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Soy Tu Verdugo, Adrián.

Soy Tu Verdugo, Adrián.

Status: En proceso
Genre:Juego del gato y el ratón
Popularitas:932
Nilai: 5
nombre de autor: Giulian Hoks

Una coreografía letal de obsesión y traición donde el deseo se convierte en el arma más afilada de una venganza que busca destruir la corona del verdugo y la inocencia de la víctima.

NovelToon tiene autorización de Giulian Hoks para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 3: La metamorfosis del fantasma

​La lluvia de aquella noche de graduación no solo lavó el rastro de sus lágrimas; también borró al Mateo que pedía permiso para existir. Durante las tres semanas siguientes, el silencio fue su único aliado. Mientras el grupo de WhatsApp de la generación seguía echando humo con memes crueles y capturas de pantalla de su humillación, Mateo se recluyó en el sótano de su casa, un espacio lleno de cajas viejas y el olor a humedad que ahora le resultaba extrañamente reconfortante.

​No respondió llamadas. No devolvió mensajes de lástima de los pocos profesores que se enteraron. Se dedicó a observar.

​Frente a él, en una pared improvisada con corcho y chinchetas, el mapa de su nueva realidad tomaba forma. No eran apuntes de álgebra, sino el organigrama social del Instituto San Judas. En el centro, rodeado por un círculo rojo de tinta indeleble, estaba Adrián. Alrededor de él, sus satélites: Javier, el matón con ínfulas de cineasta; Lucía, la exnovia herida que ahora buscaba validación en el odio; y el resto de la corte de los milagros que reía cada chiste del rey.

​—El problema de los reyes —susurró Mateo, su voz sonando ronca por la falta de uso— es que olvidan que sus coronas descansan sobre las espaldas de gente que puede ponerse de pie en cualquier momento.

​El arte de la guerra invisible

​Mateo sabía que no podía atacar frontalmente. Adrián era rico, guapo y tenía el apoyo de una estructura social que premiaba la crueldad. Para destruirlo, Mateo tenía que dejar de ser una víctima y convertirse en un espejo.

​Empezó por su físico. No fue un cambio de película de Hollywood, sino algo más sutil y perturbador. Se cortó el cabello él mismo, dejando atrás el flequillo suave que solía cubrirle los ojos para adoptar un estilo militar, afilado, que resaltaba la estructura ósea de su rostro, ahora más delgado por las noches de café y poco sueño. Empezó a correr de madrugada, hasta que sus pulmones ardían y sus piernas se sentían como hierro. Cada zancada era un recordatorio: uno, dos, Adrián; tres, cuatro, traición.

​Pero la verdadera transformación fue intelectual. Mateo siempre había sido brillante, pero ahora canalizó esa inteligencia hacia la oscuridad. Hackeó los foros anónimos del colegio, aprendió a rastrear direcciones IP y, sobre todo, empezó a recopilar los "cadáveres" que Adrián había dejado en el camino antes que él.

​Descubrió que Adrián no era solo un matón; era un coleccionista de secretos. Y el que guarda secretos ajenos, tarde o temprano, deja huellas de los suyos.

​El primer movimiento: La Fiesta de Verano

​La oportunidad llegó con la fiesta anual en la casa de campo de los padres de Javier. Era el evento que cerraba oficialmente el ciclo escolar antes de que todos se dispersaran hacia la universidad. Era el lugar perfecto para el debut de "el nuevo Mateo".

​Cuando llegó a la propiedad, el sol se estaba poniendo, tiñendo el cielo de un naranja sangriento que reflejaba su estado de ánimo. Vestía de negro, una camisa de seda que le quedaba ligeramente holgada y unos pantalones que marcaban su nueva postura erguida. Ya no encogía los hombros. Ya no buscaba pasar desapercibido.

​Al cruzar el umbral del jardín, la música electrónica golpeó sus oídos. El ambiente estaba cargado de alcohol y el falso misticismo del verano. Mateo caminó directo hacia la barra. Podía sentir las miradas. El cuchicheo empezó de inmediato.

​—¿Ese es Mateo? —oyó a una chica susurrar a sus espaldas.

—No puede ser. El "chico del beso" se habría mudado de ciudad después de lo que pasó.

​Mateo pidió un whisky solo. El primer sorbo le quemó la garganta, pero no se inmutó. Mantuvo la vista al frente, observando el reflejo de la fiesta en el espejo de la barra.

​Entonces, lo vio.

​Adrián estaba al otro lado de la piscina, rodeado de su séquito habitual. Reía con esa confianza asquerosa, con un brazo rodeando los hombros de una chica cuya cara Mateo no reconoció. Pero, como impulsado por un instinto animal, Adrián se detuvo a mitad de una frase. Sus ojos vagaron por la multitud hasta que encontraron los de Mateo.

