Miranda y Laura han sido inseparables desde la infancia. Sin embargo, su amistad se ve puesta a prueba cuando Laura se enamora del novio de Miranda, David, y queda embarazada. La traición de Laura hiere profundamente a Miranda, quien decide llevar a cabo una venganza bien planificada, que culminará en una inesperada revelación
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Cinco años después
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Miranda
Los años han transcurrido como un vendaval desde que abandoné aquel barrio de Caracas, envuelta en una nube gris de humillación y derrota. En aquel entonces, la asfixia era tal que pensé que no sobreviviría a la traición. Todavía puedo sentir el eco de las palabras de Laura, restregándome su embarazo en cada pasillo del liceo, convirtiendo mis últimos meses de estudio en un calvario de miradas compasivas y susurros a mis espaldas.
Cuando por fin obtuve mi título, tomé la decisión que salvaría mi vida: crucé la frontera para refugiarme con mi hermano mayor. En el extranjero, la crisálida se rompió. Me gradué con honores en Psicología en una prestigiosa universidad española, construí mi propio consultorio y hoy soy yo quien ofrece un ancla a quienes naufragan en el dolor de la traición.
Sin embargo, soy una hipócrita. Sanar a otros es fácil; sanarme a mí misma ha sido imposible. El odio sigue latente, vibrando bajo mi piel como una descarga eléctrica que no se apaga.
Aún agradezco en silencio a mi primo Álvaro. Aquella foto que me envió fue el golpe de gracia que mis ojos necesitaban para dejar de ignorar las señales. Pero ahora, ya no soy la víctima.
Mi vida se ha convertido en el diseño de una arquitectura perfecta: la de mi venganza. Mi pieza clave es Cristian Prada, un brillante programador e inversionista que el destino —o mi obsesión— puso en mi camino. Él es el mejor amigo de David, mi ex. Ganarme su confianza fue un juego de ajedrez; tenerlo a mi lado es tener un cuchillo apuntando directamente al corazón de quien me rompió el mío.
Y luego está Marian.
Me la traje conmigo antes de subir al jet privado de mi familia, apenas nació. Fue un acto de maldad pura, un arrebato que a veces me carcome el alma en las madrugadas de insomnio, pero del que no me arrepiento. Esa niña es mi vida. Al verla, veo los ojos de David, pero el corazón es mío. Me prometí cuidarla de todo... incluso de mí misma, si mi sed de justicia llega a ponerla en peligro.
—Hola, Miranda —la voz alegre de Cristian interrumpe mis pensamientos.
Entra en mi oficina con esa seguridad natural que lo caracteriza, dejando un vaso de café humeante sobre mi escritorio. Le sonrío, aunque mis dedos tiemblan un poco al rodear la bebida caliente.
—Hola, Cris —le devuelvo el saludo. Esta vez, la sonrisa es genuina; él es de las pocas personas que logran atravesar mi armadura.
—¿Mucho trabajo hoy? —pregunta, acomodándose con familiaridad en una de las sillas frente a mí.
—Para nada —respondo, apretando el vaso con una fuerza innecesaria—. Estoy dejando los archivos listos para mi colega, Fabiola. Mañana regreso a Venezuela.
El silencio que sigue es pesado. Cristian me mira como si intentara descifrar un código complejo, su expresión oscilando entre la incredulidad y la preocupación.
—¿Sigues con esa idea en la cabeza? —pregunta finalmente, con un matiz de rabia contenida—. Es absurdo, Miranda.
Una noche, bajo los efectos de la vulnerabilidad, le conté lo que me obligó a echar raíces en España. Omití los nombres de David y Laura, pero él conoce el dolor. Él lo llama mi "Dulce Venganza", y sé que su mayor temor es que yo sea la que termine incinerada en el incendio que pretendo provocar.
—Sí, Cris. Tengo que hacerlo —dejo de lado el expediente de mi paciente más reciente. Me duele dejarla, pero necesito cerrar el ciclo que me devora día tras día.
—Iré contigo —dice con firmeza. Antes de que pueda protestar, levanta una mano—. No acepto un no por respuesta. Soy parte de esto desde que decidiste confiar en mí. No pienso dejarte sola; ya lo estuviste demasiado tiempo y es hora de que eso cambie.
