En un mundo donde la magia y la traición se entrelazan, Valeria, una joven moderna, encuentra su vida truncada tras un fatal accidente. Al despertar, descubre que ha reencarnado en el cuerpo de la villana de una novela que acababa de leer. Con el rostro de la malvada que muere trágicamente, Valeria decide cambiar su destino. En lugar de seguir el camino de la oscuridad, planea reconciliarse con su media hermana, deshacer su compromiso con el héroe y recuperar el ducado que le pertenece por derecho. Sin embargo, en su búsqueda de venganza y redención, se verá atrapada en un romance inesperado con el verdadero villano de la historia. Entre intrigas y magia, Valeria deberá enfrentarse a sus propios demonios mientras intenta forjar un nuevo futuro.
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Capítulo 20
En el gran salón, la decoración era opulenta, pero con un toque sombrío. Tapices antiguos que representaban escenas de caza y batallas, se mezclaban con extrañas estatuas de piedra y pedestales que sostenían artefactos que parecían sacados de un templo antiguo. Las mesas estaban repletas de manjares, y la música de una orquesta de cámara llenaba el aire, una melodía melancólica que evocaba los bosques profundos y los misterios ancestrales.
Seraphina entró con Elara a su lado, la cabeza alta. Las miradas, como siempre, se posaron en ellas. Algunos con sorpresa al ver a Elara, otros con la habitual mezcla de temor y curiosidad hacia Seraphina. El Duque Alaric, su padre, ya se encontraba en un grupo con otros nobles influyentes, y al verlas, frunció el ceño con desaprobación ante la presencia de Elara, pero Seraphina ignoró su expresión. Esta noche, ella no buscaba su aprobación.
Kaelen de Silverwood estaba en el centro de un círculo de damas, su presencia irradiando la misma luz dorada de siempre. Sus ojos se fijaron en Seraphina, y por un instante, un destello de irritación cruzó su rostro al ver a Elara a su lado. Se separó del grupo y se dirigió hacia ellas, su sonrisa de caballero perfectamente ensayada.
—Lady Seraphina, Lady Elara —saludó Kaelen, inclinándose con una cortesía impecable, aunque Seraphina pudo sentir la tensión bajo esa fachada—. Es un placer veros a ambas. Lady Elara, os veo deslumbrante esta noche.
Elara se sonrojó, con una tímida reverencia.
—Gracias, Duque Kaelen.
—El verde os sienta espléndidamente, Seraphina —dijo Kaelen, volviendo su atención a Seraphina, su voz más íntima, pero aún llena de una cautela palpable—. Parecéis… una reina del bosque, quizás.
—Y vos, Kaelen, seguís siendo el brillante sol que ilumina el día —respondió ella, con una sonrisa que no llegó a sus ojos. Una sonrisa cortés, pero distante.
—Me preguntaba cuándo os dignaríais a honrar este evento con vuestra presencia, Lady Seraphina. Los anfitriones estaban ansiosos por vuestra llegada.
Seraphina apenas le prestó atención. Sus ojos, en cambio, estaban escaneando la multitud, buscando una sombra particular. Sentía una extraña anticipación, un nerviosismo eléctrico que no había sentido en su encuentro con Kaelen.
Y entonces, lo vio.
No hubo una entrada grandiosa, ni un anuncio pomposo. Simplemente, una figura se materializó de las sombras más profundas de un corredor lateral, como si hubiera estado allí todo el tiempo, esperando el momento adecuado para ser notada. Era Lysander.
Vestía de negro, como siempre, pero esta noche su atuendo era más suntuoso: un jubón de terciopelo oscuro bordado con sutiles motivos de obsidiana, una camisa de seda negra y una capa que caía de sus hombros como un manto de noche, con el forro de un profundo color borgoña que parecía sangre seca. Su cabello oscuro, que a menudo llevaba ligeramente despeinado, estaba recogido en una cola baja que acentuaba la elegancia de su cuello. La cicatriz sobre su ceja izquierda parecía más prominente bajo la luz intermitente de las velas. Pero eran sus ojos. Esos ojos de un negro tan profundo que parecían absorber toda la luz, los que atraían la mirada de Seraphina, atrapándola en un magnetismo hipnótico.
