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Que la manden a pudrirse

Que la manden a pudrirse

Status: Terminada
Genre:Romance / CEO / Mafia / Maltrato Emocional / Dominación / Dejar escapar al amor / Completas
Popularitas:229.7k
Nilai: 4.9
nombre de autor: Fabiana Luna

Valentina Montes de Oca tenia veintiun anos, un apellido respetable y toda una vida por delante. Hasta que el hombre del que estaba enamorada decidio destruirla.

Sebastian Arellano —heredero del grupo empresarial mas poderoso de Ciudad de Mexico— la acuso de un crimen que no cometio. Soborno jueces, fabrico pruebas, compro testigos. Y la envio a pudrirse tres anos en una celda de Santa Martha Acatitla.

En prision, Valentina perdio todo. Su voz, marcada para siempre. Su cuerpo, con cicatrices que ninguna explicacion puede justificar. Una persona que la amaba y que murio entre esos muros por protegerla. Y un rinon, arrancado en una clinica clandestina mientras el mundo miraba hacia otro lado.

Salio con quinientos pesos en el bolsillo, sin trabajo, sin familia —su propio padre la desconocio en un comunicado publico— y con una sola certeza: nunca mas se arrodillaria ante nadie.

Pero Sebastian no habia terminado con ella. La quiere cerca. La quiere bajo su control. Le ofrece dinero, le cierra todas las puertas, la obliga a trabajar en su club nocturno. Dice que la odia. Pero la forma en que la mira cuando cree que nadie lo ve cuenta una historia diferente.

Y Valentina descubre algo peor que el odio de Sebastian: la sospecha de que su condena fue una trampa mucho mas grande de lo que ambos imaginaban. Alguien mas movio las piezas. Alguien dentro de la propia familia Arellano.

Mientras la verdad se desentierra pieza por pieza, otros hombres aparecen en su camino: Nico, que le ofrece la ternura que nunca tuvo; Cain, un inversionista europeo que colecciona secretos ajenos; y Rodrigo, cuya culpa esconde mas de lo que confiesa.

Valentina ya no es la chica ingenua que entro a prision. Ahora tiene las cicatrices para demostrarlo. Y esta vez, si alguien va a caer... no sera ella.

¿Podra reconstruirse sin repetir el ciclo que casi la destruye? ¿Y que hara cuando descubra que el hombre que la condeno es tambien el unico dispuesto a morir por ella?

NovelToon tiene autorización de Fabiana Luna para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 18

Capítulo 18: "Luce" / "Luján"

Sebastián la puso en la cama del penthouse.

Era la primera vez que Valentina estaba en esa cama. Era enorme — king size, sábanas de algodón egipcio, cuatro almohadas que olían a lavanda y a la colonia de un hombre que dormía solo—. El contraste con el catre del sótano era tan brutal que el cuerpo de Valentina, incluso inconsciente, se hundió en el colchón como si la cama la tragara.

Sebastián llamó a Andrés. Andrés llegó en veinte minutos con un maletín médico y una expresión que era mitad profesional, mitad "otra vez".

—Déjame examinarla —dijo Andrés—. Necesito desabrocharle la blusa.

—No.

Andrés levantó una ceja.

—¿No?

—Yo lo hago.

Sebastián se acercó a la cama. Se sentó en el borde. Miró a Valentina dormida — la cara pálida, los labios entreabiertos, el pulso visible en el hueco de la garganta latiendo con un ritmo que se parecía al aleteo de un pájaro atrapado — y extendió las manos hacia los botones de su blusa.

Le temblaban.

Sebastián Arellano, que firmaba contratos de cien millones sin que le temblara un dedo, que había despedido a ejecutivos mirándolos a los ojos sin parpadear, que había construido un imperio sobre la premisa de que las emociones eran el enemigo y el control era la única religión que valía la pena practicar, no podía desabrochar tres botones de una blusa negra sin que las manos le temblaran como si tuviera diecisiete años y estuviera tocando a alguien por primera vez.

