Yo tenía veintitrés años y necesitaba quinientos mil pesos para salvar a mi mamá.
Por eso acepté darle un hijo a un viudo de cincuenta.
Pero marqué el número equivocado.
Adrián Valdés tenía treinta y cinco, una fortuna inmensa y gustos peligrosamente dominantes. Me dejó la luz encendida, me ató las muñecas y me enseñó a pedirle más.
A la mañana siguiente, el dinero estaba en mi cuenta.
Debió ser una sola noche.
Ahora mi sugar daddy me llama su niña… y no permite que ningún otro hombre me toque.
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Capítulo 16
Capítulo 16: No me gustan los de mi edad
—Soy su futuro novio.
Dulce levantó la cabeza de la libreta. La voz venía del pasillo y la conocía: era Rafa, el muchacho de la moto, el mismo que la había levantado del pavimento afuera de Bosques hacía ocho días.
En la puerta del cuarto estaba el doctor Villegas, que había subido a firmar algo del expediente de Chayo, y frente a él estaba Rafa, con la camisa recién planchada, un ramo de claveles en un brazo, una canasta de fruta envuelta en celofán en el otro y una bolsa de farmacia colgando de un dedo. El doctor se hizo a un lado para dejarlo pasar y se quedó recargado en el marco con el celular en la mano. Lo sostenía de lado, acostado, apuntando más o menos hacia la cama. Dulce se fijó y no le dio vueltas; a lo mejor estaba viendo el futbol.
—Vine porque quería verte —dijo Rafa, y le puso los claveles en las manos.
—¿Y cómo supiste el cuarto?
—Pregunté abajo. —Se volteó hacia la cama y se le enderezó la espalda—. Buenas tardes, señora. Rafael Hinojosa, amigo de Dulce. Le traje fruta, y esto es un suplemento para dormir, natural, sin químicos. Mi papá vende carros; si necesita algo, dinero es lo que sobra.
Chayo, recargada en tres almohadas, lo miró de arriba abajo: los tenis blancos sin una mancha, la cara de niño recién rasurado, la canasta con la etiqueta de la tienda todavía pegada. Se tapó la boca con la mano, pero los ojos se le arrugaron igual.
—Gracias, joven. Siéntese, ándele, que aquí nadie muerde.
Dulce dejó los claveles en el buró, junto al vaso con popote y la caja de pastillas de hierro. Dinero es lo que sobra. En la libreta que tenía en las piernas, en la primera hoja limpia, había escrito el viernes: Le debo 538,000. A diez mil por mes le salían cincuenta y cuatro meses, y eso si encontraba chamba esta semana. Cerró la libreta y la metió debajo del cojín del sofá cama.
* * *
El martes llegó Julián con un florero de vidrio y un ramo de girasoles. Rafa, que había vuelto a las once con otra bolsa de fruta, ya estaba instalado en el sillón de visitas.
Chayo entrecerró los ojos. Le vio a Julián la nariz redonda, la misma de la foto de la graduación de secundaria que seguía pegada en el refri de la vecindad, y dio una palmada en la cobija.
—¡El gordito! ¡El de la última banca!
—Ya no tan gordito, señora Chayo. —Julián se rio y le dio un beso en la mejilla—. Pero sí, el de atrás.
—Mírate nomás, Julián. Ya estás hecho un señor.
Julián puso el florero en la ventana, acomodó los girasoles uno por uno y se volteó hacia el sillón. Midió a Rafa de los tenis al copete, sin dejar de sonreír.
—Dulce ya se quedó a dormir en mi casa, ¿verdad, Dulce?
A Rafa se le enfriaron los ojos. A Dulce se le subió el calor al cuello.
—Una noche, Juli. En segundo de secundaria, cuando se inundó la avenida y no pasaba el camión. Con otra compañera, y con tu mamá haciéndonos pescado.
—Pero te quedaste —dijo Julián.
Chayo pidió una manzana. Los dos se levantaron al mismo tiempo. En la cocinita del cuarto, que no era más que una tarja, un microondas y una barra, Julián lavó la manzana con demasiado cuidado y Rafa se la quitó de las manos para pelarla con el cuchillo de plástico que venía en la canasta. Pelaba a tirones, sin quitarle la vista a Julián, y Julián le iba pasando servilletas que nadie le había pedido. Chayo los veía desde la cama, feliz, como quien ve la lucha libre desde primera fila.
—Qué tres yernos tan guapos tengo.
—¡Ma!
—¿Tres? —Rafa bajó el cuchillo.
—Ustedes dos y Andrés. —Chayo se acomodó la almohada—. Andrés es el de a de veras.
