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MI ESTUPIDO NIÑERO

MI ESTUPIDO NIÑERO

Status: Terminada
Genre:Romance / Niñero / Completas
Popularitas:1.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Marilinaa




Mariana De Santis es la única heredera de una familia adinerada, acostumbrada a tener todo lo que desea al instante. Con diecisiete años, está convencida de que puede valerse por sí misma, pero sus padres la ven aún como una niña indefensa.

Cuando deben viajar a Estados Unidos por negocios, ella sueña con quedarse sola y disfrutar de libertad… hasta que le anuncian que quien la cuidará será Valentino Vivaldi, hijo de sus mejores amigos y socios. Mariana se enfurece y decide hacerle la vida imposible desde el primer día: se escapa, cambia horarios, inventa excusas y lo desafía en todo.

Sin embargo, entre discusiones y encuentros inesperados, la hostilidad se transforma lentamente en un amor profundo y recíproco.

NovelToon tiene autorización de Marilinaa para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capitulo 9

Mariana esperó a que el silencio llenara la casa. Eran las nueve de la noche, las luces del pasillo ya estaban apagadas y solo brillaba una lámpara tenue en la escalera. Se asomó despacio por la rendija de su puerta: todo parecía tranquilo. Respiró aliviada. Tomó su bolso, se calzó las zapatillas sin hacer ruido y bajó los escalones uno a uno, pegándose a la pared para que no crujieran.

Ya tenía la mano en el pomo de la puerta principal, a punto de girarlo, cuando una voz serena la detuvo:

—¿A dónde vas, Mariana?

Ella dio un salto y se giró de golpe. Valentino estaba de pie en la sombra del salón, mirándola. No parecía enfadado, solo atento.

—Yo… —tartamudeó, recuperándose rápido—. Me había asustado. No te oí.

—Yo tampoco te oí a ti —dijo él, acercándose despacio—. Y eso es precisamente lo que me preocupa. Estás intentando salir sin que nadie se entere. ¿Verdad?

Mariana enderezó la espalda, cruzando los brazos con desafío.

—No intento nada malo. Solo quiero salir un rato. Tengo ganas de aire.

—¿A esta hora? —preguntó él con suavidad—. ¿Sola? ¿Sin decirle a nadie?

—No necesito permiso —reclamó ella, dando un paso hacia la puerta—. Déjame pasar.

Valentino se interpuso en su camino, pero sin tocarla todavía.

—No te lo impido para molestarte. Te lo pido por tu seguridad. No sé a dónde vas, con quién estarás, cuándo volverás…

—Pues no pienses tanto —lo cortó ella, intentando apartarlo—. Ya te dije que puedo conmigo misma. ¡Quítate!

En su afán de pasar, tropezó con el borde de la alfombra y perdió el equilibrio. Valentino la sostuvo de inmediato, tomándola suavemente por los hombros para que no cayera. Quedaron muy cerca, casi tocándose. Él no la soltó de golpe, la mantuvo firme, con las manos cálidas y ligeras sobre ella.

Mariana se quedó inmóvil, sin respirar bien. Podía sentir su respiración cerca, su calidez, la firmeza de sus manos sin ser bruscas. Lo miró a los ojos y por un instante olvidó qué iba a decir.

—Tranquila —le dijo él, con voz baja y dulce—. No te voy a hacer daño.

Ella no se apartó. Solo murmuró, casi sin voz:

—Suéltame.

—Solo si me prometes que no vas a salir así —respondió él, sin soltarla todavía—. Mariana… mírame.

Ella alzó la vista despacio. Sus miradas se encontraron y no se apartaron.

—¿Por qué no confías en mí? —le preguntó él con sinceridad—. No vine para vigilarte como a una prisionera. Vine para cuidarte. Para que sepas que hay alguien aquí en quien puedes confiar.

—No te conozco —susurró ella, aunque no se apartó—. No sé qué quieres de verdad.