Desabrochó el primer botón. Debajo había otra capa: una camiseta de algodón gris. Desabrochó el segundo. La camiseta le cubría el pecho y el abdomen. Desabrochó el tercero. Abrió la blusa con cuidado — como se abre un sobre que contiene algo frágil — y la dejó a los lados del cuerpo de Valentina sin quitársela del todo. Porque quitársela significaba verla. Y Sebastián se había pasado tres semanas oscilando entre el deseo de verla y el terror de lo que encontraría debajo.

—¿Puedo? —dijo Andrés, con el estetoscopio ya en la mano.

Sebastián se hizo a un lado. Pero no se fue. Se quedó de pie junto a la ventana, dándole la espalda, mirando la ciudad con la mandíbula tan apretada que los músculos de las sienes le pulsaban visiblemente. Escuchó a Andrés auscultar. Escuchó el clic del tensiómetro. Escuchó la pluma sobre el papel.

—Presión baja. Deshidratación. La fiebre bajó pero no del todo. —Andrés guardó sus instrumentos—. Necesita descanso, líquidos y comida. ¿Me puedes explicar por qué tiene la garganta inflamada como si hubiera cantado ópera durante diez horas?

—Pregúntale a Estefanía. Ya no trabaja aquí.

—Ah. —Andrés cerró el maletín—. ¿Y Luján?

—¿Qué con Luján?

—Ramón me dijo que lo golpeaste.

—Ramón habla demasiado.

—¿Lo golpeaste o no?

—Estaba abrazándola.

—¿Y eso amerita un puñetazo?

—Estaba abrazando a mi... —Sebastián se detuvo. La palabra que venía después de "mi" se quedó atascada en algún lugar entre la garganta y la verdad, y Sebastián la empujó hacia abajo con la fuerza de alguien que tapa un pozo que está a punto de desbordarse—. A una empleada. Sin autorización.

—¿A una empleada? —Andrés se apoyó contra la pared y cruzó los brazos con la sonrisa quirúrgica que usaba cuando estaba a punto de abrir a alguien en canal, no con un bisturí sino con una pregunta—. Sebastián. ¿Me estás diciendo que le rompiste los anteojos a Rodrigo Luján, CEO de una de las constructoras más grandes de la ciudad, porque abrazó a una empleada sin autorización?

—Sí.

—¿Y si hubiera abrazado a Mariana? ¿También le habrías roto los anteojos?

Silencio.

—¿No será —continuó Andrés, bajando la voz— que le tienes sentimientos?

—Antes muerto.

Andrés lo miró un momento largo. Luego recogió su maletín y caminó hacia la puerta. Se detuvo en el marco.

—Sabes qué, Sebastián? Voy a guardarte esa frase. Para cuando la necesites. —Y salió.

Sebastián se quedó solo con Valentina dormida. Se sentó en el sillón frente a la cama — no junto a ella, no tan cerca, a una distancia que le permitiera verla sin tocarla, que era la distancia que necesitaba para mentirse a sí mismo—. Miró el subir y bajar de su respiración. La forma en que los dedos de ella se curvaban sobre la almohada. La cicatriz de la frente que brillaba tenuemente bajo la luz de la lámpara como un camino que alguien trazó y que no lleva a ningún lado.

A las dos de la mañana, Valentina empezó a hablar en sueños.

No fue un susurro. Fue un gemido, bajo, gutural, que venía de un lugar profundo — del mismo lugar de donde salen los gritos que no se gritan y los llantos que no se lloran—. Se giró en la cama. Las sábanas se le enredaron en las piernas. Las manos empezaron a moverse, buscando algo, agarrando la almohada, soltándola, buscando otra vez.

—Luce —dijo—. Luce, no te vayas. Por favor. No te vayas.

Sebastián se enderezó en el sillón.

—Luce... quédate... por favor...

Pero lo que Sebastián escuchó no fue "Luce". Lo que Sebastián escuchó — a través del filtro de los celos, a través de la paranoia de un hombre que acababa de golpear a otro por abrazarla, a través de la distorsión de una voz rota que convertía las consonantes en sombras de sí mismas — fue "Luján".

