Lucia despierta después de una noche de borrachera, dándose cuenta que estaba en la casa de su jefe, Mateo Alcázar, y que había pasado una noche de pasión.
Mateo, a consecuencia de esto, promete hacerse responsable, pero Lucía lo rechaza. Aunque eso no significa que sea el final, ya qué, con la presencia de su ex novio, quien intenta agredirla, Lucía finalmente acepta el matrimonio con Mateo, iniciando así, una relación en donde no existe amor, pero hay una evidente atracción entre ambos.
¿Podrá prosperas el amor, en este matrimonio que empezó como una necesidad de protección?
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Capítulo 8
A la hora del almuerzo, Martina ya sabía la versión oficial.
—Dicen que una pasante dejó mal los bocetos.
—Qué torpe la pasante.
—¿Fue Pilar?
Lucía levantó la vista.
—¿Querés conservar la paz o alimentar tu curiosidad?
—La curiosidad.
—Entonces sufrí en silencio.
Martina se rio.
—Saliste de presidencia con cara rara.
—Me retaron.
—¿Por qué?
—Por decir "Mateo" donde no correspondía.
Martina casi se atragantó.
—¿Vos le dijiste Mateo al presidente?
—Error de dicción.
—Estás viva de milagro.
Lucía comió sin responder. Tenía la cabeza puesta en Bruno, Valentina, el auto y la cámara. El video de Pilar ya estaba guardado; ahora necesitaba pruebas de la otra traición.
Por la tarde, Simón bajó al piso con una bolsa pequeña. La dejó sobre su escritorio.
—De parte del señor Alcázar.
Lucía abrió. Botones blancos.
Martina estiró el cuello.
—¿Botones?
—Material de diseño.
Simón sonrió.
—Dice que la deuda crece con intereses.
Lucía le tiró uno. Simón lo esquivó.
Mateo pasó por el pasillo justo entonces. Vio la escena, vio el botón en el piso, siguió caminando sin decir nada.
Eso fue casi peor.
Al salir del trabajo, Lucía se cambió en su departamento.
Vestido rojo, labios rojos, tacos altos. Todo lo que Bruno antes miraba con orgullo y un poco de miedo. A él le gustaba Lucía linda, pero no tan alta. Segura, pero no tanto. Visible, pero hasta ahí.
Esa noche quiso ser demasiado.
Lo fue a buscar a la salida de su oficina. Bruno se quedó sin palabras cuando la vio.
—Lu...
Ella lo abrazó delante de todos.
—Vamos a cenar.
Bruno sonrió como si hubiera ganado una guerra.
—Donde quieras.
—La Cúpula.
El restaurante era caro y visible. Perfecto.
Lucía pidió sin mirar precios. Bruno no se quejó. Cada vez que ella sonreía, él se ablandaba un poco más. Eso era lo peor: Bruno podía ser infiel y quererla al mismo tiempo, con ese amor egoísta y barato que no sirve para nada.
El celu de él vibró antes de que llegara la entrada. Bruno lo dio vuelta demasiado rápido.
—Atendé —dijo Lucía.
—No es nada.
—Dale, amor. No soy celosa.
Bruno se levantó.
Lucía lo siguió con la mirada.
Y entonces vio a Mateo.
Estaba a dos mesas, con una mujer morocha, elegante, de voz suave. Sofía Alvarado. Lucía no sabía el nombre todavía, pero entendió que no era una reunión cualquiera.
Mateo la miró.
Lucía bajó la vista.
No tenía derecho a molestarse. Ella estaba usando a Bruno como carnada. Mateo podía cenar con quien quisiera.
Igual molestaba.
El celu vibró.
Valentina: Estoy embarazada.
Debajo, una foto de una ecografía.
Lucía ya lo sabía por lo que había escuchado en la cámara del auto, pero verlo como trofeo le cerró la garganta.
Se levantó y fue al baño.
Se encerró en un cubículo hasta que pudo respirar sin temblar.
Al salir, Mateo estaba en el pasillo con una copa en la mano.
—¿Sigue vivo? —preguntó.
—Por ahora.
—¿Ayuda?
—No. Este último golpe lo doy yo.
Mateo vio sus ojos rojos.
—¿Te mandó algo?
Lucía le mostró la pantalla.
Mateo miró la ecografía y después a ella.
—No lo mates acá. Hay cámaras.
La risa le salió sin querer.
Bruno apareció al fondo del pasillo.
—¿Lu?
Mateo lo miró con frialdad.
—Quiroga.
—Señor Alcázar.
Lucía pasó entre los dos.
—Volvamos a la mesa.
Comió hasta no poder más. Dejó que Bruno pagara. Al salir, le dio las llaves de su auto.
—Lleválo mañana al taller. Y no lo ensucies.
—Claro. Te amo.
Lucía le sostuvo la mirada.
No contestó.
Cuando Bruno se fue, Lucía se apoyó contra una columna de la cochera y lloró sin hacer ruido. No era solo amor. Era asco, bronca y cinco años que nadie le iba a devolver.
—Basura —susurró—. Los dos.
Unos minutos después, Mateo apareció caminando algo torcido.
—Lucía.
—¿Estás borracho?
—Un poco.
—¿Con vino de restaurante? Qué decepción.
Él se apoyó en la pared.
—¿Me llevás?
—No.
Mateo se inclinó hacia ella. Lucía lo sostuvo para que no se cayera.
—Sos un quilombo con saco.
Llamó a Simón.
—Tu jefe está borracho en La Cúpula.
—¿Cuánto tomó?
—No sé. Dos copas, parece.
Hubo un silencio.
—Pasámelo.
Mateo atendió.
—Sí.
Simón, que conocía demasiado bien a su jefe, entendió enseguida.
—No me necesitás, ¿no?
—No.
—Mañana quiero franco pago.
—Sí.
—Que viva el amor, jefe.
Mateo cortó.
Lucía le sacó el celu.
—¿Viene?
—No.
—Mentiroso.
—Me abandonó.
Tuvo que subirlo a un taxi. En San Isidro, los guardias quisieron ayudar y Mateo los echó con una mirada.
Lucía lo dejó caer en un sofá.
—Listo. Vivo.
Cuando se dio vuelta, él le agarró la muñeca y la tiró contra su pecho.
—No te vayas.
El cuerpo de Lucía reaccionó antes que la cabeza.
Le dio una cachetada.
La casa entera quedó en silencio.
—Perdón —dijo ella, horrorizada—. Reflejo.
Miró a la empleada que estaba cerca.
—Si mañana no se acuerda, se cayó.
—Se cayó —repitió la mujer.
Lucía se fue.
Dos minutos después, Mateo se sentó, sobrio, y tomó la sopa para alcohol que le acercaron.
Se tocó la mejilla.
—Pega fuerte.
La empleada escondió una sonrisa.
Mateo miró hacia la puerta.
No parecía molesto.
metiche la envidia ella siempre odiaba a Lucia por qué se casó con Mateo 😂😂😂💕