Elena solo quería salvar su carrera con un prototipo de cáñamo, pero Aksel Larsson está acostumbrado a ganar cada partido que juega, y esta vez, su objetivo es ella. Una historia corporativa de cocción lenta, ambición y secretos a voces donde las reglas del juego están a punto de cambiar para siempre.
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Capítulo 5
La tormenta se había soltado con una fuerza brutal sobre la ciudad justo a la hora de la salida del personal. Desde los altos ventanales de la fachada principal de Mega-Market Prime, el cielo se veía de un tono grisáceo y denso, casi negro, rasgado de golpe por relámpagos lejanos que hacían parpadear las luces del recibidor de la tienda.
Yo estaba de pie a un par de metros de la puerta automática de cristal, mirando cómo las cortinas de agua chocaban con violencia contra el pavimento del estacionamiento exterior. Tenía frío, los nervios completamente destrozados y un cansancio acumulado de varias semanas que ya me pesaba físicamente en los hombros. Hoy no era un día cualquiera; era un día crucial. Carlos y yo habíamos quedado de vernos aquí mismo a las siete de la tarde para ir juntos a pagar el anticipo del salón de eventos, un trámite administrativo que ya habíamos pospuesto dos veces por sus compromisos. El lugar cerraba las puertas a las ocho en punto y él se había encargado de llevar los documentos y las firmas que faltaban de su familia.
Miré la pantalla de mi teléfono por quinta vez en menos de diez minutos. El último mensaje de Carlos, enviado hacía apenas un rato, me revolvió el estómago con una mezcla de náusea y decepción absoluta:
«Oye, se soltó muy fuerte el agua por acá y los del trabajo van a ir a un bar aquí a la vuelta a esperar que baje la inundación. Ya no llego por ti, se va a hacer tardísimo para lo del salón. Lo vemos otro día con calma, no me esperes».
Me quedé helada, con los ojos fijos en el texto. Para ir al bar con sus compañeros de oficina la lluvia no representaba ningún obstáculo, pero para asegurar el contrato de nuestra propia boda sí. Una mezcla de coraje, frustración y una tremenda, casi dolorosa claridad me inundó el pecho en ese segundo. Carlos no estaba atrapado; simplemente había elegido otra prioridad.
Con las manos temblorosas, me miré los dedos. Fijé la vista en la banda de metal que descansaba en mi mano izquierda. Deslicé el anillo de compromiso hacia afuera con un movimiento lento; el metal resbaló frío, extrañamente ligero, desprendiéndose de mi piel. No le había dicho nada a nadie, ni siquiera a mi madre, pero en ese pasillo semivacío de la tienda, tomé una decisión interna y definitiva. Abrí el cierre más profundo y oculto de mi mochila de lona y lo dejé caer al fondo, donde no pudiera verlo. Necesitaba aire, pero la tormenta me tenía acorralada.
—Si te quedas aquí de pie mucho tiempo, te van a empezar a cobrar renta, Elena.
Me sobresalté por completo y giré la cabeza hacia la derecha. Aksel venía caminando desde el pasillo central, saliendo directamente del ala de las oficinas directivas. Mi corazón dio un vuelco; no sabía que ya había regresado de su viaje con el equipo. Vestía una chamarra impermeable oscura de corte impecable y cargaba al hombro un bolso de viaje de piel color chocolate. Hacía solo unos días, navegando en TikTok, me había topado con un video que analizaba el "lujo silencioso" de los atletas de élite, y la estética de esa pieza en específico se me hizo conocida al instante; costaba más que mi salario de todo un año de trabajo, pero él la traía colgada con total desapego, como si fuera cualquier mochila vieja de gimnasio.
—¡Aksel! —dije, tragándome el nudo que todavía sentía en la garganta mientras me acomodaba las correas de la mochila para ocultar mi agitación—. Qué sorpresa... no tenía idea de que ya estabas de vuelta en la ciudad.
—Llegué hace apenas unas horas —explicó, deteniéndose a mi lado y regalándome una sonrisa carismática que, de inmediato, alivió la enorme tensión que se respiraba en el recibidor—. La junta con los directores de logística se alargó más de la cuenta, pero por fin soy libre por hoy. Estaba por pedirle a seguridad que trajeran mi camioneta a la rampa, pero te vi aquí varada mirando el diluvio. Anda, vamos abajo, te llevo a tu casa. No voy a dejar que te vayas en el transporte público con esta tormenta.