La sangre se le fue de la cara.

Se levantó del sillón. Caminó hasta la cama. Le agarró los hombros y la sacudió.

—Valentina.

Ella abrió los ojos. Desorientados, febriles, con el brillo húmedo de alguien que está entre dos mundos.

—¿Desde cuándo estás liada con Luján? —La voz de Sebastián era hielo líquido, la voz que usaba en las juntas de consejo cuando alguien lo traicionaba y necesitaba que supieran que lo sabía antes de destruirlos—. ¿Cuánto tiempo?

—¿Qué? —Valentina lo miró sin entender. El sueño y la fiebre le nublaban la mente. ¿Luján? Ella no había dicho Luján. Había dicho Luce. Lucía. La chica de las trenzas que hablaba dormida y que murió riéndose en sus brazos en el patio de Tepepan. Pero no podía explicarlo. No podía decir el nombre de Luce. No a él. No a nadie. Porque Luce era lo único sagrado que le quedaba, y las cosas sagradas se protegen con el silencio.

—No sé de qué hablas —susurró.

—Acabas de llamarlo. En sueños. "Luján". Lo estabas llamando.

—No... yo no...

Sebastián la soltó. Retrocedió un paso. La furia le había tensado cada músculo del cuerpo hasta que parecía una estructura a punto de colapsar — el pecho expandido, los puños cerrados, las venas del cuello como cuerdas de guitarra a punto de reventarse.

—Eres mía —dijo. Y la frase no fue una declaración de amor ni un gesto de posesión: fue un grito disfrazado de afirmación, el sonido que hace un hombre que se está ahogando y que se agarra de lo único que flota—. Aunque sea lo único que me quede de esta maldita historia, eres mía.

Valentina lo miró desde la cama. Tenía la cara empapada de sudor, los labios agrietados, y las manos aferradas a la sábana como si la sábana fuera una balsa y ella estuviera en medio del océano. Quiso decirle que no era de él. Quiso decirle que no era de nadie. Quiso decirle que la única persona a la que le había pertenecido estaba muerta y enterrada en una fosa común de Tepepan con un número en lugar de nombre.

Pero la fiebre le cerró los ojos antes de que pudiera decir nada. Se hundió en la almohada. Se hundió en el sueño. Se hundió en un lugar donde Luce la esperaba con una sonrisa y un plato de enchiladas y la promesa de que algún día, algún día, todo iba a estar bien.

Sebastián se quedó de pie junto a la cama. La miró dormir. Escuchó su respiración. Esperó a que dijera el nombre otra vez.

No lo dijo.

Se alejó. Se sentó en el sillón. Sacó el teléfono. Marcó un número.

—Prepárame el vuelo a Miami —dijo—. Mañana.

La voz al otro lado de la línea confirmó sin preguntar. Sebastián colgó. Se quedó mirando la pantalla apagada del teléfono durante un minuto entero, como si la pantalla pudiera darle una respuesta que él no tenía.

Se iba a Miami para alejarse de ella. Eso era lo que se decía. Eso era lo que necesitaba creer. Que la distancia era la cura. Que si ponía dos mil kilómetros de por medio, el nombre que ella susurraba en sueños dejaría de quemarle el pecho. Que si dejaba de verla, dejaría de sentir eso que se negaba a nombrar y que crecía cada día como una enredadera que se come las paredes de una casa abandonada.

Se levantó. Caminó hacia la puerta. Se detuvo. Miró a Valentina una última vez — dormida, frágil, con la cicatriz brillando en la frente como una estrella que nadie quiso — y salió del penthouse.

Ya sabemos que no podrá quedarse lejos. Pero él todavía no lo sabe.

