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La Princesa Del Destino Dorado: ¿Como Sobrevivir Al Emperador?

La Princesa Del Destino Dorado: ¿Como Sobrevivir Al Emperador?

Status: En proceso
Genre:Romance / Reencarnación / Hijo/a genio
Popularitas:1.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Leydis_Ochoa

Tras una muerte repentina en el mundo moderno, una joven despierta en el cuerpo de la princesa Evelyn, un personaje de una novela romántica de época que leyó en su vida pasada. Sin embargo, su destino es de todo menos idílico: en la historia original, Evelyn es una princesa olvidada e ignorada, destinada a morir trágicamente a los dieciocho años a manos de su propio padre, el cruel e implacable Emperador Aurelius, tras ser falsamente incriminada por su celosa media hermana.

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Capítulo 19

Finalmente, llegaron a un arco de piedra cubierto de enredaderas. Más allá del arco, una puerta doble de ébano se alzaba, adornada con motivos florales de plata. No había guardias aquí, solo una quietud reverente.

El Emperador se detuvo ante la puerta. Su mano enguantada se posó en el picaporte de plata. Evelyn contuvo la respiración. Este era el umbral. El lugar donde su madre, la primera Emperatriz, había encontrado consuelo.

La puerta se abrió con un crujido suave y musical, como el susurro del viento a través de hojas de cristal. El mundo al otro lado era una explosión de luz y color, tan etéreo y deslumbrante que a Evelyn se le escapó un pequeño jadeo.

El jardín secreto de las rosas de cristal resplandecía bajo los rayos del sol de mediodía. No eran rosas comunes, sino flores esculpidas en cristal puro, de todos los colores imaginables. Había rosas de un rojo rubí tan intenso que parecían sangrar luz, otras de un azul zafiro tan profundo como el océano, y algunas de un verde esmeralda que recordaba a los bosques antiguos. Las más impresionantes eran las blancas, diáfanas y resplandecientes, que reflejaban y refractaban la luz del sol en miles de prismas diminutos, creando un arco iris danzante sobre los senderos.

Los arbustos de cristal estaban dispuestos en terrazas escalonadas, conectados por pequeños puentes de mármol que cruzaban arroyos de agua cristalina. El agua, pura y límpida, fluía suavemente, emitiendo un tintineo delicado al golpear contra las rocas de cuarzo, un sonido que era a la vez relajante y mágico. No había olor a flores, sino un aroma limpio, fresco, como el de la lluvia recién caída sobre la piedra. El aire era ligeramente más fresco aquí, como si el propio cristal enfriara la atmósfera.

Evelyn estaba embelesada. Sus ojos azules, anchos de asombro, lo absorbían todo. Era mucho más hermoso de lo que cualquier cuento de hadas había descrito. La Evelyn adulta, con su pragmatismo arraigado, se maravillaba ante la artesanía, la magia implícita en cada pétalo, en cada tallo. La Evelyn niña, sin embargo, solo sentía pura, inalterable alegría. Nunca había visto algo tan hermoso. Nunca había estado en un lugar tan... especial.

El Emperador entró en el jardín, sus pasos resonando suavemente en el sendero de gravilla blanca. Evelyn lo siguió, sus pequeños pies descalzos tocando la fría y suave gravilla. Por primera vez, no sintió el frío, sino la textura, la realidad de estar allí.

Se adentraron en el laberinto de cristal, el sol de mediodía bañando el jardín en una luz casi cegadora, pero que no dañaba los ojos, sino que los envolvía en una sinfonía de color.

—Este jardín... —comenzó Evelyn, su voz apenas un susurro de asombro. —Es... es mágico, Padre.

El Emperador la miró. Su rostro, generalmente tan impasible, mostraba una sombra de algo diferente. Una tenue melancolía se había posado en sus ojos dorados, un recuerdo silencioso de tiempos pasados.

—Fue creado por los antiguos archimagos de la Casa Aurelius —dijo el Emperador, su voz era más suave aquí, como si el propio jardín lo obligara a bajar el tono. —Un regalo para la primera Emperatriz, una elfa del bosque que echaba de menos las flores de su hogar.

Evelyn escuchó con fascinación. Su mente adulta conectaba los puntos: la leyenda, la historia, la magia ancestral. Era una muestra del poder y la herencia de su familia, pero también un gesto de amor, un toque de romanticismo que apenas encajaba con la imagen fría del Emperador.

Caminaron en silencio por los senderos serpenteantes, el Emperador adelante, Evelyn apenas un paso detrás. El tintineo del agua y el suave susurro del viento a través de los pétalos de cristal eran los únicos sonidos. Evelyn miraba cada detalle: las diminutas gotas de rocío de cristal que adornaban los bordes de los pétalos, las mariposas de vidrio iridiscentes que parecían flotar en el aire, los pequeños bancos de mármol blanco ubicados estratégicamente para disfrutar de las vistas.

Se detuvieron frente a un rosal gigante, cuyas flores eran de un azul profundo, casi negro en la sombra, pero que al sol brillaban con la intensidad de mil estrellas. Era una belleza sobrecogedora.

