Adrián siempre fue el omega bonito, el prometido adorno del CEO Alejandro Torres. Su vida era poesía, diseño de interiores y un amor no correspondido por un alfa que solo valoraba el poder. Hasta que su primo Sergio lo empujó desde una azotea.
Pero el destino le regala una segunda oportunidad. Vuelve atrás en el tiempo con el recuerdo de su muerte grabado a fuego y un descubrimiento que lo hiela: Sergio, el primo brillante y esforzado que siempre vivió a su sombra, lleva años enamorado de Alejandro. Y su plan para ser visto por el alfa es sencillo: eliminar al heredero legítimo y ocupar su lugar, con el patrimonio y la posición que siempre le faltaron.
Ahora Adrián tiene un año para reescribir su historia. No para conquistar a Alejandro, sino para salvarse a sí mismo. Para demostrar que vale más que el apellido que heredó. Y quizá, solo quizá, para tenderle un puente a un primo que, como él, solo quería ser amado.
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Capítulo 20: La red
...~Sergio~...
Las dos de la madrugada y la ciudad brillaba al otro lado del ventanal como un tablero de luces dormidas.
Sergio llevaba cuatro horas frente al ordenador, con dos tazas de café ya vacías y una tercera enfriándose a su izquierda. La pantalla principal mostraba un laberinto de carpetas y archivos; la secundaria, una hoja de cálculo con columnas interminables de números y fechas.
Había encontrado algo.
No era un descubrimiento explosivo, no era un escándalo que pudiera hundir el imperio Guerrero. Eso sería un error. Él no quería destruir el imperio, solo necesitaba crear una grieta, una alerta que pusiera a los accionistas en movimiento. El imperio tenía que seguir siendo valioso, deseable, si se hundía, todo su plan perdía sentido. Alejandro no mira a los mendigos, mira a los que tienen poder.
Repasó los datos una vez más.
El proyecto estrella de Ignacio: la urbanización de lujo en la costa. Llevaba dieciocho meses de retraso por problemas con los permisos ambientales. Los sobrecostes se habían cubierto con préstamos bancarios que empezaban a vencer y el socio principal era un constructor con un historial turbio: dos denuncias por corrupción, ninguna condena firme.
Suficiente para alarmar, no suficiente para hundir. Lo justo para que el consejo presione a Ignacio, para que los inversores duden, para que su tío sude, pero no para que el proyecto quiebre. El imperio debía mantenerse en pie, porque cuando él lo heredara, debía ser un premio digno de la mirada de Alejandro.
Dos semanas había tardado en conseguir lo que tenía delante. Dos semanas de investigación silenciosa, de preguntas casuales, de accesos a bases de datos que no debía tener.
Todo listo.
Abrió un documento nuevo y empezó a escribir el borrador del correo anónimo. Datos precisos, fríos, profesionales. Nada que pudiera rastrearse hasta él, nada que causara un daño irreversible. Solo lo justo para encender las alarmas.
Pero mientras escribía, su mente trazó el plan completo. No se trataba solo de crear una crisis, se trataba de que él fuera quien la resolviera. Si lograba que los accionistas dudaran de Ignacio, y al mismo tiempo hacía que Adrián pareciera un incompetente —incapaz siquiera de mantener su propio estudio a flote—, entonces el contraste sería brutal. Un Guerrero que resolvía problemas frente a un Guerrero que ni siquiera podía con los suyos. Los consejeros empezarían a preguntarse por qué el heredero natural era Adrián y no él.
No se trata de destruir, pensó. Se trata de demostrar quién vale más.
Una imagen cruzó su mente sin permiso. Adrián en su despacho, semanas atrás, con los ojos brillantes y la voz temblorosa: "Sé lo que se siente al amar a alguien que no te mira."
Sergio apartó la imagen con un movimiento brusco de la cabeza. No podía permitirse esas distracciones. No ahora.
Siguió escribiendo.
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El correo quedó redactado en veinte minutos. Lo leyó tres veces, comprobando cada palabra, cada coma. Perfecto. Anónimo. Medido. No buscaba el escándalo, solo la duda.
