Elena San Román es la esposa abnegada de Julián Ferrara, el heredero de un imperio hotelero. Ella lo dio todo: dejó su carrera como arquitecta para apoyarlo y cuidó de su madre enferma. Sin embargo, el día de su tercer aniversario, Elena descubre que Julián nunca la amó. Él solo se casó con ella para cumplir una cláusula del testamento de su abuelo y así obtener la presidencia.
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La desesperación del lobo
Punto de vista de Julián
El silencio en la mansión era distinto esa tarde. No era la paz de un hogar en orden, sino un vacío denso, una ausencia que pesaba más que los gritos de Sofía. Caminé por el pasillo de la planta baja, todavía con el eco de la desastrosa junta de accionistas retumbando en mi cabeza. El nombre de Adrián Valenzuela me sabía a hiel, y la imagen de Alix Thorne —o quienquiera que fuese esa mujer— se había convertido en una obsesión que me carcomía los nervios.
—¡Rosa! —grité, lanzando mi maletín sobre el sofá de cuero—. ¡Trae un whisky! ¡Y que sea doble!
Nadie respondió. Solo el tic-tac del reloj de péndulo en el recibidor me devolvió el saludo. Fruncí el ceño y caminé hacia la cocina, esperando encontrarla allí, puliendo la plata o preparando la cena con esa tranquilidad que siempre me había irritado. Pero la cocina estaba impecable, fría y desierta. No había rastro de comida, ni el aroma a especias, ni el sonido de la radio vieja que ella solía escuchar.
Subí las escaleras hacia el área de servicio, sintiendo una punzada de ansiedad en el estómago. Empujé la puerta del pequeño cuarto de Rosa.
Estaba vacío.
La cama estaba perfectamente tendida, sin una sola arruga. El armario, antes lleno de sus vestidos sencillos y sus uniformes almidonados, estaba abierto de par en par, mostrando solo perchas desnudas. Lo único que quedaba sobre la mesita de noche era un pequeño crucifijo de madera que Elena le había regalado hace años.
—Maldita vieja... —susurré, y la rabia empezó a burbujear en mi pecho como lava—. ¡Sofía! ¡Sofía, ven aquí ahora mismo!
Mi esposa apareció en el umbral de la puerta, con una bata de seda entreabierta y una máscara de belleza a medio quitar. Se veía patética.
—¿Qué te pasa ahora, Julián? No dejas de gritar desde que llegaste.
—La vieja se fue, Sofía. Rosa se largó —dije, señalando el cuarto vacío—. Se llevó todo. ¿Cómo es posible que no te hayas dado cuenta? ¡Estás aquí todo el día sin hacer nada más que gastar mi dinero!
Sofía entró en la habitación, mirando el armario con una mezcla de sorpresa y desdén.
—¿Y qué quieres que haga? Era una empleada, Julián. Seguro se cansó de tus humores. O tal vez se asustó con la auditoría. Sabes que esa gente le tiene miedo a los problemas legales.
—No es eso —rugí, agarrando a Sofía por el brazo y apretando hasta que soltó un quejido—. Ella no se iría así. No sin su liquidación, no sin decir nada. Alguien se la llevó. Alguien la convenció de que me traicionara.
Solté a Sofía con desprecio y bajé las escaleras de dos en dos hacia mi despacho. La paranoia estaba ganando la batalla. Si Rosa se había ido, significaba que el último testigo de lo que realmente pasó en esta casa se había esfumado. Rosa sabía demasiado. Sabía de mis ausencias, sabía de las discusiones con Elena, sabía... de las medicinas.
Me encerré en mi oficina y cerré la puerta con llave. Necesitaba comprobar algo. Me acerqué al escritorio, ese mueble de caoba que siempre había sido mi refugio. Abrí el tercer cajón del lado derecho y deslicé el listón de madera oculto en el fondo.
El sobre seguía allí.
Lo saqué con manos temblorosas. Eran los registros originales de la Clínica del Norte, los que decían la verdad sobre la "debilidad" de Elena. El médico que los firmó ya no estaba en el país, pero el documento era una sentencia de muerte si caía en las manos equivocadas. Lo apreté contra mi pecho, sintiendo el sudor frío empapar mi camisa.
—No vas a destruirme, Valenzuela —mascullé para la oscuridad del despacho—. Y tú, Alix... si crees que usar a una vieja sirvienta te va a dar la victoria, no me conoces.
Me senté en mi silla, mirando fijamente la puerta. La mansión se sentía como una tumba. Sin Rosa para mantener las apariencias, la podredumbre de mi matrimonio con Sofía quedaba al descubierto. Ya no había nadie que limpiara mis huellas, nadie que guardara mis secretos por lealtad ciega.
De repente, recordé algo. La noche de la cena. La forma en que Rosa miraba a Alix. No era miedo, era... reconocimiento. Un escalofrío me recorrió la columna. Si Rosa había reconocido algo en esa mujer, y ahora se había ido con ellos, yo estaba acabado.
—Tengo que sacarla de donde esté —dije en voz alta, mi voz sonando extraña en el despacho vacío—. Tengo que encontrar a Rosa antes de que abra esa boca traicionera.
Tomé el teléfono y marqué un número que no figuraba en mi agenda. Un contacto que usaba para "limpiar" los obstáculos que la ley no me permitía tocar.
—Habla Ferrara. Necesito que localicen a una mujer. Rosaura Rivera. Trabajaba en mi casa. No me importa lo que tengan que hacer ni a quién tengan que sobornar, pero quiero saber dónde la tienen escondida los Valenzuela antes del amanecer. Y una vez que la encuentren... asegúrense de que no vuelva a hablar con nadie. Jamás.
Colgué el teléfono y me serví un vaso de whisky puro. Lo bebí de un trago, sintiendo el ardor en la garganta. La guerra ya no era solo por tierras y dinero. Era una cacería. Y si Alix Thorne quería jugar al fantasma, yo le enseñaría que los muertos no regresan, y los que lo intentan, terminan enterrados dos veces.
Miré hacia el ventanal que daba al jardín. Las sombras de los árboles parecían dedos largos intentando alcanzar la casa. Por primera vez en mi vida, sentí que las paredes de mi propio imperio se cerraban sobre mí, asfixiándome.
—Mañana —susurré—, mañana todo esto termina.