Vera Hyatt hereda la mitad de una finca en ruinas…
sin saber que el otro dueño es Dante De Bedout, su ex cuñado y el hombre que la detesta.
Obligados a convivir, el odio, los secretos y una atracción peligrosa amenazan con destruirlos.
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Capitulo 13
Tobías
El bastardo de Dante.
Había entrado a mi oficina como si fuera el dueño del mundo, a defender a esa perra de Vera y a dejarme en ridículo frente a la junta. Todavía me ardía el pómulo, no tanto por el golpe —que había sido fuerte, sí— sino por la humillación. La sangre no duele tanto como el orgullo herido.
Me encerré en el baño, me cambié la camisa manchada y respiré hondo frente al espejo. Tenía que recomponer la escena. Yo era el CEO. Yo mandaba ahí.
Cuando regresé a la sala, hice un gesto seco para que todos volvieran a entrar. Uno a uno ocuparon sus puestos, evitándome la mirada. Perfecto. El miedo siempre funcionaba mejor que el respeto.
—Continuemos —dije, como si nada hubiera pasado.
No habían pasado ni cinco minutos cuando uno de los socios, un imbécil con aires de analista financiero, abrió la boca.
—Tobías, deberíamos considerar que Dante vuelva a la compañía.
Lo miré despacio. Con calma. Como se mira a alguien que acaba de cometer un error fatal.
—¿Cómo por qué? —pregunté—. Él les vendió todas sus acciones. A ustedes.
—Estamos dispuestos a vendérselas de nuevo —intervino otro—. Como junta, no estamos conformes con la dirección actual.
Antes de que pudiera responder, mi madre se puso de pie.
—Si no están felices, pueden irse —dijo—. Y ofrecer sus acciones al resto de los socios.
Jerónimo, uno de los más viejos, carraspeó.
—Pongo en venta mis acciones —anunció—. Y les aseguro que ninguno de los hombres aquí va a querer comprarlas. Cuando Dante vendió las suyas, valían tres o cuatro veces más que ahora.
Sentí cómo algo se quebraba.
La reunión se volvió un desastre. Miradas tensas, murmullos, cifras lanzadas como cuchillos. Cerré la sesión sin acuerdos y salí antes de que alguien más se atreviera a cuestionarme.
Al llegar a casa, el llanto de Marcus me atravesó la cabeza. Marcela estaba en la cocina, desesperada, intentando que el niño comiera.
—¿Qué te pasó en la cara? —preguntó, acercándose demasiado.
—Dante me dio un puño hoy en la oficina —respondí, apartándola.
—¿Por qué? ¿Qué pasó?
—¿Puedes callar al niño? —dije, irritado.
Me serví un trago. Marcela seguía hablando, preguntando, opinando. El ruido me taladraba la cabeza.
Estrellé el vaso contra el piso.
El vidrio se rompió en mil pedazos. Uno de los fragmentos le cortó la pierna. La sangre brotó al instante. Ella me miró con terror.
—Mira todo lo que provocas —le dije, frío—. Cuando no quiero hablar, insistes. Debes aprender a callarte.
Tomé mi chaqueta y salí de la casa.
Necesitaba pensar. Y, sobre todo, averiguar.
Los rumores del pueblo no eran casualidad. Esa finca no era solo tierra y ganado. Si la mina era todo lo que decían… si de verdad había oro… el bastardo de Dante iba a enterrarse en dinero.
Y eso no lo iba a permitir.
Enviar a Marcus allá no había servido de nada. Peor aún: ahora compartía techo con Vera. La mujer había sido útil en su momento, hasta que apareció Marcela. Mejor apellido. Mejor estatus. Mejores contratos. Fue una decisión lógica. Fría. Correcta.
Con mi madre siempre compartimos la misma ambición: construir un conglomerado enorme. Hasta ahora, todo había salido bien. Las empresas estaban a mi nombre.
Lo único que me preocupaba… era esa maldita finca en medio de la nada.
Fui directo a la oficina de Gustavo. Entré sin anunciarme.
—Tenemos que hablar —dije.
Él suspiró, cansado.
—Tobías, ya te dije que no puedo darte información sobre esa finca.
—Debe haber algo —insistí—. Algo por lo cual mi padre se la dejó a mi hermano.
—Fue una repartición justa —respondió—. No puedo decir nada.
Me acerqué más.
—¿Cuánto dinero quieres por los documentos?
Gustavo se giró lentamente.
—No te voy a dar nada —dijo—. Ni aunque me ofrezcas todo el dinero del mundo. Tengo valores. Respeté mucho a tu padre y respeto su memoria. Al único que puedo darle información es a Dante… o a la señorita Hyatt.
Sonreí con desprecio.
—Todos los abogados son torcidos —dije—. No vengas con moral.
—Vete —ordenó—. O pido que te saquen de mi oficina.
Me levanté.
—Disculpe, doctor —respondí con sarcasmo.
Volví a casa. Marcela ya había limpiado el desastre. Estaba en silencio. Sumisa.
Sonreí.
—Así es como me gusta —murmuré—. Calladita y obediente.
Me serví otro trago y tomé el teléfono. Marqué un número que no usaba desde hacía años.
—Necesito información sobre una finca —dije cuando contestaron—. La quiero toda. Dueños, trabajadores… y cómo entrar sin que nadie se dé cuenta.
Colgué.
Porque si Dante creía que esa tierra era solo suya, estaba muy equivocado.
Y si había oro bajo esa finca…
yo iba a ser el primero en tocarlo.
Tobias De Bedout, 31 años