Ella lo obligó a casarse. Él hará que se arrepienta de haberlo conseguido.
Alexander Ríos tenía poder, fortuna y un solo amor: Andrés. Pero una conspiración lo llevó al altar con Ángela Casamayor, la mujer que más odiaba. Ella creyó haber conquistado al heredero. Sin embargo, Alexander tiene sus propias reglas para aquel matrimonio: convertir la vida de su esposa en una guerra donde el amor no tendrá cabida y la venganza será apenas el comienzo.
¿Qué sucede cuando la mujer que consiguió todo lo que quería descubre que su mayor victoria será también su peor castigo?
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El Perro Fiel
Hay errores que nacen de un simple impulso y terminan pagando un precio que nadie imaginó. Porque cuando decidimos molestar, provocar o herir a alguien, rara vez nos detenemos a preguntarnos quién está realmente detrás de esa persona que tenemos delante. Ignoramos sus límites, desconocemos sus heridas y peor aún, no sabemos de qué es capaz cuando se siente acorralada. A veces creemos estar jugando con alguien indefenso, sin comprender que acabamos de despertar algo que llevaba demasiado tiempo dormido y cuando finalmente descubrimos a quién molestamos, puede ser demasiado tarde para lamentarlo.
El traje rosa fucsia tornasolado colgaba del gancho como una burla silenciosa. Dimitri lo miró con el mismo gesto que reservaba para los cadáveres que había visto en su vida. Reconocimiento frío, distancia calculada y una ausencia total de emoción.
-Póntelo. -ordenó Ángela desde la puerta, con esa sonrisa que solo las personas que nunca han conocido consecuencias reales pueden permitirse. -Los guardaespaldas de mi casa visten como yo decido. -Dimitri desabrochó el primer botón de su camisa negra sin apartar la vista de ella. No dijo nada. Nunca decía nada que no fuera absolutamente necesario. Ese era el primer error que Ángela cometió al evaluarlo. Confundió su silencio con sumisión. -¿Sabes? -continuó ella, apoyándose en el marco con una elegancia estudiada. -Alexander tiene gustos... particulares y tú encajas perfectamente en ellos. Es casi poético. Es una lástima la verdad. Lo que haría yo con ese cuerpo que tienes.
Dimitri se puso la chaqueta, terminando aquella forzada escena striper. El fucsia le sentaba como una herida abierta, pero no parpadeó. Se ajustó los puños, alineó los hombros y cuando finalmente la miró, sus ojos claros como un día de primavera eterna no contenían ni una chispa de humillación.
-¿Algo más, señora? -Ángela frunció el ceño. Esperaba incomodidad. Esperaba resistencia. Esperaba algo que le confirmara que estaba ganando. En cambio, obtenía esa máscara impenetrable que empezaba a resultarle profundamente irritante.
-Sí. -dijo, recuperando su sonrisa. -Mañana te vas un mes al resort de la costa. Necesito que revises... la seguridad.
El viaje no tenía nada que ver con la seguridad. Dimitri lo sabía. Ángela lo sabía. Era un castigo dirigido a Alexander, una forma de arrancarle a su "amante" de las manos y demostrarle quién tenía el control. Lo que Ángela no sabía era que Alexander Ríos había anticipado ese movimiento hacía tres semanas y que el mes de "exilio" era exactamente lo que ambos hombres necesitaban para avanzar en el siguiente movimiento del tablero.
El resort era un despliegue de excesos arquitectónicos, mármol negro y ventanales que daban al mar. Dimitri recorrió sus pasillos como una rosa brillante uniformada, tolerando las pequeñas crueldades que Ángela había dejado programadas antes de regresar a la ciudad. El primer día, el chef recibió instrucciones de servirle solo agua y galletas saladas. Dimitri comió sin protestar. El segundo, le asignaron turnos de vigilancia de veinte horas. Dimitri los cumplió sin quejarse. El tercero, alguien "accidentalmente" olvidó incluir su habitación en la lista de limpieza. Dimitri durmió en el suelo de mármol sin mencionarlo. Ángela llamaba cada dos días para verificar que seguía ahí. Para asegurarse de que su castigo funcionaba.
