Tras una muerte repentina en el mundo moderno, una joven despierta en el cuerpo de la princesa Evelyn, un personaje de una novela romántica de época que leyó en su vida pasada. Sin embargo, su destino es de todo menos idílico: en la historia original, Evelyn es una princesa olvidada e ignorada, destinada a morir trágicamente a los dieciocho años a manos de su propio padre, el cruel e implacable Emperador Aurelius, tras ser falsamente incriminada por su celosa media hermana.
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Capítulo 08
Una sentencia de muerte segura era lo que todos auguraban al verla correr. Evelyn lo sabía. Su cuerpo diminuto tembló con una mezcla de pavor y adrenalina al empujar la inmensa puerta de madera tallada. No chirrió. En cambio, se abrió con una suavidad imprevista, una invitación silenciosa al corazón del imperio, a la guarida del león. El aire al otro lado era diferente, más cargado, más pesado. No con el incienso dulce y las flores del Palacio de Cristal, ni con el polvo y la humedad de su propia prisión olvidada, sino con un aroma seco y potente a pergamino antiguo, a cera de vela y, curiosamente, a metal frío y a sudor. Era el olor del poder, de la historia, de la toma de decisiones que afectaban a millones.
Evelyn, con sus cinco años y su mente adulta en constante overdrive, se encontró en un vasto corredor que la dejó sin aliento. Era aún más grandioso que cualquier cosa que hubiera visto hasta ahora. El suelo no era de mármol blanco, sino de una piedra oscura y pulida que reflejaba la luz tenue de los candelabros de hierro forjado que colgaban del techo, proyectando largas y danzarinas sombras. Las paredes estaban revestidas con paneles de madera oscura, ricamente tallados con escenas de batallas victoriosas y emblemas imperiales, entre los cuales destacaba el fénix dorado, el símbolo de la Casa Aurelius. Entre los paneles, retratos al óleo de tamaño natural de antiguos emperadores y emperatrices, con miradas severas y distantes, parecían seguirla con sus ojos vacíos.
Aquí no había el susurro discreto y los movimientos calculados del Palacio de Cristal. Había una quietud tensa, un silencio majestuoso que era más imponente que cualquier ruido. Ocasionalmente, el sonido de botas resonando en la distancia, o un leve murmullo apagado detrás de alguna puerta maciza, rompía la solemnidad. Era el silencio de un lugar donde cada palabra, cada movimiento, era observado, juzgado, medido.
Evelyn se sintió repentinamente expuesta, su camisón blanco de seda, antaño un símbolo de opulencia desvaída, ahora parecía una bandera ondeando en un entorno de formalidad austera. Sus pies descalzos, que habían pisado la piedra fría de su ala olvidada y el mármol pulido del Palacio de Cristal, se sentían extrañamente vulnerables sobre este suelo oscuro y resbaladizo. El instinto la empujó a agacharse, a hacerse más pequeña, a desaparecer.
Pero la mujer adulta en su interior se negó. No había cruzado un laberinto de peligros y temores para acobardarse ahora. Tenía que ser vista. Tenía que llegar al Emperador.
Un paso. Luego otro. Sus pequeños pies, magullados y cansados, la llevaron por el largo pasillo. La sensación de ser observada por los ojos de los retratos y por la historia misma era abrumadora. Se sentía como una intrusa, una mota de polvo en un lienzo magnífico.
De repente, una figura imponente apareció al final del pasillo. Un guardia imperial, su armadura reluciente bajo la luz de los candelabros, su casco ocultando su rostro. Llevaba una alabarda en la mano, su postura era de alerta constante. Evelyn se congeló, su corazón dando un salto mortal en su pecho. El miedo la inmovilizó, un terror primitivo que la paralizó hasta la médula. Si la veían, si la reportaban...
Pero el guardia, imponente y concentrado, no pareció notarla. Sus ojos, bajo la visera del casco, escudriñaron el pasillo, pero parecieron deslizarse sobre su diminuta figura, como si fuera una sombra en la penumbra. La invisibilidad. Su maldición y su salvación.
