Durante dos años, Gael Luján fue el esposo invisible de Adrián Ferrer, un poderoso alfa de clase S. Como beta, su única función parecía ser ayudarlo durante el rut. Pero todo cambió cuando Gael se diferenció tardíamente como omega, recibió una marca completa y quedó embarazado.
Por primera vez, creyó que podía tener una familia de verdad.
Se equivocó.
Tres días después de dar a luz, mientras su hijo luchaba por sobrevivir, Gael recibió los documentos de divorcio. Adrián ya había decidido su futuro por él: quedarse con el bebé y expulsarlo de sus vidas.
Meses después, Gael regresa decidido a recuperar a Neno y a no volver a entregar el corazón. Sin embargo, una marca completa no desaparece con una firma. Sus cuerpos aún se reconocen, sus feromonas continúan buscándose y Adrián descubre demasiado tarde que aquel omega al que desechó era la única persona a la que realmente quería.
Ahora el alfa está dispuesto a utilizar la convivencia, el vínculo con su hijo y hasta sus propios instintos para recuperarlo.
Pero Gael ya no es el hombre obediente que abandonó.
Entre celos, deseo, heridas todavía abiertas y un lazo biológico imposible de ignorar, ambos tendrán que descubrir si algunas marcas pueden convertirse en amor… o si solo sirven para recordar quién fue el primero en hacer daño.
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Capítulo 2
Capítulo 2
—Sí, señora Zamora. Se lo entregamos antes de las cuatro, no se preocupe…
Mariano apareció en la pastelería poco antes de las dos de la tarde. Su presencia no servía de mucho: ni siquiera sabía preparar un postre.
Gael lo oyó entrar, pero no levantó la vista. Seguía concentrado en la manga pastelera.
—¿Quiere que lo haga el mismo pastelero de la vez pasada? Claro que sí. Por supuesto.
Mariano añadió algo más que Gael no alcanzó a escuchar. El pastel de ese día le estaba costando más trabajo de lo normal; el dolor en la cintura se había vuelto difícil de disimular.
En cuanto colgó, Mariano cambió de expresión. Se acercó con el ceño endurecido y lo encaró.
—¿Tú le dijiste algo a la señora Zamora? ¿Por qué pidió específicamente que lo hicieras tú?
A muchos dueños les gustaba fingir una autoridad que no tenían. Mariano era especialmente aficionado a darse importancia.
Gael le recordó con calma:
—Usted es el único que administra las redes y recibe los pedidos.
Durante los últimos dos meses había aumentado el número de clientes que pedían el trabajo de Gael. Mariano llevaba tanto tiempo escatimándole comisiones y cargándole tareas que apenas ahora empezaba a temer que renunciara. Su orgullo, sin embargo, no le permitía tratarlo con amabilidad.
—Sí, bueno, pero tú también debes tener cuidado —refunfuñó—. Conseguir clientes no es asunto tuyo. Limítate a hacer bien tu trabajo.
Gael no respondió. Mariano se pavoneó unos instantes más y luego se alejó, satisfecho con aquella demostración inútil de autoridad.
Tomás esperó a que estuviera fuera de alcance antes de murmurar:
—Tiene miedo de que te vayas y el negocio se le venga abajo.
Azúcar Nube llevaba casi un año abierta. Al principio apenas sobrevivía; si ahora empezaba a destacar, no era precisamente gracias al talento administrativo de Mariano.
Pero ese empleo seguía siendo la mejor opción disponible para Gael.
—Tú regresas a clases el próximo mes —dijo en voz baja—. Ya no deberías seguir aquí.
Tomás soltó una queja.
—Todo es culpa de mi papá. Le dije que quería abrir una cafetería y me obligó a trabajar dos meses antes de presentarle un plan de negocios. Como si él no hubiera perdido un dineral cuando empezó con sus empresas.
Tomás admitía que la idea se le había ocurrido por impulso, pero ¿qué importaba? En el peor de los casos perdería dos meses de su dinero para gastos.
Una casualidad había reunido a los dos jóvenes en la misma pastelería. Tomás era un omega rico y consentido que trabajaba allí para conocer el oficio mientras estudiaba en la prestigiosa Universidad Metropolitana. Gael, en cambio, trabajaba porque necesitaba vivir.