Sus palabras me desarman. Cristian no solo es mi cómplice silencioso, es el pilar que ayudó a perfeccionar el plan que ahora está a punto de ejecutarse.
—Está bien —accedo, tratando de recuperar el tono ligero—. De todas formas, te lo iba a pedir. Por cierto, no olvides la cena de esta noche. Marian está emocionada por ver a su "Tío Cris".
—Claro que iré. No me perdería por nada del mundo una cena cocinada por la gran psicóloga Miranda Rinaldi —sonríe de medio lado, con esa chispa traviesa en los ojos—. Además, le tengo un regalo que le va a encantar. En cuanto lo vi, supe que era para ella.
—¡Cristian Prada! —exclamo, fingiendo molestia—. Deja de consentir tanto a esa niña. Me dejas como la mala de la película frente a ella y frente a mi hermano.
—No prometo nada. Sabes que Marian es mi debilidad —se encoge de hombros y consulta su reloj—. Me voy, tengo una reunión en media hora. Nos vemos en la cena; yo seré el tío guapo que lleve el vino.
Recoge su vaso vacío y sale de la oficina. Me quedo mirando la fotografía que tenemos juntos en mi escritorio. Fue tomada el día de la madre, en la primera actividad escolar de Marian. La maestra nos felicitó por nuestra "hija inteligente" y, aunque aclaramos que solo éramos amigos, el fotógrafo capturó ese momento de risas y complicidad.
Por puerta melancolía leo la dedicatoria en el reverso de la foto:
"A la mujer que reconstruyó su mundo desde las cenizas. Gracias por dejarme ser parte de tu historia y de la vida de Marian. Que el destino nunca nos encuentre en bandos contrarios. Con cariño, Cris."
Suspiro. —Lamento lo que pasará, Cris—, susurro para mis adentros. Él es el mejor mi mejor amigo y en su momento fue amigo del hombre que voy a destruir, y temo que el daño colateral sea inevitable.
Sacudo la cabeza y comienzo a guardar los últimos informes en una caja de cartón rosada. Estoy a punto de salir cuando mi teléfono vibra. Una notificación de Instagram. La curiosidad me vence y abro la aplicación.
Mi sangre se congela.
Es una foto. David está de rodillas, sosteniendo una caja de terciopelo negro con un anillo que brilla con una opulencia insultante. Laura, frente a él, finge una sorpresa angelical.
“Después de años juntos, superando cada tormenta, le agradezco a Dios por ponerte en mi camino. Eres mi hoy y mi siempre”, reza la dedicatoria.
La rabia me golpea como una ola física. No sé qué me asquea más: si su hipocresía o la joya carísima que él le ofrece. Guardo el teléfono bruscamente, respiro profundo para no lanzar la caja contra la pared y salgo de mi consultorio hacia el piso de Fabiola.
—Hola, Faby —digo al entrar en su oficina, forzando una calma que no tengo.
—¡Vaya! Son muchísimos archivos —exclama ella al ver la caja.
—No exageres. Los folios blancos son pacientes activos; los negros son los intermitentes. Pero quiero que te enfoques en este —pongo un expediente especial sobre su mesa—. Esta chica de quince años tiene una depresión severa por su mudanza a Madrid. Tenle paciencia, Faby. Está en una edad difícil y siente que no tiene control sobre su vida.
Fabiola guarda silencio unos minutos mientras ojea el caso.
—Tranquila, Miranda. Cuidaré de todos, especialmente de ella. Su historia... se parece mucho a la mía.
Recordé que Fabiola también pasó por un abismo similar cuando salió de Venezuela.
—No quería traerte malos recuerdos —murmuro con sinceridad.
—No te preocupes. Ya puedo hablar de ello sin que me rompa. Vete tranquila.
Me despido de ella y de mi secretaria. Al cruzar el umbral del edificio, el aire de Madrid se siente distinto. Mi futuro está a solo un vuelo de distancia. El juego ha comenzado, y lo más seguro es que, después de esto, nada vuelva a ser igual para ninguno de nosotros.
Miranda Rinaldi
Cristian Prada