Para el mundo financiero, Damian Valmont es un magnate intocable que compra voluntades sin pronunciar una sola amenaza en voz alta. Para el bajo mundo europeo, es la cabeza de un consorcio letal donde nadie sobrevive a un error.
Valeria Taylor llegó a su empresa huyendo de un pasado idéntico en Estados Unidos, con una sola regla innegociable: no volver a arrodillarse ante ningún monstruo con traje.
Ella es la única que se niega a firmar sus órdenes ilegales. Él es incapaz de intimidarla. Entre balances manipulados, secretos de familia y una atracción corrosiva que ninguno de los dos puede frenar, el juego de poder se convierte en una guerra íntima donde rendirse no es una opción.
Y cuando la sangre y la verdad salgan a flote, la única salida será una fuga que Damian jamás perdonará.
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Capítulo 13: El cobro de Lombardía
El andén privado de la estación de mercancías de Rogoredo olía a gasoil quemado, lluvia sucia y hierro mojado.
La niebla densa de la llanura lombarda flotaba como un sudario gris sobre las vías muertas. A las seis de la mañana, el convoy blindado de Damian Valmont se detuvo con un silbido largo y contenido, acoplándose al muelle de carga desierto.
Dentro del vagón central, Valeria terminaba de ajustar el cuello de su camisa de satén marfil frente al espejo biselado del mueble bar. Con los dedos aún marcados por un ligero temblor que se negaba a admitir, acomodó el cuello de su abrigo negro, ocultando los pequeños hematomas violáceos que la boca de Damian había dejado en la curva de su garganta. Se recogió el pelo de nuevo en una coleta tirante con una precisión casi militar.
En el reflejo del cristal, los ojos de Damian no se apartaban de ella.
El magnate se colocaba una corbata de seda oscura con la mano izquierda, impecable, sin rastro aparente del hombre que veinte minutos antes la había poseído sobre la mesa de caoba con una furia desatada. Solo el brillo en sus pupilas ámbar y la forma en que su mandíbula permanecía tensa delataban la quemadura que ambos llevaban bajo la piel.
—No tienes que bajar si prefieres descansar —dijo él. Su voz era un susurro grave, íntimo, que todavía conservaba la aspereza del deseo reciente.
Valeria se giró sobre sus talones. Tomó la carpeta de cuero con los contratos de los Moretti y la sujetó bajo el brazo izquierdo.
—No pasé la noche esquivando veneno en Zúrich, descarrilando trenes en la nieve y dejándome arrancar los botones de la camisa para perderme el final del espectáculo, señor Valmont —replicó ella, arqueando una ceja con una frialdad impecable—. Giancarlo Moretti me debe dos horas de sueño y una explicación sobre sus balances falsificados. Voy a cobrar ambas cosas.
Damian la contempló en silencio, y una sonrisa diminuta, oscura y letalmente complacida, curvó sus labios. Se colocó el abrigo largo de corte cruzado sobre los hombros anchos y le ofreció el paso con un gesto suave.
—Después de usted, señorita Taylor.
Las compuertas del vagón se abrieron y el aire helado de Milán los golpeó de lleno.
Kassian y tres escoltas armados ya estaban apostados a ambos lados de la pasarela metálica, con las manos bajo las solapas y los ojos barriendo el perímetro. Al final del andén, bajo el techo oxidado del tinglado ferroviario, aguardaban cuatro berlinas negras con los motores encendidos.
Frente a ellas, resguardado de la llovizna bajo un paraguas de seda que sostenía un guardaespaldas, estaba Giancarlo Moretti.
El patriarca del clan lombardo tenía sesenta años mal llevados, el cabello teñido de un negro azabache poco convincente, un abrigo con cuello de astracán y los dedos cargados de anillos de oro macizo. Intentaba proyectar la solidez de un senador de la República, pero la rigidez en sus hombros y la palidez cenicienta de sus sienes lo delataban.
El hombre sabía perfectamente que el bloqueo en Domodossola había fracasado. Y sabía que Damian Valmont no viajaba en tren para aceptar disculpas.
—Damian, amico mio —exclamó Moretti, abriendo los brazos con una teatralidad ensayada mientras avanzaba dos pasos sobre el asfalto mojado—. Qué viaje tan accidentado. Me informaron de un incidente menor en la línea del Simplon... una huelga sindical, según parece. Me alegra infinitamente ver que llegaste intacto a Milán.
Damian bajó las escalerillas del vagón con la lentitud pausada de un rey que pisa tierra conquistada. No devolvió el saludo ni extendió la mano. Se detuvo a dos metros del italiano, con las manos metidas en los bolsillos del abrigo y una sombra gélida cubriéndole los ojos.