Creó una cuenta de correo temporal, imposible de rastrear. Adjuntó los documentos seleccionados, dos o tres archivos, los justos para que la historia tuviera peso pero no para que un periodista pudiera hacer una portada devastadora.
El cursor parpadeaba sobre el botón de enviar.
Sergio apoyó los dedos en el teclado y entonces, se quedó quieto.
El silencio de la madrugada se volvió ensordecedor.
Pensó en su tío Ignacio. No era mal hombre. Era un hombre ausente, atrapado en su propia jaula de oro, pero no merecía esto. El proyecto era su orgullo, su legado. Si la filtración salía, el consejo lo pondría en entredicho, los accionistas dudarían. Sufriría, sí, pero no caería. El imperio resistiría.
Y Adrián... Adrián vería a su padre tambalearse. Sufriría, peero el imperio resistiría, eso era lo importante. El premio seguiría siendo valioso.
Y entonces, otra imagen.
Carlos en el bar, con esa sonrisa tranquila, diciendo: "Los genios también necesitan abrazos." Carlos, que lo miraba sin querer nada. Carlos, que le había escrito a deshora solo para saber si había llegado bien.
¿Qué pensaría Carlos de esto?
La pregunta le golpeó con más fuerza de la que esperaba. Pero la respuesta era obvia: Carlos no lo aprobaría. Carlos creía en las segundas oportunidades, en la gente, en algo que Sergio ya no sabía si existía.
El animal en su pecho rugió.
Llevo años esperando, años esforzándome, años siendo invisible. ¿Y ahora, porque un hombre amable me ha mirado dos veces, voy a echarme atrás?
Pensó en Alejandro. En su indiferencia, en su "gracias, siguiente". En la forma en que había mirado a ese inversor cualquiera con más atención que a él en cinco años.
No es justo.
Pensó en su padre. En Javier Guerrero, el hombre que eligió el amor y perdió la herencia. En su madre, que lo había dado todo. En los sacrificios, las noches sin dormir, los fines de semana trabajando para construir algo desde cero.
Yo también merezco una oportunidad. Yo también merezco ser visto.
Pensó en Adrián. En su primo, que le había tendido una mano, que le había dicho que entendía su dolor.
Él no tiene la culpa. Pero yo tampoco.
Y esa era la clave. No era una cuestión de culpa. Era una cuestión de justicia. De equilibrar una balanza que siempre había estado inclinada.
Si no lo hago yo, nadie lo hará por mí.
El ratón tembló ligeramente en su mano.
Un segundo. Dos. Tres.
Y entonces, pulsó.
ENVIADO.
El correo desapareció de la pantalla con un suave pop. En algún lugar de la ciudad, en la bandeja de entrada de un periodista económico, acababa de nacer una tormenta controlada.
Sergio se reclinó en la silla. El corazón le latía con fuerza, pero no era emoción. Era algo más frío. Más hueco.
No se sentía triunfador, solo sentía un vacío inmenso, como si hubiera arrancado algo de sí mismo y lo hubiera lanzado al vacío.
Ya está, pensó. Ya no hay vuelta atrás.
Pero aún quedaba algo más.
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El sabotaje al estudio de Adrián no requería un correo anónimo, era más sutil, más silencioso. Una semilla plantada en la persona adecuada.
Buscó en su agenda el nombre del arquitecto. Ese con el que había trabajado en el pasado, que se movía en los mismos círculos que Adrián, alguien que podría sembrar la duda sin levantar sospechas. Y ese alguien tenía que deberle un favor, no recibir dinero. El dinero se puede rastrear. Los favores, no.
Buscó en su agenda el nombre: Javier Sanz, el arquitecto de la clínica. Habían trabajado juntos en un proyecto hacía un par de años, y Sanz le debía una. Sergio le había conseguido un contacto clave que le permitió salvar un proyecto importante, Sanz lo sabía, y nunca había tenido la oportunidad de devolver el favor.