Tomás suspiró otra vez.
—Está bien. Mi papá solo quiere prepararme para heredar la empresa. Lo sé.
Gael volvió el rostro hacia él. Sus ojos se curvaron con una sonrisa apacible.
—Tu familia te quiere mucho.
Quizá sentía un poco de envidia, pero había aprendido a no esperar lo que nunca le habían dado.
Sabía que su propia familia no lo quería.
Tomás vaciló antes de hablar.
—Cuando hayas ahorrado suficiente, podrías volver a la universidad.
Gael negó suavemente con la cabeza.
—La colegiatura es demasiado cara.
Los Luján siempre necesitaban dinero. Gael no quería que terminaran pidiéndoselo directamente a Adrián. Además, la falta de recursos no había sido la única razón por la que abandonó sus estudios.
Tomás ignoraba los detalles, pero eso no le impedía lamentar la situación de su amigo. Tampoco sabía si ofrecerle dinero de frente terminaría humillándolo, así que se aclaró la garganta y buscó otra manera de ayudar.
—La otra vez querías consultar un libro sobre historia de la repostería, ¿no? Cuando vuelva a clases lo buscaré en la biblioteca y te lo traeré.
—Sí. —Gael se iluminó de verdad—. Gracias, Tomás.
Tomás sonrió también. Después de varios meses juntos, ya consideraba a Gael uno de sus mejores amigos.
—No tienes nada que agradecer. Quedamos así.
Mariano terminó de inspeccionar el local y regresó hacia ellos. Tomás se apartó a toda velocidad y fingió estar muy ocupado limpiando una jarra medidora.
Gael llevó la mermelada a ebullición con movimientos expertos. La tarta de frambuesa y rosa, igual que los financiers de naranja, eran clásicos de la repostería. Mariano lo observó inclinarse sobre la mesa con una expresión difícil de interpretar.
—Ya casi no quedan cheesecakes vascos en la vitrina refrigerada. Prepara más.
Gael habría podido descansar un momento después de terminar aquel pedido. Sin embargo, ya iban tres días seguidos en los que Mariano lo dejaba como único pastelero de turno.
—De acuerdo. —Se enderezó, conteniendo la punzada de la cintura—. Quiero juntar los descansos que no utilicé en las últimas semanas. Tomaré tres días a partir de mañana.
—¿Cómo crees? —Mariano reaccionó como si lo hubieran insultado. Ya había aceptado y programado todos los pedidos—. Gael, ¿no puedes ser un poco responsable? Pides días libres de improviso, sin avisarme. ¿También pretendes que los clientes se queden esperando?
Gael frunció el ceño.
—Son descansos que me corresponden. Hay más pasteleros contratados. ¿Está diciendo que, si yo no vengo, ningún cliente puede recibir su pedido?
Mariano se enfureció al verse acorralado.
—Muy bien. Si tú no quieres trabajar, alguien más lo hará. Esta noche cierras el local. Revisa todo el inventario y firma la hoja antes de irte.
Se marchó con el gesto torcido.
Tomás protestó en cuanto desapareció.
—¡Qué tipo! Cuando abra mi cafetería, te contrataré para que prepares todos los postres. Ya veremos dónde encuentra otro pastelero tan bueno como tú.
Gael se apoyó un momento en la mesa, agotado.
—Entonces tendré que apurarme con los pedidos de hoy.
Cerrar, limpiar y comprobar los ingredientes le tomaría hasta las diez. Adrián había dicho que regresaría a las nueve.
Cuando por fin terminó todo el trabajo, Gael se incorporó con la vista nublada.
Ya era de noche. Había completado los pedidos especiales y dejado otra tanda de cheesecakes vascos en refrigeración. Alzó la mirada hacia el reloj de la pared: faltaba poco para cerrar.
Abrió uno de los refrigeradores y encontró el flan de caramelo que había preparado por la mañana.
Adrián era el único punto de luz y color en la vida de Gael. Este rozó el recipiente con la punta de un dedo, tímido, antes de sacarlo.
Al rut todavía le quedaban varios días. Adrián no era siempre un hombre malhumorado; la irritación empeoraba durante esos periodos.