1
Amparo Casas Gonzalez
ESA CHACHA COMO TU LA LLAMAS ESTEFANIA ES MIL VECES MEJOR QUE TÚ .
Amparo Casas Gonzalez
Luce la única amiga que tuvo Valentina durante su estadía en la prisión de Santa Marta, no tenía a nadie más se iba ir a dónde su querida amiga le dijo que fuera a VALLE BRAVO. Pero vamos a ver cuanto tiempo iba estar allá.
Amparo Casas Gonzalez
Desde ya pobre mujer porqué tiene que aguantar los abusos de las supuestas personas que están cerca de ella, no hay derecho qué le hagan tanto daño, ojalá y encuentres a una persona que en realidad te valore y no te haga tanto daño.
Cliente anónimo
Una historia preciosa
Leticia Vargas
creo que será sebastian quien termina arrodillado
Yolanda Morocho
ese viejo ya debería morir tanto daño q a echo y todavía sigue asiendo ni porq está en silla de ruedas deja de joder y al otro viejo Aurelio debían averle mandado a la carcel cuando secuestro a Valentina y todavía anda suelto y eso q mato asu propia hija ay boy justicia o q
Patricia Romero
autora no entiendo,si sebastiano tiene 35años y valentina es un año menos¿como tiene 31añoa?¿y si su hermano la defendió a los 11años y ella tenia 13años¿como ahora ella tiene 31años ,el tiene 17años?
Yolanda Morocho
escriben novelas largas y después no saben cómo lenarlas repiten lo mismo de supone s ella ya compró la esencia de su abuelo q el padre puso a remate con dinero q Sebastián le prestó a cambio q ella ahí todo loq Sebastián le diga y ahora ay ya me tiene mareada si va a escribir escriba bien de no no yo no crítico pero esto ya se pasa
Yolanda Morocho
se supone q Sebastián ya la encontró ay ya no sabe q escribir
Yolanda Morocho
la escritora ya no sabe ni q escribe se equivoca tantas beses q ya me tiene mareada primero con Rodrigo w ya se conocían ase mucho tiempo ahora con emiliano q era su hermanastro q estaba cuando le masajeo los pies a un viejo en la trampa de caien q se suponía w es mayor q Valentina y ellan no tenía mama si no madrastra después con sol q trabajo desq q ella llegó a la posada la reconstruyeron juntas ase tres años
Yolanda Morocho
la escritora ya no sabe ni q escribe se equivoca tantas beses q ya me tiene mareada primero con Rodrigo w ya se conocían ase mucho tiempo ahora con emiliano q era su hermanastro q estaba cuando le masajeo los pies a un viejo en la trampa de caien q se suponía w es mayor q Valentina y ellan no tenía mama si no madrastra después con sol q trabajo desq q ella llegó a la posada la reconstruyeron juntas ase tres años
esterlaveglia
a ver no hay veneno para ratas que se le pueda poner en la comida al abuelito 🤔🤬🤮
Yolanda Morocho
a Valentina la odian por nada porq ella no ISO nada malo a nadie y no sé porq tanto odio hojala ya empiezen a pagar cada uno de los traidores porq asta los más cercanos son traidores
Yolanda Morocho
a Valentina la odian por nada porq ella no ISO nada malo a nadie y no sé porq tanto odio hojala ya empiezen a pagar cada uno de los traidores porq asta los más cercanos son traidores
Yolanda Morocho
pero al principio decía q Sebastián avía fabricado todas las pruebas y pagado a los jueces para en carselar a Valentina por aver matado a Regina q era la mujer q el avía amado ahora resulta q es su abuelo
Yolanda Morocho
a la escritora le gusta saber q las mujeres sufren por eso escribe así y es suficiente con loq sufrió en la carcel ya pago su condena por algo q no ISO q más quiere señora escritora BA a sufrir asta el último minuto y nico se supone q savia q Valentina estaba en prisión
esterlaveglia: me parece que a la escritora se le va la pinza 😳... porque como dije antes sigo leyendo porque quiero ver cómo termina este desastre ya casi sin pies ni cabeza 🤔
total 1 replies
Yolanda Morocho
esq a beses ase confundir por párese w todo mundo sabe quién es Valentina y después ase creer q nadie sabe la verdad
Yolanda Morocho
hojala descubran la verdad y dejen en paz a Valentina
Yolanda Morocho
pobre Valentina todos le dan la espalda
Estrella Soliis
me gusto
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