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MI ESTUPIDO NIÑERO

MI ESTUPIDO NIÑERO

Status: Terminada
Genre:Romance / Niñero / Completas
Popularitas:1.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Marilinaa




Mariana De Santis es la única heredera de una familia adinerada, acostumbrada a tener todo lo que desea al instante. Con diecisiete años, está convencida de que puede valerse por sí misma, pero sus padres la ven aún como una niña indefensa.

Cuando deben viajar a Estados Unidos por negocios, ella sueña con quedarse sola y disfrutar de libertad… hasta que le anuncian que quien la cuidará será Valentino Vivaldi, hijo de sus mejores amigos y socios. Mariana se enfurece y decide hacerle la vida imposible desde el primer día: se escapa, cambia horarios, inventa excusas y lo desafía en todo.

Sin embargo, entre discusiones y encuentros inesperados, la hostilidad se transforma lentamente en un amor profundo y recíproco.

NovelToon tiene autorización de Marilinaa para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capitulo 6

Pasaron los días y la estrategia de Mariana no cambió: salía a horas distintas, volvía cuando quería y daba explicaciones que no tenían sentido. Una mañana apareció en la cocina cuando ya era mediodía, con el bolso al hombro y lista para salir. Valentino estaba allí, leyendo tranquilamente.

—Me voy —dijo ella sin mirarlo, dirigiéndose a la puerta.

Valentino levantó la vista despacio.

—¿A dónde vas? Y ¿a qué hora piensas volver?

—A casa de Lucía —respondió sin detenerse—. Regreso a las tres. Quizás antes. O quizás más tarde. Ya veré.

—Mariana —dijo él con calma, sin levantar la voz—, ayer dijiste que ibas al colegio y llegaste a las cinco. Hoy sales a esta hora y no me das un horario claro.

—Es que hoy no hay clases —soltó ella, con un gesto de despreocupación—. Tienen reunión de profesores. ¿No te dije?

—No, no me lo dijiste —respondió él serenamente—. Y la semana pasada también hubo "reunión de profesores", si no recuerdo mal.

Mariana se giró bruscamente, con las mejillas un poco encendidas.

—¿Acaso me llevas la cuenta?

—No te llevo la cuenta —dijo él, cerrando el libro despacio—. Solo quiero saber que estás bien. Que no estás inventando excusas para escaparte sin que me entere.

—¿Y si lo hago? —lo miró desafiante—. ¿Qué vas a hacer? ¿Reprenderme?

—No te reprendo —respondió él sin alterarse—. Solo te pido sinceridad. Dime de verdad a dónde vas. No te seguiré si confío en ti.

—No confías en mí —replicó ella—. Eso es lo que pasa. Igual que mis padres. Crees que hago todo mal.

—No creo que hagas todo mal —dijo él, poniéndose de pie—. Creo que estás enfadada y quieres demostrar que no necesitas a nadie. Y te entiendo. Pero eso no significa que tengas que poner en riesgo tu seguridad.

Mariana lo miró, desconcertada. No gritaba. No se enfurecía. No le decía "eres una niña malcriada" como esperaba. Hablaba suave, firme, con una paciencia que la sacaba de quicio más que cualquier regaño.

—Pues deja de preocuparte —dijo, intentando recuperar su tono cortante—. Sé cuidarme. Y ahora, si me disculpas, llego tarde.

—Mariana —la llamó antes de que saliera—. Por favor, avísame si vas a tardar más. Solo un mensaje. No pido tanto.

Ella se detuvo en el umbral, dudó un instante y luego soltó:

—Ya veré.

Salió sin mirar atrás, pero mientras caminaba por el jardín, no podía dejar de pensar en él. ¿Por qué no grita?, se preguntaba. ¿Por qué no se rinde? Cualquier otro ya habría tirado la toalla.

A media tarde regresó antes de lo que había dicho. Lo encontró en la sala, ordenando unos libros, como si nada hubiera pasado. Al oírla entrar, levantó la vista y sonrió levemente.