-¿Cómo está mi marica favorito? -preguntaba y Dimitri podía oír la sonrisa en su voz.
-Cumpliendo con el trabajo, señora.
-Deberías agradecerme. Sin mí, no tendrías trabajo. Agradéceme que estés vivo después de haberte acostado con mi marido. -Dimitri miraba el mar por la ventana, pensaba en Deyanira y no respondía.
El día veintitrés, Ángela decidió que necesitaba un entretenimiento más elaborado. Dimitri lo supo en el momento en que sintió el clic de la cerradura. La habitación era pequeña, sin ventanas, con una sola puerta de acero reforzado. Un cuarto de seguridad, según los planos del resort. Diseñado para contener intrusiones. O para contener personas. Los tres hombres entraron quince minutos después. Grandes. Entrenados. Con esa mirada vacía que Dimitri reconocía de sus años en las fuerzas especiales. Hombres que habían aprendido a desconectar la humanidad para hacer el trabajo sucio.
-Nada personal chico. -dijo el primero, haciendo cracking en los nudillos. Dimitri se levantó del banco de metal donde había estado esperando. No preguntó quién los enviaba. No ofreció dinero ni negoció. Simplemente se quitó la chaqueta fucsia tornasolada, la dobló con cuidado sobre el banco y flexionó los dedos.
-No. -respondió. -Nada personal.
El primero lanzó un puñetazo. Dimitri lo esquivó con una economía de movimiento que hablaba de décadas de entrenamiento. Atrapó la muñeca del hombre, torció y escuchó el crujido del hueso antes de que el grito llegara. El segundo intentó un derribo por la espalda. Dimitri giró sobre su eje, usando el impulso del atacante para estrellarlo contra la pared de acero. El tercero sacó un cuchillo. Ese fue el único que logró tocarlo. Una línea roja a lo largo del antebrazo izquierdo, superficial pero precisa. Dimitri miró la sangre con una calma que heló la del atacante.
-Eso fue un error amigo. -dijo.
Tres minutos después, los tres hombres yacían en el suelo, ninguno muerto pero ninguno en condiciones de volver a intentarlo pronto. Dimitri recogió su chaqueta fucsia, se la puso y se sentó de nuevo en el banco a esperar. Cuando el personal de seguridad abrió la puerta seis horas después, lo encontró exactamente donde lo habían dejado. Limpio. Compuesto. Con la única evidencia del combate siendo el corte en su brazo y los tres cuerpos inconscientes y atados con cinturones y cordones de sus propias pertenencias. Una humillación sin duda, a aquellos profesionales y a quién los contrató. Ángela recibió el informe esa noche.
-¿Los tres? -preguntó, por primera vez sin su tono de superioridad.
-Los tres, señora. Sin armas de fuego. Sin ayuda. El silencio al otro lado de la línea puso nervioso al empleado. Dimitri observaba sin expresión alguna al hombre, evidentemente asustado ante aquel panorama, mientras este informaba a Ángela, entre asombrado y aterrado, de los hechos. Podía imaginarla ahora procesando la información que recibía; casi podía verla recalculando. Ángela no era estúpida. Era cruel, narcisista y profundamente insegura bajo capas de poder mal ejercido, pero no era estúpida y acababa de darse cuenta de que el hombre al que había estado humillando durante veintitrés días era capaz de cosas que ella ni siquiera podía imaginar.
