Ana Karénina murió bajo las ruedas de un tren, destruida por un amor que nunca estuvo dispuesto a luchar por ella.
Pero el destino le concede una segunda oportunidad.
Ana despierta en el pasado con todos sus recuerdos intactos. Esta vez no será la esposa obediente de Karénin ni la mujer que cae rendida ante Vronsky. Conoce el final de su historia y está decidida a cambiarlo.
También conoce un secreto.
Alejandro II, el poderoso Zar de Rusia, algún día se enamorará perdidamente de Ekaterina Dolgorúkova.
Ana no piensa permitir que esa historia se repita.
Ella no busca un amante. Busca un hombre capaz de amarla con la misma intensidad con la que ella sabe entregarse.
Así comienza su juego más peligroso: conquistar al Zar, proteger a su hijo Seriozha y arrebatarle al destino el lugar que considera suyo.
Esta vez, Ana no morirá por amor. Será ella quien escriba el final.
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Sombras en la Galería Imperial
La mañana dorada de otoño se filtraba a través de los ventanales de arco del ala oriental del Palacio de Invierno, proyectando destellos de luz sobre los intrincados bordados de los pasillos imperiales. Ana caminaba con paso sereno y majestuoso, ataviada con un sobrio pero deslumbrante vestido de seda azul prusiano que realzaba la tez pálida de su rostro y la firmeza inexpugnable de su porte. A su lado, Ivanov abría paso entre los guardias de la escolta con una actitud de reverencia que ya no dejaba duda alguna sobre el estatus que la señora Karénina gozaba en la residencia del soberano de toda Rusia.
Al detenerse ante los dobles portones de caoba tallada que daban acceso a las habitaciones del joven heredero, los dos centinelas de la guardia imperial presentaron armas de inmediato. Ivanov empujó suavemente la puerta y Ana ingresó a la estancia, donde la luz cálida de una chimenea encendida mantenía una temperatura agradable. Sobre una amplia cama con doseles de terciopelo reposaba el joven Gran Duque Aleksandr, quien, aunque aún mostraba cierta palidez en el rostro, se mantenía erguido entre las almohadas de pluma mientras observaba unos planos militares trazados sobre una bandeja de madera.
Al advertir la presencia de la visitante, los ojos del muchacho de dieciséis años se iluminaron con una mezcla de sorpresa, genuino júbilo y una devoción infantil desbordante. Dejó los papeles a un lado y trató de incorporarse con entusiasmo en la cama.
—¡Señora Ana! —exclamó Aleksandr con la voz todavía un poco rasposa pero llena de vitalidad—. Sabía que vendría a verme hoy... Los médicos no querían dejarme salir de la cama, pero yo les dije que me sentía perfectamente fuerte gracias a usted.
Ana se acercó a la cama con una sonrisa tibia, suave y profundamente materna, sentándose en la silla de tapicería dorada dispuesta a un costado del lecho.
—Debes obedecer a los médicos, mi querido Aleksandr —dijo ella extendiendo la mano para acomodar con delicadeza un mechón de cabello claro que caía sobre la frente del príncipe—. Tu salud es lo más valioso que tiene este imperio en este momento.
El joven heredero la miró fijamente a los ojos, tomando la mano de Ana entre las suyas con un apretón firme que transmitía una gratitud pura e incalculable.
—Usted me salvó la vida cuando las aguas me arrastraban hacia el fondo —murmuró Aleksandr, bajando levemente el tono de voz como si confesara un secreto sagrado—. Cuando abrí los ojos en el pasillo y la vi empapada, cuidando de mí a pesar del frío helado, supe que Dios me había enviado a un ángel guardián. Para mí, usted siempre será mi ángel... mi hermosa y bonita señora.
Ana sintió un estremecimiento de auténtica felicidad recorrer su pecho. Las palabras sinceras del joven príncipe no solo confirmaban el profundo afecto del futuro Zar de Rusia, sino que sellaban el éxito absoluto de su estrategia política. Había cambiado el destino trágico de la dinastía y, al mismo tiempo, había conquistado el corazón de la familia imperial.
—Siempre velaré por ti, Aleksandr —respondió Ana con la mirada brillante por una emoción contenida—. Eres el futuro de esta nación y la devoción de tu padre; no podía permitir que la oscuridad te borrara de nuestro camino.
La plácida conversación entre ambos se vio interrumpida pocos minutos después cuando la puerta lateral de los aposentos se abrió suavemente. Una anciana dama de compañía, vestida con el riguroso luto protocolar de la servidumbre de la Zarina, ingresó a la habitación e hizo una profunda reverencia ante la presencia de la visitante.
—Señora Karénina —expresó la sirvienta con voz pausada y solemne—. Su Majestad Imperial, la Zarina María Aleksándrovna, ha tenido conocimiento de su presencia en esta ala del palacio. A pesar de su delicado estado de salud y del estricto reposo dispuesto por sus facultativos, Su Majestad exige verla de inmediato en sus aposentos privados.
El silencio se apoderó de la habitación. Aleksandr miró a Ana con una sombra de preocupación en los ojos, consciente de la tensión latente entre su convaleciente madre y la mujer que había cautivado por completo la atención y el corazón del Zar. Ana, sin embargo, no mostró el menor atisbo de duda ni alteración en su rostro. Se puso de pie con una elegancia impecable, alisó los pliegos de su vestido azul y le dedicó al joven príncipe una última mirada de tranquilidad.
—Dile a Su Majestad que acudiré de inmediato a su llamada —respondió Ana con voz serena y firme.
Tras despedirse con una leve inclinación de cabeza del heredero al trono, Ana abandonó la recámara y siguió a la dama de compañía a través de los sombríos galerías del palacio que conducían hacia los apartados aposentos de la Zarina. Mientras avanzaba por el largo pasillo alfombrado, Ana comprendió que estaba a punto de cruzar el umbral hacia el duelo más decisivo e inevitable de su nueva existencia. En el ambiente helado del palacio, el encuentro entre la esposa moribunda del soberano y la mujer que ostentaba el poder absoluto del reino estaba a punto de comenzar.
Vaya decisión de la prota, siempre fue un lobo al acecho vestida con piel de oveja calculando todo y saliéndose con la suya, haciendole ver al Zar que era el cazador y a la final siempre fue la presa