—Llegaste temprano. Qué bien.

Mariana se quedó quieta, con la mano en el pomo de la puerta.

—¿No me vas a preguntar por qué volví antes? ¿Dónde estuve?

—Si quieres contarme, te escucho —dijo él con tranquilidad—. Si no, no te presiono. Me basta con que estés aquí y bien.

Ella frunció el ceño, confundida.

—Eres muy extraño, Valentino Vivaldi.

—¿Extraño? —repitió él, con una media sonrisa.

—Sí. No te enfadas. No te rindes. A veces… no sé ni qué pensar.

Valentino dio un paso hacia ella, con voz suave pero clara:

—No me rindo porque te importas. Y porque di mi palabra. Y las promesas se cumplen, Mariana. Aunque cueste.

Ella bajó la mirada, sin saber qué responder. Algo en sus palabras la desarmaba.

—Bueno… —murmuró, apartándose—. Voy a mi cuarto.

Subió las escaleras despacio, sintiendo que su plan de hacerlo desesperar no estaba funcionando como esperaba. Valentino no se iba. No se enfadaba. No fallaba. Y esa paciencia suya la estaba empezando a inquietar de una forma que no entendía todavía.

Mariana se detuvo en el primer escalón y se giró de golpe:

—Oye, ¿de verdad nunca te cansas? —lo miró con el ceño fruncido—. Podría mentirte mil veces y tú seguirías aquí, tranquilo, esperando.

Valentino la miró desde abajo, sin levantar la voz:

—Me cansaré de muchas cosas, Mariana. De ti no.

—Pues deberías —replicó ella, bajando un escalón—. Soy grosera. No te digo la verdad. Hago todo lo contrario a lo que pides. Cualquier otra persona ya habría empacado y se habría ido.

—Quizás —asintió él con calma—. Pero yo no soy cualquier otra persona. Y no te voy a dejar sola solo porque seas difícil.

—¿Difícil? —repitió ella, ofendida—. No soy difícil. Soy libre. Y no quiero que nadie me controle.

—No te controlo —dijo él dando un paso hacia la escalera—. Te acompaño. Hay una diferencia enorme. Cuando alguien te acompaña, no te quita la libertad. Te ayuda a que sea más segura.

—Suena bonito —soltó ella con ironía—. Pero se siente igual a una jaula.

Valentino guardó silencio un instante, luego dijo con suavidad:

—Y si te digo que solo quiero conocerte de verdad… ¿también me dirás que miento?

Mariana parpadeó, desconcertada:

—¿Conocerme? Para eso tendrías que dejar de vigilarme.

—No te vigilo —corrigió él—. Te espero. Y te escucho. Cuando quieras hablar, estaré ahí. Sin reclamar. Sin juzgar.

Ella apartó la mirada, sintiendo algo extraño en el pecho que no sabía nombrar.

—No esperes que me siente contigo a charlar como si fuéramos amigos —murmuró—. No va a pasar.

—No te pido que seamos amigos —respondió él—. Solo te pido que no me mientas cuando la seguridad cuente. Lo demás… lo dejamos a tu ritmo.

Mariana lo miró de reojo, confundida. Él no le daba la razón, pero tampoco la atacaba. No la obligaba a nada, pero no se iba. Era como un muro suave que no se podía derribar.

—Eres muy terco, Valentino Vivaldi —dijo, subiendo otro escalón sin dejar de mirarlo.

—Tú también, Mariana De Santis —respondió él con una media sonrisa—. Y eso nos hace muy parecidos.

Ella abrió la boca para contradecirlo, pero no dijo nada. Giró rápido y subió corriendo los escalones restantes. Al llegar arriba, se detuvo un momento sin mirar atrás y susurró tan bajo que solo ella lo oyó:

Parecidos… qué tontería. No nos parecemos en nada.

Pero algo en su interior no estaba tan segura.

 

1
Tere Jimenez
empieza muy interesante gracias
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