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La Villana Que Dejó De Perseguir Al Príncipe

La Villana Que Dejó De Perseguir Al Príncipe

Status: En proceso
Genre:Mundo mágico / Villana / Mujer poderosa
Popularitas:1.7k
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

Alina Drayce nació para ser la villana. Sufrió tanto que creyó que si era mala, al menos el Príncipe Kian la miraría. Pero cada vez que se le acercaba, él la trataba mal.

Todo cambia cuando llega Leo, un chico humilde y becado. El príncipe, que nunca la quiso, sí se interesa en él. Ahí Alina entiende que gastó años persiguiendo a quien no la valora y decide dejar de hacerlo.

Empieza a darse tiempo para ella. Es inteligente, hermosa, hábil y perfecta cuando se quiere. Deja de ser mala y se vuelve feliz, y todos notan que ahora brilla más.

Es entonces cuando descubre su don: puede hablar con los animales y entenderlos. Antes ni un pájaro se le acercaba por ser la villana, ahora todos la buscan. Empieza a ayudarlos y abre su propia clínica veterinaria "El Susurro Salvaje".

Allí la encuentra el Rey Silas, un joven rey que siempre la vio, incluso cuando ella no se veía a sí misma.

Una historia de amor propio, magia y segundas oportunidades.

NovelToon tiene autorización de nezhaN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 5 - La primera semana

La niña del perro volvió al otro día con dos amigas. Una traía un gato con los ojos pegados y la otra un conejo que no comía. No sabía si reírme o asustarme. Les dije que pasaran y que pusieran a los animales sobre la mesa que me había dado Marta. La mesa era vieja y cojeaba de una pata, pero servía.

Limpié los ojos del gato con agua tibia y con el té de manzanilla que me había enseñado la señora Lía. Le había leído en el libro verde que la manzanilla ayuda a bajar la hinchazón. El gato no se quejaba. En mi cabeza escuchaba, pica, pica mucho. Le decía bajito, ya sé, ya te limpio. Cuando terminé, abrió los ojos y me miró. Eran verdes y grandes. La niña me dijo gracias y me preguntó cuánto era. Le dije que por ahora no cobraba, que si quería podía traer un poco de arroz o pan para los animales que estaban ahí.

El conejo no comía porque tenía miedo. Estaba en una caja chica y temblaba. Lo saqué con cuidado y lo puse sobre mi pecho. Sentí su corazón muy rápido. Le dije, tranquilo, acá nadie te hace daño. En mi cabeza escuché, ruido, gente, miedo. Lo dejé en la caja de Tizón un rato, con heno que me había dado el jardinero de la academia. A los diez minutos empezó a comer. La niña se puso contenta y me dijo que su mamá le había dicho que si se moría lo iban a tirar.

Esa semana vinieron cinco animales más. Un perro grande con una pata hinchada, dos pájaros con un ala caída, una gallina que no ponía huevos y un hámster que se había caído de una mesa. Yo anotaba todo en mi cuaderno, con la fecha, el nombre del animal si tenía, y lo que le hacía. Me lavaba las manos entre cada uno y usaba las vendas que me había dado Silas. No sabía mucho, pero leía el libro verde cada noche y preguntaba a la señora Lía cuando no entendía una palabra.

Leo venía todos los días después de clases. Me ayudaba a limpiar y a ordenar. Traía agua en un balde y barría el piso. Un día trajo a su primo chico, que sabía dibujar, y le hizo un dibujo a Tizón para pegarlo en la ventana. El dibujo decía El Susurro Salvaje con letras de colores y con un gatito negro durmiendo. Lo pegamos y se veía bonito desde la calle.

Mi madre pasó por el local el tercer día. No me dijo que iba a ir. Yo estaba curando al perro grande, que era de un señor mayor que no podía caminar mucho. Mi madre se quedó parada en la puerta, mirando. Tenía los brazos cruzados. Me dijo, así que acá estás. Le dije que sí. Me miró las manos manchadas y la mesa llena de trapos. Me dijo, ¿esto es lo que quieres hacer? Le dije que sí, que me gustaba. Se acercó, miró al perro y le acarició la cabeza. El perro le lamió la mano. Mi madre no dijo nada más. Al rato se fue, pero antes de irse me dejó una bolsa con pan y con una botella de agua limpia. No me dijo te quiero, pero entendí que era su forma de decirlo.

Kian apareció el cuarto día. Fue a la hora en que no había nadie, cuando yo estaba cerrando. Entró sin tocar la puerta. Tenía el uniforme desordenado y cara de no haber dormido. Me dijo, Alina, tenemos que hablar. Le dije que no tenía nada que hablar con él. Me dijo que me había visto con Silas y con Leo y que no entendía qué me pasaba, que yo antes era distinta. Le dije que sí, que antes lo seguía a todos lados y que ahora no. Le dije que antes me importaba lo que él pensaba de mí y que ahora me importaba lo que pensaba Tizón.

Se quedó callado. Me dijo que lo sentía, que no sabía que me había hecho sentir mal. Le dije que no era solo lo que me dijo en la fiesta de otoño, que era todo, que eran dos años de esperarlo y de sentirme menos. Le dije que no lo odiaba, que solo no quería estar cerca de él. Me dijo que entendía y me preguntó si podíamos ser amigos. Le dije que no por ahora, que necesitaba tiempo.

Se fue y no volvió a entrar. Pero al otro día, dejó una bolsa en la puerta del local con vendas nuevas y con una nota que decía, para tu clínica, de Kian. No le escribí gracias, pero guardé las vendas. Me servían.

Silas pasó el quinto día con el caballo blanco. Venía caminando a su lado, sin montarlo. Me dijo que el caballo se había vuelto a lastimar la misma pata y que quería que yo lo viera. Le dije que yo no sabía mucho de caballos. Me dijo que yo sabía más de lo que creía. Me mostró la pata. Tenía la misma piedra, pero más chica, y la zona un poco roja. Le limpié con agua y le puse la pomada que decía en el libro. Mientras lo hacía, escuché al caballo decir, gracias, Alina, ya no duele tanto. Me quedé quieta. Silas me miró y me dijo, ¿lo escuchaste? Le dije que sí, sin pensar. Me miró fijo y me dijo, mi padre también los escuchaba. Pensé que era el único. Le dije que yo también pensaba que estaba loca. Me dijo que no, que era un don que tenían algunas personas de su familia y que ahora lo tenía yo.

Me dio un abrazo corto y me dijo que si quería, podía ir a su casa los sábados a aprender más. Le dije que sí.

Esa noche, cuando cerré el local, conté lo que tenía en la caja de galletas que usaba como caja de dinero. Tenía tres monedas que me había dejado el señor del perro grande, un poco de arroz, dos panes y una bolsa de zanahorias que me trajo la niña del conejo. No era mucho, pero era mío. Era la primera vez que ganaba algo con mi trabajo.

Me senté en el suelo con Tizón en las piernas y miré el cartel que había hecho Leo. Afuera ya estaba oscuro y se escuchaban los grillos del campo detrás del pueblo. En mi cabeza escuchaba a Tizón ronronear y, más lejos, a los dos perros de Silas ladrar bajito. Por primera vez en mucho tiempo, no me sentí sola en mi pieza. Me sentí acompañada por todos esos ruidos que antes no escuchaba.

Escribí en mi cuaderno, en la página del plan, día cinco, cinco animales curados, una madre que me trajo pan, un rey que me enseñó a vendar y un chico que me dejó vendas. Abajo escribí, sigo.

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bruja de la imaginación 👿😇
me gustó mucho está historia 🥰
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