Un murmullo bajó por el salón. Las conversaciones se detuvieron. Algunos nobles se encogieron ligeramente, otros se tensaron, y otros simplemente miraron con una mezcla de fascinación y temor. La presencia de Lysander siempre tenía ese efecto. No era el carisma brillante de Kaelen, sino una gravedad silenciosa, una promesa de poder y peligro que era innegable.
Kaelen también lo vio. La sonrisa en su rostro se tensó, y una sombra de resentimiento cruzó sus ojos azules. Su mano, de forma casi imperceptible, se dirigió a la empuñadura de su espada. La hostilidad entre los dos hombres era un aire denso que llenaba la habitación.
Lysander no se dirigió a nadie en particular. Sus ojos, fríos y penetrantes, recorrieron el salón, deteniéndose en varios rostros, como si estuviera evaluando a cada persona, midiendo su valor o su debilidad. Y luego, sus ojos encontraron los de Seraphina.
Un escalofrío recorrió su espalda, pero no era de miedo. Era una descarga eléctrica, una sensación de reconocimiento, como si algo profundo dentro de ella, algo que su cuerpo siempre había negado, finalmente despertara. No era amor a primera vista, ni mucho menos. Era una atracción inexplicable, una conexión de almas que entendían la complejidad de las sombras. Un eco resonando en la oscuridad de su propia alma.
Lysander no sonrió. No hizo ningún gesto de saludo. Solo mantuvo su mirada fija en la de Seraphina, y en esa mirada, ella sintió una promesa. Una promesa de un juego peligroso, de una alianza prohibida, de un entendimiento mutuo que trascendía las barreras de "héroe" y "villano". Y en esa mirada, ella se sintió extrañamente… vista. De una manera que Kaelen nunca la había visto, de una manera que su padre nunca la vería.
Kaelen, sintiendo la tensión, se aclaró la garganta, rompiendo el hechizo silencioso.
—Parece que el Duque de las Sombras ha decidido honrarnos con su presencia esta noche. Siempre tan… puntual.
—Una entrada que no pasa desapercibida, Kaelen —comentó Seraphina, sin apartar los ojos de Lysander. Sabía que estaba desafiando a Kaelen con esa mirada, pero no pudo evitarlo. Era como si una fuerza invisible la arrastrara hacia la oscuridad.
Elara, al lado de Seraphina, también sintió la opresiva atmósfera.
—¿Quién es ese hombre, Seraphina? —susurró, con un deje de temor en su voz—. Siento un escalofrío con solo mirarlo.
—Es el Duque Lysander de Blackwood, Elara. El Duque de las Sombras —respondió Seraphina, su voz extrañamente ronca—. El hombre al que todos temen. O deberían.
Lysander comenzó a moverse por el salón, sus pasos silenciosos y medidos. No se apresuró. No buscó el centro de atención, pero la atención lo buscaba a él. Los nobles se apartaban a su paso, creando un camino invisible, una brecha en la multitud. Él saludaba con una inclinación de cabeza apenas perceptible a los que consideraba dignos, y pasaba de largo a los demás con una indiferencia helada.
Su destino final, Seraphina lo sintió en sus huesos, era ella.
Kaelen, visiblemente irritado por la atención que Lysander acaparaba y por la mirada fija de Seraphina, intentó distraerla.
—Permitidme que os invite a tomar una copa de vino especiado, Seraphina. El Barón de Ravenscroft tiene una excelente bodega.
—Quizás más tarde, Kaelen —dijo ella, sin apartar la vista de la figura que se acercaba. Su corazón latía con fuerza en su pecho, un tamborileo que sentía resonar en todo su cuerpo.
Lysander se detuvo finalmente ante el pequeño grupo, su presencia haciendo que el aire se volviera más denso. Era más alto de lo que parecía, su figura esbelta pero musculosa. Sus ojos, un abismo sin fondo, se posaron primero en Kaelen, un destello de desdén en ellos, y luego en Elara, un breve momento de curiosidad, antes de volver a Seraphina.
—Duque Kaelen —saludó Lysander, su voz profunda y resonante, un tono que hacía vibrar algo en el pecho de Seraphina. No había afectación en su voz, solo una autoridad innata—. Siempre un placer. O eso dicen.