Acompáñame a ver la historia de Luisa Mendez..
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Dame tiempo.
Rosa abría los cajones con cuidado, sacando la poca ropa que Luisa tenía. La doblaba despacio, como si intentara no hacer ruido… como si ese momento mereciera respeto.
Luisa estaba de pie junto a la cuna.
Con su hijo en brazos.
No se movía.
Solo lo miraba.
—Mi amor —susurró, rozando su mejilla con la suya—. Perdóname por todo esto yo no quería que tu vida empezara así pero te juro que voy a sacarte adelante aunque tenga que empezar desde cero.
El bebé se movió un poco, como si sintiera su voz.
Rosa las observó.
—Señorita ya casi termino —dijo con suavidad—. No es mucho pero es lo necesario para empezar.
Luisa asintió lentamente.
—Nunca fue mucho —murmuró—. Nunca fue mi casa.
Rosa no respondió.Porque sabía que era verdad.
En ese momento,Diego la siguió hasta la habitación del bebé.
Su mirada recorrió la habitación la maleta, la cunay finalmente se detuvo en Luisa.
—¿De verdad te vas a ir? —preguntó.
Luisa no respondió.
Siguió acomodando la mantita del bebé.
—Luisa—insistió él, entrando—. No puedes irte así tenemos que hablar.
Rosa se tensó.
—Señor, la señorita ya tomó una decisión—
—Rosa, por favor —interrumpió Diego, sin mirarla—. Déjanos solos.
Hubo un silencio incómodo.Luisa no dijo nada.
Pero tampoco lo detuvo.Rosa suspiró.
—Voy a esperar afuera —dijo, saliendo lentamente.La puerta se cerró.
Y el ambiente cambió.Diego dio un paso hacia ella.
—Luisa escúchame te lo pido no te vayas sin escucharme.
Luisa levantó la mirada.Sus ojos estaban cansados.Rojos..
—Ya escuché suficiente —respondió—. Ya no quiero más explicaciones.
—Pero es que no sabes lo que pasó —dijo él, desesperado—. Yo no recuerdo nada… esa noche no no estaba consiente algo no estaba bien…
Luisa soltó una risa baja.
Dolorosa.
—Siempre hay una excusa, ¿verdad?
—No es una excusa —respondió él—. Es la verdad.Se acercó más.
—Yo jamás iría a buscarla
Estefany me llamo porque me dijo que la querían secuestrar.
Luisa lo miró fijo.
—Pero te acostaste con ella, Diego… pasó… y eso es lo único que importa.
—Luisa —su voz se quebró un poco—. No te puedes ir yo..Se detuvo.
Y entonces lo dijo.
—Yo me enamoré de ti.
Luisa lo miró, sorprendida, confundida, herida.
—No digas eso ahora
—Es la verdad —continuó él, con más fuerza—. Me di cuenta tarde, sí fui un estúpido, un completo idiota pero ahora lo sé y no quiero perderte mi amor.
Se acercó un poco más.
—Yo los amo a los dos a ti y a nuestro hijo y en todo este tiempo me di cuenta de algo que no quería aceptar…
Bajó la mirada un segundo.
—Nunca amé realmente a Estefany solo era una obsesión algo que no podía tener y eso me cegó.
Volvió a mirarla.
—Pero tú, tú eres diferente, Luisa tú eres una mujer sencilla, eres fuerte eres una buena mujer, una excelente madre y —su voz se suavizó— eres lo mejor que me ha pasado.
Luisa sintió que el corazón le dolía.
Porque esas palabras eran todo lo que quiso escuchar antes.No ahora.
—Te diste cuenta tarde —dijo en voz baja.
—Lo sé —respondió él—. Pero dame una oportunidad, solo una déjame demostrarte que puedo cambiar que puedo ser el hombre que mereces.
Luisa negó lentamente.
—No puedo.
—Sí puedes —insistió Diego—. Quédate y yo voy a hacer todo bien te lo juro.
Ella lo miró.Con tristeza.
Con cansancio.
—Lo siento necesito tiempo para pensar… para sanar mi corazón porque ahora mismo no puedo ni mirarte sin recordar lo que hiciste.
Diego apretó la mandíbula.
—No te vayas —dijo casi en un susurro—. Quédate aquí y tómate ese tiempo conmigo.
Luisa negó.
—No puedo sanar en el mismo lugar donde me hicieron tanto daño.
—Luisa por favor—su voz ya no tenía orgullo—. Dame una última oportunidad déjame demostrarte que puedo ser un buen padre, un buen esposo, no me alejes de ustedes.
Luisa sintió que las lágrimas querían salir, pero se contuvo.
—Lo siento, Diego…
—No puedo.
Esa respuesta lo destruyó.
Se acercó y la tomó suavemente del brazo.
—No me hagas esto.Ella se soltó.
—No me obligues a quedarme donde ya no soy feliz.
El bebé se movió en sus brazos.
Luisa lo acomodó y eso le dio fuerza.
Caminó hacia la puerta.Cada paso le dolía.
Pero no se detuvo.
Diego la miraba sin poder creerlo.
—Luisa ...Pero ella no volteó.
Abrió la puerta.
Rosa estaba afuera, esperándola.
—¿Lista, señorita?
Luisa asintió.
—Sí.Y salió.
Sin mirar atrás.Porque sabía que si lo hacía
no se iría nunca.La puerta se cerró.
Y el sonido retumbó en toda la casa.
Diego se quedó quieto.
Sin moverse.
Sin reaccionar.
Como si su cuerpo no entendiera lo que acababa de pasar.
—Se fue… —murmuró.
Miró la habitación.
La cuna vacía.
La ropa que ya no estaba.
El silencio.
—¿En qué momento…? —susurró—. ¿En qué momento dañé todo esto?
Se llevó las manos al rostro.
—Por mi estupidez —dijo con rabia—. Por mi maldita estupidez…
Caminó sin rumbo.
Entró a la habitación del bebé.
Se acercó a la cuna.
La tocó.
—Hijo… —murmuró—. Perdóname no supe ser el padre que necesitabas.
Sintió un vacío en el pecho.
Uno que no podía llenar.
Salió.
Fue directo al bar.
Tomó una botella.
Sirvió un vaso.
Lo bebió de un solo trago.
—Luisa mi amor —susurró—. Te amo perdóname regresa a mí.
Sirvió otro.
Y otro.
Y otro más.
El alcohol no ayudaba.
Pero al menos adormecía un poco el dolor.
Se dejó caer en el sofá.
La cabeza le daba vueltas.
—No me dejes… —murmuró—. No me dejes solo…
Pero ya era tarde.Luisa sí se había ido.
Y él se había quedado con todo lo que perdió.