dio un bache y terminó dibujando un garabato que parecía un insulto. Rose lo miró, bufó y cerró las cortinas.
En la disculpa número ciento doce, cuando llegaron a una posada para descansar, Devil encontró una flor silvestre entre las piedras. La tomó con la boca y saltó hacia el regazo de Rose mientras ella dormitaba. Se la dejó sobre las manos. Rose despertó, vio la flor, miró a Devil y, con una frialdad que habría enorgullecido a Suseth, arrojó la flor por la ventana.
—Las flores son para las damas, y los hombres de verdad las entregan con manos, no con colmillos de bestia —sentenció ella.
La Llegada al Palacio de Ashford
Al llegar al palacio, la magnitud del lugar dejó a todos boquiabiertos. Era una fortaleza de mármol blanco y agujas de cristal que se clavaban en el cielo. El Duque de Ashford recibió a su esposa con un beso en la mano, mientras Devil era bajado del carruaje en una jaula de transporte (cortesía de Rose, quien se negaba a cargarlo en brazos).
—Parece que el camino a la redención es empinado, ¿verdad, Devil? —se burló el Duque al pasar junto a la jaula—. Rose tiene un carácter fuerte. Me agrada. Quizás debería contratarla como mi jefa de seguridad mágica.
Devil solo pudo emitir un gruñido ahogado.
El Incidente de la Seda
Ya instalados en el ala de servicio del palacio, Rose estaba desempacando sus pertenencias. Al sacar uno de sus camisones de seda —el que más le gustaba—, recordó con horror la noche en que Devil se había paseado por su pecho. El rubor volvió a incendiar su rostro.
Devil apareció en la puerta. Esta vez traía algo distinto. En lugar de comida o flores, traía un pequeño ovillo de lana dorada que pertenecía a los tesoros del Duque. Se sentó frente a ella y comenzó a mover el ovillo de un lado a otro, imitando a un gato tonto e inocente. Fue su disculpa número quinientos tres: intentar convencerla de que, después de todo, solo era un animal sin malicia.
—¡Deja de fingir! —gritó Rose, lanzándole una almohada—. ¡Sé que hay un hombre ahí dentro riéndose de mí! ¡Sé que estás pensando en lo que viste! ¡Vete a buscar al Duque y déjame en paz!
El Punto de Quiebre: La Disculpa Mil
La mudanza terminó al anochecer. Rose estaba agotada, sentada en los escalones de la cocina monumental del palacio. El frío del mármol la hacía tiritar. Devil apareció de nuevo. No traía nada en la boca. Simplemente se acercó y, con una lentitud que denotaba miedo, apoyó su frente contra el tobillo de Rose.
No se movió. No maulló. Solo se quedó allí, transmitiendo su calor corporal y una vibración de arrepentimiento tan genuina que el silencio se volvió pesado.
Fue la disculpa número mil.
Rose suspiró. Miró hacia abajo y vio el brillo violeta de esos ojos que ahora sabía que pertenecían a un hombre. Un hombre que, a pesar de su pasado de libertino y su presente de animal, había arriesgado su "vida" de gato para defenderla en la boda, que la había acompañado en sus penas y que ahora parecía genuinamente destrozado por haberla ofendido.
—Eres un idiota, Devil —susurró Rose, dejando caer una mano con renuencia sobre su cabeza—. Un pervertido idiota y peludo.
Devil cerró los ojos, emitiendo un ronroneo suave, no de triunfo, sino de alivio.
—No creas que te he perdonado —continuó ella, aunque no apartó la mano—. Pero este palacio es demasiado grande y frío para estar peleada con el único "hombre" que conozco aquí... aunque seas un hombre que camina en cuatro patas.
Mimi apareció trotando, frotándose contra el otro tobillo de Rose.
—¡Ya era hora! —parecía decir la calicó—. El drama me estaba dando hambre.
La Sombra en el Pasillo
Desde las sombras del corredor, el Duque de Ashford observaba la escena. Sus ojos rojos brillaron con una mezcla de satisfacción y algo más oscuro.
—El primer paso es el perdón —murmuró el Duque para sí mismo—. El segundo es el sacrificio. Devil está aprendiendo a valorar la mano que lo alimenta más que el espejo que lo refleja. Suseth se sentirá complacida... o quizás se moleste porque su juguete favorito se está volviendo demasiado "bueno".
El Duque se alejó, su capa de seda blanca ondeando como un ala de ángel caído. La mudanza había terminado, y en el Palacio de Ashford, bajo las estrellas, un gato negro comenzaba a entender que mil disculpas no eran nada comparadas con el peso de una mirada de afecto de la mujer que, sin saberlo, sostenía la llave de su verdadera humanidad.
La forma en que transmites las emociones del personaje son tan reales y el crecimiento emocional que vemos en ellos WOW ¡¡Es fascinante!! La estructura de los acontecimiento, el orden con el que se desarrollan
...espero, deseo y agradezco que sigas compartiendo con nosotras historias tan magnificas como estas....🥰🤩😍