Reencarné en un mundo omegaverse medieval… como un omega masculino.
Todo iba más o menos bien hasta que descubrí dos problemas: 1️⃣ El alfa más atractivo del reino puede escuchar mis pensamientos.
2️⃣ Yo pienso demasiadas tonterías, especialmente cuando está cerca.
Mientras intento fingir que nada pasa (leyendo libros con mucha concentración), él no solo escucha TODO… sino que además me molesta a propósito, con una sonrisa molesta, voz peligrosa y una paciencia sospechosa.
Entre reencarnación, nobles aterradores, padres alfa sobreprotectores, política, proyectos sociales y pensamientos que jamás debieron ser escuchados…
¿Cómo se supone que un omega sobreviva sin pensar cosas como:
“¿Por qué este alfa es tan sexy?”
💭
Comedia, romance, omegaverse y malentendidos garantizados.
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CAPÍTULO 18 El día en que intenté no destacar (y terminé destacando el doble)
Elio Renard Valemont se prometió, con la solemnidad de quien sabe que va a fallar, que ese día iba a pasar desapercibido.
No iba a proponer ideas.
No iba a corregir a nadie.
No iba a decir nada que sonara mínimamente inteligente.
Solo iba a existir.
Como una persona normal.
O lo más cerca posible a una.
El castillo, por supuesto, no se había enterado de sus planes.
La mañana se abrió con el murmullo habitual del palacio: pasos en los pasillos, puertas que se abrían y cerraban, el eco de voces lejanas mezclándose con el canto de los pájaros que se colaba por los ventanales altos. Elio se vistió con ropa más sencilla de lo habitual, como si el tejido menos elegante pudiera, por arte de magia, volverlo menos visible.
Se miró en el espejo.
—Hoy eres una persona promedio —se dijo—.
—Nadie espera nada de ti.
La imagen reflejada no parecía convencida.
Al salir al pasillo, sintió de inmediato esa sensación incómoda: la pausa mínima en el murmullo, el cambio de ritmo en las conversaciones. Un par de criados intercambiaron miradas rápidas al verlo pasar, y uno de ellos inclinó la cabeza con un respeto que Elio no había pedido.
—No —murmuró—.
—Hoy no.
Caminó con la vista fija en el suelo, como si eso pudiera hacerlo invisible. No funcionó. Nunca funcionaba.
En la esquina del corredor, se topó con un grupo de jóvenes nobles que discutían sobre un tema administrativo menor: la organización de los turnos de guardia en una de las puertas secundarias del castillo. Elio pasó a su lado sin detenerse, decidido a no involucrarse.
—El problema es que siempre llegan tarde los refuerzos —dijo uno de los nobles, con frustración.
Elio apretó los dientes.
💭 No te metas. No es tu problema.
—Si cambiaran el punto de relevo —añadió otro—, tal vez…
Elio se detuvo en seco.
💭 No. Sigue caminando.
—…aunque eso implicaría reorganizar rutas —concluyó el primero.
Elio cerró los ojos.
—Podrían mover el relevo quince minutos antes y usar el corredor norte en vez del este —dijo, sin mirarlos—.
—Evitaría el cuello de botella.
Silencio.
Se giró lentamente, dándose cuenta de lo que había hecho.
—Eso fue…
—una observación teórica —añadió, torpemente—.
—No una sugerencia.
Los nobles lo miraban con una mezcla de sorpresa y alivio.
—Eso… tiene sentido —dijo uno—.
—¿Lo probamos?
—¡No! —respondió Elio demasiado rápido—.
—Quiero decir…
—sí, hagan lo que quieran.
💭 Yo y mi bocota. Versión discreta. Que no fue discreta.
Se alejó antes de que le pidieran más detalles.
En el patio interior, el sol iluminaba la fuente central y hacía brillar el agua en pequeñas chispas. Elio se apoyó en la baranda, intentando recomponerse.
—Lo intentaste —dijo Seraphiel, apareciendo a su lado como si lo hubiera estado siguiendo—.
—Fallaste rápido.
—Fue involuntario —respondió Elio—.
—Es como si mi cerebro no supiera callarse cuando detecta un problema.
—Eso no es un defecto —dijo Seraphiel—.
—Es una mala costumbre útil.
Elio lo miró de reojo.
—No suena a cumplido.
—Lo es —respondió con calma—.
—Aunque te cause vergüenza social.
Elio suspiró.
—Quería ser invisible por un día.
—¿Por qué?
—Porque destacar cansa.
—Porque todo el mundo espera que siempre tenga algo que decir.
—Y yo solo quería… no ser nada especial hoy.
Seraphiel apoyó el antebrazo en la baranda, mirando la fuente.
—No tienes que ser especial todos los días.
—Pero no puedes dejar de ser tú.
Elio parpadeó, tocado más de lo que esperaba.
—
El problema fue que la “observación teórica” del pasillo no quedó ahí.
Media hora después, un capitán de guardias se acercó a Elio en el comedor.
—Joven Valemont, escuché su idea sobre los relevos —dijo—.
—La probamos en el turno de la mañana y funcionó.
Elio casi dejó caer la cuchara.
—¿En serio?
—Reducimos retrasos —asintió el capitán—.
—Gracias.
Elio se hundió en su asiento.
—Yo solo quería comer en paz.
Seraphiel se sentó frente a él con expresión divertida.
—Felicidades.
—Acabas de mejorar la logística del castillo sin proponértelo.
—Eso no era parte del plan.
—
Por la tarde, Elio intentó esconderse en la biblioteca, el único lugar donde el silencio parecía tener un acuerdo tácito con los libros. Se sentó en una mesa apartada, rodeado de estanterías altas. El olor a pergamino viejo y tinta le resultó reconfortante.
Abrió un libro al azar.
No leyó una palabra.
Un joven aprendiz se acercó con un cuaderno en las manos.
—Disculpe, joven señor…
—eh…
—¿podría explicarme esto?
Elio miró el cuaderno: un problema de cálculo simple, mal planteado.
💭 No te metas.
—Es solo… —empezó a decir—
—una duda.
Elio respiró hondo.
—Mira —dijo al final—.
—si cambias este valor aquí, el resultado se simplifica.
—No es que seas malo en esto.
—Solo estás leyendo mal el enunciado.
Los ojos del aprendiz se iluminaron.
—¡Oh!
—Eso era todo.
—Sí —respondió Elio—.
—A veces el problema no es difícil, solo está mal explicado.
El aprendiz se fue agradeciendo.
Elio apoyó la frente en el libro.
—Estoy maldito —murmuró.
Seraphiel, que había estado observando desde una estantería cercana, se acercó.
—No estás maldito.
—Eres útil.
—Que es mucho más difícil de ocultar.
—
Al final del día, agotado, Elio salió al balcón del ala oeste. El cielo empezaba a teñirse de naranja y violeta. El aire fresco le despejó un poco la mente.
—Hoy no fui normal —dijo, más para sí mismo que para Seraphiel, que se había unido a él—.
—No —respondió Seraphiel—.
—Fuiste tú.
Elio sonrió, cansado.
—Eso sigue sonando como una condena social.
—También puede ser una fortaleza —dijo Seraphiel—.
—Si aprendes a no pelear contigo por ser quien eres.
Elio apoyó los codos en la baranda.
Tal vez no podía pasar desapercibido.
Tal vez su intento de normalidad siempre iba a chocar con su forma de ver el mundo.
Pero en ese atardecer tranquilo, con el castillo respirando detrás de ellos, comprendió algo que le quitó un poco de peso al pecho:
si iba a destacar sin querer,
al menos podía hacerlo sin avergonzarse de existir.