NovelToon NovelToon
Dime que no me quieres

Dime que no me quieres

Status: Terminada
Genre:Romance / CEO / Completas
Popularitas:7.9k
Nilai: 5
nombre de autor: MarOculto

Valentina Reyes lo tenía todo calculado: irse de aquella mansión, olvidar a Sebastián Montero y nunca volver. Pero la vida tiene otros planes.

Cuando Lumina Tech, la empresa que él le regaló y ella convirtió en su orgullo, está al borde de la quiebra, Valentina no tiene más opción que regresar a Las Lomas de Chapultepec — la residencia del hombre más poderoso de Ciudad de México. El mismo hombre que la crio como su protegida. El mismo que le rompió el corazón sin decir una sola palabra de amor en siete años.

Sebastián Montero parece no haber cambiado: la silla de ruedas, la mirada fría, el control absoluto. Pero debajo de esa armadura hay un hombre que la buscó por dos años después de que ella desapareció. Un hombre que guarda un anillo de oro en el bolsillo. Un hombre que esconde un secreto tan oscuro que prefirió perderla antes que destruirla.

Entre la guerra de las grandes familias empresariales, los celos que ninguno admite, y una conspiración que pone en peligro su vida, Valentina deberá decidir: ¿puede amar a un hombre que nunca le dirá "te quiero"… o su silencio es la prueba más grande de amor que existe?

Once años. Una historia de orgullo, sacrificio y el amor más terco del mundo.

NovelToon tiene autorización de MarOculto para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 24

A la mañana siguiente, Valentina bajó con la foto escondida entre las páginas de la libreta de Don Ignacio.

No iba a enseñársela.

Todavía no.

El collar de jade quedó guardado en la caja de cedro, junto al anillo de oro. Eso tampoco significaba que aceptara nada. Guardar no era perdonar. Guardar era admitir que no podía tirarlo al primer cajón como si fuera un recibo más.

En el comedor de diario, Sebastián ya estaba sentado frente al café. Doña Esperanza le servía fruta en silencio. Él levantó la vista cuando Valentina entró.

—Buenos días —dijo.

Valentina sintió, con una claridad molesta, que tenía dos caminos: volver a ponerse la armadura de siempre o aceptar que algo se le había movido desde la noche anterior.

Se sentó.

—Buenos días, Sebastián.

No fue la primera vez que su nombre se le escapaba desde su regreso a Las Lomas. Pero sí fue la primera vez que lo dijo sin estar peleando, sin usarlo como golpe, sin arrepentirse a mitad de sílaba.

La mano de Sebastián se detuvo sobre la taza.

Solo un segundo.

Después bebió café como si nada hubiera pasado. El problema fue la comisura de su boca. Apenas se movió, una sombra mínima de sonrisa que él apagó demasiado tarde.

Doña Esperanza bajó la mirada a la charola. Valentina habría jurado que la mujer también sonrió.

—No se acostumbre —dijo Valentina, tomando una tortilla del canasto.

Sebastián dejó la taza.

—No iba a decir nada.

—Su cara sí.

—Entonces hablaré menos con la cara.

Valentina soltó aire por la nariz. No llegó a risa, pero se acercó peligrosamente.

Sebastián lo notó. No lo celebró. Esa prudencia, más que cualquier palabra, le hizo fácil permanecer en la mesa.

Después del desayuno, la tregua se trasladó a Lumina.

Rodrigo llegó con dos carpetas y un enlace de videollamada para la abogada mercantil. Luna puso café para todos, se sentó al lado de Valentina y dejó claro que si alguien intentaba esconder una cláusula "se le iba a caer el glamour a la junta".

—El Fideicomiso Horizonte no pide control operativo —dijo la abogada desde la pantalla—. Tampoco garantía personal. Eso es bueno. Lo extraño es la reserva del beneficiario final hasta la firma del NDA.

Valentina miró a Sebastián.

—No voy a firmar a ciegas.

—No te estoy pidiendo que firmes.

—Ayer tampoco me pidió que aceptara el collar.

La sala quedó quieta.

Rodrigo encontró de pronto mucho interés en sus notas. Luna abrió los ojos como si hubiera descubierto una novela escondida bajo la mesa.

Sebastián sostuvo la mirada de Valentina.

—No era un contrato.

—No. Era peor. Era una pregunta sin derecho a réplica.

—Entonces pregúntame.

Valentina estuvo a punto de sacar la foto. La sintió dentro de la libreta, pesada como si el papel tuviera metal.

No lo hizo.

—¿Cómo sabía lo del collar?

Sebastián miró a Rodrigo. No para pedir permiso. Para calcular cuánto de esa respuesta pertenecía a otra historia.

—Don Ignacio habló de él una vez.

—¿Una vez?

—Más de una.

El pecho de Valentina se apretó.

—¿Usted lo conocía tanto?

Sebastián tardó en responder. Cuando lo hizo, su voz bajó.

