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Amor De Guerra

Amor De Guerra

Status: Terminada
Genre:Amor-odio / Amor eterno / Romance / Completas
Popularitas:2k
Nilai: 5
nombre de autor: Lelixi

Un amor apasionado nacido en medio de la guerra entre dos paises. La princesa Melany se enamora apasionada mente del tirano que juro odiar, por que nada es como parece

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Capítulo 15: La Traición de las Sombras

​El rostro del general Valerius se tornó pálido de rabia. Sabía que si la princesa continuaba hablando, el consejo de ministros sería ejecutado por alta traición y su poder colapsaría en cuestión de minutos.

​—¡Maldita seas! —rugió Valerius, perdiendo por completo la cordura—. ¡No permitiré que destruyas nuestro imperio!

​Con un movimiento rápido y traicionero, Valerius sacó una ballesta corta oculta bajo su capa de montar, apuntó directamente al pecho de Melany y apretó el gatillo.

​El chasquido del metal cortó el aire.

​—¡Melany! —gritó Antonio.

​En una fracción de segundo, el gigante se lanzó hacia adelante, usando su propio cuerpo como escudo e interponiéndose entre el proyectil y la princesa. El virote de acero impactó con una fuerza brutal en la juntura del hombro de la armadura de Antonio, atravesando la malla de hierro y clavándose profundamente en su carne.

​Antonio ahogó un rugido de dolor, tambaleándose por el impacto, pero no cayó. Extendió su brazo no herido para envolver a Melany y protegerla contra su pecho, cayendo sobre una rodilla en la piedra del puente.

​—¡Antonio! —gritó Melany aterrorizada, viendo cómo la sangre carmesí comenzaba a empapar la túnica del emperador.

​—¡Ataque traicionero! ¡Apunten! —vociferó Emanuel desde la colina de Solaria. En un instante, cientos de arqueros imperiales tensaron sus arcos.

​Sin embargo, en el lado de Aethelgard, el rey Esteban, furioso ante la bajeza de su propio general, desenfundó su espada y encaró a Valerius.

​—¡Cobarde! —gritó el rey Esteban—. ¡Atacar a traición a tu propia princesa y a un soberano en tregua! ¡Guardias, prendan a este traidor!

​Los propios soldados de Aethelgard, asqueados por la acción del general, se abalanzaron sobre Valerius antes de que pudiera recargar su arma, derribándolo del caballo y desarmándolo en el acto.

​Mientras tanto, en el centro del puente, Melany permanecía arrodillada junto a Antonio, sosteniendo la cabeza del emperador sobre su regazo. Con manos temblorosas pero precisas, rasgó parte de su propio manto para presionar la herida y contener la hemorragia.

​—Resiste, por favor... Iker, resiste —suplicó ella entre lágrimas, utilizando el nombre de su infancia.

​Antonio, con el rostro pálido por la pérdida de sangre pero con una sonrisa débil en los labios, alzó una mano enguantada para acariciar la mejilla de la princesa.

​—Te dije... que no dejaría que nada te pasara... —articuló el emperador en un susurro rasposo.

​Emanuel llegó corriendo al puente acompañado por los médicos de la legión, asegurando la zona mientras los dos ejércitos observaban en un silencio sepulcral cómo la princesa de Aethelgard lloraba y abrazaba con desesperada devoción al emperador de Solaria.

​

​Tres días después del incidente en el puente, la gran carpa real del campamento unificado se había convertido en el centro diplomático del continente.

​La verdad sobre las intrigas de los ministros corruptos había sido revelada en su totalidad tras los interrogatorios a Valerius. El rey Esteban, profundamente avergonzado por las mentiras que habían conducido a su pueblo a la ruina y conmovido por el acto heroico del emperador que había arriesgado la vida para salvar a su hija, firmó el Tratado de Paz Definitivo entre Aethelgard y Solaria.

​Dentro de la carpa médica imperial, el ambiente era sereno y cálido. Antonio reposaba sobre un lecho de campaña, con el torso vendado y la camisa de lino entreabierta. A pesar de la debilidad causada por la herida, su semblante recobraba el color y la fuerza característicos.

​Melany estaba sentada al borde de la cama, cambiando con delicadeza las compresas de hierbas sobre el hombro del emperador.

​La puerta de la carpa se abrió y Emanuel entró en la estancia. El canciller ya no vestía su túnica gris de batalla, sino sus ropajes diplomáticos. Observó a la pareja durante unos segundos antes de inclinarse en una reverencia que, por primera vez, no solo estaba dirigida a Antonio, sino también a Melany.

​—El rey Esteban y sus tropas han iniciado el repliegue hacia las provincias del sur —informó Emanuel con voz tranquila—. Los suministros imperiales están siendo distribuidos en los pueblos fronterizos tal como ordenó, majestad. La guerra ha terminado oficialmente.

​Antonio asintió con gratitud.

​—Gracias, Emanuel. Sé que no fue fácil para ti confiar en este plan.

​Emanuel miró a Melany y una sonrisa sincera y respetuosa se dibujó en sus labios.

​—Debo admitir, princesa, que juzgué mal vuestra presencia aquí —dijo el canciller con elegancia—. Pensé que seríais la ruina de Antonio. Hoy comprendo que sois la única fuerza capaz de sostener la corona junto a él. Si me lo permitís... será un honor servir a la futura emperatriz de este imperio.

​Melany sonrió conmovida, inclinando la cabeza en respuesta.

​—El honor será mío, canciller Emanuel.

​Tras la retirada de Emanuel, la intimidad volvió a envolver la carpa. Antonio extendió su brazo sano y tomó la mano de Melany, tirando suavemente de ella hasta que la princesa se reclinó sobre su pecho, escuchando el latido firme y constante de su corazón.

​—¿Futura emperatriz? —preguntó Antonio con un matiz burlón y tierno en su voz grave—. Supongo que Emanuel se ha tomado la libertad de adelantar nuestros planes.

​Melany alzó la vista, contemplando los ojos dorados que tanto amaba. Deslizó sus dedos por la mandíbula del gigante, sonriendo con devoción.

​—¿Acaso el gran emperador de Solaria se atreverá a contradecir a su canciller? —respondió ella en un susurro coqueto.

​—Jamás —dijo Antonio, inclinando la cabeza para besar sus labios con un amor profundo, dulce y definitivo—. Te prometí en el jardín de los manzanos que volvería a por ti, Melany. Hoy no eres mi prisionera, ni yo tu enemigo. Eres mi igual, mi amor y mi reina.

​Fuera de la carpa, las sombras de la guerra se disipaban sobre el valle. Por primera vez en muchos años, el sol invernal brillaba con fuerza, iluminando un nuevo horizonte donde Aethelgard y Solaria ya no guerreaban, unidos bajo el mismo cielo por el amor indomable de sus gobernantes.

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