​La risa de Adrián se congeló.

​No había miedo en los ojos de Mateo. No había dolor. Había algo mucho peor: una calma absoluta. Era la mirada de un depredador que observa a su presa desde la maleza, calculando la distancia exacta para el salto mortal.

​El encuentro en la penumbra

​Mateo no esperó a que Adrián se acercara. Se dio la vuelta y se dirigió hacia el área de los viñedos, una zona más oscura y apartada de la casa. Sabía que el ego de Adrián no le permitiría ignorar su presencia. Tenía que marcar territorio. Tenía que preguntar qué hacía "el juguete roto" de vuelta en su jardín.

​No pasaron cinco minutos antes de que escuchara los pasos sobre la grava.

​—Tienes muchas agallas para presentarte aquí, Mateo —la voz de Adrián salió de entre las sombras, cargada de una mezcla de desconcierto y una pizca de esa antigua arrogancia—. Pensé que estarías encerrado en tu cuarto escribiendo poemas tristes sobre el amor no correspondido.

​Mateo se giró lentamente. La luz de la luna llena bañaba su rostro, dándole un aspecto casi espectral.

​—Los poemas son para la gente que tiene algo que decir, Adrián —respondió Mateo, su voz era un hilo de seda fría—. Yo ya no tengo nada que decir. Solo tengo cosas que hacer.

​Adrián soltó una carcajada forzada, pero sus ojos no se reían. Estaba escaneando a Mateo, notando el cambio en su mandíbula, en la forma en que su ropa caía, en la ausencia total de temblor en sus manos.

​—¿Ah, sí? ¿Y qué vas a hacer? ¿Besarme otra vez para que Javier saque otra foto? Fue un éxito en redes, por si no te lo dije.

​Mateo dio un paso adelante. Uno solo. Adrián, por puro instinto, no retrocedió, pero tensó los músculos.

​—No vine por un beso, Adrián. Vine a devolverte algo que se te cayó la noche del baile —Mateo sacó un pequeño sobre negro de su bolsillo. No era la carta de amor. Era otra cosa.

​—¿Qué es esto? —preguntó Adrián, extendiendo la mano con desconfianza.

​—Es el principio de tu fin —dijo Mateo con una sonrisa mínima, casi imperceptible—. Es una copia de los registros de la clínica privada de tu padre. Ya sabes, esos que dicen que el "accidente" de coche del año pasado, ese en el que una mujer quedó inválida y tú saliste ileso, no fue un fallo mecánico. Tu sangre estaba llena de algo que no era precisamente jugo de naranja. Y tu padre pagó mucho dinero para que el informe oficial dijera lo contrario.

​El color drenó del rostro de Adrián. Su mano tembló ligeramente al tomar el sobre.

​—¿Cómo demonios...?

​—Te dije que no me conocías "realmente" —lo interrumpió Mateo, inclinándose hasta quedar a centímetros de su oído—. Creíste que podías jugar conmigo porque era el chico débil que te amaba. Pero el amor es una debilidad que ya me extirpé, Adrián. Ahora solo queda el suspenso. Y créeme, no tienes ni idea de cómo termina esta película.

​Mateo le dio una palmadita en la mejilla, el mismo gesto que Adrián le había hecho en el gimnasio, y se alejó hacia la luz de la fiesta, dejando a Adrián solo en la oscuridad de los viñedos, sosteniendo el peso de su propio secreto.

​El juego comienza

​Al regresar a la barra, Mateo se terminó su whisky de un trago. La adrenalina era mejor que cualquier droga. Sabía que este era solo el primer movimiento. No iba a entregar el secreto a la policía todavía. Eso sería demasiado fácil. Quería ver a Adrián desmoronarse poco a poco. Quería que cada vez que Adrián cerrara los ojos, viera la cara de Mateo. Quería que el romance que alguna vez sintió se convirtiera en la soga que asfixiara a su verdugo.

​Mientras salía de la fiesta, Mateo se cruzó con Javier, quien intentó ponerle una zancadilla. Mateo lo esquivó con una elegancia felina y le dedicó una mirada tan gélida que el otro chico se quedó paralizado.

​Ya no era el Mateo que escribía cartas de amor.

Era el arquitecto de una caída estrepitosa.

​Al llegar a su coche, Mateo encendió la radio. Una melodía suave, casi melancólica, inundó el habitáculo. Sacó su teléfono y abrió una carpeta oculta. Allí, no solo estaban los registros del hospital. Había grabaciones, fotos y pruebas de cada pecado cometido por el círculo íntimo de Adrián.

​—Uno por uno —susurró Mateo, arrancando el motor—. El baile apenas está empezando, y esta vez, yo elijo la música.

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