—Estas... —dijo Evelyn, extendiendo una pequeña mano, pero sin atreverse a tocar. —¿Son las rosas de medianoche? Los cuentos dicen que sus pétalos guardan secretos del universo.

El Emperador la miró, y Evelyn vio un atisbo de algo, una chispa de curiosidad, de asombro, tal vez, ante la perspicacia de su hija.

—Son las Rosas Nocturnas —corrigió el Emperador, su voz era ahora didáctica, como la de un maestro. —Sus secretos no son los del universo, Princesa, sino los de la propia magia que las creó. Sus pétalos, cuando se exponen a la luz de la luna llena, resplandecen con una luz propia, revelando patrones y símbolos que solo los iniciados pueden leer. Fue aquí donde tu madre solía estudiar.

Evelyn sintió un escalofrío. Su madre. La primera Emperatriz. Era la primera vez que el Emperador la mencionaba con tanta naturalidad, con un aire de intimidad que era ajeno a su carácter. Era una ventana a su pasado, a su dolor.

—Mi madre... ¿era una maga? —preguntó Evelyn, su voz era casi un susurro. La niña en ella sentía un asombro reverente; la mujer, una conexión inesperada con la figura fantasma de su progenitora.

El Emperador desvió la mirada hacia las rosas, sus ojos dorados fijos en los pétalos de cristal. Su mandíbula se tensó ligeramente.

—Fue una de las magas más poderosas de su tiempo —dijo el Emperador, su voz era baja, cargada de una emoción apenas contenida. —Una elfa del bosque con una conexión innata con la magia de la naturaleza. Este jardín era una extensión de su poder, de su espíritu.

Evelyn se mantuvo en silencio, respetando su dolor, su recuerdo. No era un momento para preguntas estratégicas. Era un momento para la empatía, para la conexión humana.

Se quedaron allí, parados frente a las Rosas Nocturnas, en un silencio reverente, bajo la luz danzarina de los cristales. Evelyn sintió una profunda tristeza por la madre que nunca conoció, por la historia de amor y pérdida que la había moldeado, por el padre que había quedado tan dañado.

—Es un lugar muy especial, Padre —dijo Evelyn finalmente, su voz suave, cargada de un respeto sincero.

El Emperador asintió lentamente, su mirada aún perdida en el mar de cristal. Hubo un suspiro casi imperceptible que escapó de sus labios, una exhalación de dolor contenido.

—Ven, Princesa —dijo el Emperador, su voz recuperando un poco de su habitual solemnidad. —Te mostraré el mirador.

Caminaron hasta una de las terrazas superiores, donde un pequeño pabellón de cristal ofrecía una vista panorámica de todo el jardín. Desde allí, el laberinto de rosas de cristal se extendía como un tapiz mágico, un caleidoscopio de luz y color.

Evelyn se acercó al borde del pabellón, sus ojos azules explorando cada rincón del jardín. Era un mundo aparte, un refugio de belleza y magia en el corazón del palacio imperial.

—¿Y este pabellón? —preguntó Evelyn, su curiosidad infantil resurgiendo, pero con la mente adulta analizando el significado.

—Era su lugar de retiro —dijo el Emperador, su voz era casi un murmullo, más personal que antes. Había algo de intimidad en su tono, una revelación sutil. —Aquí pasaba horas leyendo, meditando. Aquí me reunía con ella para discutir asuntos de estado, o simplemente para conversar.

Evelyn se dio cuenta de la magnitud de la revelación. No era solo un jardín, era un santuario, un lugar de recuerdos profundamente personales para el Emperador. Que él la trajera aquí, que compartiera estos detalles, era un gesto de confianza, un paso significativo en su relación.

—Aquí ella también… te leía cuentos —añadió el Emperador, su voz se detuvo un instante, como si las palabras le costaran. —Cuando eras muy pequeña. Antes de… antes de todo.

Evelyn sintió un escalofrío que la recorrió de pies a cabeza. ¡Su madre le leía cuentos! Antes de su muerte. Antes de que ella fuera olvidada. Era un fragmento de una vida que le había sido arrebatada, una conexión con su pasado que creía inexistente. La Evelyn adulta sintió una punzada de celos, de nostalgia por lo que podría haber sido. La Evelyn niña sintió un anhelo incontenible por ese amor perdido.

Miró al Emperador. Su rostro estaba sombrío, sus ojos dorados, velados por el dolor. Era evidente que este jardín, este pabellón, le traía recuerdos agridulces, una mezcla de amor y pérdida.

—¿Ella... me quería? —preguntó Evelyn, su voz era apenas audible, cargada de una vulnerabilidad que no había permitido que nadie viera. Era la pregunta de una niña que anhelaba el amor de su madre, de una mujer que buscaba una validación crucial para su propia existencia.

El Emperador la miró. Sus ojos dorados se posaron en ella, y Evelyn sintió que él la veía de verdad, no como un proyecto estratégico, no como una interrupción, sino como su hija.

—Sí, Princesa —dijo el Emperador, su voz era baja, grave, pero con una sinceridad que Evelyn nunca había escuchado antes. —Te amaba con todo su ser. Eras la luz de sus ojos.

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