—La huelga sindical tenía fusiles Kalashnikov y camionetas con matrícula de Como, Giancarlo —dijo Damian. Su voz no se alzó, pero el timbre metálico resonó en el cobertizo con la contundencia de un martillazo sobre un yunque—. Seis de tus hombres murieron congelados en las vías de Domodossola. El resto está en camino a un interrogatorio en la frontera.
La sonrisa de Moretti se congeló al instante. Una gota de sudor frío resbaló por su patilla teñida.
—Damian... por favor. Hay facciones rebeldes en el sindicato ferroviario que no controlo... sabes cómo es el norte de Italia...
—Giancarlo —lo cortó Damian con un susurro que congeló el aire alrededor de las berlinas—. Si vuelves a insultar mi inteligencia en mi presencia, la próxima bala no va a atravesar una camioneta en los Alpes. Va a entrar por la ventana de tu dormitorio en Como mientras desayunas.
Dos de los escoltas de Moretti tensaron los hombros y dieron un paso al frente por puro reflejo territorial. Kassian ni siquiera parpadeó: sacó su automática pesada con un chasquido sordo y apuntó directo al centro de la frente del guardaespaldas más cercano. El silencio que siguió fue absoluto, roto únicamente por el goteo constante de la lluvia sobre las chapas del techo.
—Basta —intervino Valeria.
Su voz sonó clara, autoritaria y completamente fuera de lugar entre el despliegue de testosterona armada.
Valeria avanzó con pasos firmes sobre el asfalto mojado. Llevaba el abrigo cerrado hasta el cuello, la carpeta bajo el brazo y una mirada que no concedía un solo milímetro de piedad. Los hombres de Moretti la miraron con el desconcierto reflejado en los ojos; no estaban acostumbrados a que una mujer caminara entre cañones cargados con semejante desparpajo.
Moretti frunció el ceño, recuperando una pizca de su arrogancia machista para intentar desviar el golpe.
—¿Y esta quién es? —escupió el italiano, mirando a Damian con desdén—. No acostumbro a hablar de asuntos familiares delante de secretarias, Damian. Dile a tu chica que suba al coche.
El aire en el andén pareció incendiarse de golpe. Damian dio medio paso al frente, con los ojos ámbar dilatados por un impulso homicida inmediato.
Valeria puso su mano sobre el antebrazo de Damian, frenando el avance con una presión sutil pero innegociable. Damian se detuvo, aunque los músculos de su mandíbula vibraban por la furia contenida.
—Soy la persona que tiene su futuro financiero y penal encerrado en esta carpeta, señor Moretti —dijo Valeria, abriendo el expediente frente al pecho del italiano sin pestañear—. Valeria Taylor, directora general de operaciones de Valmont Global. Y si abre la boca una vez más para llamarme «chica», me aseguraré de que la fiscalía antimafia de Roma reciba las copias originales de los fletes nocturnos de la terminal de Brescia antes de las ocho de la mañana.
Moretti dio un paso atrás involuntario, como si la carpeta fuera un hierro ardiente.
—¿De qué demonios estás hablando?
—Hablo de las doce toneladas de cobalto y titanio militar desviadas de los almacenes de la OTAN en Livorno el mes pasado —explicó ella con una cadencia helada, citando números y fechas de memoria con una precisión aterradora—. Hablo de las tres empresas fantasma con sede en San Marino a través de las cuales lavó el cobro de la venta clandestina a compradores no autorizados en el este. Y hablo de la cláusula de quiebra fraudulenta que firmó con Valmont Global en junio del año pasado. Usted no solo nos debe cuarenta millones de euros en derechos de tránsito no devengados, Moretti. Nos debe el control absoluto de los corredores logísticos de Lombardía y Piamonte.
Giancarlo Moretti palideció hasta adquirir el color de la cal. Sus ojos saltaron de Valeria a Damian, buscando una grieta, una señal de que todo era un farol de oficina.
Damian no le quitaba los ojos de encima, pero una sonrisa lenta, perversa y abiertamente orgullosa se dibujaba en la comisura de sus labios. Cruzó los brazos sobre el pecho, cediéndole el escenario entero a la mujer a su lado.
—Como ve, Giancarlo —dijo Damian en voz baja—, mi directora de operaciones no tiene el hábito de perder el tiempo. Y no acepta cheques sin fondos.
—Esto es un asalto corporativo... —balbuceó el italiano, sintiendo cómo el cerco se cerraba sobre su garganta—. Esos almacenes han pertenecido a mi familia durante tres generaciones.
—Su familia perdió el derecho a esos almacenes en el momento exacto en que puso una barra de hierro en el desvío de Domodossola para intentar asesinar a mi empleador —sentenció Valeria, sacando su pluma estilográfica de tinta carmesí y extendiéndole el contrato de cesión total sobre el capó mojado de la limusina principal—. Firme la cesión irrevocable de las concesiones ferroviarias y la entrega de las llaves maestras de los depósitos aduaneros de Milán. Ahora mismo.
