Aline Shnaider está acostumbrada al lujo, a las órdenes de su hermano y a salirse siempre con la suya. Pero nada la prepara para Deslumbria: la inmensa hacienda perdida en el fin del mundo donde su hermano decide "protegerla", entregándola al cuidado del hombre más peligroso que ha pisado esas tierras.
Lo llaman el Gitano. Dueño de todo lo que alcanza la vista, frío como el filo de una navaja y con un pasado que nadie se atreve a mencionar, Santiago Nicolaisen no cuida a nadie: domina. Desde el primer choque —él desnudo, ella incapaz de apartar la mirada— queda claro que entre ambos no habrá tregua, solo una guerra de deseo que ninguno de los dos sabe perder.
Él tiene el doble de su edad, un imperio construido sobre secretos y una regla absoluta: jamás tocar a la hermana de su mejor amigo. Ella tiene el orgullo de una Shnaider y la certeza de que ningún hombre la doblega. Los dos están a punto de descubrir hasta dónde son capaces de llegar por lo que juraron no querer.
Pero el placer tiene un precio. Detrás de la fantasía hay un hijo que odia a su padre, un hermano que regresa de entre los muertos para cobrar venganza, un secreto de sangre capaz de encender una guerra y un amor prohibido que amenaza con arrasar con todo lo que ambos intentaron proteger.
En un mundo donde la lealtad se paga con balas y la traición se castiga sin piedad, entregarse al Señor de la Lujuria puede ser la perdición… o la única salvación.
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Capítulo 9
Sant y Bia
Hacían dos semanas desde que él se había ido de casa. No tenía motivos para volver, pero algo —o mejor dicho, la presencia de ella— lo ataba a Belgrado, y eso solo hacía que la odiara todavía más.
—Camina rápido, Bia, no bromeo cuando digo que te voy a dejar atrás —gruñó el joven de ojos oscuros, mirando con desdén a la niña que caminaba despacio. Ella era torpe, tenía los ojos demasiado grandes para el rostro menudo y parecía no lograr seguirle el ritmo.
—¿Por qué tienes que ser siempre tan grosero? Me duelen los pies, ya te lo dije —respondió ella, con la voz débil.
Él se detuvo de golpe, puso los ojos en blanco con impaciencia y regresó.
—Vamos, súbete a mi espalda —maldijo entre dientes, tirando la mochila al suelo para que ella pudiera subir. Bia era la hija del hacendado de la propiedad vecina a la de su padre; era dulce y lo quería de un modo simple y leal.
—Peso mucho, Sant… —susurró, avergonzada.
—No es cierto. Tienes las piernas finas, flaca como una tabla —replicó él, seco, pero la acomodó bien en la espalda.
Ella lo abrazó con cariño, y el olor de él le erizó la piel.
—¿No podemos volver? Tengo hambre… —el dolor en la barriga la apretaba cada vez más.
—Si quieres, vete sola. No te obligué a venir, estás aquí porque eres una fisgona y una metiche —disparó él, sin compasión.
Bia se calló. Él no mentía: ella sabía que Sant iba a huir y lo vio preparar todo en la madrugada. Lo siguió con muy mal pie, hasta que llegaron demasiado lejos como para que él pudiera obligarla a volver sola. Él la bajó al suelo de repente; la noche caía rápido y necesitaban un refugio seguro, o pasarían la noche bajo la lluvia.
—Voy a armar la carpa —avisó, alejándose para tomar las cosas.
Bia se quedó ahí, encogida. El tiempo se cerraba del todo; sería otra tormenta fuerte. Por primera vez desde que huyeron, se sentó en una piedra y lloró bajito: extrañaba su casa, a sus padres, a su hermana. Mantenía la cabeza baja, mirando el suelo.
—Toma, come esto.
Alzó los ojos verdes hacia él.
—¿Qué es?
—Tomates. Están maduros. Come —ordenó, seco.
Ella obedeció, observándolo armar la carpa en silencio, con movimientos rápidos y duros.
—¿Tú no vas a comer?