Julián soltó una risa por la nariz. Rafa siguió pelando, y la cáscara se le rompió a la mitad.
* * *
El miércoles, después de la comida, Dulce los sacó a los dos al pasillo. Se paró frente a la ventana que daba al estacionamiento, con la mano izquierda metida en la bolsa de la sudadera. Las ampollas de los dedos ya estaban secas, pero se veían feas, y no quería explicarlas otra vez.
—Gracias. De verdad, a los dos. Por las flores, por la fruta, por venir a ver a mi mamá. —Tomó aire—. Pero no pierdan su tiempo conmigo. No me gustan los de mi edad.
Rafa se le plantó enfrente.
—¿Entonces te gusta ese viejo? —Se le quebró la voz a media frase y la subió para taparlo—. ¡Te va a tocar cuidarlo de aquí a diez años! ¡Cambiarle el pañal!
Una enfermera que pasaba empujando un carrito los volteó a ver. Dulce no le contestó. Se quedó mirando el estacionamiento, donde un señor llevaba tres intentos de meter una camioneta en un cajón chico.
Julián fue el que habló. Tenía las manos en los bolsillos y miraba el linóleo del pasillo.
—Yo te busqué porque en la secu fuiste la única que me defendió. Cuando los de tercero me aventaban el lonche al patio. Te les pusiste enfrente y los mandaste a… bueno. Ya sabes a dónde los mandaste.
—Por eso te quiero como amigo, Juli.
Julián asintió despacio. Se le notaba que ya traía la respuesta desde la calle y había venido a oírla de todos modos.
Rafa dio media vuelta y se fue por las escaleras de emergencia. La puerta se azotó contra la pared y rebotó.
* * *
Esa noche Dulce bajó a la central de enfermeras a pedirle a Mari un cargador. No estaba; andaba en urgencias. De regreso, a dos pasos del cuarto, oyó a Chayo hablando bajito por la puerta entreabierta. Julián seguía adentro; se había quedado a ver el partido con ella.
—…desde el día que la encontré, Julián, no he dejado de…
—¡Dulce! —Mari venía por el pasillo con un cargador enrollado en la mano—. ¿Me andabas buscando, güey?
Adentro se cortó la voz. Dulce empujó la puerta. Chayo se estaba riendo de algo en la tele, y Julián, en la silla junto a la cama, escribía en una libretita de pasta negra.
—¿Qué apuntas?
—Unas recetas de tu mamá. —Julián cerró la libreta y se la guardó en el saco—. El mole de olla. Mi mamá dice que el suyo nunca le sale.
Dulce conectó el celular y se sentó en el sofá cama. En la tele, alguien metió un gol y Chayo aplaudió con las dos manos.
* * *
El jueves en la noche, Mari se sentó junto a ella con el uniforme todavía puesto y le quitó el celular.
—Llevas media hora viendo esa foto.
Era la del domingo: don Lupe y el guardaespaldas grandote de pelo al ras en la esquina de Constitución, uno alumbrando con la lámpara del teléfono, el otro raspando el poste con un cortaúñas.
—Ya sé que la estoy viendo.
—¿Y qué ganas con verla? —Mari la agarró de los dos hombros y la volteó hacia ella—. Te gusta. Él te buscó, güey. Mandó a su gente a despegar un pinche papelito de un poste a las diez de la noche. Por una vez en tu vida, sé valiente. Tu mamá y yo te cachamos si te caes.
Dulce se quedó viendo el linóleo. Se acordó del huerto de Bosques y de la crema del éclair que él le quitó de la boca con un beso. Se acordó de cómo se le colgó ella del cuello en el aeropuerto, delante de toda la fila de Monterrey. Se acordó también de ¿te has acostado con otro?, y de la señora de pelo castaño que se lo llevó del brazo por el pasillo de Casa Valdés.
—¿Y si ya volvió con ella?
—Pues que te lo diga en tu cara. —Mari le regresó el celular—. Pero pregúntale.
* * *
Cuando Mari se fue a su turno, Dulce salió al pasillo. Eran las once. Caminó hasta el fondo, donde estaba la máquina de refrescos con el foco parpadeando, y abrió el historial de llamadas. A él lo tenía bloqueado; ella misma lo había bloqueado en el baño de ese piso, con los dedos todavía ardiendo. A don Lupe, no.
Arriba de todo seguían las tres llamadas perdidas del lunes en la noche: 23:04, 23:11, 23:40. No las había regresado. El contacto decía Don Lupe chofer, como lo había guardado el primer día, cuando creía que trabajaba para un señor de cincuenta años.
Se limpió la mano en el pantalón y apretó el botón verde.