Hasta ahora.
Sergio redactó el mensaje con cuidado, midiendo cada palabra:
"Javier, necesito un favor. Nada ilegal, solo algo de información. Se trata de mi primo, Adrián Guerrero. Quiero que ciertos rumores empiecen a circular en el sector, nada grave, solo que no cumple plazos, que los proyectos grandes se le atragantan. Lo justo para que algunos clientes duden. ¿Puedes ayudar? Te debo una."
Leyó el mensaje dos veces. Era directo, pero no delataba sus verdaderas intenciones. Un favor entre colegas, nada que pudiera volverse en su contra.
El dedo sobre el teléfono.
Y otra vez, la duda.
Es buena persona, merece ser feliz. Pero yo también.
Esa era la clave. Él también merecía y si el mundo no le daba lo que merecía, tendría que tomarlo.
Envió.
El mensaje voló hacia el teléfono de Javier Sanz.
Sergio dejó el móvil sobre la mesa y apoyó la cabeza entre las manos.
Había cruzado una línea, lo sabía, y lo peor es que no sentía el alivio que esperaba. No sentía poder. No sentía nada.
Solo el eco de las palabras de Adrián, las que le dijo en su despacho hacía semanas:
"No estás solo, Sergio. Aunque tú creas que sí. Yo sí te veo."
Mentira, pensó. Sí lo estoy, y lo he elegido yo.
Pero no borró el mensaje, no canceló el correo. No hizo nada para detener lo que había puesto en marcha. La obsesión, pensó mientras la madrugada empezaba a teñir el cielo de gris, era más fuerte que la conciencia.
Mucho más fuerte.
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El teléfono vibró.
Sergio lo miró sin ganas. Un mensaje de Carlos.
"¿Sigues despierto? Son las 3.15. Los genios también necesitan dormir. Buenas noches, Sergio."
Se quedó mirando la pantalla. La luz iluminaba su rostro en la oscuridad.
Carlos. Siempre Carlos. Preocupándose sin razón. Escribiendo a deshora solo para decirle que durmiera.
Sus dedos se movieron solos.
"No podía dormir. Trabajo."
La respuesta llegó inmediata:
"Pues deja de trabajar. Respira, mañana seguirá todo. Te lo dice alguien que ha visto demasiadas noches en vela. Buenas noches de verdad."
Sergio sonrió. Una sonrisa pequeña, frágil, que no llegaba a los ojos.
"Buenas noches, Carlos."
Dejó el teléfono y miró el techo otra vez.
Había movido piezas. Había puesto en marcha un plan que afectaría a decenas de personas. A Ignacio, a los inversores, a Adrián, y sin embargo, el único mensaje que le importaba en ese momento era el de un hombre que solo quería que durmiera bien.
No puedo, pensó. No puedo pensar en eso ahora.
Pero mientras el sueño llegaba, la imagen de Carlos se mezcló con la de Adrián, con la de Alejandro, con todas las piezas de un tablero que él mismo estaba moviendo.
Y por primera vez en mucho tiempo, no supo si ganar la partida era lo que realmente quería.
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Cuando despertó, horas después, el sol entraba a raudales por la ventana. El plan seguía ahí, los correos estaban enviados. El daño, hecho.
Pero también, en algún lugar de su pecho, una pequeña grieta.
Una pregunta que no quería hacerse:
¿Y si todo esto no sirve para nada? ¿Y si, cuando lo consiga, sigo sintiendo este vacío?
Se levantó, fue al baño, se miró al espejo.
El hombre que le devolvía la mirada tenía los ojos más fríos que ayer, más determinados. Pero también, si se fijaba bien, un poco más tristes.
—Demasiado tarde para dudas —dijo en voz alta.
Y se preparó para afrontar el día.
por favor autora regalamos una historia diferente si♥️♥️♥️♥️♥️♥️♥️
espero que Carlos y Sergio puedan tener algo muy bueno y reparador para sus vidas 💕💕💕💕💕💕💕💕💕💕💕