—Lo suficiente para saber que nunca pedía nada para sí mismo.

La respuesta no cerró la puerta. La dejó entreabierta, con una luz al fondo. Valentina quiso odiar eso. Le salió mal.

Luna carraspeó con una delicadeza falsa.

—Perdón por interrumpir el capítulo familiar misterioso, pero tengo una empresa que salvar.

La abogada, desde la pantalla, fingió no haber escuchado nada.

Valentina volvió a la carpeta.

—Bien. Entonces hagamos esto como corresponde. Necesito lista de riesgos, escenarios de salida y qué pasa si el beneficiario final resulta ser alguien que no queremos en la mesa.

Sebastián tomó una pluma.

—Empezaría por cambiar esa condición. El beneficiario se revela antes de cualquier firma vinculante o no hay trato.

La abogada asintió.

—Eso sí lo puedo pelear.

Durante dos horas, trabajaron.

No como protector y protegida. No como presidente y deudora. Sebastián proponía, Valentina rechazaba, Luna aterrizaba, Rodrigo documentaba. Hubo momentos en que la tensión volvió a subir, pero no se rompió. Cada vez que Sebastián intentaba cerrar una decisión demasiado rápido, Valentina levantaba una ceja. Cada vez que Valentina descartaba un riesgo por orgullo, él le ponía un número delante.

Era agotador.

También era útil.

Al final de la junta, Luna esperó a que los hombres salieran al pasillo y se inclinó hacia Valentina.

—No quiero decir nada.

—Entonces no digas.

—Pero si esa es su versión de coquetear, necesita terapia.

—Luna.

—Tú también. Pero la de él se ve más cara.

Valentina no pudo evitar reírse.

El sonido salió breve, sorprendido, y se le quedó en la cara más tiempo del que quería.

Esa noche, después de cenar tarde, Valentina no subió de inmediato.

Sebastián estaba en el jardín, cerca del camino de las lámparas, revisando algo en su celular. La silla de ruedas tenía una manta ligera sobre las piernas. No hacía frío suficiente para manta. Ella lo notó, pero no preguntó.

—¿Trabaja también con las flores? —dijo.

Él guardó el celular.

—Solo estaba evitando otro correo de Don Eduardo.

—Eso suena sano.

—Es temporal.

Valentina caminó hasta quedar a su lado. Las lámparas del jardín dibujaban círculos suaves sobre la piedra. De lejos llegaba el ruido apagado de la ciudad, pero Las Lomas lo tragaba todo antes de que pudiera molestar.

—No voy a preguntar por la foto —dijo él de pronto.

Valentina se quedó quieta.

—¿Qué foto?

Sebastián la miró de perfil.

—La que encontraste.

El aire cambió.

—¿También sabe eso?

—Don Ignacio no era hombre de esconder bien las cosas. Solo de esconderlas con intención.

Valentina apretó los dedos.

—Entonces sí sabe de cuál hablo.

—Sí.

—¿Y tampoco va a explicarme?

—No esta noche.

La respuesta debería haberla enfurecido. Pero esta vez no venía con orden. Venía con cansancio, con cuidado, con una paciencia que parecía costarle.

Valentina empezó a caminar por el sendero. Sebastián la siguió a su ritmo, empujando la silla con movimientos tranquilos.

No hablaron del collar. No hablaron de Isabela. Hablaron de Lumina, de la tasa del fideicomiso, de un proveedor de Querétaro que podía renegociar si recibía un anticipo pequeño. Luego dejaron de hablar de trabajo. Ella le contó que Luna quería cambiar el sistema de nómina porque el actual parecía "hecho por alguien que odiaba a la humanidad". Sebastián dijo que conocía tres sistemas peores. Valentina le creyó.

Era peligroso, descubrió, lo fácil que podía volverse caminar junto a él cuando ninguno de los dos intentaba ganar.

En una vuelta del sendero, la punta de su zapato se atoró en una piedra levantada.

Valentina perdió el equilibrio.

No alcanzó a poner las manos.

Sebastián se movió.

La silla no chocó, no tardó, no hubo torpeza. Su mano salió con una rapidez seca, exacta, y le sujetó el antebrazo antes de que ella cayera. La fuerza del agarre le subió hasta el hombro. No fue un apoyo débil desde una silla. Fue una sujeción firme, demasiado firme, como si todo su cuerpo hubiera respondido antes de recordar el papel que debía representar.

Valentina quedó inclinada sobre él, respirando rápido.

Sus dedos seguían cerrados alrededor de su brazo.

—¿Estás bien? —preguntó Sebastián.

Ella no respondió.

Miró su mano. Luego la rueda bloqueada. Luego sus piernas cubiertas por la manta.

El pulso le golpeó en los oídos.

—¿Puedes... ponerte de pie?

Sebastián soltó su brazo.

La ausencia de su mano fue casi tan brusca como el agarre.

—No.

1
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play