-Pásalo al teléfono. -ordenó secamente. El pobre hombre se apresuró a entregar el móvil a Dimitri como si fuera una granada a punto de estallar. -Regresa mañana. -dijo finalmente. -Tengo... una nueva posición para ti. Vas a ser mi guardaespaldas personal. -Dimitri cerró los ojos. En la oscuridad de su mente, vio a Deyanira sonriendo. Vio a su madre, con las manos manchadas de harina, cantando mientras amasaba pan. Vio a su padre, mirándolo con orgullo el día que se graduó.
-Como usted diga, señora. -de vuelta en la ciudad, Ángela lo recibió en su despacho privado. Estaba diferente. No exactamente respetuosa. -eso habría requerido una transformación que su ego no permitía, pero sí... calculadora. Lo miró como se mira una herramienta valiosa que se ha subestimado.
-No eres como pensaba. -admitió, removiendo su café. -aunque la gente rara vez lo es. Que desperdicio de hombre. -suspiró mientras lo miraba apreciativamente. Como alguien con hambre. -¿Por qué no te defendiste antes? De los insultos. Del traje. De todo. Al fin y al cabo puedes marcharte cuando quieras. No creo que la bragueta de mi marido sea la única que se abra en este mundo para un hombre tan bello como tú. -Dimitri consideró la respuesta cuidadosamente. Podía mentir claro. Podía decir algo sobre profesionalismo o necesidad económica o amor prohibido y arrollador, pero algo en la forma en que ella lo miraba, con una curiosidad genuina, quizás la primera emoción auténtica que le había mostrado. Lo hizo elegir una verdad parcial.
-Porque nada de eso me importa. -dijo simplemente. -Las palabras no me hieren. La ropa no me define. Usted no me conoce, señora y nunca ha tenido poder sobre mí. Solo sobre las circunstancias que yo he permitido. -Ángela parpadeó. Era la primera vez que él decía más de dos frases seguidas.
-¿Permitido? -aquello le sonó a reto. -Curiosa respuesta. -dijo ella sonriendo. Él respondió aterradoramente sereno.
-Estoy aquí porque elegí estar aquí. No porque me necesite usted. No porque no tenga opciones. Elegí este trabajo.
-¿Por qué? ¿Alexander no es lo suficiente para ti? Te investigué. Estás solo en este mundo. Toda tu familia está en el cementerio. Con tu físico y tus habilidades... ¿Por qué rebajarte a ser el canario de mi marido? No te entiendo, pero me encanta descubrir cosas. Decidido. Serás mi perro fiel. Voy a hacer un trato contigo. ¿Que dices? ¿Aceptas? -Dimitri no respondió. En cambio, miró por la ventana hacia la ciudad que se extendía abajo y pensó en la llamada que había recibido esa mañana. Su abuelo, desde Grecia, con esa voz grave y cansada que apenas empezaba a familiarizarse con él. "El siguiente paso está listo, Dimitri. Cuando estés preparado."
-Podría si me conviene y coincide con lo que deseo. -dijo finalmente. -los planes requieren paciencia, pero la recompensa vale la pena. -Ángela lo estudió largo y tendido. Luego sonrió y esta vez fue una sonrisa diferente. Una que decía que acababa de decidir que él valía más vivo que humillado y nunca permitiría que se quedara con Alexander. Sería su nuevo juguete. Lástima que este juguete no sirviera allá abajo, eso hubiera sido un plus, pero la biología era lo único que no se sometía a su voluntad
-Bien. Entonces trabajemos juntos. Tú me proteges, yo te pago. Te permito alguna que otra noche con mi esposo para que se enamore de ti y juntos... -hizo una pausa teatral. - Juntos le quitaremos a Alexander todo lo que le importa. No creo que no te duela a estas alturas ser utilizado como un sustituto del verdadero amor de mi marido. -Dimitri asintió. Su rostro permaneció impasible.
-Como usted diga, señora.