—Quiero que estés bien —dijo él, acercándose un poquito más—. Solo eso. Confía en mí, por favor. Solo una vez. Déjame demostrártelo.

La cercanía lo descolocaba por completo. Su corazón latía tan fuerte que temía que él lo oyera. Sus manos, que habían estado a punto de empujarlo, ahora descansaban casi sin querer sobre el pecho de él.

—Yo… —empezó, pero la voz se le quebró. Tragó saliva y repitió con más fuerza, aunque sin apartarse—. No sé cómo confiar. Nadie me ha dejado hacerlo a mi manera.

—Lo sé —dijo él con ternura—. Pero puedes intentarlo. Conmigo.

Sus manos seguían sobre sus hombros, suaves, firmes, sin presionar. Mariana sintió que la rabia que la impulsaba a escapar se desvanecía, dejando lugar a algo mucho más confuso y extraño.

—Si te digo a dónde voy… —murmuró ella, bajando la mirada—, ¿me dejarás ir?

—Si es un lugar seguro y me dices cuándo volverás —respondió él despacio—, te dejaré ir. Incluso te acompañaré si quieres. O te esperaré aquí. Tú eliges.

Ella levantó la vista otra vez. Lo miró largo rato, buscando alguna señal de mentira. No la encontró.

—Iré a casa de Ana —dijo al fin, con voz más tranquila—. Vive a diez minutos. Volveré en una hora, como máximo. Te lo prometo.

Valentino asintió lentamente y retiró las manos con delicadeza, como si no quisiera romper el momento.

—Gracias, Mariana. Eso es todo lo que pido.

Ella se quedó un instante sin moverse, extrañamente vacía sin el contacto de sus manos.

—Entonces… ya me voy —murmuró, dando un paso atrás.

—Vale —sonrió él levemente—. Te esperaré.

Mariana salió, pero no se sentía tan libre como esperaba. Algo había cambiado. Y mientras caminaba por la calle, no dejaba de pensar en sus manos sobre ella, en su voz suave, en la forma en que la había mirado. Confía en mí, le había dicho. Y por primera vez, quiso hacerlo.

Mariana ya tenía la mano en el pomo otra vez, pero se detuvo sin girarlo. Se giró hacia él, con la mirada baja y la voz suave, casi un susurro:

—Oye… cuando me detuviste… y me sostuviste… no me trataste como si fuera una niña caprichosa.

Valentino dio un paso hacia ella, despacio:

—Porque no lo eres. Eres una muchacha que necesita sentirse dueña de su vida. Y la entiendo.

—Pero entonces… ¿por qué sigues aquí? —lo miró a los ojos, confundida—. Podrías haber dicho “bueno, vete”, y ya. No habrías tenido que enfrentarte a mí.

Él la miró con sinceridad:

—Porque si te dejo ir sin saber a dónde, no te estoy dando libertad. Te estoy dejando sola. Y eso no es lo que tus padres me pidieron, ni lo que yo quiero.

Mariana apretó el borde de su bolso:

—Tus manos… cuando me sostuviste… no me hicieron sentir controlada. Me hicieron sentir… cuidada. —Bajó la mirada de golpe, como si se hubiera traicionado—. Qué tontería. No sé por qué te digo esto.

—No es ninguna tontería —dijo él con voz suave—. Es lo que sientes. Y tienes derecho a sentirlo.

Ella alzó la vista de nuevo, con un brillo extraño en los ojos:

—No te acostumbres. No voy a ponerme tierna de la nada. Sigo pensando que no me necesitas.

—Está bien —sonrió él levemente—. Puedes seguir pensándolo. Pero cuando estés lista para confiar… yo estaré aquí.

Mariana tragó saliva, asintió sin palabras y salió despacio. Al cruzar la puerta, se detuvo un instante y murmuró para sí misma:

Confiar… eso da miedo.

 

1
Tere Jimenez
empieza muy interesante gracias
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