Mariana De Santis es la única heredera de una familia adinerada, acostumbrada a tener todo lo que desea al instante. Con diecisiete años, está convencida de que puede valerse por sí misma, pero sus padres la ven aún como una niña indefensa.
Cuando deben viajar a Estados Unidos por negocios, ella sueña con quedarse sola y disfrutar de libertad… hasta que le anuncian que quien la cuidará será Valentino Vivaldi, hijo de sus mejores amigos y socios. Mariana se enfurece y decide hacerle la vida imposible desde el primer día: se escapa, cambia horarios, inventa excusas y lo desafía en todo.
Sin embargo, entre discusiones y encuentros inesperados, la hostilidad se transforma lentamente en un amor profundo y recíproco.
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Capitulo 7
Todo estalló una tarde gris, cuando Valentino la encontró preparándose para salir sin chaqueta bajo la lluvia y sin decir a dónde iba. La detuvo en la puerta, con voz seria pero tranquila:
—Mariana, espera. Está lloviendo mucho y no llevas nada para protegerte. Además, no me has dicho a dónde vas ni cuándo volverás.
Ella se giró de golpe, los ojos encendidos de rabia acumulada durante días.
—¡Ya estás otra vez! —gritó, soltando el pomo de la puerta—. ¡Siempre tú, siempre vigilando, siempre mandando! ¡Estoy harta!
—No te estoy mandando —respondió él, manteniéndose firme sin levantar la voz—. Solo te pido que tengas cuidado y que me avises para no preocuparme.
—¿Cuidado de qué? —se acercó a él, con la barbilla levantada—. ¡De nada! ¡Sé cuidarme sola! ¡No necesito a nadie! ¡Y mucho menos a ti!
—Mariana, por favor… —empezó él, pero ella lo cortó tajantemente.
—¡Tú no eres nadie para decirme qué hacer! —le señaló con el dedo, temblando de indignación—. Eres solo… un estúpido niñero. ¡Un niñero que no tiene ninguna autoridad sobre mí! ¡Ninguna!
Valentino se quedó inmóvil un instante. No se enfureció. No gritó. La miró fijamente a los ojos y respondió con una firmeza que hizo callar su furia de golpe:
—Tienes razón. No tengo autoridad sobre ti. No vine para mandarte ni para decirte cómo vivir. Vine para cuidarte. Y hay una diferencia muy grande entre una cosa y la otra.
Mariana parpadeó, con la boca entreabierta, sin saber qué responder. Él continuó, suave pero claro:
—Mandarte sería imponerte mis deseos. Cuidarte es velar por tu bienestar aunque te enfades. Mandarte sería exigir obediencia. Cuidarte es quedarme aquí aunque me insultes, aunque me eches, aunque intentes hacerme la vida imposible. Porque lo que me pidieron tus padres no es controlarte. Es protegerte. Y eso es lo que hago. No por orden. Sino por responsabilidad. Y sí… también porque me importas.
El silencio cayó entre ellos, denso y repentino. Las palabras de Mariana murieron en su garganta. Esperaba que él se defendiera con gritos, que la tratara como a una niña malcriada, que le recordara que sus padres lo habían puesto ahí. Pero no. Le habló de cuidado, de protección, de importarle ella. Y eso la desarmó por completo.
Quedó con la boca entreabierta, las manos apretadas a los costados, sin saber qué decir. La rabia que la consumía minutos antes se había transformado en una confusión extraña, cálida y a la vez inquietante. Bajó la mirada, incapaz de sostener la suya, y murmuró con voz mucho más suave:
—Yo… no te pedí que te importara.
—Lo sé —respondió él con ternura—. Pero sucede. Quiera o no. Tú tampoco puedes evitarlo.
Ella alzó la vista despacio y lo miró de verdad, por primera vez sin ira ni desafío. Lo vio serio, sincero, sin rastro de fingimiento. Y no supo qué contestar. Solo sintió que las paredes que había levantado a su alrededor empezaban a agrietarse, aunque no quisiera admitirlo.
—Tengo que irme —murmuró, casi sin voz, apartándose de él.
—Al menos… lleva esto —dijo él, tomando una chaqueta ligera y extendiéndola hacia ella—. Y avísame si tardas más. Solo eso.
Mariana la tomó sin mirarlo a los ojos.
—Lo haré —susurró—. Lo… pensaré.
Salió al porche, bajo la lluvia que empezaba a caer suave, y caminó lejos de la casa sin saber bien a dónde iba. Solo sabía que algo dentro de ella había cambiado. Aquel “estúpido niñero” ya no le parecía tan estúpido. Y eso la asustaba más que cualquier regaño.
Dentro, Valentino se quedó solo en el vestíbulo, suspirando. Sabía que no la había ganado del todo. Pero por primera vez, ella lo había escuchado de verdad. Y eso era un comienzo.
Mariana dio unos pasos bajo la lluvia ligera, se detuvo y miró hacia atrás. Él seguía en el porche, quieto, esperando verla marchar. Ella volvió despacio, sin llegar a entrar del todo, y lo miró desde la puerta:
—¿De verdad no te vas aunque te trate mal? —preguntó, con la voz casi un susurro—. Podría ser peor. Sabes que puedo.
Valentino dio un paso hacia ella, sin cruzar el umbral:
—Lo sé. Y aun así, me quedo. No me voy porque tú me trates mal. No soy de los que se van cuando las cosas se ponen difíciles.
—¿Por qué? —insistió ella, apretando la chaqueta contra sí—. ¿Qué ganas con esto?
Él la miró con suavidad:
—No busco ganar nada, Mariana. Solo quiero que estés bien. Que un día entiendas que no estoy aquí para estorbarte, sino para cuidarte.
—Nadie me ha cuidado así —murmuró ella, bajando la mirada—. Siempre me dicen lo que hago mal. Tú… tú ni siquiera gritas.
—Gritar no sirve para que te escuchen —respondió él—. Prefiero esperar a que tú quieras hablarme. No tengo prisa.
Mariana levantó la vista poco a poco, y por primera vez no había desafío en sus ojos, sino algo parecido a la incertidumbre:
—Eres muy extraño, Valentino Vivaldi.
—Tú ya me lo dijiste —sonrió él levemente—. ¿Vas a llevar la chaqueta?
Ella asintió despacio.
—Sí. Gracias.
—Y… ¿me avisas cuando llegues? —preguntó él con suavidad, sin exigir.
Mariana dudó un instante, luego dijo:
—Sí. Te aviso.
Salió de nuevo, caminando más despacio, sintiendo la tela de la chaqueta cálida entre sus manos. Ya no se sentía tan furiosa como antes. Algo en su interior se había suavizado, aunque todavía no quería admitirlo.
Valentino la vio alejarse y murmuró para sí mismo:
—Gracias, Mariana. Por escucharme al fin.