Gael deseaba que el flan consiguiera ablandarlo. Si las noches siguientes eran como la anterior, él necesitaría una semana entera para recuperarse.
Su cuerpo, además, se comportaba de una manera extraña. Nunca había sufrido aquel cansancio, el calor hinchado en la nuca ni un dolor tan extendido.
Necesitaba descansar un par de días.
Pero el rut era también la única época en que podía tener a Adrián por completo para él. El resto del tiempo, Gael se limitaba a contemplar desde un rincón a ese hombre que atraía todas las miradas. No quería renunciar a la posibilidad de estar cerca, aunque aquella cercanía terminara dejándolo sin fuerzas.
Con una mezcla de ansiedad e ilusión, envolvió el flan con sumo cuidado. Incluso eligió una cinta gris y formó un moño; a Adrián no le gustaban los colores que consideraba frívolos.
Dejó la bolsa de papel a un lado y comenzó a ordenar el inventario para el cierre. En ese momento sonó el celular que había puesto sobre un mueble.
Gael se quedó inmóvil. Se acercó y miró el nombre en la pantalla: Clara Robles.
Durante unos segundos deseó que el timbre se detuviera solo. No tuvo suerte. La llamada continuó y él acabó soltando un suspiro.
Contestó con una sola palabra.
—Mamá.
Clara rio sin humor al otro lado de la línea.
—No me llames así. ¿Por qué tardaste tanto en contestar? Dile a Adrián que mañana tu padre quiere invitarlo a cenar.
Como hacía siempre, Gael intentó evadirla.
—Tiene mucho trabajo. Además, está en rut…
—¿Y eso qué? Sale de casa en cuanto se pone su protección, ¿no? —Clara lo interrumpió con impaciencia—. ¿Para qué crees que te ayudamos a entrar en la familia Ferrer? Si Adrián está en rut, mejor para ti. Es el momento perfecto para conseguir lo que queremos.
Una sensación absurda e impotente le cerró la garganta a Gael.
—Yo no me casé con Adrián por ustedes. Y aunque esté en rut, ¿qué esperas que haga?
—Eres tan inútil que no entiendo por qué los Ferrer aceptaron ese matrimonio.
Gael soltó una risa breve, amarga.
—Si hasta tú desprecias a tu hijo por ser beta, supongo que es normal que no sirva para nada.
—Los betas son unos mediocres —replicó ella con asco—. Olvida la cena si quieres. El Grupo Ferrer tiene un proyecto nuevo y tu padre quiere que Adrián lo incluya.
Clara hizo una pausa. Al pensar en Bruno, su tono se suavizó un poco.
—Gael, tú y Adrián están casados legalmente. Es razonable que ayude a tu padre. Sabes que últimamente las cosas han estado difíciles. Tu hermano sigue estudiando y además necesita montar su exposición de pintura…
El matrimonio de Gael y Adrián solo existía porque el cuerpo de Gael podía resistir las feromonas del alfa. No pensaba utilizar esa relación para exigirle más.
—Para los Ferrer no existen los proyectos pequeños. Si algo requiere la atención de Adrián, no puede ser un negocio menor.
Clara ya sabía que se negaría.
—Si tú no se lo preguntas, iremos a preguntárselo nosotros.
La voz desapareció. El mundo volvió a quedar en silencio.
Solo seguía encendida la luz sobre la mesa de trabajo. Gael contempló el flan recién envuelto y permaneció inmóvil en medio del local vacío.
No importaba. Por lo menos, en la casa de los Ferrer había una habitación que podía llamar suya.
Guardó bien el flan dentro de la mochila. Antes de irse, envió a Mariano un mensaje para formalizar sus días libres. Nunca había utilizado sus vacaciones y su jefe le había negado descansos demasiadas veces.
Antes solía aceptar sin discutir. Esta vez el permiso coincidía con el rut de Adrián y Gael quería acompañarlo hasta que su estado se estabilizara.
Repitió el largo trayecto de cada día: primero la Ecobici, luego cuatro estaciones de Metro y al final varias calles a pie, pasando junto a un minisúper abierto las veinticuatro horas.
