Renace en un mundo mágico con una misión, pero ella no dejará la pasión de su primera vida.
* Esta novela es parte de un mundo mágico *
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Hermanos Wolfson
Pasaron apenas unos días desde la visita de Lady Lewis cuando Abby apareció en el salón con una sonrisa distinta, esa que Agnes ya conocía demasiado bien.. la sonrisa de alguien que cree haber descubierto algo solo para sí.
—Agnes.. Ivar me ha invitado a pasear.
Agnes levantó la vista de los papeles que revisaba. No preguntó quién era Ivar. No mostró sorpresa. Solo asintió con calma.
—Entiendo.
No dijo nada más. Sabía que cualquier objeción directa, cualquier advertencia temprana, solo serviría para despertar el espíritu contrario de su prima.
Pero esa tranquilidad se quebró poco después.
Mientras cruzaba el salón principal de la mansión, Agnes se detuvo en seco. Cerca de la ventana, conversando con excesiva soltura con uno de los criados, estaba uno de los hermanos Wolfson. Elegante, seguro de sí mismo, con esa sonrisa medida que prometía más de lo que jamás pensaba cumplir.
No hizo falta preguntar.
Ivar Wolfson.
En ese instante, todo encajó con una claridad cruel.
El paseo. La invitación repentina. El entusiasmo de Abby.
Agnes sintió cómo se le tensaban los hombros, pero respiró hondo antes de girarse hacia su prima. Su voz, cuando habló, fue serena, casi casual.
—Abby.. He escuchado comentarios en los talleres. Dicen que los Wolfson no son… personas confiables.
Abby se volvió de inmediato, con el ceño fruncido y los labios apretados.
—¿Eso dicen ahora? Qué curioso.
La miró de arriba abajo, evaluándola con una sospecha mezquina.
—¿O es que te ha gustado Ivar y no quieres que yo salga con él?
Agnes parpadeó, incrédula por un segundo. Luego negó con la cabeza.
—No es eso. Solo—
—Siempre lo mismo contigo.. Siempre queriendo decidir por mí. Esta vez no.
Y sin darle tiempo a terminar, se dio la vuelta, tomó su abrigo y salió con paso firme, como si cada tacón fuera una declaración de guerra.
Agnes se quedó sola en el salón.
Suspiró, largo y cansado, apoyando una mano en el respaldo de una silla. Cerró los ojos un instante.
—¿Por qué…? ¿Por qué mi tío no te dejó a cargo de otra cosa? ¿De un jardín? ¿De un perro? ¿De cualquier cosa menos de esa cabeza hueca?
Sabía que Abby no escucharía razones. Nunca lo hacía cuando la envidia y el deseo de ser el centro de atención se mezclaban. Y también sabía algo peor.. los Wolfson no se rendían cuando encontraban una presa conveniente.
Agnes enderezó la espalda.
No podía encerrar a su prima ni prohibirle salir. Pero sí podía vigilar, anticiparse y prepararse.
Si Abby había decidido pasear con un lobo, entonces Agnes se aseguraría de estar muy cerca… por si había que arrancarla de las fauces antes de que fuera demasiado tarde.
Pero para el pesar de Agnes, los Wolfson comenzaron a aparecer demasiado seguido.
Al principio fue “casual”.
Una tarde, al volver del taller, Agnes los vio sentados en el jardín, bajo la sombra del viejo tilo, tomando té con Abby como si fueran viejos amigos de la familia. Ivar reía con soltura, inclinado hacia adelante, contando alguna anécdota exagerada. Igor, más silencioso, observaba todo con ojos atentos, midiendo distancias, gestos y silencios.
Abby, en cambio, estaba encantada.
Hablaba más alto de lo habitual, se acomodaba el cabello, pedía a las criadas más pasteles como si la despensa fuera inagotable. La escena tenía una apariencia inocente, pero a Agnes se le erizó la piel. Esa imagen ya la había vivido antes, en otra vida, con otro final.
Al día siguiente, los volvió a ver.
Esta vez no estaban en el jardín, sino caminando por los pasillos de la mansión. Ivar comentaba sobre los cuadros, sobre la antigüedad de las paredes, sobre lo “imponente” que era la casa. Igor tocaba con los dedos el respaldo de un sillón, examinaba las molduras, como quien evalúa un objeto antes de comprarlo.