—No, de verdad, Aksel, no es necesario —protesté de inmediato por pura pena, sintiendo las miradas discretas del guardia de la entrada—. El camión pasa justo en la esquina, puedo esperar unos minutos a que baje un poco la intensidad...
—Elena —me interrumpió con suavidad, arqueando una ceja con ese magnetismo natural que parecía dominar cualquier conversación—. Camina antes de que las calles se inunden y nos tengamos que ir nadando.
No tuve las fuerzas ni el ánimo para seguir negándome, menos después del desplante de Carlos. Lo seguí en silencio hacia el ascensor que bajaba al estacionamiento subterráneo privado, donde nos subimos directamente a una enorme camioneta negra de vidrios polarizados. Me sorprendió notar que no había ningún chofer esperándolo; Aksel arrojó su bolso de piel al asiento trasero sin el menor cuidado, se acomodó detrás del volante y esperó a que yo me deslizara a su lado, en el asiento del copiloto.
El sonido ensordecedor del agua estrellándose contra el parabrisas creó una atmósfera extrañamente íntima en cuanto salimos de la rampa hacia las calles cubiertas de charcos. Aksel encendió la calefacción, regulando el aire para templar el ambiente.
—Dame tu dirección —me pidió, activando el navegador de la consola central.
Se la dicté en voz baja, y luego me giré un poco para mirarlo de reojo, buscando romper el hielo.
—¿Y qué tal te fue en el viaje? Vi brevemente en las noticias del comedor que ganaron el partido de visitantes.
Aksel soltó una risa ligera, relajando los hombros y controlando el enorme volante con una sola mano, demostrando una confianza absoluta al conducir.
—Bien, sobrevivimos al encuentro —bromeó, mirándome un segundo antes de regresar la vista al tráfico—. El clima allá arriba estaba igual de loco que aquí, y el director técnico estuvo insoportable con la disciplina de la dieta toda la semana. Creo que corrí más rápido para huir de sus ensaladas sin aderezo que para alcanzar el balón en el área. Pero lo importante es que nos trajimos los tres puntos a casa. ¿Y tú? Te veo muy agotada, Elena. Y no hablo del cansancio normal tras una jornada en el taller. ¿Pasó algo malo hoy?
Me removí incómoda en el asiento de piel, desviando la mirada hacia las gotas que corrían a toda velocidad por la ventana lateral. Lo último que quería era arruinar el ambiente cómodo del viaje hablándole de mis miserias personales con Carlos o del destino de mi boda cancelada en mi mente, así que intenté restarle importancia con una sonrisa forzada.
—No, nada grave. Solo... un cambio de planes de último minuto con el que tuve que lidiar justo antes de salir. Cosas del clima, supongo. Pero cuéntame más del partido, ¿es verdad lo que dicen los analistas en la televisión sobre la nueva formación táctica que implementaron?
Aksel guardó silencio durante un par de segundos. Se notaba a leguas que era un hombre sumamente observador, de esos que captan las verdades que la gente intenta ocultar en los ojos, pero demostrando una caballerosidad impecable, respetó mi decisión de marcar el límite. No presionó. En su lugar, se enganchó con total naturalidad a mi pregunta y comenzó a relatarme un par de anécdotas sumamente graciosas sobre las discusiones en los vestidores y las ocurrencias de sus compañeros de equipo.
Mientras platicábamos y me descubría riéndome a carcajadas de sus gesticulaciones, sentí por primera vez que la enorme distancia profesional entre el dueño multimillonario de la corporación y la ingeniera del sótano se desdibujaba un poco. No se sentía forzado; era una calidez cómoda, el inicio de una conexión real que iba más allá del cáñamo y las juntas de Martínez.
Cuando la camioneta por fin se estacionó frente a la fachada de mi edificio de departamentos, el parabrisas apenas se daba abasto con el agua. Me giré hacia él, agradeciéndole sinceramente el haberme salvado de pasar la noche varada en la tienda.
—Descansa, Elena. Te veo mañana en el taller —me dijo, dedicándome una última sonrisa cálida que pareció entibiar el coche por completo.
Bajé del vehículo y corrí bajo la lluvia, resguardándome rápidamente en el porche de la entrada. Mientras buscaba las llaves del departamento en el fondo de mi mochila, mis dedos rozaron por accidente el metal frío del anillo oculto. El panorama afuera seguía gris y tormentoso, pero por primera vez en muchos días, sentía que el pecho me pesaba un poco menos.