—No tengo hambre —mintió. La última vez que había comido fue hacía dos días.
Bia se levantó, partió el fruto que quedaba y le tendió la mitad.
—Toma, yo ya estoy satisfecha.
Sant ni siquiera la miró. Entró a la carpa, se acostó y se cubrió la cabeza con la capucha de la sudadera.
—Dios, no debí haber venido… —susurró ella, llorosa. Tomó la mochila del suelo, se la echó a la espalda y salió despacio.
Él, que se había quedado dormido, no lo notó. Ella caminó por el monte y, con tristeza, recordó la primera vez que lo vio, y las palabras de su padre: «Sé un buen ejemplo, hija. Él es problemático, necesita una amiga. ¿Quién mejor que tú, mi niña ejemplar?».
Se limpió las lágrimas, empezando a entender quizá que Santiago Bensley —o Sant, como todos lo llamaban— no tenía remedio. Cansada, se sentó a la orilla del río. La lluvia, fuerte y helada, empezó a caer y lo despertó de golpe.
—Bia… —susurró él, notando el vacío a su lado. No hubo respuesta. Se quitó la capucha del rostro—. ¡Beatriz!
Salió de la carpa de un salto, gritando contra la tormenta:
—¡Carajo! ¡Carajo… Biaaa!
Se pasó las manos por el cabello mojado, furioso y angustiado. Se lanzó por el sendero. No lo haría por nadie más; ¿por qué diablos lo hacía por ella?, pensaba, mientras caminaba rápido. No tardó en alcanzarla: encogida al pie de un árbol, toda empapada, temblando de frío.
—¿Qué carajos crees que estás haciendo? —bramó, pero la voz le salió mezclada con una desesperación que no admitía.
—Volviendo a casa. Tú no me quieres aquí, y yo tampoco quiero estar cerca de ti ahora —respondió ella, con la voz temblorosa.
Él casi sonrió, a pesar de todo. Era la protesta más tierna que había oído, viniendo de una niña tan correcta y tan formal.
—Si sigues sola por este monte, vas a acabar muerta. Hay animales salvajes por ahí… cazadores.
—¿Como el hombre de aquel día? ¿El que espantaste cuando yo buscaba leña? —preguntó ella, ingenua.
La mirada de él se ensombreció por completo. Ella no lo sabía: en el momento en que dejó el campamento, Sant había matado a aquel hombre. Era un pervertido, un enfermo; lo había visto espiando la noche anterior, mientras ella se bañaba. Aquel día, el acecho mientras ella recogía madera, el instinto de Sant gritó con fuerza; conocía a ese tipo de basura como nadie. No dudó: se deshizo de él para que ella no rozara el mal.
—Sí… como aquel tipo —confirmó, bajo. Extendió la mano, brusco pero firme—. Vamos a volver. La lluvia está empeorando.
Ella se limpió el rostro mojado con la manga. Él era un muchacho guapo, del tipo peligroso que hace que cualquier chica se enamore. Bia asintió, tomándole la mano.
—¿Qué pasa ahora? —notó la tristeza en sus ojos.
—Quería irme a casa… tengo frío, tengo hambre, me duele todo.
Él se llevó las manos a la cabeza, exasperado.
—¡Maldición, Beatriz! —maldijo en voz alta—. Lo arruinaste todo.
—Perdón, Sant…
—¿Sabes qué?… al carajo. —Le dio la espalda. Ella creyó que la dejaría ahí, pero él caminó unos pasos y se detuvo—. ¿No vienes?
Ella lo miró confundida. Él puso los ojos en blanco, impaciente.
—Vamos a salir del bosque. A llegar a la carretera.
—¿Sabes dónde queda?
—Claro que sé. Si quisiera no ser encontrado, tenía que mantenerme lejos de ella —explicó, seco—. Pero no puedo seguir esta fuga contigo. Vas a acabar muriéndote antes de que encuentre la forma de mandarte de vuelta.
La jaló con fuerza de la mano.
—Vamos a la maldita carretera. No doy ni dos días para que los capataces de mi papito nos encuentren ahí.