Lin Chen estaba endeudado y sin futuro hasta que una misteriosa puerta le permitió viajar entre la era moderna y la antigua China.
Desde entonces, objetos comunes como sal, espejos, medicinas y herramientas se convierten en tesoros en el pasado, mientras que jade, oro y reliquias antiguas valen fortunas en el presente.
Lo que comienza como una forma de pagar sus deudas pronto se transforma en un imperio comercial capaz de desafiar nobles, familias poderosas y hasta la corte imperial.
Pero cada viaje modifica algo.
Y un día, Lin Chen descubre su propio nombre escrito en documentos históricos de hace siglos.
Dos épocas. Un comerciante. Una fortuna sin límites.
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La última deuda
La visita a la aldea Luo confirmó lo que Lin Chen no quería escuchar.
La cosecha no había fracasado.
Todavía.
Pero era peor.
Varios campos habían producido menos.
Otros ni siquiera estaban listos.
Los agricultores comenzaban a guardar más grano para sus propias familias.
Eso reducía la cantidad que llegaba al mercado.
Menos oferta.
Más compras anticipadas.
Precios más altos.
Un ciclo peligroso.
Lin Chen caminó entre los campos junto al anciano Luo.
—¿Cuánto menos?
—Depende del terreno.
—¿Diez por ciento?
Luo lo miró.
—En algunos.
—¿Veinte?
—También.
Lin Chen permaneció callado.
No podía extrapolar una región entera a partir de una aldea.
Pero ya era suficiente para preocuparse.
—¿Qué necesitan?
El anciano se rió.
—¿Lluvia?
—Algo que podamos conseguir.
Luo señaló un canal.
—Agua.
Lin Chen siguió su mano.
El sistema de riego era sencillo.
Demasiado.
Entonces surgió otra idea.
Bombas.
Canales.
Herramientas.
Pero se detuvo.
Otra vez el peligro de querer resolver todo inmediatamente.
No.
Primero debía terminar el diagnóstico.
—¿Tienen reservas?
—Algunas.
—¿Venderían ahora?
—Parte.
Eso era suficiente.
Lin Chen no necesitaba importar grano moderno todavía.
Podía comprar localmente antes de que los precios subieran más.
Pero no como especulador.
Necesitaba definir una cantidad.
Una reserva operativa.
No un almacén capaz de alimentar una ciudad.
Durante los siguientes tres días, compró poco.
Muy poco comparado con los grandes comerciantes.
Grano suficiente para varios meses de consumo interno.
Posada.
Taller.
Empleados.
Una reserva adicional pequeña.
Su Wan'er registró cada compra.
—Estamos gastando demasiado.
—Lo sé.
—Entonces deja de decirlo con tanta tranquilidad.
—¿Cuánto queda?
Ella le mostró las cuentas.
Lin Chen frunció el ceño.
Menos de lo que quería.
Mucho menos.
Su negocio seguía funcionando.
Pero tenía capital atrapado en:
inventarios,
alquileres,
materiales,
grano,
producción,
cuentas por cobrar.
La plata que parecía abundante semanas atrás se había convertido en mercancía y obligaciones.
Era exactamente el tipo de situación que podía destruir un negocio pequeño.
Su Wan'er señaló una cifra.
—Si compramos más grano, tendremos problemas de efectivo.
—Entonces no compramos más.
Ella levantó la mirada.
—¿Así de fácil?
—Sí.
—Pensé que intentarías salvar Qinghe tú solo.
Lin Chen sonrió.
—Todavía no puedo pagar ni un barrio.
—Bien.
Aquella palabra parecía aliviarla.
Esa tarde llegó una carta del presente.
No físicamente.
Por supuesto.
Era una notificación bancaria que Lin Chen vio cuando volvió a su apartamento.
Había regresado por una razón concreta.
Capital.
Otra vez.
Pero esta vez no pensaba vender más plata.
Quería vender las pequeñas piezas de jade que ya había clasificado.
Y, si conseguía suficiente, liquidar las deudas que aún arrastraba desde antes de encontrar la puerta.
No porque las cuotas fueran enormes.
Sino porque se había cansado de vivir con ellas.
Mientras tuviera obligaciones personales, cada decisión en Qinghe estaría conectada a un hombre endeudado del presente.
Necesitaba separar ambas vidas.
Visitó nuevamente a Chen Yulan.
Llevó cinco piezas.
No las mejores.
Ni demasiadas.
Ella las examinó.
—Has aprendido algo.
—¿Por qué?
—Esta vez no trajiste piedras inútiles.
Lin Chen sonrió.