Respiró hondo, un temblor incontrolable recorriéndola. Tenía que seguir moviéndose. Pero, ¿dónde estaba el estudio del Emperador? La novela no había sido tan explícita en la distribución del palacio, solo sabía que estaba en el ala este. Este era el ala este, o al menos, una parte de ella.
Vio varias puertas a lo largo del pasillo, todas de madera oscura y maciza, con intrincados herrajes de bronce. Cada una parecía contener un secreto, un misterio. Evelyn dudó. ¿Cuál era la correcta? ¿Y si abría la puerta equivocada? La vergüenza, el castigo... o peor, la muerte.
El tiempo era un lujo que no podía permitirse. El sol ya había salido, y el palacio comenzaba a despertar lentamente. No podía vagar por los pasillos indefinidamente.
Un tenue murmullo de voces la guio. Venía de una de las puertas, la tercera a la derecha. Era una puerta ligeramente más grande que las demás, con un pomo de bronce ornamentado y un emblema de fénix dorado aún más grande tallado en su centro. ¿Sería esa? La novela había mencionado que el estudio del Emperador era un lugar de trabajo y de reunión, por lo que el sonido de voces no era inusual.
Se acercó a la puerta, cada paso una tortura para sus pequeños y doloridos pies. Su corazón latía con la fuerza de un ejército. El miedo se apoderó de ella, un miedo tan intenso que le secó la boca y le hizo temblar las manos. Quería huir, volver a su habitación olvidada, acurrucarse bajo las sábanas y pretender que todo era un horrible sueño. Pero la imagen de la soga, el frío metal del verdugo, la impulsaron a seguir adelante. No podía rendirse. No podía.
Con un temblor en los dedos, Evelyn extendió su mano para tocar el pomo de bronce. Estaba frío y pesado. No era la delicada y casi etérea seda de su cama, sino la fría y dura realidad del poder. Cerró los ojos por un instante, reuniendo todo su coraje. La mujer adulta en su interior le gritaba que fuera valiente, que esto era su única oportunidad. La niña en su exterior solo quería llorar.
Abrió los ojos. Respiró hondo. Y con un empujón decidido, aunque débil, abrió la puerta.
El sonido fue un crujido suave, apenas perceptible, pero en el silencio majestuoso del pasillo, pareció un estruendo. La puerta se abrió solo un poco, revelando una rendija de luz.
Al otro lado, un salón vasto y opulento se extendía ante ella. Era el estudio del Emperador, sin duda alguna. Las paredes estaban cubiertas de estanterías repletas de tomos antiguos, algunos encuadernados en cuero, otros en vitela, sus títulos escritos en idiomas que Evelyn no reconocía. Grandes mapas del Imperio de Eldoria y de otros reinos colgaban de las paredes, sus colores desvaídos por el tiempo. Un enorme escritorio de caoba oscura ocupaba el centro de la sala, cubierto de pergaminos, plumas y un gran tintero de obsidiana. La luz entraba por ventanales altos y estrechos, proyectando columnas de polvo danzarinas en el aire. El ambiente era de erudición, de poder, de una gravedad casi palpable.
Y ahí estaba él.
El Emperador Aurelius.
Estaba de pie, de espaldas a la puerta, frente a una de las ventanas, observando el vasto panorama de los jardines interiores del palacio. Su figura era imponente, incluso de espaldas. Llevaba una túnica de seda oscura, bordada con hilos de plata que formaban el emblema del fénix. Su cabello, de un negro azabache, caía sobre sus hombros con una elegancia austera. Transmitía una aura de poder tan palpable que Evelyn sintió que el aire se espesaba a su alrededor. Era el hombre más temido del imperio, el tirano de corazón de piedra. Y su padre.
Junto a él, de pie con una expresión de deferencia y concentración, había un hombre de mediana edad, con túnicas de erudito y gafas en la nariz. Era el Gran Chambelán, un personaje menor en la novela, conocido por su eficiencia y su total lealtad al Emperador. Estaban discutiendo algo en voz baja, sus voces graves y serias.
Evelyn, aún oculta por la rendija de la puerta, los observó. El corazón le latía tan fuerte que creyó que podía oírlo. El pánico era una ola fría que la invadió, pero una determinación feroz se encendió en su interior. Había llegado demasiado lejos para dar marcha atrás.