Bajo los gélidos e imponentes paisajes de Alaska, el amor inmortal de Adam y Bibiana se enfrenta a su prueba más difícil al verse presionados a contraer matrimonio por Marcelo, el despiadado padre de Adam; Una unión forzada que desentierra los peores dolores del pasado, llevando a Bibiana a tomar una decisión definitiva. Cargada de una indignación inquebrantable, la joven está decidida a confrontar cara a cara a su familia por haberle ocultado la verdad sobre el oscuro pacto secreto que su padre tejió en el ayer con su ahora suegro. Ella ya no será una pieza en el juego de nadie; luchará con valentía y con toda su fuerzas para romper de una vez por todas las cadenas del pasado y salvar su propio destino al lado del hombre que ama con el alma.
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T3 Capítulo 11 - Fuga de la carnicería
En el Jardín de la Mansión...
El banquete del terror había llegado a su fin. En los rincones oscuros del jardín, los sirvientes de Marcelo arrastraban los cuerpos sin vida de los mortales, arrojándolos a hogueras improvisadas. Las llamas devoraban los restos, cubriendo el cielo de Alaska con una densa y tétrica columna de humo negro.
Samuel se acercó a Marcelo, balanceando una copa de cristal con total naturalidad.
—Te felicito, Marcelo. Esta fiesta de bodas estuvo verdaderamente por todo lo alto. Hacía tiempo que no disfrutaba de una cacería así.
—Me alegra que te haya gustado —respondió Marcelo, manteniendo su máscara de anfitrión perfecto, aunque por dentro seguía ardiendo de rabia por el desplante de su familia.
Samuel miró de reojo la mesa principal, notando la ausencia de los protagonistas. —¿Por qué se fueron los novios tan pronto? Apenas es la mitad de la noche.
Marcelo soltó una risa ligera y cómplice, ocultando la verdad con rapidez.
—Se retiraron porque ya querían estar a solas. Están tan profundamente enamorados que no veían la hora de escapar de los invitados para disfrutar de su noche de bodas.
—Entiendo... —asintió Samuel con una sonrisa ladina—. ¿Y cuándo piensa tu hijo convertir a su esposa? El olor de esa humana sigue siendo una tentación en esta casa.
—En estos días, no te preocupes —respondió Marcelo con evasivas, queriendo cambiar de tema antes de levantar sospechas—. ¿Quieres beber otra copa de sangre para cerrar la noche?
—Por supuesto que sí —aceptó Samuel. Ambos se dieron la vuelta y caminaron hacia la barra, ajenos a lo que estaba ocurriendo en los pisos superiores.
En la Habitación de Bibiana...
El pesado y ostentoso vestido blanco de novia yacía sobre el suelo. Bibiana terminó de abrocharse una chaqueta abrigada y unas botas cómodas, ideales para soportar el gélido clima exterior y permitirle correr si era necesario.
Adam la observaba desde la puerta, tenía los sentidos en alerta, escuchando cada crujido de la mansión.
—¿Ya estás lista, Bibi? —preguntó en un susurro apenas audible.
—Sí —respondió ella, asintiendo con firmeza.
—Vamos —sentenció Adam.
La tomó fuertemente de la mano, entrelazando sus dedos para transmitirle calor, y abrieron la puerta con extremo cuidado. Salieron al pasillo alfombrado, avanzando como sombras silenciosas hacia las escaleras traseras de la mansión.
Sin embargo, la seguridad de la fortaleza Soler era implacable. Desde el extremo opuesto del pasillo, oculto entre la penumbra de las columnas, uno de los vampiros de confianza de Marcelo vio salir a la pareja.
Sin hacer el más mínimo ruido, el subordinado se deslizó entre la oscuridad, comenzando a seguirlos de cerca con intenciones peligrosas
A miles de metros de altura...
El zumbido constante del motor del avión arrullaba a los pasajeros, pero en el asiento junto a la ventanilla, Melissa no encontraba paz. Contemplaba el mar de nubes oscuras bajo la luz de la luna, con el corazón encogido por la culpa.
