Todos lloraron su muerte. Nadie sospechó su regreso. Valeria Montoya fue enterrada antes de tiempo, traicionada por la sangre que llevaba su apellido. Para el mundo está muerta; para ella, sobrevivir fue apenas el inicio del castigo. Bajo una nueva identidad, regresa a la vida que le arrebataron, obligada a callar su nombre, su pasado… y su amor. Adrián Ferrer, el hombre que la amó y la lloró frente a su tumba, es el único capaz de reconocerla sin tocarla. Entre mentiras, deseo contenido, risas que esconden dolor y una venganza que se teje en silencio, Valeria deberá decidir si el amor merece otra oportunidad o si la justicia exige sangre. Porque algunas mujeres no vuelven para ser salvadas… vuelven para cobrarlo todo.
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Desesperación y alianza
El amanecer apenas iluminaba la ciudad cuando Adrián, Lucía y yo llegamos a la sede de la fundación. Cada paso resonaba en el pasillo como un tambor de guerra, recordándonos que Isabella no se rendiría sin luchar. Sabíamos que la mujer que había manipulado todo estaba observando, calculando cada movimiento desde las sombras.
—Prepárense —susurré, mientras mis ojos recorrían cada rincón—. Hoy no se trata solo de papeles o amenazas, esto es la guerra final.
Adrián me sostuvo la mano, y por un instante, la tensión entre nosotros fue palpable: no era solo miedo ni preocupación, era deseo, necesidad y complicidad.
—Nada nos va a detener —susurró él, rozando apenas mis dedos.
Al entrar a la sala de juntas, Isabella estaba allí, sentada como siempre, impecable, elegante, pero su rostro mostraba algo distinto: tensión contenida. Sus guardaespaldas a los lados la hacían parecer inquebrantable, pero nosotros sabíamos que su control empezaba a desmoronarse.
—Valeria… —dijo Isabella, fría y cortante—. Vienen acompañados. Me pregunto si sabrán jugar este juego.
—No venimos a jugar —respondí, firme—. Venimos a ganar.
Lucía y nuestros aliados desplegaron documentos y archivos digitales, proyectando transferencias financieras irregulares, contratos falsos y comunicaciones secretas de Isabella. Cada archivo era un golpe directo a su imperio.
—Esto demuestra que no solo ha manipulado información —intervino Adrián—, sino que ha puesto en riesgo a terceros y ha violado la ley.
Por primera vez, Isabella no sonrió. Sus manos se tensaron sobre la mesa, y sus ojos, oscuros y calculadores, mostraban la primera chispa de incertidumbre.
—Esto no cambiará nada —dijo, tratando de mantener autoridad—. Tengo aliados. Tengo contactos.
—Y aún así, aquí estamos —dije, proyectando en la pantalla la evidencia que Diego, nuestro aliado en informática, había recopilado—. Todo tu juego está al descubierto.
En ese momento, un golpe seco resonó detrás de nosotros: dos hombres que pensábamos neutralizados intentaron flanquearnos. Pero esta vez, estábamos preparados. Los nuevos aliados, expertos en seguridad, los interceptaron antes de que pudieran atacarnos. Cada acción era calculada y precisa.
—¡Isabella no juega sola! —gritó uno de nuestros aliados, derribando al primer atacante con un movimiento perfecto.
La tensión entre nosotros se elevó. Cada mirada entre Adrián y yo estaba cargada de adrenalina y deseo. Cada roce accidental de nuestras manos enviaba electricidad por mi cuerpo. No había miedo; había intensidad pura y pasión contenida, mientras la guerra contra Isabella se intensificaba.
Isabella retrocedió un paso, furiosa pero calculadora. Sus palabras eran una amenaza:
—Esto no termina aquí. Mañana volveré, y no habrá error que los salve.
—Entonces que vuelva —respondí, con voz firme—. Porque nosotros también tenemos planes. Y esta vez, vamos a ganar.
Mientras nos alejábamos, la guerra había escalado a otro nivel. No solo habíamos ganado la primera ronda, sino que la tensión sexual y emocional entre Adrián y yo había alcanzado un punto crítico, haciendo que cada decisión, cada roce, cada mirada, importara más que nunca.
Y mientras Isabella desaparecía de la vista, su mirada prometía venganza. Pero nosotros estábamos listos, más fuertes, más conectados y más peligrosos que nunca.
El juego apenas comenzaba.