-Desde mañana te mudas a la mansión. Serás mi guardaespaldas a tiempo completo. Si firmas este contrato me pertenecerás de ahora en adelante y solo acatarás mis órdenes. Hoy ve y recoge tus cutres pertenencias de ese basurero donde vives y por el amor de Dios busca un traje decente. Sé que eres un marica, pero no hay que ir pregonándolo. -Dimitri contuvo la furia asesina y la humillación. Tomó la pluma y firmó el contrato con mano firme. Fue como si los suyos hubiesen guiado cada traso.
Esa noche, en su apartamento, Dimitri se sentó frente a la ventana y miró el teléfono. Tres mensajes sin leer. Uno de Alexander: "¿Todo en orden?" Respondió con una palabra. "Perfecto". Leyó el segundo mensaje era de su abuelo: "Los documentos están listos" No respondió. Pasó al tercero. El del número desconocido que llevaba semanas sin responder, pero que sabía exactamente quién era. Lo abrió. "La policía cerró el caso del puerto. Accidente. Sin sospechas, pero encontré algo. Tu padre tenía enemigos, Dimitri y no eran los Blackwood. Ni Ángela Casamayor." Contestó con un "mantenme informado."
Guardó el teléfono. Miró la cicatriz en su antebrazo, todavía rosada. Era la primera marca en la guerra que libraba. Pensó en el día que había conocido a Ángela Ríos. Ella creía que lo había elegido. Creía que lo estaba usando. No sabía que cada paso que daba había sido coreografiado desde el principio. Que el traje fucsia, el exilio, los maltratos, los tres matones, todo había sido anticipado, calculado, permitido. Que Alexander y él no eran amantes, ni aliados, ni siquiera amigos. Eran dos hombres con objetivos convergentes y métodos divergentes, unidos por una mentira que servía a ambos, pero lo que ni Ángela ni Alexander sabían de él, es que podía comprarlos a los dos. Era el único heredero vivo de los Blackwood de Grecia. Nadie lo sabía, excepto él, su abuelo y los muertos que llevaba en el corazón.
Lo único malo era que Dimitri Blackwood ya no estaba seguro de cuánto de ese plan seguía siendo suyo. Su abuelo quería un heredero. Alexander quería el poder sobre los Casamayor. Ángela quería doblar el mundo a su capricho y él quería venganza. Rompería a aquella mujer hasta que lo perdiera todo. No descanzaría hasta llevarla a la tumba como hizo con sus padres. Había planificado cada paso de este camino peligroso para dejarla sin opiniones como le hizo ella a Deyanira. Dimitri contaba consigo mismo. Desconfiaba de su abuelo. Nada explicaba por qué sus padres habían huido de Grecia para escapar del patriarca y nunca lo mencionaron a sus hijos. El juego apenas comenzaba y él acababa de recibir su primera pieza nueva. No despreciaría esa herencia, ya vería el precio luego.
En su habitación del ático de la mansión Ríos Ángela se miraba al espejo y sonreía. Tenía un nuevo perro. Un perro peligroso, sí, pero eso lo hacía más valioso y Alexander iba a lamentar haberla subestimado. No sabía que el perro ya tenía dueño. No sabía que el dueño estaba a miles de kilómetros, esperando. No sabía que ella misma era, desde el principio, una pieza en un tablero que no podía ver, pero lo descubriría. Tarde o temprano, todos lo descubrían demasiado tarde.
El error que ella había cometido, no era por falta de inteligencia, sino por exceso de confianza. Había pasado tanto tiempo riéndose y doblando el mundo a su antojo que se creía invencible. Intocable. Pensaba que todo tenía precio y punto de quiebre. Creía conocer los límites, provocándolos, empujándolos hasta el cisma. Jamás se detuvo a pensar en una pregunta tan sencilla como aterradora: ¿qué ocurre cuando finalmente descubres a quién has estado molestando? Porque algunas personas soportan en silencio, otras se marchan sin mirar atrás y existen aquellas que, cuando dejan de soportar, ya no regresan siendo las mismas y Ángela apenas acababa de abrir la puerta a las consecuencias.