—Progreso.
Negociaron.
Ella compró tres.
Una cuarta la aceptó a consignación después de sugerir un corte sencillo.
La quinta regresó con Lin Chen.
No fue una venta espectacular.
Pero fue suficiente.
Sumado a lo que todavía conservaba de operaciones anteriores, Lin Chen podía hacer algo que meses antes parecía lejano.
Sentado frente a su computadora, abrió sus cuentas.
Tarjeta.
Préstamo personal.
Pagos atrasados.
Parte de mercancía financiada.
Fue uno por uno.
Pagó.
Confirmó.
Esperó.
Otra cuenta.
Pagó.
Su saldo bajó.
Mucho.
Durante unos minutos volvió a sentir el viejo miedo.
Ver dinero desaparecer.
Pero esta vez no estaba perdiéndolo.
Estaba comprando libertad.
Finalmente quedó una última deuda.
La más pequeña.
También la más antigua.
Un préstamo que había tomado cuando intentó su segundo negocio.
Lin Chen recordó exactamente el día.
Había estado convencido de que aquella idea funcionaría.
No funcionó.
Pagó.
La pantalla cambió.
Saldo pendiente: 0.
Lin Chen se quedó mirando.
No hubo música.
No hubo celebración.
Nadie sabía.
Simplemente cero.
Durante años había vivido haciendo cálculos.
Cuánto faltaba.
Cuánto podía retrasar.
Qué factura podía pagar después.
Ahora no debía nada.
Se recostó en la silla.
No era rico.
Ni remotamente.
Su patrimonio moderno seguía siendo pequeño.
Parte del dinero pertenecía realmente a operaciones comerciales.
No podía gastarlo como quisiera.
Además tenía obligaciones en Qinghe.
Pero había ocurrido algo importante.
Por primera vez desde mucho antes de encontrar la puerta...
no debía dinero a nadie.
Lin Chen abrió el refrigerador.
Seguía casi vacío.
Se rió.
—Algunas cosas no cambian.
Pidió comida.
Nada lujoso.
Solo algo mejor que los dos huevos de aquella primera noche.
Mientras esperaba, abrió una hoja de cálculo nueva.
No la llamó «fortuna».
Ni «imperio».
Escribió:
Operación moderna.
Debajo creó columnas.
Capital disponible.
Inventario.
Jade.
Plata.
Gastos.
Ventas.
Impuestos.
Deudas.
En la última escribió:
0.
Luego añadió otra fila.
Objetivo siguiente: ingresos explicables.
Eso era lo importante.
No podía seguir funcionando como un individuo que aparecía con metal y piedras.
Necesitaba una actividad formal.
Un negocio pequeño.
Una empresa.
Algo que comprara.
Vendiera.
Emitiera facturas.
Pagara impuestos.
Acumulara historial.
No para ocultar delitos.
Sino porque, si realmente pensaba construir riqueza en el presente, debía existir dentro del sistema de aquel mundo.
El teléfono vibró.
Era Gao Ming.
Un mensaje sencillo:
«Si tienes más plata, avísame.»
Lin Chen lo leyó.
No respondió.
Aquella ruta se había terminado por ahora.
Después recibió otro mensaje.
Chen Yulan.
La pieza dejada a consignación había interesado a un cliente.
Quería verla mejor.
Lin Chen sonrió.
Eso sí podía convertirse en algo.
No necesariamente enorme.
Pero real.
Mientras tanto, al otro lado de la puerta, Su Wan'er estaba en el Pabellón revisando las últimas cifras del grano.
Wu San entró apresurado.
—Wan'er.
Ella levantó la mirada.
—¿Qué ocurrió?
—Acaba de llegar una caravana del oeste.
—¿Y?
—Casi vacía.
Su Wan'er frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Dicen que varios comerciantes compraron la carga antes de que llegara a Qinghe.
Ella dejó el pincel.
—¿Quién?
Wu San negó.
—No sé.
Su Wan'er miró hacia la habitación que Lin Chen utilizaba.
Vacía.
—¿Cuándo vuelve?
—¿Lin Chen?
—Sí.
—No sé.
Ella apretó los labios.
Después tomó una hoja.
Empezó a escribir.
Cuando Lin Chen regresara, tendría otro problema esperándolo.
En el presente, él todavía no lo sabía.
Había terminado de pagar su última deuda.
Y por primera vez podía mirar hacia adelante sin sentir que el pasado financiero tiraba de él.
Pero mientras celebraba aquella pequeña victoria...
en Qinghe, el precio del grano acababa de dar otro salto.