Elena siempre fue la "omisión" de la manada Luna Plateada: huérfana, supuestamente humana y relegada a las tareas de limpieza. Todo cambia la noche del baile de emparejamiento, cuando Derek Blackwood, el despiadado y temido Alpha Supremo de la manada Sangre de Hierro, irrumpe en el territorio. El aroma a bosque húmedo y tormenta lo cambia todo. Él es su alma gemela, pero el destino oculta un secreto: Elena no es humana, y su sangre despierta un poder que podría destruir a todos los Alphas del continente.
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Capítulo 16: La siembra del invierno
El amanecer sobre los valles orientales no trajo el habitual tañido de los cuernos de caza de los terratenientes locales, sino un silencio blanco, denso y balsámico. Las tierras del Este, que durante siglos habían prosperado bajo un régimen feudal implacable donde los lobos omegas eran utilizados como herramientas desechables en las minas de carbón y los campos de labranza, amanecieron cubiertas por una fina capa de escarcha plateada. No era el hielo destructivo de las tormentas invernales que congelaba el ganado y mataba las cosechas; esta era la escarcha del santuario, una sustancia mística que emanaba un sutil aroma a ozono y flores de invierno, manteniendo la tierra debajo templada y protegida de las plagas telúricas.
A lo largo del camino principal que conectaba la Fortaleza de Hierro con las capitales orientales, una comitiva imperial avanzaba sin la pompa militar de las eras pasadas. Al frente de la marcha cabalgaba Derek Blackwood. Su semental negro avanzaba con paso firme sobre el suelo congelado, y la armadura de acero negro del Alto Protector parecía absorber los tímidos rayos del sol matutino. Bajo el jubón de cuero, la red de venas azuladas que decoraba su esternón latía con una luz constante, una pulsación perfectamente sincronizada con el flujo de energía de Elena, que permanecía en el santuario del norte monitoreando la estabilidad espiritual del continente. El lazo restaurado y potenciado ya no era una fuente de agonía; era un canal de poder bidireccional que imbuía a Derek de una resistencia y una percepción sobrehumanas.
Detrás de él, en lugar de legiones de guerreros fuertemente armados dispuestos a subyugar a la población, marchaban tres carromatos de madera blanca custodiados por los primeros guardianes rúnicos del Valle de los Proscritos. Los carromatos transportaban grandes vasijas de cristal reforzado llenas de agua extraída directamente de los manantiales curativos del templo celestial. El objetivo de la misión no era la conquista a través de la espada, sino la desactivación geopolítica de la disidencia mediante la restauración civil.
—Alto Protector —anunció el capitán de los Espectros de Hierro, espoleando a su caballo para situarse a la altura de Derek—. Los rastreadores informan que la aristocracia del Este ha abandonado las villas principales. Se han atrincherado en la Fortaleza de la Roca, el antiguo bastión del Alpha Alons. Han armado a sus milicias privadas y exigen que se les restituya el control total sobre los esclavos omegas que huyeron hacia nuestras fronteras rúnicas.
Derek ajustó las riendas de su caballo sin que un solo músculo de su rostro delatara preocupación. Sus ojos grises, ahora salpicados de diminutos destellos plateados que delataban la energía celestial en su sistema, recorrieron las laderas de las colinas orientales.
—Déjalos que se atrincheren en su roca —respondió Derek, y su voz profunda poseía ahora una resonancia magnética que hacía vibrar las hojas congeladas de los árboles ribereños—. Creen que la guerra se sigue librando bajo los viejos códigos de la sangre pura. No entienden que el Imperio Celestial no busca destruir sus muros, sino vaciar sus cimientos. Entraremos en el primer asentamiento minero. Que los guardianes preparen los altares de distribución.
El asentamiento de Oakhaven era una herida abierta en la geografía del Este. Una barriada de chozas de adobe y madera podrida rodeaba las bocas de las minas de hierro, donde cientos de lobos desterrados, omegas enfermos y parias que no habían logrado llegar al norte malvivían bajo la desnutrición y la demencia provocada por la degradación de sus lazos espirituales. Cuando la comitiva de Derek cruzó el arco de entrada, las familias de los mineros se escondieron detrás de las mantas harapientas que servían de puertas, mirando al Alto Protector con el terror ancestral de quien espera el látigo de un Alpha.
Derek desmontó de su caballo con movimientos pausados. Se despojó de sus guantes de cuero, dejando al descubierto las marcas rúnicas de transferencia que Elena había trazado en sus brazos durante el ritual del equilibrio. Caminó hacia el centro de la plaza del pueblo, donde un viejo pozo de agua salobre y contaminada servía como única fuente de abastecimiento para el asentamiento.
Los guardianes rúnicos bajaron la primera vasija de cristal del carromato. El líder de los parias marcados dio un paso al frente y, con una inclinación de cabeza ante Derek, vertió el agua celestial directamente en el pozo contaminado.
El efecto de la transmutación elemental fue inmediato y espectacular. Las paredes del pozo, cubiertas de moho negro y lodo, crujieron bajo una oleada de escarcha brillante que limpió la piedra en segundos. El agua estancada burbujeó con un fulgor azul eléctrico, y de las grietas de la plaza comenzaron a brotar las primeras flores de invierno de pétalos translúcidos, barriendo el hedor a enfermedad y hollín que caracterizaba a Oakhaven. Un vapor cálido y curativo se elevó de la fuente, expandiéndose por los callejones como una bendición viviente.
Un lobo anciano, cuyos ojos estaban nublados por la ceguera de la demencia que atacaba a los parias desprovistos de manada, fue empujado por el aroma místico. Se acercó vacilante al pozo y, sumergiendo sus manos temblorosas en el agua cristalina, bebió un largo trago.
Ante los ojos atónitos de los habitantes que observaban desde las sombras, las cicatrices crónicas de su rostro comenzaron a cerrarse. Las nubes blancas que cubrían sus pupilas se disolvieron, devolviéndole la mirada clara y la cordura robada por los antiguos Alphas. El anciano cayó de rodillas, rompiendo a llorar mientras tocaba el borde de la tierra congelada.
—¿Es esta la justicia del norte? —preguntó un minero robusto, saliendo de su choza con una mezcla de sospecha y esperanza renacida—. Los nobles de la Fortaleza de la Roca nos dijeron que Blackwood venía a ejecutarnos por traición a la sangre.
Derek miró al minero y a la multitud que comenzaba a congregarse alrededor del pozo, hombres y mujeres que compartían el mismo dolor del desprecio que Elena había sufrido antes de su despertar.
—La era de la sangre pura ha terminado —declaró Derek, y su Voz de Alpha, templada por el invierno de las estrellas, resonó en los corazones de los presentes—. No vengo a exigirles tributos de guerra ni a reclamar sus cuerpos para las minas de los nobles. Vengo en nombre de la Emperatriz Elena a entregarles su libertad y su dignidad. A partir de hoy, este pozo es un puesto de la Red Rúnica. Ningún noble del Este volverá a ponerles una cadena, porque el hierro de mi manada ahora protege la vida de los olvidados.
La plaza estalló en un clamor de alivio y júbilo, un sonido que el viento del este transportó hacia las alturas de la Fortaleza de la Roca como una advertencia inevitable. Mientras el pueblo celebraba la primera siembra del invierno espiritual, Derek alzó la mirada hacia el norte. A través del enlace del lazo, sintió el murmullo aprobador de Elena, una corriente de calidez que afianzó su convicción. La campaña por la redención del continente apenas comenzaba, y el cebo de la compasión estaba demostrando ser infinitamente más letal que el filo de cualquier espada.