Moretti temblaba de rabia y humillación. Miró a sus guardaespaldas, pero los hombres estaban congelados bajo la mira láser del rifle de Kassian. No había salida. Estaba acorralado entre el fusil de Valmont y los números irrefutables de Valeria.
Con dedos torpes y desprovistos de orgullo, el patriarca lombardo tomó la pluma. Sus anillos de oro chocaron contra el metal del coche mientras estampaba su firma temblorosa en las tres copias del documento.
Valeria recogió los papeles con un movimiento rápido y limpio, sopló suavemente sobre la tinta roja para secarla y volvió a guardar el expediente en su carpeta.
—Un placer hacer negocios con usted, señor Moretti —dijo ella con una cortesía tan venenosa que sonó como un escupitajo en la cara—. El consorcio Valmont asumirá la gestión física de los almacenes a partir de las doce del mediodía. Le sugiero que para esa hora ya haya retirado sus efectos personales del despacho principal.
Damian dio un paso al frente, clavando su mirada ámbar en los ojos derrotados del viejo capo.
—Si vuelvo a ver tu cara al norte del río Po, Giancarlo, no te enviaré a mi abogada —susurró Damian con una calma aterradora—. Vendré yo. Y no traeré papeles.
Sin esperar respuesta, Damian tomó a Valeria por la parte baja de la espalda con una posesión firme, cálida e incuestionable, guiándola hacia la primera berlina negra que esperaba con la puerta trasera abierta.
Subieron al vehículo en silencio. En cuanto las puertas blindadas se cerraron, aislando el murmullo de la lluvia y los motores, el coche arrancó suavemente rumbo al centro histórico de Milán.
Valeria se recostó contra el cuero del asiento, cerrando los ojos por un instante para dejar escapar la tensión acumulada en los hombros. Sentía el cuerpo agotado, dolorido y atravesado por una descarga tardía de adrenalina.
Al abrir los párpados, se encontró con los ojos de Damian fijos en ella.
El magnate no había soltado su mano desde que subieron al automóvil. Sus dedos largos y fuertes estaban entrelazados con los de ella, rozando con el pulgar la piel sensible de su muñeca donde el pulso aún latía acelerado.
—Estuviste magnífica, Valeria —murmuró él, y en su mirada no quedaba rastro de la fiera que acababa de aplastar a un capo de la mafia; había una fascinación pura, devoradora, que le quemó el pecho a ella—. Lo destruiste con tres párrafos y una pluma de tinta roja.
Valeria intentó soltar la mano, pero Damian aflojó la presión solo para volver a cerrarla con más firmeza, negándose a dejarla ir.
—Ese hombre era un aficionado torpe que se creía intocable por tener tres matones con cadenas de oro —dijo ella, desviando la vista hacia los palacios neoclásicos que desfilaban tras los cristales tintados—. En Boston, mi... en Boston la gente como él no sobrevive ni un invierno.
Damian captó el corte en su frase de inmediato. Inclinó la cabeza hacia ella, reduciendo el espacio entre ambos hasta que su aliento cálido volvió a rozar su mejilla.
—Casi dijiste «mi familia», Valeria.
Valeria se tensó. Clavó sus ojos oscuros en los suyos, sintiendo que el terreno bajo sus pies volvía a tambalearse peligrosamente.
—Dije lo que dije, Valmont. No intentes buscar fantasmas donde solo hay una empleada eficiente que te ahorró una guerra en Italia.
Damian soltó una risa seca, profunda y rota, mientras levantaba la mano enlazada de ambos para rozar con sus labios calientes los nudillos de ella.
—Tú nunca has sido una simple empleada, Valeria. Y los dos sabemos que después de lo que pasó en ese tren, ya no hay forma de volver atrás.
El coche se detuvo frente al imponente portal de piedra de un palazzo privado en el barrio de Brera. El chófer apagó el motor y Kassian golpeó suavemente el cristal tintado desde afuera para indicar que el perímetro era seguro.
—Tenemos una suite privada reservada hasta mañana —dijo Damian, mirándola a los labios con un hambre que la victoria en el andén no había hecho más que avivar—. Y esta vez no hay trenes que descarrilar ni sicarios que interrumpan.
Valeria tragó saliva, sintiendo que el calor volvía a encenderse en su vientre con una fuerza aterradora.
—Tengo trabajo que revisar, Damian —murmuró ella, aunque su voz carecía de la convicción habitual.
—El trabajo puede esperar, señorita Taylor —susurró él, abriendo la puerta y bajando del coche para ofrecerle la mano—. Pero yo no.