Aunque hizo todo lo posible por ahorrar tiempo, entró en la residencia quince minutos tarde, respirando con dificultad.
Rodear la propiedad para colarse por la puerta lateral le habría tomado todavía más, así que no tuvo más remedio que usar la entrada principal. Lo recibió el ceño severo del mayordomo.
El corazón le dio un vuelco. Se acercó, avergonzado, y bajó la voz.
—Perdón. Llegué tarde.
Aunque no podía oler las feromonas, Gael sentía la presión que llenaba la residencia. La sala estaba en completo silencio. No había nadie más aparte de ellos dos.
El mayordomo lo miró con abierta desaprobación. Era difícil contener a un alfa en rut, y ni siquiera él había logrado tranquilizar a Adrián.
—Sabe que el señor Ferrer está en rut. ¿Cómo pudo andar fuera de casa a estas horas?
Gael inclinó aún más la cabeza.
—Yo… lo siento.
El mayordomo suspiró para sus adentros.
—El señor Ferrer está en su habitación. No parecía de muy buen humor.
—Entonces iré a cambiarme y…
—Gael.
Alzó la cabeza, sobresaltado.
Adrián lo observaba desde lo alto de la escalera. No llevaba el bozal y, cuando estaba en casa, tampoco usaba parches para bloquear la glándula. Gael, por ser beta, no podía oler sus feromonas, pero sintió la presión de su presencia como un peso físico.
Bajo aquella mirada, tuvo la humillante sensación de estar desnudo en medio de la sala.
—No quise llegar tarde —murmuró.
Adrián estaba demasiado lejos y la altura ocultaba sus ojos entre las sombras.
—Sube.
Solo una palabra, fría, incontestable.
Por primera vez, Gael quiso refugiarse en su pequeño dormitorio.
—¿Puedo cambiarme antes?
La voz de Adrián no mostró ninguna emoción.
—No hace falta. También puedes entrar sin ropa.
Dejó que el silencio estirara la vergüenza de Gael.
—Además, llegaste tarde. ¿Por qué? ¿Otra vez por esos pastelitos baratos?
Gael se puso rojo. El mayordomo seguía allí y el flan continuaba guardado en su mochila. Ni siquiera tuvo oportunidad de ofrecérselo.
—Perdón. Hoy sí me retrasé un poco…
Subió peldaño por peldaño sin atreverse a mirar a Adrián. Apenas alcanzó el descanso, el alfa lo sujetó y lo arrastró al dormitorio.
La puerta se cerró a su espalda y Adrián lo aprisionó contra ella.
Las cortinas opacas estaban corridas. No entraba una sola hebra de luz y Gael quedó sumergido en la oscuridad.
Adrián no tuvo paciencia para abrir los botones. Tiró de la camisa y varios salieron disparados, golpeando con pequeños chasquidos la alfombra.
El cuerpo de Gael reaccionó en cuanto quedó atrapado entre la puerta y el pecho del alfa. El calor que llevaba todo el día acumulándose en la nuca se volvió más intenso, casi doloroso.
Levantó el rostro con un temblor. Respirar dentro de aquella habitación saturada de feromonas exigía un esfuerzo cada vez mayor.
Y entonces ocurrió algo imposible.
Percibió un aroma.
Madera fría, limpia, con un fondo salvaje que le llenó los pulmones. ¿Adrián había puesto una fragancia nueva en el dormitorio? ¿Por qué no la había olido antes?
El calor le recorrió todo el cuerpo. Los ojos se le llenaron de lágrimas sin que pudiera contenerlas. Sentía la nuca tan hinchada que creyó que la piel iba a abrirse.
—Espera… un momento.
No había olvidado su regalo. Buscó aire, tratando de hablar mientras las manos de Adrián recorrían su ropa desgarrada.
—Adrián, yo… quería darte algo…
La mochila cayó al suelo. Adrián la apartó de una patada sin mirarla.
La bolsa que contenía el flan asomó por la abertura. El moño que Gael había atado con tanto cuidado quedó torcido y el papel empezó a humedecerse.
El flan debía de haberse roto.
Un hilo tenue de caramelo se mezcló con el aroma a madera. Adrián le dedicó una mirada indiferente.
—No vuelvas a traer basura a esta casa.