n plena boda, la mejor amiga de Lucía Herrera expone sus fotos íntimas. Su prometido la llama zorra, la golpea y le arranca el vestido de novia… para casarse con la traidora.
Cinco años después, Lucía regresa con sus mellizos, Mateo y Sofía, sin saber quién es su padre. Hasta que se cruza con Adrián Valdés, un poderoso CEO que parece la versión adulta de Mateo.
—Quiero a mis hijos conmigo.
—No voy a separarme de ellos.
Mateo se planta frente a él. Sofía se aferra a la mano de su madre.
—¡No se meta con mi mami, imbécil! ¡Primero tendrá que vérselas conmigo!
Pero el padre de los mellizos también es el tío de su ex. Y para no perder a sus hijos, Lucía acepta casarse con él por contrato.
Esta vez, vuelve a la familia Valdés por la puerta grande.
El hombre que la echó de su propia boda tendrá que llamarla tía.
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Capítulo 20
Capítulo 20. Ahora podemos ser amigos
Las palabras de la maestra dejaron un silencio extraño en la oficina, sobre todo entre Adrián y Mateo.
A Lucía le dio un vuelco el corazón.
Desde la primera vez que había visto a Adrián, había notado el parecido con su hijo. Lo había sospechado, sí, pero no se atrevía a pensar más allá.
Forzó una sonrisa para romper aquel silencio excesivo.
—Maestra Torres, creo que fue una pelea entre compañeros por un malentendido. Preferiría que no se hiciera más grande.
La maestra estaba acostumbrada a las disputas entre niños.
—Solo los llamé para que, como padres, supieran lo que pasó. Si podemos resolverlo en paz, mejor.
Se volvió hacia Bruno con expresión severa.
—Ya viste que vino el papá de los mellizos. No vuelvas a decir que no tienen, ¿entendido?
El niño seguía molesto. Bajó la cabeza y murmuró:
—Entendido.
—Muy bien. Mateo, Bruno, ahora pídanse una disculpa y sigan siendo buenos compañeros.
Mateo respondió de inmediato.
—No le voy a perdonar lo que dijo ni voy a aceptar sus disculpas. Pero yo también le pegué, así que estamos a mano.
En otras palabras, no aceptaría disculpas ni pensaba pedirlas.
Bruno tampoco estaba dispuesto a ceder.
—¿Y qué si tienes papá? ¡Todos tenemos! ¡Bah!
Apartó la cabeza.
Mateo le respondió con un resoplido igual de fuerte y miró hacia el otro lado. Ninguno quería ver al otro.
Los adultos no pudieron hacer más que sonreír y negar con la cabeza ante tanto drama de aquellos dos pequeños.
Después, Lucía se llevó a sus dos hijos a casa.
Adrián los dejó frente al edificio.
Por cortesía, ella le preguntó si quería subir a tomar un vaso de agua. No había esperado que bajara del auto y aceptara la invitación.
Como el pie lastimado le dificultaba caminar, Adrián la sostuvo de un lado y Mateo del otro. Sofía caminaba junto a ellos, pendiente del pie de su madre.
Una sensación extraña le cruzó el pecho.
Al entrar al departamento, aquel lugar, que normalmente no le parecía estrecho, se volvió más pequeño bajo la presencia imponente de Adrián.
Lucía hasta se sintió incómoda.
¿No estaría atendiendo mal a un director general como él al recibirlo en aquel pequeño hogar?
—Señor Valdés, póngase cómodo.
Lo invitó a sentarse en el sofá y después se volvió hacia Mateo.
—Sírvele un vaso de agua al señor.
Hasta ese día, el niño no había sentido mucha simpatía por Adrián. Pero, como lo había ayudado, podía darle un vaso de agua.
—Mami, tú siéntate. También te voy a servir.
Con ella siempre era atento.
Adrián se sentó sin dar señales de desprecio por el lugar. Lucía se sintió aliviada.
Mateo y Sofía regresaron con un vaso cada uno. Ella se lo dio a Lucía. Al dejar el suyo frente a Adrián, Mateo dijo:
—Señor, antes era bastante presumido. Pero hoy me ayudó, así que gracias. Ahora podemos ser amigos.
Como si aquello fuera un asunto muy serio, hasta le dio unas palmaditas en el hombro, con aire de adulto.
Lucía estuvo a punto de escupir el agua al oírlo.
Adrián observó al pequeño con interés. Una sonrisa le curvó los labios.
—¿Eso significa que hay que cumplir ciertos requisitos para ser tu amigo?
—Claro. No cualquiera puede. ¿No se siente honrado?
Mateo alzó el mentón, orgulloso.
La sonrisa de Adrián se amplió y sus ojos brillaron con más interés.
—La verdad… sí. Muy honrado.
¿Cómo había criado Lucía a un niño tan divertido?
Ella sintió que empezaba a sudar. Se apresuró a atraer a Mateo hacia sí.
—Deja que mami vea si te lastimaste.
—No, mami. No te preocupes. Bruno no puede conmigo.
—¿Y esto qué es? ¡Mira cómo tienes la boca! ¡Y la ropa está rota!
Lucía señaló la comisura de sus labios, molesta.
El pequeño hizo una mueca de dolor, soltó un siseo y se apartó de su mano.
—Solo me descuidé y alcanzó a pegarme una vez.
—No vuelvas a pelearte con tus compañeros. La violencia no resuelve las cosas. ¿Entendiste?
Lucía hablaba en voz baja, dolida al verlo lastimado.
—Depende. Hay cosas que solo se resuelven peleando.
Ella suspiró, sin saber qué hacer con él.
—No me discutas. Ve a bañarte y cámbiate.
—¡A sus órdenes, mi comandante!
Mateo se fue al baño, obediente. Sofía entró en la habitación que compartían con su madre y se puso a jugar.
Lucía y Adrián quedaron solos en la sala.
Al volverse, ella se encontró con sus ojos profundos. Solo entonces advirtió que él la estaba estudiando.
—Bueno… gracias por lo de hoy.
—De nada. Tú también te lastimaste por mí, ¿no?
Su tono fue tranquilo.
Lucía bajó la mirada.
Ya se había sentado y había tomado agua. ¿No era hora de que se fuera?
No quería echarlo. Simplemente había algo en su presencia que la hacía sentirse incómoda.
—¿Y el padre de los niños? —preguntó él de pronto.
Lucía se quedó un instante inmóvil. La mano que tenía junto al borde del sofá se cerró sin que se diera cuenta.
No podía responder.
—En tu currículum dice que eres soltera. ¿Tuviste a los mellizos sin estar casada?
Adrián la observaba con los ojos entrecerrados.
Lucía respiró hondo antes de contestar despacio.
—Sí. Los tuve sin estar casada. Los niños no tienen papá.
Él siguió mirándola. Hablaba sin prisa, pero su tono la presionaba.
—¿Cómo que no tienen papá? ¿Entonces cómo nacieron?
Hizo una pausa. La mirada se le volvió más incisiva.
—¿No es Nicolás?
Lucía lo miró de golpe. Frunció el ceño y lo negó sin vacilar.
—¡Claro que no!
Los dos se sostuvieron la mirada. Ella vio la sospecha en sus ojos.
¿De verdad creía que los mellizos eran hijos de Nicolás?