Nadie los había anunciado.
Nadie les había dado permiso explícito.
Y sin embargo, se movían con una comodidad inquietante, como si la mansión ya les perteneciera.
Agnes los cruzó en el corredor principal. No se detuvo. No los saludó. Pasó de largo con la cabeza en alto, su expresión neutra, fría. No les daría ni un gesto que pudiera interpretarse como una invitación.
Pero por dentro, cada paso era cálculo.
Los Wolfson no eran visitantes.. eran invasores pacientes. Se ganaban espacio poco a poco, normalizando su presencia hasta que nadie recordara cuándo habían entrado por primera vez.
Agnes dio órdenes discretas esa misma noche. El mayordomo debía anunciar a toda visita, sin excepción. Los criados no debían servir nada si no había una invitación formal de ella. Las puertas interiores se cerrarían por las noches, algo que hacía años no se hacía.
Mientras tanto, Abby se mostraba ofendida.
—Eres exagerada.. Ivar e Igor solo están siendo amables.
Agnes no respondió.
Sabía que discutir sería inútil. Los hermanos ya se paseaban por la mansión con la naturalidad de quien prueba terreno, y Abby, cegada por halagos y promesas, les estaba abriendo la puerta con una sonrisa.
Agnes, en cambio, los observaba desde la distancia, con una calma peligrosa.
Porque había aprendido una verdad simple en dos vidas distintas.. los lobos no entran a una casa de golpe… entran cuando alguien les sostiene la puerta.
El primer movimiento no llegó con gritos ni amenazas.
Llegó envuelto en sonrisas.
Abby entró a la oficina de Agnes con una dulzura que no le era habitual. Cerró la puerta con cuidado, se acercó al escritorio y habló con una voz suave, casi afectuosa. Agnes lo supo de inmediato.. algo venía detrás.
—Agnes.. he estado pensando… Ivar me habló de una oportunidad maravillosa en el sur. Un negocio. Podría invertir allí.
Agnes no levantó la voz. No dudó. No pidió detalles.
—No —respondió con firmeza.
El cambio en el rostro de Abby fue inmediato.
—¿Cómo que no? ¡Ni siquiera me dejaste explicar!
—No necesito explicación.. No habrá inversiones en el sur.
Abby frunció el ceño, cruzó los brazos, ofendida.
—Entonces invertiré con mi dinero.
—Hazlo.. Invierte las ganancias de tu posada.
Abby abrió los ojos con furia.
—¡Eso es muy poco! Aún tenemos una fortuna.
Ahí fue cuando Agnes se levantó.
Su voz, cuando habló, fue más dura que en cualquier otra ocasión.
—Los negocios pequeños pagan los gastos de esta mansión.. La comida, los salarios, el mantenimiento. Nada de eso cae del cielo.
Abby dio un paso atrás, sorprendida por el tono.
—¿Y qué hay del negocio de los carruajes? Eso sí da dinero.
Agnes la miró de frente, sin suavizar nada.
—Ese negocio no tiene nada que ver contigo. Así como yo nunca he visto una sola moneda de la posada, tu no la verás de mis carruajes.
El silencio que siguió fue denso.
Abby temblaba de rabia.
—¿Sabes qué le diré a Ivar? ¡Le diré que no me dejas hacer nada!
Y salió de la oficina dando un portazo.
Agnes permaneció de pie unos segundos, con los puños cerrados. Luego soltó el aire lentamente, como si acabara de contener una tormenta.
No había duda.
Los Wolfson habían atacado.
Tal como lo recordaba.
Sin perder tiempo, se sentó de nuevo y tomó papel y pluma. Escribió a Lady Helen Lewis con una letra firme y directa. No explicó de más. Solo pidió lo necesario.
Contactos.
Nombres.
Personas de confianza.
Si los hermanos Wolfson pensaban acercarse a su fortuna por medio de Abby, Agnes no sería la mujer ingenua de la otra vida.
Esta vez, estaría preparada.
Y si el juego había comenzado… ella pensaba jugarlo mejor.