"Diego y su padre van a sufrir muchísimo cuando se enteren de la verdad", pensaba Melissa, apoyando la frente contra el frío cristal. "Saber que Bibi se casó con Adam bajo la cruel presión de Marcelo los va a destrozar. Dios... solo espero que Diego no se enoje conmigo por ocultárselo. Pero se lo prometí a mi amiga, no tenía otra opción".
Un suspiro pesado escapó de sus labios mientras se acomodaba en el asiento, rogando internamente para que el vuelo a Finlandia fuera lo más rápido posible.
Mientras tanto, en el Jardín de la Mansión Soler...
La música y las risas crueles de los invitados continuaban ajenas al drama familiar. Marcelo, con la copa en alto y rodeado de su círculo más íntimo, lucía radiante tras la demostración de poder de la cacería.
—¡Salud por el matrimonio eterno de mi hijo! —exclamó, chocando su copa de cristal con la de los demás líderes.
—¡Salud! —respondieron los vampiros al unísono, apurando el espeso trago carmesí.
En ese momento, el guardia que había estado siguiendo a los novios por los pasillos se materializó sigilosamente al lado de Marcelo, inclinando la cabeza con urgencia.
—Señor... —interrumpió en un susurro.
Marcelo giró el rostro de inmediato, borrando la sonrisa. —¿Qué quieres? Habla rápido.
—Su hijo acaba de salir de la mansión acompañado de su esposa. Cruzaron las puertas traseras hace apenas unos instantes.
Marcelo entrecerró los ojos, analizando la información. —¿Estás seguro de eso? ¿Hacia dónde se dirigían?
—Completamente seguro, señor. Iban a pie.
—¿Vieron si llevaban alguna maleta, equipaje o algún bolso con ellos? —preguntó Marcelo, buscando cualquier indicio de traición.
—No llevaban nada, señor. Salieron con las manos vacías.
Marcelo relajó la postura y soltó una pequeña risa de suficiencia. Para él, era lógico que su hijo solo quisiera sacar a la humana a respirar aire fresco tras el incidente del jardín.
—Entonces volverán más tarde —sentenció Marcelo con total seguridad—. De todas formas, no te confíes. Quiero que los mantengan bien vigilados y me informen de cualquier cosa que pase.
—Sí, señor —asintió el vampiro, retirándose de inmediato.
Marcelo regresó con su grupo de amigos, dando un largo trago a su copa con arrogancia.
—Como les iba diciendo, caballeros... yo mismo me encargué personalmente de escoger a las mejores presas humanas para esta noche. Solo lo mejor para el clan Soler.
Lejos de las luces carmesí y del olor a muerte de la mansión, Adam guio a Bibiana a través de un sendero oculto en el bosque. El frío de Alaska parecía disiparse a medida que se acercaban a una pequeña y acogedora estructura de madera que permanecía oculta entre los pinos.
Al llegar a la entrada, Adam empujó la puerta con suavidad, dejando que la luz cálida del interior iluminara el rostro cansado de su esposa.
—Entra, Bibi —le dijo con voz suave, invitándola a pasar a la seguridad del lugar.
Bibiana cruzó el umbral con cautela, frotándose los brazos para recuperar el calor. Miró a su alrededor, notando que la sala estaba decorada con elementos antiguos, hierbas secas y un ambiente que transmitía una paz que no había sentido en días.
—¿Quién vive en esta cabaña, Adam? —preguntó, volteándose hacia él con curiosidad.
Adam cerró la puerta a sus espaldas, asegurando el cerrojo antes de responder con una sonrisa melancólica.
—Aquí vive mi abuela Clara. Ella posee un don muy especial: puede ver el futuro a través de las visiones.
Bibiana abrió los ojos con sorpresa, escuchándolo atentamente.
—De hecho —continuó Adam, acercándose a ella para tomar sus manos—, mucho antes de que yo decidiera mudarme a Finlandia, mi abuela me sentó en esta misma sala. Ella me profetizó que te conocería, Bibi. Me dijo que, sin importar los obstáculos, tú serías para siempre mi compañera eterna.