Lady Eleanor lo dio todo por amor y recibió a cambio una taza de té envenenado, la humillación pública y una ejecución silenciosa ordenada por el hombre al que juró amar: el príncipe heredero y su propio prometido. Pero la muerte no fue el final, sino el despertar de una furia milenaria.
Reencarnada en su propio cuerpo justo antes del baile de compromiso que selló su perdición, Eleanor decide cambiar las reglas del juego. Ya no será la damisela sumisa; abrazará la oscuridad que corre por sus venas, desatando la magia arcana de las brujas de sangre y firmando un pacto prohibido con un dragón milenario que duerme bajo las catacumbas del imperio. Entre pasiones peligrosas, un dark romance tan adictivo como letal y una venganza meticulosamente planeada, Eleanor está lista para destruir a todos los que la traicionaron... comenzando por el hombre que creyó que podía romperla dos veces.
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Capítulo 14
Despertar no fue un acto de paz; fue emerger de un pozo de brea hirviente donde cada fibra de mis músculos reclamaba venganza contra mis propios huesos.
El techo sobre mi cabeza no era el dosel de seda rosa pálido con querubines dorados de mi alcoba en la mansión ducal de los Fiargod, ni la bóveda agrietada y húmeda de las mazmorras subterráneas de la capital donde morí en mi primera vida. Era un artesonado colosal de piedra negra de basalto, tallado directamente sobre la roca viva de una montaña, cuyas vigas imitaban la estructura torácica de una bestia titánica. A través de las aspilleras estrechas no entraba la luz cálida del sol de las llanuras, sino el resplandor plomizo de una ventisca perpetua, acompañado por el bramido incesante de un viento que aullaba como una jauría de lobos hambrientos contra los muros ciclópeos.
Intenté incorporarme apoyando los codos sobre el lecho, pero un dolor lacerante, punzante como agujas de plata al rojo vivo, me atravesó la muñeca izquierda y me subió en espiral por el pecho hasta la base de la garganta. Ahogué un quejido entre los dientes y caí de espaldas contra las pieles gruesas que me cubrían.
—¡Mi lady! ¡Por piedad, no haga ningún movimiento brusco todavía!
El rostro pálido y agotado de Clara apareció sobre mi campo de visión. Sus ojos estaban enrojecidos por el llanto y las ojeras violetas delataban que no había dormido un solo minuto en días. Llevaba una túnica de lana gruesa de color verde musgo, tosca pero limpia, muy distinta de los vestidos de muselina de la capital. Entre sus manos sostenía un cuenco de barro humeante del que emanaba un aroma penetrante a raíces amargas, grasa animal y menta silvestre.
—¿Dónde... dónde estamos, Clara? —mi voz salió ronca, áspera como si hubiera tragado un puñado de arena seca.
—En la fortaleza de las Fauces del Dragón, mi señora —susurró ella, arrodillándose junto al lecho de madera maciza para sostenerme la espalda con un brazo mientras me acercaba el cuenco a los labios—. Llevamos tres días aquí. Usted... se desmayó en los brazos de su excelencia el archiduque en aquel desfiladero helado, y su cuerpo ardió con una fiebre tan salvaje que la nieve que tocaba sus manos se evaporaba en el acto. Creí... creí que su corazón no lo resistiría. Los curanderos de esta fortaleza dijeron que su sangre de bruja estaba intentando romper las venas mortales desde adentro.
Bebí un sorbo del brebaje que me ofrecía. El líquido sabía a tierra y quemaba como licor de corteza, pero en cuanto tocó mi estómago, una ola de alivio lento y balsámico comenzó a apagar el fuego residual que martilleaba en mis sienes.
Miré a mi alrededor con detenimiento. La habitación era enorme, austera y marcial. No había tapices pomposos de cacerías cortesanas ni espejos con marcos de querubines. Las paredes estaban cubiertas por escudos de madera de hierro reforzados con placas de escamas negras, estandartes desgarrados por flechas y una monumental chimenea de piedra volcánica donde ardían leños de pino del tamaño de hombres adultos. Sobre una mesa larga de roble descansaban mapas militares con figuras de plomo, pergaminos con sellos de cera rota y un juego de dagas de caza de acero oscuro.
Esta no era la alcoba de una doncella mimada; eran los aposentos de un señor de la guerra.
Y en una silla de alto respaldo situada junto a la chimenea, recortada contra el resplandor de las llamas, reposaba una figura inmóvil que me observaba con una calma calculadora.
Aleixandre Bondhe.
No llevaba su pesada armadura de campaña. Vestía únicamente una camisa de lino negro desabrochada en el cuello, dejando a la vista la piel tostada por la intemperie y una intrincada red de cicatrices de guerra que cruzaban su pecho y trepaban hacia su hombro derecho como zarpazos de una fiera colosal. Sus pantalones de montar eran de cuero curtido y llevaba botas altas cubiertas de barro seco. En su regazo sostenía un trozo de cuero aceitado y una piedra de afilar con la que repasaba el filo de una espada corta de doble hoja, cuyo acero desprendía un tenue brillo azulado bajo la lumbre del fuego.
El sonido rítmico y sibilante de la piedra contra el metal se detuvo en el momento exacto en que nuestros ojos se cruzaron.
—Vaya —dijo Aleixandre, y su voz profunda, teñida de una ironía oscura, llenó el silencio de la estancia—. La durmiente ha decidido honrarnos con su presencia antes de que el invierno congele el continente entero. Tu sirvienta estuvo a punto de rezarle a los siete dioses del sol para que despertaras, hasta que le recordé que en este castillo los sacerdotes de la capital son arrojados a los fosos de las bestias.
Clara bajó la cabeza, intimidada, pero no se apartó de mi lado. Puse una mano sobre el hombro de mi doncella para tranquilizarla y me obligué a sentarme en el lecho, ignorando el dolor punzante en mis costillas.
—Si hubiera querido rezarle a los dioses de los hipócritas, archiduque, me habría quedado en la corte a esperar que Aedric me cortara el cuello —respondí, mirándolo fijamente a los ojos sin pestañear—. Los Fiargod no necesitamos sacerdotes para regresar del abismo. Solo necesitamos una razón para cobrar nuestras deudas.
Una sonrisa lenta y peligrosa curvó los labios del archiduque. Dejó la espada y la piedra sobre la mesa auxiliar, se puso de pie con la fluidez perezosa de una pantera negra y caminó hacia el borde del lecho. Su altura y la anchura de sus hombros eran imponentes; su sola sombra borraba la luz del fuego y hacía que el aire en la habitación se volviera más denso, cargado de esa presencia salvaje que despertaba un cosquilleo eléctrico en el fondo de mi nuca.
—Tu orgullo sigue intacto, lo cual demuestra que tus sesos no se cocinaron del todo con el reflujo mágico —dijo él, deteniéndose a un paso del lecho—. Muchacha, déjanos a solas. Ve a las cocinas inferiores y pídele al intendente carne asada y pan de centeno para tu señora. Necesita recuperar masa muscular si pretende caminar antes de que caiga la noche.
Clara me miró con aprensión, pero al ver que yo asentía levemente con la cabeza, hizo una reverencia apresurada y salió de los aposentos, cerrando la pesada puerta de roble con goznes de hierro tras de sí.
Impresionante comienzo.
Arriba las villanas!